Hace unos años el Papa Francisco publicó una exhortación apostólica sobre la vida espiritual del cristiano animandonos a vivir en santidad, en ella menciona dos “antiguas tentaciones” que siguen haciendo mella hoy y que en este tiempo de se dejan entrever de un modo especial estas son: el gnosticismo, que reduce la fe a ideas o experiencias interiores, y elpelagianismo, que confía demasiado en el esfuerzo humano. Por eso creo que conviene que veamos como se concretizan para no dejarnos llevar.
Una conversación en una fiesta familiar
Hace unos días, en una casa, la familia estaba reunida celebrando un cumpleaños. La mesa estaba llena, los niños corrían por el patio y los adultos conversaban mientras compartían el café. En algún momento, como suele pasar en estos días cercanos a la Semana Santa, surgió el tema.
Uno de los muchachos dijo con entusiasmo:
—Este año yo quiero ir al mar.
Entonces otro de los primos, que participa en las comunidades de la parroquia, respondió:
—Yo no puedo, porque ya tengo compromiso en la parroquia. En Semana Santa voy a ayudar en las celebraciones.
Eso bastó para que comenzara la conversación.
Una tía comentó:
—Bueno, pero tampoco es necesario estar todos los días en la iglesia. Con que uno vaya un par de días es suficiente.
Otro intervino:
—Además, si el Santo Entierro no es grande, ni vale la pena ir.
Alguien más añadió:
—Y si para la adoración del Jueves Santo no canta tal ministerio, mejor no voy.
Una señora dijo con sinceridad:
—En principio uno va a la iglesia a hacer oración… pero yo no me puedo concentrar mucho. Entonces ¿de qué me sirve?, además no siento nada.
Entonces alguien comentó:
—Hoy todo eso del pecado ya no se entiende así. Más bien son heridas que uno tiene y que necesita sanar. Ya no es cuestión de penitencia, sino de desahogarte con el sacerdote.
Otro concluyó:
—Yo voy a cargar al viacrucis y con eso ya cumplo.
Y finalmente alguien dijo:
—Yo mejor me abstengo de hablar mal o de criticar… lo del ayuno y la abstinencia de carne ya no lo veo tan importante.
La conversación siguió entre risas y comentarios.
La razón por la que les cuento esto es porque si uno escucha con atención, detrás de esas frases tan cotidianas aparece algo más profundo. Revelan maneras de entender la vida espiritual que poco a poco se va deformando. A veces la fe se vuelve solo emoción, otras veces costumbre cultural, otras esfuerzo personal o simple moral selectiva. Por eso vale la pena detenernos a reconocer algunas tendencias que hoy influyen en la forma de vivir la fe.
Cinco tendencias actuales que pueden generar confusión
Entremos en materia, veamos al menos cinco modos en que el gnosticismo y el pelagianimso se actualizan a nuestro día a día.
1. Reducción al emotivismo
Una de las tendencias más frecuentes consiste en reducir la vida espiritual a las emociones o al ambiente que rodea las celebraciones. La experiencia de la fe se mide entonces por lo que se siente en un momento determinado. La misa, la oración o una actividad pastoral se valoran según el entusiasmo que producen o según el ambiente que se crea. En esa lógica, cuando desaparece la emoción parece que desaparece también la experiencia de Dios. Sin embargo, los maestros de vida espiritual recuerdan que las emociones pueden acompañar la fe, pero no constituyen su fundamento ni su medida.
2. Espiritualidad de autoayuda
Otra tendencia consiste en entender la vida espiritual como un proyecto de mejora personal. Se habla mucho de mentalidad positiva, motivación o desarrollo interior. El cambio aparece entonces como resultado del esfuerzo humano o de ciertas técnicas de autoayuda. Esta visión refleja una confianza excesiva en la capacidad del hombre para transformarse por sí mismo. En este sentido se acerca a lo que el Papa describe como una forma moderna de pelagianismo. La tradición cristiana recuerda que la transformación profunda del corazón siempre es obra de la gracia de Dios.
3. Reducción psicologista
También aparece con frecuencia la tendencia a interpretar toda la vida espiritual desde categorías psicológicas. El pecado se explica únicamente como herida emocional y la fe se presenta solo como camino de bienestar interior. La psicología puede ofrecer ayudas valiosas para comprender algunas dinámicas de nuestro modo de pensar y sentir. Sin embargo, cuando se absolutiza corre el riesgo de reducir la dimensión sobrenatural de la vida cristiana, se tiende a psicologizar al espiritualidad, siendo campos distintos. En ese caso la espiritualidad queda encerrada en la propia experiencia interior. Esta forma de pensar se acerca a lo que Gaudete et Exsultate describe como expresiones actuales de gnosticismo.
