Entrar con Cristo en Jerusalén

Seis días antes de la solemnidad de la Pascua, cuando el Señor subía a la ciudad de Jerusalén, los niños, con ramos de palmas, salieron a su encuentro, y con júbilo proclamaban: ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito tú que vienes y nos traes la misericordia de Dios! (Antífona de entrada)

El Domingo de Ramos abre la puerta de la Semana Santa. Con los ramos en las manos acompañamos a Jesús en su entrada en Jerusalén. La multitud lo aclama con entusiasmo, pero la liturgia inmediatamente nos conduce a escuchar el relato de la Pasión según san Mateo (Mt 26–27). El contraste es fuerte: el mismo Jesús que entra entre cantos será llevado pocos días después a la cruz.

San Mateo narra estos acontecimientos con detalles muy significativos. Su relato muestra que la Pasión no es simplemente un drama humano, sino el momento en que se revela el plan de Dios para salvar a la humanidad. El evangelista subraya distintos aspectos particulares, me parecen llamativos tres que iluminan profundamente este misterio: el cumplimiento de las Escrituras, el precio de treinta monedas por el que Jesús es vendido y los signos cósmicos que anuncian el comienzo de algo nuevo. Al mismo tiempo, el relato deja ver dos actitudes posibles ante Cristo. Todo lo cual al inicio de la Semana Santa se convierte en una invitación a entrar con Él en este camino de fe a través de la contemplación del misterio pascual.

La cruz dentro del plan de Dios

El primer aspecto particular es que san Mateo insiste varias veces en que lo que sucede no ocurre por casualidad. Cuando Jesús es arrestado afirma: «¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras de que debe suceder así?» (Mt 26,54). El evangelista quiere mostrar que la Pasión forma parte del designio salvador anunciado desde antiguo.

Desde fuera todo parece un fracaso: traición, abandono, violencia y condena injusta. Sin embargo, el Evangelio revela que incluso en medio de esas acciones humanas Dios sigue conduciendo la historia hacia la salvación. La cruz no es la derrota de Cristo, sino el lugar donde el amor de Dios se manifiesta con mayor claridad.

Esta verdad adquiere una resonancia muy concreta en nuestro tiempo. Hoy muchas personas miran el mundo con inquietud. Las noticias hablan de guerras que generan sufrimiento, de tensiones entre naciones, de incertidumbre económica y del aumento del costo de la vida. Los avances tecnológicos transforman rápidamente la vida cotidiana: la inteligencia artificial, las redes sociales y los cambios culturales generan admiración pero también preguntas. En medio de este panorama puede surgir la sensación de que la historia avanza sin dirección.

El Evangelio ofrece una perspectiva distinta. Dios sigue actuando en la historia incluso cuando no comprendemos plenamente lo que sucede, y los descubrimos en lo concreto de un padre o una madre que luchan cada día por sostener su hogar y educar a los hijos, un joven que busca con sinceridad al Señor como sentido de su vida o un anciano que sostiene a su familia con su oración silenciosa. La cruz nos recuerda que la historia humana no está abandonada al caos.

El precio de treinta monedas

Un segundo particular de san Mateo es como introduce un detalle que no aparece con la misma precisión en los otros evangelios: Judas entrega a Jesús por «treinta monedas de plata» (Mt 26,15). En el mundo bíblico esa suma correspondía al precio de un esclavo (cf. Ex 21,32). El Mesías esperado es reducido al valor de una mercancía.

Este gesto revela una tentación constante del corazón humano. Cada época tiene sus propias “treinta monedas”, aquellas pequeñas ventajas por las que se puede terminar traicionando lo más importante.

Pensemos en un niño que puede experimentar la presión de encajar en un grupo donde el ser rudo o bravucón vale más que la bondad. Un adolescente que siente que debe ocultar su fe para no quedar fuera de su ambiente. Un adulto (joven o viejo) que se deja llevar por el afán de la carrera, el trabajo, el dinero, diversión o el prestigio y va abandonando poco a poco la vida espiritual porque «ya no queda tiempo».

Las treinta monedas no siempre aparecen como una traición evidente. A veces se presentan como pequeñas concesiones que parecen insignificantes. El episodio de Judas recuerda que la fidelidad a Dios se construye precisamente en esas decisiones diarias que orientan el corazón.

