“El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4,18)
Hay momentos en la historia de la Iglesia en que la fuerza del Evangelio se manifiesta de un modo particular en la vida de cristianos que buscaron entregarse de lleno apostando por una renovación en el camino de la fe con nuevas iniciativas misioneras. El cristianismo se vuelve entonces visible en la vida de pastores y comunidades que buscan discernir las vías por las que el Espíritu Santo conduce a la Iglesia en el momento histórico que les ha tocado vivir. La experiencia pastoral del Beato Rutilio Grande en Aguilares no se queda atrás. En ella descubrimos cómo la contemplación de Cristo pobre conduce a formar comunidades, cómo los pobres mismos evangelizan y cómo la misión puede transformar profundamente la vida de un pueblo.
1. Contemplar a Cristo pobre
El Evangelio revela que el Hijo de Dios quiso compartir nuestra condición humana en la sencillez y en la humildad. Jesús no nació en un palacio ni vivió rodeado de privilegios. Su vida estuvo marcada por la cercanía con los pobres, con los enfermos, con los pecadores y con quienes eran marginados por la sociedad de su tiempo. Desde el inicio de su misión se acercó a quienes sufrían, escuchó sus necesidades y les anunció que el Reino de Dios estaba cerca.
San Pablo lo expresó con palabras que han marcado profundamente la espiritualidad cristiana:
“Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por ustedes, para que ustedes fueran enriquecidos con su pobreza” (2 Co 8,9).
Esta pobreza de Cristo no es simplemente un dato histórico ni un detalle secundario de su vida. Es una manifestación del amor de Dios que se acerca a la fragilidad humana para levantarla y transformarla. En la encarnación se revela un Dios que no permanece distante de la historia, sino que entra en ella para compartir la vida de su pueblo. El Hijo de Dios quiso experimentar la condición humana en toda su profundidad: el trabajo, el cansancio, la amistad, el sufrimiento e incluso la muerte.
Por eso, en la vida de Jesús, la cercanía con los pobres no aparece como un gesto ocasional, sino como una dimensión constante de su misión. Él mismo lo anunció en la sinagoga de Nazaret al comienzo de su ministerio:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4,18).
El magisterio reciente de la Iglesia ha vuelto a subrayar esta dimensión del Evangelio. La encíclica Dilexit Te recuerda que el amor de Cristo se manifiesta precisamente en su cercanía concreta con la humanidad herida.
«Precisamente para compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo se hizo pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de un niño colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la cruz; allí compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte. Se comprende bien, entonces, por qué se puede hablar también teológicamente de una opción preferencial de Dios por los pobres» (Dilexit Te, 16).
Cuando el cristiano contempla a Cristo de esta manera, aprende a mirar la realidad con otros ojos. La pobreza deja de ser solamente un problema social o una estadística económica. Se convierte también en un lugar donde el discípulo puede descubrir la presencia del Señor que continúa caminando en la historia junto a los más pequeños.
Por eso, a lo largo de la historia de la Iglesia, muchos santos han reconocido en los pobres un verdadero lugar de encuentro con Cristo. Al acercarse a ellos no buscaban simplemente realizar una obra de caridad, sino responder al amor de Dios que se había manifestado primero en la vida de Jesús. En este sentido, el amor a los pobres forma parte del corazón mismo del Evangelio.
Desde esta mirada evangélica se comprende mejor también la vida de tantos pastores que han buscado acompañar a las comunidades más sencillas. Entre ellos se encuentra el Beato Rutilio Grande, cuya cercanía al pueblo nació precisamente de esta contemplación de Cristo pobre y humilde que camina con su pueblo.
2. Evangelizar formando comunidad
El trabajo pastoral del Beato Rutilio , junto al equipo misionero en Aguilares, tenía un objetivo muy claro: ayudar a las comunidades a redescubrir su identidad cristiana. No se trataba simplemente de conservar prácticas religiosas, sino de formar creyentes capaces de vivir el Evangelio con coherencia en la vida cotidiana. Su deseo era que las comunidades llegaran a ser un verdadero fermento en medio de la sociedad, de modo que una fe vivida con autenticidad pudiera transformar tanto a las personas como al entorno en el que vivían.
Para ello impulsó un estilo pastoral profundamente comunitario. Optó por trabajar en equipo y por acompañar de cerca a las poblaciones campesinas de la zona rural. Su propuesta buscaba una promoción integral de la persona, iluminada por la fe cristiana. Evangelizar no significaba únicamente transmitir contenidos religiosos, sino ayudar a las personas a descubrir su dignidad como hijos de Dios y su responsabilidad como discípulos de Cristo dentro de la vida social.
