La misión social de la Iglesia 3/3 (Excursus)
La Doctrina Social de la Iglesia contempla los medios de comunicación como dones que brotan de la creatividad humana iluminada por Dios y orientados al bien común. En ellos se hace posible el encuentro entre personas y pueblos, la circulación de la verdad y la participación responsable en la vida social. Su finalidad ética promueve la dignidad humana, fortalece la comunión y abre caminos de solidaridad. Vividos con sabiduría, favorecen la educación, la cultura y la búsqueda compartida del sentido, configurando espacios donde la libertad madura se une al amor social cristiano y fecundo en la historia cotidiana de los pueblos.
Desde esta visión, usuarios, educadores, comunicadores e instituciones participan de una responsabilidad moral que nace de la verdad y de la caridad. Cada mensaje posee capacidad de edificar la comunidad, sanar heridas sociales y despertar esperanza. La comunicación digital amplía las posibilidades de encuentro, evangelización y diálogo cultural. Esta misión pide discernimiento interior, respeto por la fama del prójimo, cuidado de la intimidad y rechazo de toda forma de violencia verbal o manipulación informativa. La presencia cristiana en las redes se convierte así en testimonio luminoso de comunión, verdad y misericordia activa dentro de la vida social concreta.
La misma perspectiva social impulsa a trabajar para que nadie quede excluido del acceso a la información, la formación y la participación pública. La brecha digital revela desigualdades económicas, educativas y culturales que reclaman justicia solidaria. Promover estructuras tecnológicas al servicio de todos expresa la opción por la dignidad de cada persona y por el destino universal de los bienes. También orienta el desarrollo científico hacia un humanismo integral que custodia la libertad interior y favorece vínculos auténticos, de modo que la comunicación se vuelva camino de encuentro con Dios y semilla de una sociedad reconciliada, fraterna y abierta.
El mensaje del Papa León XIV para el 2026 sobre las comunicaciones, él profundiza esta visión al situar el centro de la comunicación en la persona concreta, cuyo rostro y cuya voz manifiestan la huella del amor divino y reclaman cuidado frente a los riesgos de la inteligencia artificial, la manipulación algorítmica y la simulación de las relaciones humanas. Desde esta luz, la responsabilidad, la cooperación y la educación aparecen como caminos para humanizar la cultura digital y orientar la tecnología hacia la comunión verdadera. Como enseña el Santo Padre: «Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica».