La oración en san Alberto Hurtado

«¿Qué es la oración? Es la conversación del Hijo con su Padre. El Padre escucha al Hijo, es el Hijo que habla; yo, como otro Cristo, tomo los labios de Cristo; si me arrodillo, son las rodillas de Cristo; todo mi ser imita a Cristo en su esencia. El que ora no es un vulgar cualquiera, es el Hijo, es Cristo el que habla a su Padre» (San Alberto Hurtado, La vida de oración)

Este santo tan conocido por su actividad apostólica encontró la fuente de todo su obrar en el cultivo de la vida interior, este texto recoge y sintetiza la enseñanza espiritual sobre la oración de san Alberto Hurtado, presentada en la obra Los santos maestros de oración, dirigida por Pablo Cervera Barranco. El estudio dedicado al santo jesuita chileno fue elaborado por el padre Pablo Fernández Martos, quien, a partir de cartas, escritos personales y predicaciones, permite descubrir cómo el encuentro constante con Dios constituyó el centro vital desde el cual se comprendieron su sacerdocio, su acción social y su entrega apostólica.

San Alberto Hurtado Cruchaga (1901–1952), sacerdote jesuita chileno, es ampliamente conocido por su compromiso con los pobres y por la fundación del Hogar de Cristo, obra destinada a acoger a quienes vivían en situación de abandono. Canonizado en 2005, su figura suele asociarse principalmente a su acción social; sin embargo, detrás de aquella entrega incansable existía una profunda vida espiritual que alimentaba continuamente su servicio pastoral y su caridad concreta hacia los más necesitados.

Su trayectoria muestra que la actividad apostólica nunca fue independiente de la intimidad con el Señor. Desde su juventud hasta los últimos años de ministerio, san Alberto comprendió que toda renovación cristiana nace del trato personal con Cristo. La fuerza que sostuvo su intensa labor pastoral y social brotaba de una vida interior cuidadosamente cultivada y sostenida con fidelidad cotidiana.

Raíces espirituales de su vida interior

La experiencia espiritual de san Alberto Hurtado se nutrió profundamente de la tradición clásica de la Iglesia. Durante su formación jesuita ocupó un lugar central la lectura y meditación de La Imitación de Cristo, obra que marcó su comprensión del seguimiento humilde del Señor y del crecimiento interior en medio de las circunstancias ordinarias de la vida.

Junto a esta influencia destacó también el Ejercicio de perfección y virtudes cristianas de san Alonso Rodríguez, texto fundamental en la formación ignaciana. Estas obras consolidaron en él una espiritualidad concreta y perseverante, donde la fidelidad diaria, el orden interior y la disciplina espiritual aparecían como caminos reales de unión con Dios.

Desde esta herencia espiritual, el encuentro con Cristo fue entendido como un ejercicio constante que transforma progresivamente toda la existencia. La vida interior fortalece la voluntad, ilumina la inteligencia y ordena los afectos, haciendo posible una disponibilidad permanente para cumplir la voluntad divina en medio de las responsabilidades apostólicas.

Unidad entre contemplación y acción

Uno de los rasgos más característicos de la espiritualidad de san Alberto Hurtado es la profunda unidad entre vida interior y compromiso apostólico. Su intensa actividad social jamás fue separada del trato con Dios. Por el contrario, encontraba en esa relación la fuente desde la cual nacía su servicio y el equilibrio necesario ante múltiples responsabilidades pastorales.

El dinamismo apostólico aparece así orientado y purificado por la unión con Cristo. La fecundidad pastoral no depende únicamente del esfuerzo humano, sino de la vida interior que sostiene cada tarea realizada. La acción exterior adquiere entonces un sentido sobrenatural que evita el activismo y mantiene viva la orientación hacia Dios.

Al mismo tiempo, el santo comprendía este encuentro con el Señor como acto gratuito de adoración. Antes de producir resultados visibles, la vida espiritual expresa amor y reconocimiento de la primacía divina, situando nuevamente a Dios como centro y finalidad última de toda actividad cristiana.