4. Fe sin conversión
Otra tendencia consiste en vivir la fe como una identidad religiosa o cultural sin que implique un verdadero cambio de vida. Se participa en celebraciones religiosas o en algunas devociones, pero el Evangelio no llega a transformar las decisiones cotidianas. La fe queda reducida a tradición familiar o costumbre social. Sin embargo, en el Evangelio creer en Cristo siempre implica un camino de conversión y transformación interior. La fe auténtica no solo se celebra o se expresa externamente, sino que orienta progresivamente toda la vida.
5. Reduccionismo moral
Finalmente aparece el reduccionismo moral, que identifica la vida cristiana únicamente con cumplir algunas normas o comportarse correctamente. La fe se convierte entonces en un conjunto de reglas que deben observarse. En esta perspectiva el cristianismo aparece como un código ético más que como una vida nueva en Cristo. Esta visión refleja también una forma de pelagianismo moderno, porque confía principalmente en el esfuerzo humano. La tradición cristiana recuerda que la moral cristiana es fruto de la gracia y de la caridad que transforma el corazón.
Caminos concretos para vivir auténticamente la vida espiritual
Antes de su oración en el huerto de Getsemaní, Jesús dijo a los apóstoles: “Velad y orad, para no caer en la tentación” (Mt 26,41). Con estas palabras el Señor ofrece un criterio muy concreto para la vida espiritual. Velar significa vivir con atención interior y discernir lo que sucede en el corazón y en la vida cotidiana. Orar significa permanecer unidos a Dios para recibir su gracia. Cuando estas dos actitudes se cultivan con constancia, la vida espiritual se vuelve más clara y más firme y podemos prevenirnos de caer en las tendencias de las que hemos hablado, algunas ideas concretas para ello.
1. Integrarse en un proceso pastoral de la parroquia
La vida espiritual no se vive en solitario, sino dentro de la Iglesia. Por eso es importante integrarse en alguna comunidad, grupo o movimiento parroquial donde se pueda caminar con otros en la fe. Estos espacios permiten escuchar la Palabra de Dios, compartir la vida cristiana y sostenerse mutuamente en el camino espiritual. Además ayudan a vivir una verdadera experiencia de Iglesia y no solo una práctica religiosa ocasional. Cuando una persona participa en un proceso pastoral, encuentra acompañamiento, formación y constancia para crecer espiritualmente.
2. Establecer un tiempo fijo de oración cada día
La relación con Dios crece cuando se le dedica un espacio concreto en la vida cotidiana. Por eso es conveniente elegir un momento fijo del día para orar, por ejemplo al comenzar la mañana o al finalizar la jornada. Leer un breve pasaje del Evangelio y hablar con el Señor con sencillez ayuda a cultivar una amistad real con Él. Aunque a veces la oración parezca distraída o sencilla, la fidelidad diaria fortalece el corazón y purifica la fe.
3. Vivir los sacramentos con regularidad
La vida espiritual cristiana se alimenta principalmente de la gracia que Dios comunica en los sacramentos. Participar en la Eucaristía dominical con atención y acercarse periódicamente al sacramento de la reconciliación permite renovar la vida interior. En una cultura que insiste en la autosuficiencia, los sacramentos recuerdan que el crecimiento espiritual es ante todo obra de Dios en nosotros. En ellos el Señor fortalece la fe, perdona los pecados y renueva el corazón.
4. Buscar acompañamiento espiritual
El camino espiritual se vuelve más claro cuando se recorre acompañado. Hablar periódicamente con un sacerdote o con una religiosa ayuda a discernir la acción de Dios en la propia vida. En ese acompañamiento se pueden compartir dudas, dificultades y decisiones importantes. Esto evita que la vida espiritual dependa únicamente de impresiones personales. Además ayuda a integrar adecuadamente las dimensiones humanas, psicológicas y espirituales de la vida.
5. Practicar obras concretas de caridad
La vida espiritual auténtica siempre se manifiesta en el amor al prójimo. Servir a los demás, ayudar a quien pasa necesidad o colaborar en la vida de la comunidad cristiana permite que la fe se vuelva concreta. La caridad mantiene la espiritualidad conectada con la realidad cotidiana. Cuando el amor se expresa en obras, la fe deja de ser solo una experiencia interior y se convierte en verdadero camino de santidad.
Conclusión
Volviendo a la escena de aquella conversación familiar, probablemente todos nosotros hemos escuchado frases parecidas o incluso alguna vez hemos pensado de modo similar. No se trata de juzgar a nadie, sino de reconocer que en el ambiente cultural actual también nosotros podemos ir adoptando, casi sin darnos cuenta, ciertas maneras de entender la vida espiritual que la reducen o la deforman. En realidad, la vida espiritual cristiana no nace simplemente de una emoción pasajera, ni de un esfuerzo puramente humano, ni de una técnica de bienestar interior.
Como recordaba el Papa Benedicto XVI:
“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Deus caritas est n.1)
Ese encuentro con Cristo es el verdadero origen y el centro de toda vida espiritual como camino de santidad.
IMG: Mosaico de Jesucristo en la iglesia de Santa Sofía en Estambul