San Bernardo, maestro de oración

El camino interior hacia el amor de Dios

El presente texto recoge una síntesis del artículo dedicado a san Bernardo de Claraval, escrito por Fr. Miguel, OCSO, incluido en la obra Los santos maestros de oración, editada por Pablo Cervera Barranco. Este estudio presenta la espiritualidad bernardiana como un auténtico itinerario de vida interior, mostrando cómo la tradición monástica ofrece una comprensión profundamente actual del camino cristiano hacia la unión con Dios.

La enseñanza espiritual de san Bernardo no constituye un tratado teórico, sino una pedagogía nacida de la experiencia contemplativa. En sus escritos aparece con claridad que la vida cristiana es ante todo una relación viva entre el alma y Dios, descrita con un lenguaje esponsal inspirado en el Cantar de los Cantares. El hombre lleva impresa la huella de su Creador y conserva siempre una capacidad interior orientada hacia Él, incluso cuando experimenta la distancia o el pecado.

Desde esta perspectiva, el drama espiritual del hombre consiste en buscar fuera aquello que solo puede encontrar en Dios. El corazón humano permanece inquieto mientras intenta saciar su deseo infinito en realidades limitadas. Por ello, san Bernardo afirma que el misterio cristiano solo puede comprenderse desde el amor: únicamente quien entra en la dinámica del amor divino logra penetrar en la verdad de la fe y experimentar su sentido más profundo.

«Tú también, si entras solo en la casa de la oración, con tu espíritu recogido, con tu alma serena, vacía de preocupaciones, y te postras en presencia del Señor junto al altar; si llamas a la puerta del cielo con la mano de tus santos deseos; si te presentas ante los coros de los santos sobrecogido de devoción, ya que la oración de los justos atraviesa los cielos; si digno de lástima deploras tus miserias, descubres tus calamidades, pones de manifiesto tu indigencia con incesantes suspiros y pides compasión; si haces todo eso, yo confío en aquel que dijo: “Pedid y recibiréis”, y si continúas llamando, no te dejará salir de vacío. Después de volver hacia nosotros lleno de gracia y de verdad, no podrás ocultar tus dones por el fervor de tu espíritu, y los transmitirás sin celos de envidias. Por la gracia que recibiste serás grato e incluso admirado de todos y podrás proclamar en verdad: “Me introdujo el rey en su bodega”. Pero cuídate de no gloriarte en ti, sino en el Señor» (San Bernardo, Scant)

El drama del hombre disperso y la llamada a la interioridad

San Bernardo describe con gran realismo la condición del hombre herido por el pecado. El alma tiende fácilmente a dispersarse hacia afuera, absorbida por preocupaciones, comparaciones y deseos de reconocimiento. Esta exteriorización constante genera vacío interior y esterilidad espiritual, incluso cuando se realizan obras aparentemente buenas o generosas.

El peligro no reside en la acción misma, sino en una acción desligada de la vida interior. Cuando el hombre pierde su centro, su actividad se convierte progresivamente en búsqueda de sí mismo. De ahí nace el cansancio espiritual, la dureza del corazón y la incapacidad de experimentar la alegría profunda que proviene de Dios.

«Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza de corazón. ¿Cuándo es duro el corazón? Cuando no se rompe por la compunción, ni se ablanda por la compasión, ni se conmueve en la oración… Es ingrato a los bienes que recibe, desconfiado de los consejos, cruel en sus juicios, cínico ante lo indecoroso, impávido ante los peligros, inhumano con los hombres, temerario con lo divino. Todo lo echa a la espalda, nada le importa el presente. No teme el futuro. Es duro de corazón el hombre que del pasado solo recuerda las injurias que le hicieron. No se aprovecha del presente y el futuro, únicamente lo imagina para maquinar y organizar la venganza. En una palabra: es duro de corazón el que ni teme a Dios ni respeta al hombre» (San Bernardo dirigiéndose a Eugenio III)

Por esta razón, san Bernardo insiste en que nadie puede ofrecer algo verdadero al pueblo de Dios si antes no vive una auténtica interioridad. El cristiano está llamado a ser como una concha que primero se llena y luego rebosa, y no como un canal que transmite sin interiorizar. Toda fecundidad apostólica nace del encuentro previo con Dios en el silencio del corazón.

Los grados del amor y la maduración espiritual

El camino espiritual aparece entonces como una maduración progresiva del amor. El hombre comienza amándose a sí mismo por necesidad natural; posteriormente aprende a amar al prójimo mediante la justicia y la disciplina interior; más adelante descubre a Dios como ayuda y refugio; finalmente alcanza la plenitud cuando llega a amar a Dios por Él mismo.