«Esta. santidad se reduce en imitar a Cristo, en lo que tiene de Dios, po rla vida de la gracia; en lo que tiene de hombre por la práctica de las virtudes. Santos, santos, hombres de chiflados por su ideal, para los cuales Cristo sera un realidad viviente; su evangelio, un código siempre actual; sus normalas, algo perfectamente aplicable a mi vida, y que trato de vivirlo…hombres que se esfuercen en amar y servir a sus hermanos, como Cristo los serviría: esos son los conquistadores del mundo. Menos proselitismo y más santidad; menos palabras y más testimonio de vida. Esto supone una intensa vida interior…» (San Alberto Hurtado hablando a los jóvenes de la acción católica)

Una necesidad para el ministerio sacerdotal

Para san Alberto Hurtado, la vida interior constituye una necesidad esencial del ministerio sacerdotal. El sacerdote encuentra allí la fuerza para conservar su identidad espiritual y evitar el desgaste provocado por una actividad puramente exterior. La celebración sacramental y el servicio pastoral mantienen su autenticidad cuando brotan de una relación viva con Dios.

Este trato constante con el Señor ilumina decisiones, fortalece la perseverancia y permite afrontar las dificultades propias del ministerio sin perder el horizonte sobrenatural. La interioridad no se opone al trabajo pastoral, sino que lo sostiene silenciosamente y le confiere profundidad espiritual.

Asimismo, el encuentro personal con Dios aparece como el lugar privilegiado para discernir su voluntad. En ese ámbito madura la verdadera imitación de Cristo y se consolida la fidelidad a la gracia recibida, especialmente mediante la vida sacramental.

El verdadero trabajo eficaz

San Alberto Hurtado llegó a considerar la vida interior como el trabajo más eficaz del cristiano. Su visión reconoce que la unión con Dios posee una dimensión eclesial y social, pues fortalece espiritualmente a toda la Iglesia y sostiene la misión común más allá de los resultados visibles.

La auténtica relación con Dios conduce necesariamente a la entrega personal. La unión interior impulsa al don de sí mismo y evita una espiritualidad individualista. La autenticidad espiritual se manifiesta siempre en la disponibilidad concreta para amar y servir a los demás.

Este camino implica también una transformación progresiva del corazón. La intimidad con Dios concede paz profunda, pero al mismo tiempo fortalece para afrontar las exigencias del apostolado y aceptar con fidelidad el plan divino incluso en medio de la dificultad.

«La oración es el aliento y reposo del espíritu. El apóstol ha de tener la fortaleza y paz de Dios porque es su enviado. Y sin embargo en la vida real con cuánta facilidad los ministros de Dios se hace terrenos…Para hallar esa paz necesita el apóstol la oración, pero no una oración formulista; sino una oración continuada en largas horas de oración y quietud y hecha en unión de espíritu con Dios» (San Alberto Hurtado, De la ida de Jesús al desierto)

Buscar a Dios en la vida cotidiana

La espiritualidad de san Alberto insiste en integrar la relación con Dios dentro de la vida ordinaria. Las responsabilidades, los fracasos y las limitaciones humanas se convierten en espacios donde madura la vida espiritual. Dios se encuentra precisamente en las circunstancias concretas donde el creyente ha sido colocado.

El santo advierte sobre el riesgo de reducir la vida espiritual a métodos o prácticas exteriores cuando estas no transforman verdaderamente el corazón. Las prácticas de piedad adquieren su valor cuando conducen a una apertura real al plan divino y a una entrega más plena.

Toda vida espiritual auténtica comienza con el don de sí mismo. Las prácticas religiosas encuentran sentido cuando ayudan a crecer en esa entrega total, integrando toda la persona en una comunión cada vez más profunda con Dios y en una caridad efectiva hacia los hermanos.

Nada puede hacerse sin vida interior

En la madurez de su ministerio, san Alberto Hurtado reafirmó con creciente claridad la necesidad absoluta de la vida interior. La intensidad apostólica confirmó que sin esta raíz espiritual la acción pierde orientación y se vacía de contenido sobrenatural.

Toda misión cristiana adquiere su verdadero sentido cuando nace de la unión con Dios. La vida interior acompaña el inicio, desarrollo y culminación de cada tarea apostólica, manteniendo la unidad entre contemplación y misión.

«Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, intensidad divina, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina… Para mantener esta unión con Dios, se impone una vida interior intensa. Sigamos en esto el ejemplo de Cristo que, antes de comenzar su ministerio, escapó 40 días al desierto. Cristo ora. Yo, pecador, debo orar. Volver a la oración después de la acción. Aprenderemos a no tener más regla que el querer divino» (San Alberto Hurtado, «Introducción al retiro de Semana Santa de 1948»)

En definitiva, para san Alberto Hurtado la santidad cristiana consiste en vivir en diálogo continuo con el Padre. Desde esa unión, el creyente se configura con Cristo y orienta toda su existencia hacia la entrega total en el amor.

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