La alegría de la Pascua

Catequesis Pequeñas Comunidades y  Comunidades Eclesiales de Base

II Domingo de Pascua – Ciclo A

Fecha: 09/08/2026

Frase: “Hoy, hermanos, han tenido la dicha de escuchar la página en que San Juan, el evangelista sublime, llega hasta las alturas a donde podía llegar ya un hombre por más inspirado que esté. Es cuando Tomás dudando se convence y cae de rodillas: ¡Señor mío y Dios mío! Esto es Cristo. Fíjense que en la interpretación bíblica estas dos palabras Señor y Dios, son las que usaban los israelitas para designar al Dios de Abraham, al Dios de Jacob, al creador, y por eso lo llamaban en hebreo Yahvé, Elohim, el Señor Dios. Pues ese Dios creador, ese Dios de la alianza del Viejo Testamento, ese Dios que acompaña a la historia de su pueblo, ese Dios que no deja perecer a quien en El confía, es, así lo llama Tomás a Cristo: «Señor y Dios».” (San Óscar Romero, 02 de abril 1978)

Celebración de la Palabra (Ver)

• Hch 2, 42-47. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común.
• Sal 117. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
• 1P 1, 3-9. Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva.
• Jn 20, 19-31. A los ocho días llegó Jesús.

¿Cómo se vive la Pascua en nuestra sociedad? ¿Qué hay de nuestra vida familiar y parroquial?

Catequesis (Juzgar)

El Evangelio proclamado en el II Domingo de Pascua nos conduce al corazón mismo del misterio cristiano. San Juan narra en este pasaje cuatro momentos decisivos: la aparición del Señor resucitado a los discípulos reunidos, el encuentro con el apóstol Tomás ocho días después y, finalmente, la conclusión del Evangelio, que revela su propósito fundamental. No estamos solamente ante un relato consolador para la primera comunidad cristiana, sino ante uno de los textos más densos de todo el cuarto Evangelio desde el punto de vista teológico. En él se iluminan la realidad de la resurrección de Cristo, lamisión apostólica confiada a la Iglesia, el don del perdón de los pecados y la finalidad misma de los Evangelios: conducirnos a la fe para que tengamos vida en el nombre de Jesús. Contemplar este pasaje nos ayuda a comprender mejor el significado de la Pascua y el modo en que el Señor continúa actuando hoy en medio de su Iglesia.

2.1 La aparición de Jesús a los discípulos reunidos

La escena tiene lugar “al atardecer del primer día de la semana”. Los discípulos se encuentran reunidos, pero llenos de miedo. Las puertas están cerradas por temor a las autoridades judías. Este detalle tiene una doble función. Por una parte, describe el estado interior de los apóstoles: el impacto de la muerte de Jesús los ha dejado desorientados, heridos y temerosos. Por otra, subraya ya una característica del cuerpo glorioso de Cristo. El Señor aparece de pronto en medio de ellos aun cuando las puertas están cerradas. No se trata de un simple retorno a la vida anterior, como ocurrió con Lázaro, sino de una vida nueva y glorificada. La resurrección de Cristo inaugura una condición de existencia transformada por la gloria de Dios.

Las primeras palabras de Jesús son sencillas y profundas: “La paz con vosotros”. En la Biblia, la paz no es solo ausencia de conflicto. La palabra hebrea shalom expresa plenitud de vida, reconciliación con Dios, restauración interior y bendición mesiánica. Cristo resucitado comunica a sus discípulos esa paz que brota de su victoria sobre el pecado y la muerte. La cruz parecía haber sido el triunfo del mal, pero la resurrección manifiesta que el amor de Dios ha vencido definitivamente. Por eso el saludo del Señor es, al mismo tiempo, anuncio y don: la paz prometida por los profetas se hace presente en medio de la comunidad creyente.