En este último grado, el alma experimenta una profunda transformación interior. Ya no vive centrada en su propio interés, sino configurada con la voluntad divina. San Bernardo expresa esta realidad mediante imágenes luminosas: como el hierro introducido en el fuego o una gota de agua mezclada con el vino, el alma participa del amor de Dios y queda penetrada por su acción transformante.

Este crecimiento exige el conocimiento sincero de uno mismo. Entrar en el propio interior permite descubrir la propia pobreza y fundamentar la humildad, base indispensable de toda vida espiritual. Sin embargo, el santo mantiene un equilibrio esencial: el conocimiento propio debe ir siempre unido al conocimiento de Dios, pues solo la misericordia divina libera al hombre de la tristeza que podría provocar la mirada exclusiva sobre sí mismo.

Cristo y la contemplación como centro del camino espiritual

La espiritualidad de san Bernardo es profundamente cristocéntrica. El encuentro con Dios no se realiza mediante una introspección puramente filosófica, sino a través del misterio del Verbo encarnado. El hombre solo comprende su propia verdad al contemplar el amor manifestado en Cristo, especialmente en su encarnación, pasión y redención.

Dentro de este itinerario, san Bernardo distingue entre consideración y contemplación. La consideración representa la búsqueda atenta de la verdad mediante la reflexión espiritual; la contemplación, en cambio, es la visión amorosa y cierta de Dios que supera el esfuerzo humano. El alma avanza desde el uso ordenado de sus facultades hacia una experiencia cada vez más directa del misterio divino.

«Antes que nada, mira lo que yo entiendo por consideración. Pues no pretendo identificarla totalmente con la contemplación. Esta radica en la visión o certeza de lo ya conocido y la consideración es una búsqueda más bien de lo desconocido. En este sentido, la contemplación puede definirse como una penetración cierta y segura del alma o una aprehensión de la verdad que excluye toda duda. Y la consideración es una reflexión aguda del entendimiento o una aplicación intensa del espíritu para descubrir la verdad» (San Bernardo, Cons., Lib. II, 5)

Este proceso conduce gradualmente al saboreo espiritual de Dios. La inteligencia busca, el corazón percibe y finalmente el alma gusta la presencia divina. La contemplación no elimina la acción, sino que la purifica y la orienta hacia la caridad auténtica, convirtiendo toda la vida en respuesta amorosa al Señor.

La oración como fuente de fecundidad y renovación eclesial

Para san Bernardo, la oración constituye el verdadero manantial de la vida cristiana. Lejos de apartar del servicio, el trato íntimo con Dios renueva al alma y la capacita para asumir con equilibrio las responsabilidades y ministerios confiados. La acción nacida de la oración se vuelve fecunda porque brota del amor y no del activismo.

El santo advierte con particular fuerza contra la dispersión provocada por la multiplicación de tareas. Incluso el servicio eclesial puede convertirse en causa de agotamiento espiritual cuando se descuida la vida interior. La falta de oración termina endureciendo el corazón y transformando la entrega generosa en frustración o resentimiento.

Por el contrario, quienes han transformado verdaderamente la historia de la Iglesia han sido aquellos que dedicaron tiempo a la contemplación. Desde la intimidad con Dios nace un celo apostólico ardiente, capaz de unir contemplación y acción en una síntesis profundamente evangélica.

La unión con Dios y la plenitud de la vida cristiana

El itinerario espiritual culmina en una creciente intimidad entre el alma y Dios. La oración se convierte entonces en trato de amistad y experiencia de inhabitación divina. El creyente descubre que Dios habita en su interior y nace una confianza filial que transforma toda su existencia.

Desde esta unión brota una acción renovada, libre de búsqueda personal y animada por la caridad. El alma que ha gustado a Dios comunica espontáneamente lo recibido, convirtiéndose en instrumento de gracia para los demás sin apropiarse de los dones recibidos.

Así, san Bernardo presenta un camino espiritual que comienza con el reconocimiento de la propia pobreza, continúa con el retorno al interior y culmina en la unión amorosa con Dios. Toda reforma auténtica —personal o eclesial— nace de este proceso interior. La contemplación se revela entonces como el origen de toda misión y el amor divino como la verdadera plenitud del corazón humano.

Conclusión

Pidamos al Señor la gracia de buscarlo con un corazón sincero, de aprender a detenernos para estar con Él en la oración y de dejar que su amor transforme nuestra vida. Que podamos vivir desde la interioridad, para que todo lo que hagamos nazca del encuentro con Dios y se convierta en verdadero servicio a los demás.

Preguntas para la reflexión personal

  1. ¿Estoy dando tiempo suficiente a mi oración diaria y al encuentro personal con Dios?
  2. ¿Mis actividades me acercan más al Señor o me distraen de lo esencial?
  3. ¿Busco amar a Dios cada día con mayor sinceridad y confianza?

IMG: Fragmento del óleo sobre lienzo «Aparición de la Virgen a San Bernardo» de Esteban Murillo