II Meditación de Cuaresma 2026
Una cultura que mide el valor por la productividad
Vivimos en una cultura que mide el valor de las personas por su productividad: hacer, rendir, organizar, responder, multiplicar resultados. Esta lógica ha penetrado también en la vida cristiana. Sin decirlo explícitamente, muchos de nuestros eslóganes cotidianos parecen ser: «Valgo porque produzco», «Merezco porque rindo», «Soy reconocido porque logro». Poco a poco, el hacer termina ocupando el lugar del ser, y la persona comienza a justificarse por su utilidad.
Cuando la persona queda reducida a su función
Esta mentalidad funcionalista y activista se manifiesta cuando al padre de familia se le reprocha no pasar suficiente tiempo con sus hijos, mientras simultáneamente se espera de él que genere ingresos, resuelva dificultades económicas o repare todo en casa, reduciendo su valor a lo que produce. Aparece también cuando la madre vive absorbida por las necesidades de todos y no encuentra espacio para su vida espiritual, comunitaria o parroquial, quedando identificada únicamente con el servicio constante.
Se observa igualmente cuando los jóvenes llegan a pensar que fracasan si no logran simultáneamente trabajar, ganar dinero, cuidar su imagen física, viajar, sostener relaciones afectivas exitosas y mantener una vida social activa, como si la dignidad dependiera de un rendimiento permanente. El activismo cultural les hace creer que descansar, avanzar lentamente o atravesar etapas de búsqueda equivale a quedarse atrás en la vida.
Esta lógica se vuelve especialmente evidente en el trato hacia los ancianos: cuando solo son valorados mientras pueden cuidar nietos, mantener la casa o atender responsabilidades familiares; cuando una madre mayor es presionada para seguir preparando alimentos aunque su salud disminuya; cuando un padre continúa trabajando en edad avanzada porque siente que dejar de producir significa perder importancia; y cuando, al enfermar o perder fuerzas, quienes antes eran útiles experimentan abandono y soledad. La persona deja entonces de ser reconocida por lo que es y pasa a ser apreciada únicamente por la función que todavía puede cumplir.
La Pasión: el acto de amor más fecundo de la historia
Frente a esta lógica descubrimos que el acto de amor más grande y que ha beneficiado a toda la humanidad no se rige por criterios de eficiencia ni productividad.
La misma palabra pasión significa padecer, y padecer introduce una dimensión que nuestra cultura evita profundamente: la pasividad. Jesús, que durante su vida enseñó, sanó y caminó anunciando el Reino, llega al momento decisivo dejando de actuar exteriormente. Es entregado, conducido, juzgado y crucificado. Permanece. Acepta. Se abandona.
En la Pasión contemplamos cómo la salvación del mundo acontece cuando el Hijo se abandona totalmente en las manos del Padre. Cristo no redime mediante la eficacia, la organización o la productividad, sino mediante la entrega confiada: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Allí se manifiesta la forma más pura del amor: confiar cuando todo parece fracaso, permanecer fiel cuando ya no se puede actuar, amar incluso cuando solo queda ofrecerse.
El verdadero fundamento del valor humano
Este misterio ilumina profundamente nuestra vida. Vivimos acostumbrados a demostrar nuestro valor mediante lo que hacemos o producimos. Sin embargo, el acto más grande realizado por la humanidad acontece cuando Cristo, aparentemente impotente, está colgado en la cruz entregando su vida por todos los hombres. Su muerte en el Calvario posee valor redentor no simplemente por la forma del sufrimiento —muchos habían sido ajusticiados de ese modo—, sino porque quien muere es el Hijo amado del Padre, el Verbo eterno de Dios hecho hombre.
Contemplar la Pasión no significa desentenderse de las responsabilidades cotidianas. El Señor no llama a la negligencia ni al abandono del deber. El trabajo, el servicio y el compromiso pertenecen verdaderamente a la vocación humana. Pero la cruz restablece el orden interior: nuestro valor no depende de cuánto hacemos, sino de quiénes somos ante Dios.