Los signos que anuncian un mundo nuevo

Un tercer aspecto particular lo vemos en el momento de la muerte de Jesús, ahí san Mateo describe acontecimientos extraordinarios: «El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se partieron» (Mt 27,51). Añade también que «los sepulcros se abrieron» (Mt 27,52).

Estos signos pertenecen al lenguaje bíblico que indica un momento decisivo en la historia de la salvación. El velo rasgado señala que el acceso a Dios queda abierto. La creación misma parece reaccionar ante el acontecimiento de la cruz. La muerte de Cristo no es el final de una historia, sino el inicio de una realidad nueva.

En una cultura acostumbrada a confiar plenamente en la tecnología y en la capacidad humana de controlarlo todo, la cruz recuerda que la transformación más profunda de la historia nace del sacrificio por amor que ha ofrecido Jesús. Ningún algoritmo puede producir lo que nace del verdadero amor. Ninguna innovación técnica puede sustituir la capacidad de perdonar, de servir o de entregar la propia vida por los demás.

En la vida cotidiana esta novedad aparece de muchas maneras. Se manifiesta cuando una familia se mantiene unida en medio de las dificultades, cuando un joven decide orientar su vida hacia el bien a pesar de que lo toque tomar decisiones que lo hagan ir contracorriente, cuando una persona perdona una ofensa que parecía imposible de soltar, cuando alguien dedica tiempo a acompañar a quien sufre. La cruz inaugura una lógica nueva que transforma silenciosamente la historia.

Dos actitudes ante el misterio de la cruz

El relato de la Pasión muestra que no todos reaccionan de la misma manera ante Jesús. Por un lado algunos permanecen cerrados. Ciertos dirigentes religiosos, aun conociendo las Escrituras, no reconocen al Mesías cuando pasa delante de ellos. El orgullo espiritual puede impedir ver la verdad incluso cuando está cerca.

Por otro lado aparecen personas que perciben que algo extraordinario está ocurriendo. La esposa de Pilato advierte en sueños sobre la inocencia de Jesús: «No te metas con ese justo» (Mt 27,19). Finalmente, cuando Jesús muere, el centurión y los soldados exclaman: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mt 27,54).

Esta escena refleja algo muy humano. A veces quienes creen saberlo todo se vuelven incapaces de escuchar. En cambio, quienes conservan un corazón sencillo pueden reconocer la verdad con mayor claridad. El ejemplo más claro lo tenemos en un niño que confía espontáneamente en Dios, pienso en aquellos que muchas veces me piden una oración por algún pariente en particular; también el testimonio de la gente que viene y enciende una vela ante las imagenes de los santos, o los que donan aceite para la lámpara del Santísmo, o los ancianos que en sus hogares aunque ya no pueden salir siguen pidiendo por sus familias. En esa sencillez muchas veces se nos revela la fe de los pequeños del Señor.

La entrada en Jerusalén y el camino hacia la cruz

La celebración de este día comienza con la escena de la entrada de Jesús en Jerusalén. El Señor llega montado en un burrito, cumpliendo la antigua profecía que anunciaba al Mesías humilde (cf. Zac 9,9). La multitud lo aclama mientras entra en la ciudad.

Jesús conoce el sentido profundo de ese momento. Entra en Jerusalén para recorrer el camino que lo llevará a la cruz, misterio que contemplaremos de modo especial el viernes santo, pero cuyo desenlace final lo encontraremos con su victoria sobre la muerte con su gloriosa resurrección en la noche santa de la Vigilia Pascual.

La Semana Mayor comienza precisamente aquí: acompañando a Cristo que avanza hacia la cruz.

Una pregunta al comenzar la Semana Santa

El relato de la Pasión no pertenece únicamente al pasado. La liturgia lo proclama para que cada creyente contemple el misterio de Cristo y permita que ilumine su propia vida. Jesús entra en Jerusalén para ofrecer su vida en la cruz, y también quiere entrar en la historia concreta de cada persona: en la vida de los niños que descubren el mundo, en los sueños de los jóvenes, en el trabajo cotidiano de los adultos y en la experiencia de quienes han recorrido muchos años de vida.

Al comenzar estos días santos queda una sola pregunta que merece ser escuchada en el silencio del corazón:

¿cómo me encuentra el Señor en esta Semana Santa?