Sin embargo, los discípulos necesitan algo más que palabras. Todavía se encuentran desconcertados. Por eso Jesús les muestra las manos y el costado. Estas llagas tienen un profundo significado teológico. Son el signo visible de que el Resucitado es el mismo que fue crucificado. El Evangelio quiere dejar claro que no se trata de una visión subjetiva ni de una ilusión espiritual. El Señor resucitado es verdaderamente Jesús de Nazaret, el que murió en la cruz. La resurrección no elimina la historia de la pasión; la transfigura. Las heridas permanecen como títulos de victoria, signos permanentes del amor llevado hasta el extremo.

Los evangelistas subrayan este aspecto porque ya en los primeros tiempos surgieron dificultades y errores sobre la naturaleza de las apariciones del Resucitado. Algunos pensaban que Cristo se manifestaba solo de modo espiritual, como si fuera una presencia puramente interior o una especie de fantasma. Por eso san Lucas relata que el Señor incluso come delante de sus discípulos (Lc 24,41-43). El mensaje es claro: Cristo ha resucitado verdaderamente con su cuerpo, aunque ahora se trate de un cuerpo glorificado y transformado. La fe cristiana no enseña una simple supervivencia del alma, sino la victoria total de la vida sobre la muerte.

Este primer momento del relato deja ya planteada una verdad central de la Pascua: el Resucitado no es una idea, ni un recuerdo piadoso, ni una experiencia meramente interior de los discípulos. Es el mismo Cristo, vivo para siempre, que entra en la historia concreta de los suyos, vence su miedo y los introduce en una existencia nueva. Desde aquí se entiende mejor lo que san Juan narrará a continuación.

 2.2 Las características del cuerpo glorioso y el destino del hombre

A partir de este mismo relato evangélico, la tradición de la Iglesia, y de modo particular santo Tomás de Aquino, ha reflexionado sobre las propiedades del cuerpo glorioso. Conviene recordar, ante todo, que lo que la teología explica no nace de una fantasía especulativa, sino de lo que Cristo resucitado deja entrever en los Evangelios. La doctrina teológica profundiza en lo revelado, no lo reemplaza. Por eso, al contemplar la aparición del Señor en el cenáculo, podemos comprender mejor las cualidades del cuerpo resucitado.

En primer lugar, el hecho de que Jesús se presente en medio de ellos estando las puertas cerradas permite comprender lo que santo Tomás llama sutileza. Esta propiedad significa que el cuerpo glorioso está perfectamente sometido al alma glorificada. No quiere decir que Cristo sea un fantasma o que su cuerpo haya dejado de ser real. Significa, más bien, que la materia ha quedado plenamente subordinada al espíritu. El cuerpo ya no está limitado por las condiciones materiales ordinarias de nuestra existencia terrena. En otras palabras, en el estado glorioso el cuerpo está totalmente sujeto al alma y participa de su modo elevado de ser.

En segundo lugar, el pasaje manifiesta la impasibilidad. Jesús se presenta vivo y victorioso después de haber padecido la pasión. Conserva las llagas, pero estas ya no producen dolor, desgaste ni corrupción. Permanecen como signos gloriosos de su entrega redentora. Son heridas transfiguradas por el amor y por la victoria de la vida divina. Así se comprende que el cuerpo glorioso ya no puede sufrir ni morir. La muerte ha sido vencida de una vez para siempre.

La tradición reconoce también la agilidad, es decir, la perfecta obediencia del cuerpo a la voluntad del alma glorificada en relación al movimiento para realizarlo con mayor facilidad y ligereza. En los relatos pascuales, Cristo aparece y desaparece, se hace presente donde quiere, sin las limitaciones propias de nuestra condición actual. Y aunque en este episodio del cenáculo no se describe directamente el resplandor del cuerpo del Señor, la teología añade una cuarta propiedad: la claridad, que es el brillo de la gloria divina participado por el cuerpo resucitado. Esta claridad la contemplamos anticipadamente en la Transfiguración. Así, las cuatro propiedades —sutileza, impasibilidad, agilidad y claridad— muestran que el cuerpo de Cristo es el mismo que fue crucificado, pero ahora participa plenamente de la vida gloriosa de Dios.