En este camino tuvo un papel decisivo la formación cristiana. El padre Rutilio dedicó gran esfuerzo a la preparación para los sacramentos, a la catequesis y, de manera muy especial, a la lectura y reflexión comunitaria de la Palabra de Dios. A través de estos espacios las comunidades aprendían a confrontar su vida con el Evangelio, a discernir sus desafíos cotidianos y a crecer en una fe más consciente y comprometida.
Este enfoque pastoral estaba en plena sintonía con el espíritu de la Conferencia de Medellín, que recordaba que la misión de la Iglesia consiste en formar las conciencias de los creyentes para que puedan vivir su fe tanto en el ámbito personal como en la vida social. De esta manera, su ministerio buscaba concretar en la vida de las comunidades el mandato que Jesús confió a los apóstoles:
“Enséñenles a cumplir todo lo que les he encomendado” (Mt 28,20).
Evangelizar significaba acompañar a las personas para que el Evangelio se hiciera vida en sus familias, en su trabajo y en la convivencia diaria.
En una homilía pronunciada el 6 de agosto de 1970, el propio padre Rutilio explicaba con claridad el horizonte de esta misión:
“Cristo Salvador vino a salvar a todo hombre y a todo el hombre, para transfigurarlo en todo sentido, en un hombre nuevo, auténticamente libre de toda situación de pecado y de miseria, capaz de autodeterminarse y de gozar de todas las prerrogativas del hijo de Dios, conquistadas por el triunfo de la Resurrección de Cristo. Esta transfiguración del hombre, conquistada, pregonada y exigida por Cristo a sus seguidores tiene su punto de partida en el bautismo, compromiso de cada bautizado con Cristo resucitado.”
(P. Rutilio Grande, Homilía del 6 de agosto de 1970)
Este modo de evangelizar permitió que muchas personas descubrieran que la fe no es solamente una enseñanza que se recibe, sino una realidad que se vive y se comparte dentro de la comunidad. Poco a poco, las mismas comunidades comenzaron a asumir un papel activo en la transmisión de la fe. La vida cristiana de las familias, la solidaridad entre vecinos, la oración compartida y la fidelidad a las tradiciones religiosas se convirtieron en un verdadero testimonio. De este modo, mientras los misioneros anunciaban el Evangelio, el pueblo mismo se convertía también en sujeto de evangelización, mostrando con su fe sencilla que el Evangelio puede arraigarse profundamente en la vida de una comunidad.
3. Los pobres también evangelizan
El equipo misionero que acompañaba al padre Rutilio procuró partir de la religiosidad popular que ya vivía el pueblo. Las novenas, las procesiones, la misa dominical y la catequesis no fueron despreciadas ni sustituidas, sino profundizadas y orientadas para que expresaran con mayor claridad el sentido del Evangelio. El verdadero misionero no llega para destruir lo que el pueblo ya vive, sino para purificar lo que necesita ser corregido y fortalecer aquello que ya contiene una semilla de fe.
En este camino fue apareciendo una convicción pastoral muy importante: la evangelización no ocurre en una sola dirección. Mientras el misionero anuncia el Evangelio, también el pueblo, con su fe vivida, ilumina y edifica la vida de la Iglesia. El padre Rutilio comprendió que las comunidades sencillas no son solamente destinatarias de la evangelización; en ellas existe una riqueza espiritual que puede enriquecer profundamente la vida cristiana.
En muchas comunidades humildes del pueblo aparecen valores profundamente evangélicos: la solidaridad espontánea, la capacidad de compartir aun en la pobreza, la confianza en Dios en medio de las dificultades y la fidelidad a la oración. Estas actitudes revelan una fe que no se vive únicamente en el templo, sino que se expresa también en la vida cotidiana. Quien se acerca con respeto a estas comunidades descubre que el Evangelio ya ha echado raíces y que la fe sencilla del pueblo puede iluminar también a quienes llegan a servirlas.
El documento de Aparecida expresa esta intuición pastoral, que el padre Rutilio ya había percibido en su experiencia misionera:
«Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. […] Día a día, los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a sus hijos en la fe, viven una constante solidaridad entre parientes y vecinos, buscan constantemente a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia. A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos. Desde esta experiencia creyente, compartiremos con ellos la defensa de sus derechos» (Aparecida, n. 398).
Esta enseñanza invita a mirar la vida del pueblo con una actitud de respeto y de escucha. La evangelización no consiste únicamente en transmitir una doctrina, sino también en reconocer la acción de Dios que ya está presente en la historia de las personas. Cuando el pastor se acerca con humildad a las comunidades descubre que la fe vivida por los sencillos contiene una sabiduría que no se aprende solamente en los libros.
La experiencia de la pobreza, vivida con fe, puede convertirse en un camino de profundo conocimiento de Dios. En medio de las dificultades, muchas comunidades mantienen viva la esperanza, comparten lo poco que tienen y se sostienen mutuamente en la oración. Esa forma de vivir revela que el Evangelio no es solamente un mensaje proclamado, sino una realidad que transforma la vida concreta de las personas.