Los antiguos expresaban esta verdad con una fórmula sencilla y profunda: agere sequitur esse —el obrar sigue al ser—. Primero somos, luego actuamos. Somos hijos en el Hijo, amados por el Padre, creados a su imagen y semejanza. Desde esta identidad brota el valor de toda acción auténticamente humana y cristiana.
La dignidad que nunca se pierde
Ante Cristo crucificado redescubrimos el valor infinito de la dignidad humana. El enfermo que ya no puede trabajar, el anciano que ha perdido fuerzas, quien atraviesa límites, cansancio o fracaso, no pierde valor alguno ante Dios. En la Pasión comprendemos que la persona nunca deja de ser preciosa, porque su dignidad no nace de su utilidad, sino del amor con que ha sido creada y redimida.
La vida cristiana conduce así a una conversión silenciosa: aprender a vivir, trabajar y servir sin olvidar que, antes de toda obra, somos sostenidos en las manos del Padre. Muchas veces, el acto espiritualmente más profundo no consiste en hacer más, sino en permanecer fieles allí donde Dios nos permite participar del misterio redentor de la cruz.
Cinco remedios para sanar el activismo y el funcionalismo del corazón
Comprendemos entonces que la verdadera conversión no consiste simplemente en hacer menos cosas, sino en volver al orden verdadero del corazón. El activismo nos agota porque todo parece depender de nosotros; el funcionalismo nos hiere porque creemos valer solo mientras somos útiles.
1. Comenzar el día con gratitud y ofrecimiento confiado
Antes de entrar en las urgencias del día, realizar una breve oración de gratitud y hacer el ofrecimiento de obras. Agradecer el don de la vida y entregar trabajos, encuentros y dificultades confiando en la Divina Providencia recoloca el corazón. El día deja de vivirse como carga personal y se convierte en misión compartida con Dios.
2. Practicar el examen de “golpe de vista”
En medio de la actividad, detenerse unos segundos y preguntarse interiormente: ¿dónde está mi corazón en este momento? Este pequeño examen devuelve unidad interior y permite reconocer si actuamos desde la paz o desde la ansiedad. Así el hacer permanece unido al ser.
3. Recuperar el examen de conciencia como reconciliación diaria
Al final del día, revisar la jornada no solo como valoración de pecados, sino como encuentro reconciliador con Dios y consigo mismo. Agradecer el bien recibido, reconocer límites confiando en la misericordia divina y formular un propósito de enmienda permite terminar el día en paz y esperanza.
4. Vivir el principio espiritual: age quod agis
“Hacer bien lo que se está haciendo”. Estar plenamente presentes en la tarea concreta sin dispersión interior. Escuchar cuando se escucha, trabajar cuando se trabaja, orar cuando se ora. La unidad interior nace cuando dejamos de vivir fragmentados.
5. Aprender el descanso como abandono confiado
El descanso cristiano no consiste simplemente en no hacer nada, sino en disfrutar el momento presente sin intentar controlarlo todo. Detenerse, contemplar y aprender a soltar educa el corazón en la confianza. Reconocer que no todo depende de nosotros —y que eso está bien— libera profundamente.
Una conversión del hacer al ser
La vida cristiana conduce a una verdadera sanación interior: pasar del rendimiento al abandono confiado, del funcionalismo a la filiación. Cuando el ser vuelve a preceder al hacer, la actividad recupera sentido, el corazón encuentra paz y la vida entera comienza a vivirse desde la libertad de los hijos de Dios.
Pidamos la gracia de redescubrir el verdadero fundamento de nuestra vida, para no medirnos por lo que hacemos ni por lo que producimos, sino por el amor con el que Dios nos ama aún en el limite y en el silencio.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿En qué aspectos de mi vida estoy midiendo mi valor personal por lo que hago, produzco o logro, más que por mi identidad como hijo amado de Dios?
- ¿Cuándo fue la última vez que experimenté paz simplemente al estar ante Dios, sin necesidad de demostrar nada ni cumplir ninguna función?
- ¿Qué situación concreta me está invitando hoy el Señor a vivir con mayor confianza, soltando el control y abandonándome más en su Providencia?