Un pastor según el corazón de Cristo

“El Buen Pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen” (Jn 10,14)

En la historia de la Iglesia hay sacerdotes que dejan una huella profunda no tanto por grandes obras visibles, sino por la manera sencilla y fiel con la que vivieron su vocación. El Beato Rutilio Grande pertenece a esa categoría de pastores cuya vida continúa hablando incluso muchos años después de su muerte. Antes de convertirse en mártir, fue un hombre de Dios, un sacerdote cercano al pueblo y un religioso que buscó seguir a Cristo con todo su corazón. Contemplar su vida es descubrir cómo el Evangelio puede tomar forma concreta en la existencia de un pastor.


1. Un sacerdote que caminaba con su pueblo

Uno de los rasgos más recordados del padre Rutilio Grande era su cercanía con las comunidades sobre todo en su etapa de Misión al Norte de San Salvador. No se trataba de una mera estrategia pastoral ni de un método particular de trabajo. Era simplemente su manera de vivir el sacerdocio. El Evangelio presenta a Jesús como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y camina en medio de ellas. El padre Rutilio comprendía que el sacerdote está llamado a reflejar esa misma cercanía.

Por eso su ministerio estaba profundamente unido a la vida del pueblo. Le gustaba visitar las comunidades, escuchar a las personas, compartir sus preocupaciones y alegrías. Para él la evangelización no consistía únicamente en transmitir enseñanzas religiosas, sino en acompañar a las personas en su camino de fe. Este estilo pastoral revelaba algo esencial del Evangelio: Dios no permanece distante de la vida humana. Se acerca, camina con su pueblo y comparte su historia. El sacerdote está llamado a hacer visible esa cercanía de Dios en medio de la comunidad.

Decía un sacerdote que le conoció «Era admirado por todos nosotros sacerdotes por su virtud y su labor pastoral. Fue admirable como párroco de Aguilares. Mucha renovación espiritual se vivió en los movimiento de su parroquia. Fue ejemplar…fue fiel al Magisterio. El Arzobispo Mons. Chávez y luego Mons. Romero tuvieron una total confianza en él y lo admiraron mucho por su integridad sacerdotal y por su labor pastoral»

Quienes lo conocieron recuerdan que su predicación tenía siempre un tono profundamente evangélico. Sus palabras buscaban iluminar la vida concreta de las personas y ayudarlas a descubrir que Dios estaba presente en su historia. La fe no aparecía como una teoría abstracta, sino como una realidad viva que transformaba el corazón.


2. La raíz interior de su ministerio

La cercanía pastoral del padre Rutilio no era simplemente fruto de su carácter. Nacía de una profunda relación con Dios. En la tradición espiritual de la Iglesia siempre se ha recordado que la fecundidad del apostolado depende, ante todo, de la unión con Cristo.

Quien anuncia el Evangelio necesita primero escuchar la voz del Señor. Antes de hablar de Dios a los demás, debe aprender a permanecer en su presencia. La misión cristiana brota siempre de la contemplación. El padre Rutilio cultivaba esta vida interior con fidelidad. Su ministerio sacerdotal estaba sostenido por la oración, por la escucha de la Palabra de Dios y por la celebración de los sacramentos. Allí encontraba la fuerza para su servicio pastoral.

En una de sus homilías recordaba a la comunidad que la fe cristiana encuentra su centro en el misterio celebrado en la Iglesia:

“Así, mis amigos, yo les digo que esto será el distintivo de aquellos que se vayan comprometiendo. Haber entendido la esencia de la eucaristía como quintaesencia de los valores cristianos: la vida, la muerte, la resurrección del Señor. Es decir, ese cambio profundo de morir uno mismo y hacer salir lo nuevo que transforme la humanidad…la vida es eucaristía. Hemos dicho que todo eso está amarrando el evangelio a la vida.” (Homilía, 15 de agosto de 1976)

Estas palabras revelan el corazón de su espiritualidad. Para el padre Rutilio la Eucaristía siendo el centro de la vida litúrgica de la Iglesia, también da la clave para comprender la existencia cristiana. En el sacrificio de Cristo se aprende que la vida verdadera nace de la entrega. Morir a uno mismo para que brote lo nuevo es el dinamismo del Evangelio. Desde esta experiencia su ministerio fue tomando forma: una vida unida a Cristo que se convierte en servicio concreto al pueblo.