También la encíclica Dilexit Te recuerda que los pobres ocupan un lugar singular en la vida de la Iglesia. En ellos el cristiano está llamado a reconocer la presencia viva de Cristo que continúa caminando en la historia junto a los más pequeños.
«Para nosotros cristianos, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. La opción preferencial por los pobres, es decir, el amor de la Iglesia hacia ellos, como enseñaba san Juan Pablo II, «es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas». La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. «Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil» (Dilexit Te, 110).
El padre Rutilio vivió esta convicción de manera muy concreta. Su cercanía con las comunidades más humildes no fue simplemente una estrategia pastoral, sino una consecuencia directa de su fe en el Evangelio. En el encuentro con el pueblo sencillo descubría también una riqueza espiritual que iluminaba su propio ministerio.
En esas comunidades el padre Rutilio contemplaba cómo la fe podía sostener la esperanza incluso en medio de las dificultades. La confianza en Dios, la vida de oración, la solidaridad entre vecinos y la fidelidad a las tradiciones cristianas se convertían en un verdadero testimonio. Así, mientras el misionero anunciaba el Evangelio, el pueblo mismo contribuía a revelar el rostro vivo de Cristo en medio de la historia.
Esta experiencia llevó al padre Rutilio a comprender que la evangelización debía ayudar a que esa fe sencilla del pueblo pudiera crecer, organizarse y expresarse en comunidades cristianas vivas. Por eso su trabajo pastoral en Aguilares no se limitó a predicar o celebrar los sacramentos, sino que buscó desarrollar un verdadero proceso misionero que permitiera a las comunidades asumir progresivamente la responsabilidad de su propia vida cristiana.
4. Una misión que forma discípulos
El proceso misionero que el padre Rutilio Grande desarrolló en Aguilares ha sido descrito con detalle por Mons. José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador, en su carta pastoral Vayan y prediquen el Evangelio. Allí se presenta esta experiencia como un verdadero camino pastoral que buscaba responder a la realidad concreta de las comunidades rurales. El propio padre Rutilio la llamó “experiencia de evangelización rural parroquial”, subrayando que no se trataba de un modelo rígido para aplicar mecánicamente, sino de un proceso abierto que debía adaptarse al tiempo, al lugar y a las personas que participaban en la misión.
Antes de iniciar esta experiencia, el padre Rutilio dedicó tiempo a la preparación y al discernimiento. Estudió en el Instituto Pastoral Latinoamericano (IPLA) y, una vez de regreso en el país, pidió permiso al arzobispo Mons. Luis Chávez y González para asumir la parroquia de Aguilares e iniciar allí el proyecto misionero que llevaba en el corazón. Junto al P. Jesús Ángel Bengoechea realizó además un retiro de oración en Santa Tecla, durante el cual se plantearon una pregunta que marcaría profundamente su trabajo pastoral: “¿Qué haría el Señor Jesús ante una situación semejante?”
De esa reflexión surgieron varias convicciones fundamentales. Era urgente dirigir la misión hacia las mayorías marginadas del país, especialmente hacia el campesinado, al que el padre Rutilio consideraba una gran reserva humana y religiosa. La meta de la misión era evangelizar para recrear una Iglesia de comunidades vivas, formadas por hombres y mujeres nuevos, conscientes de su vocación cristiana y capaces de asumir responsabilidades dentro de la vida de la Iglesia.
Esta evangelización debía partir de la realidad concreta de las personas. El equipo misionero buscaba acercarse al mundo del campesino para comprender su vida, sus dificultades y sus aspiraciones. No se trataba de manipular la religiosidad popular ni de imponer esquemas externos, sino de acompañar el crecimiento de comunidades dinámicas, donde los mismos laicos pudieran participar activamente en la vida de la Iglesia.
El método pastoral se caracterizaba por ser personalizante, dialogal, creativo y crítico. La prioridad debía ser siempre la evangelización y la conversión del corazón. Al mismo tiempo, el equipo misionero procuraba evitar las tentaciones de poder o de prestigio, dando prioridad a los más pobres y a la dimensión comunitaria de la fe.
La misión fue organizada en tres etapas: ante-misión, misión y post-misión. La primera consistía en preparar cuidadosamente el terreno. Se anunciaba la misión en las comunidades, se recibían las solicitudes de quienes deseaban participar y se realizaban visitas previas para conocer la realidad de cada lugar. En esta etapa ya se entregaban algunas responsabilidades a los laicos para que ayudaran a preparar el ambiente de la misión.
Durante la misión propiamente dicha, el trabajo pastoral se desarrollaba a lo largo del día. Por las mañanas se realizaban visitas familiares en las casas, compartiendo incluso la comida con las familias para conocer mejor su realidad. Estas conversaciones permitían comprender la vida económica, social, cultural y religiosa de las comunidades.
Por las tardes se realizaban encuentros de evangelización. Había momentos específicos para los niños y otros para los adultos. En estas reuniones se proclamaba la Palabra de Dios, se reflexionaba en pequeños grupos y se buscaba que las personas aprendieran a dialogar sobre el Evangelio. El objetivo no era solamente transmitir enseñanzas, sino iniciar un proceso de evangelización entre los que participaban y de formación comunitaria.
En estos encuentros se fomentaba una participación activa. Los grupos elegían lectores, animadores y relatores para que la reflexión no dependiera únicamente del sacerdote. De esta manera las personas iban descubriendo que la vida de la Iglesia no es responsabilidad exclusiva del clero, sino una misión compartida por todo el pueblo de Dios.
Al final de la misión se elegían delegados de la Palabra, hombres y mujeres de la comunidad que asumían el compromiso de animar la vida cristiana cuando los misioneros se retiraran. Estos delegados no eran concebidos como predicadores aislados, sino como animadores que ayudaban a los demás a participar y a crecer en la fe.
La etapa de post-misión consistía en acompañar el crecimiento de las comunidades. Los sacerdotes visitaban periódicamente los centros misionales para fortalecer la formación, resolver dificultades y animar a los delegados en su servicio. Con el tiempo podían organizarse nuevas misiones para consolidar lo ya iniciado y ayudar a las comunidades a madurar en su vida cristiana.
Este proceso permitió que muchas comunidades rurales descubrieran una forma más activa y consciente de vivir la fe. La evangelización dejó de ser una actividad ocasional para convertirse en un camino comunitario de crecimiento espiritual.
Sin embargo, esta experiencia también estuvo marcada por el sufrimiento. Con el paso de los años el clima social del país se volvió cada vez más tenso y violento. Varias de las comunidades formadas en torno a la misión comenzaron a ser vistas con sospecha, y muchos de sus miembros sufrieron persecución. El propio padre Rutilio Grande fue asesinado en 1977 junto a dos campesinos mientras se dirigía a celebrar la Eucaristía.
San Óscar Arnulfo Romero explicó con claridad el sentido profundo de aquella misión. La liberación que el padre Rutilio predicaba no era una ideología política, sino una liberación inspirada por la fe:
“La liberación que el Padre Grande predicaba es inspirada por la fe, una fe que nos habla de una vida eterna… la liberación que arranca del arrepentimiento del pecado, la liberación que apoya en Cristo, la única fuerza salvadora; esta es la liberación que Rutilio Grande ha predicado y por eso ha vivido el mensaje de la Iglesia.”
De esta manera, la experiencia de Aguilares no fue simplemente un proyecto pastoral exitoso. Fue también un camino de fidelidad al Evangelio vivido en medio de una historia marcada por el sufrimiento. Aunque la violencia, la persecución y las migraciones dispersaron muchas de aquellas comunidades, la memoria de aquellas misiones permanece viva en quienes las vivieron. Para muchos de ellos fue el momento en que descubrieron que el Evangelio podía iluminar profundamente su vida y su historia.
Conclusión
La vida y el testimonio del Beato Rutilio Grande nos recuerdan que el Evangelio se comprende plenamente cuando se vive cerca del pueblo y en fidelidad a Cristo. Su ministerio sacerdotal estuvo marcado por una profunda cercanía a las comunidades sencillas, donde descubrió una fe viva capaz de sostener la esperanza incluso en medio de las dificultades.
Las misiones en Aguilares fueron una expresión concreta de esa convicción. Allí muchas personas redescubrieron la fuerza transformadora del Evangelio y comenzaron a vivir su fe con mayor conciencia y responsabilidad dentro de la comunidad cristiana. La historia posterior mostró que ese camino no estaba exento de sufrimiento. La violencia y la persecución golpearon duramente a aquellas comunidades, y el propio padre Rutilio selló su fidelidad al Evangelio con el martirio. Sin embargo, la semilla sembrada en aquellas misiones no desapareció.
Hoy su testimonio continúa invitando a la Iglesia a caminar con el pueblo, a escuchar la fe de los sencillos y a anunciar el Evangelio con valentía. Allí donde el cristiano vive de esta manera, el Evangelio sigue dando fruto en la historia.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿Qué lugar ocupa Cristo en mi vida cotidiana? ¿Busco encontrarme con Él en la oración, en la Palabra de Dios y en la vida de la Iglesia?
- ¿Cómo participo en la vida de mi comunidad cristiana? ¿Soy solo espectador o colaboro activamente en la misión de la Iglesia?
- ¿Soy capaz de reconocer a Cristo en los pobres y en las personas sencillas que encuentro cada día?
IMG: Fotografía del sepelio del Beato Rutilio y sus compañeros mártires