También nosotros estamos invitados a redescubrir esta verdad. Cuando la vida cristiana se separa de la Eucaristía, la fe corre el riesgo de volverse superficial o meramente activista. En cambio, cuando aprendemos a vivir desde el misterio eucarístico, nuestro servicio cambia de raíz. El trabajo pastoral, la vida familiar y las responsabilidades cotidianas se transforman en una ofrenda. Así, poco a poco, nuestra vida también comienza a “amarrar el Evangelio a la vida”, como decía el padre Rutilio.


3. La vocación religiosa: seguir a Cristo más de cerca

Otro aspecto esencial de la vida del padre Rutilio Grande fue su vocación como religioso jesuita. La vida consagrada recuerda a la Iglesia la radicalidad del Evangelio. Mediante los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, los religiosos buscan seguir a Cristo más de cerca y poner toda su existencia al servicio del Reino. No se trata simplemente de renunciar a ciertos bienes, sino de orientar el corazón hacia Dios y vivir con mayor libertad interior para la misión que la Iglesia confía.

La espiritualidad ignaciana ayuda a comprender este camino como una verdadera elección de vida. En los Ejercicios Espirituales, san Ignacio propone la contemplación de las dos banderas: la de Cristo y la del espíritu del mundo. El discípulo es invitado a discernir bajo qué bandera quiere vivir. Cristo llama a caminar en humildad, pobreza y servicio; el mundo propone poder, prestigio y autosuficiencia. La vida religiosa expresa precisamente esa elección, y el padre Rutilio, con su vida y su ministerio, eligió claramente vivir bajo la bandera de Cristo.

El padre Rutilio vivía este seguimiento dentro de la tradición ignaciana del discernimiento espiritual. Antes de actuar buscaba reconocer la voluntad de Dios en la oración y en el diálogo con la realidad. Quienes lo conocieron recuerdan que comenzaba el día en silencio ante el Señor. Desde esa oración aprendía a leer los signos de Dios en la vida del pueblo. Así, su misión pastoral no era simple activismo, sino fruto de una búsqueda constante de lo que más agradaba a Dios.

Esta espiritualidad culmina en una actitud de disponibilidad total ante el Señor. El jesuita aprende a poner su vida entera en manos de Dios para que Él disponga de ella según su voluntad. La misión nace de ese ofrecimiento interior. La oración del Suscipe de san Ignacio expresa bien esta entrega confiada del discípulo que desea vivir “en todo amar y servir”, colocando su libertad, su inteligencia y su voluntad al servicio del Evangelio.

«Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.

Vos me lo disteis;
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro,
disponed de todo
según vuestra voluntad.

Dadme vuestro amor y gracia,
que ésta me basta.»


Conclusión

La figura del Beato Rutilio Grande nos invita a contemplar la belleza de una vocación vivida con fidelidad. Antes de ser conocido por su martirio, fue un sacerdote que caminaba con su pueblo, un hombre de oración y un religioso que buscó seguir a Cristo con todo su corazón.

Su vida muestra que el Evangelio no se anuncia únicamente con discursos o proyectos pastorales. Se anuncia sobre todo con una existencia transformada por el encuentro con Dios. Cuando un pastor vive de esta manera, su presencia se convierte en un signo de la cercanía de Cristo para su pueblo.


Preguntas para la reflexión personal

  1. ¿Mi vida cristiana nace realmente de una relación viva con Cristo en la oración y en la escucha de su Palabra?
  2. ¿De qué manera trato de vivir la fe en cercanía y servicio hacia las personas que Dios ha puesto en mi camino?
  3. ¿Qué lugar ocupa Dios en las decisiones concretas de mi vida cotidiana?