Esta enseñanza sobre el cuerpo glorioso no interesa solo por curiosidad doctrinal. En realidad, nos ayuda a comprender mejor el destino final del hombre y a contrastar las diversas etapas de la condición humana. En el estado de justicia original, antes del pecado, el hombre vivía en armonía interior. La razón dominaba las pasiones, el cuerpo estaba ordenado al alma y la muerte no formaba parte de la experiencia humana. La tradición teológica explica esta condición mediante los llamados dones preternaturales, que preservaban al hombre del sufrimiento, del desorden interior y de la corrupción.

Con el pecado original se pierde esa armonía y comienza el estado poslapsario, es decir, la condición del hombre después de la caída. La naturaleza humana permanece buena porque ha sido creada por Dios, pero queda herida. Aparecen el sufrimiento, la muerte y la concupiscencia, que es la inclinación desordenada hacia el pecado. La experiencia cotidiana confirma esta realidad: el hombre conoce el bien, pero descubre dentro de sí una resistencia que lo inclina hacia lo contrario. La inteligencia puede oscurecerse, la voluntad debilitarse y las pasiones desordenarse. Esta es la situación de la humanidad dejada a sí misma.

Sin embargo, el Evangelio del Resucitado nos recuerda que la historia humana no termina en esa herida. Cristo inaugura el estado del hombre redimido, que comienza sacramentalmente en el bautismo. Por el bautismo el cristiano recibe la gracia santificante, que restaura la amistad con Dios perdida por el pecado original. Esta gracia no elimina de inmediato todas las consecuencias del pecado —la debilidad, la concupiscencia y la muerte física permanecen—, pero introduce en el alma una vida nueva. Es una verdadera participación en la vida divina, un principio sobrenatural de transformación interior.

Gracias a esta vida sobrenatural, el cristiano ya no lucha solo contra el pecado. La gracia ilumina la inteligencia para conocer mejor el bien, fortalece la voluntad para elegirlo y sostiene el corazón en el camino de la santidad. Por eso la vida cristiana no consiste en intentar ser buenos por nuestras propias fuerzas, sino en dejar actuar en nosotros la vida de Cristo que recibimos en los sacramentos. Aquí entra el ejercicio de las virtudes, que configuran nuestro modo de obrar con el de Cristo. Gracias a ellas recuperamos una cierta connaturalidad con el bien, es decir, una inclinación interior a vivir según la voluntad de Dios. La vida cristiana no es simplemente un esfuerzo moral humano; es la vivencia de la vida nueva del Resucitado en nosotros.

Esta acción de la gracia se sostiene y se acrecienta en la vida sacramental. El bautismo nos hace nacer a la vida divina. La confirmación fortalece en nosotros la presencia del Espíritu Santo. La Eucaristía alimenta la unión con Cristo y robustece la caridad. La reconciliación restablece la gracia perdida por el pecado grave y sana las heridas que el pecado deja incluso cuando no rompe totalmente la amistad con Dios. De este modo, el hombre redimido camina sostenido por auxilios sobrenaturales reales. No va solo. La Pascua no solo revela el futuro de la gloria; introduce ya en el presente una vida nueva que nos prepara para ella.

 2.3 Alegría pascual y envío apostólico

Después de mostrarles sus llagas, el Evangelio afirma que los discípulos “se llenaron de alegría al ver al Señor”. Esta alegría es una de las notas propias de la Pascua. El encuentro con Cristo vivo transforma el miedo en gozo y la incertidumbre en esperanza. La primera comunidad cristiana experimentó esta alegría como la certeza de que Dios había cumplido sus promesas y había confirmado plenamente a Jesús. La muerte del Señor no fue el final de su misión, sino el comienzo de una vida nueva para toda la humanidad.

Precisamente desde esta alegría brota la misión. Jesús repite el saludo: “La paz con vosotros”, pero ahora añade: “Como el Padre me envió, así también os envío yo”. Con estas palabras el Señor instituye la misión apostólica. Los discípulos no solo reciben el consuelo de la presencia del Resucitado; reciben también una tarea. Del mismo modo que el Padre envió al Hijo al mundo para salvar a los hombres, ahora Cristo envía a sus apóstoles para continuar su obra en la historia.

Esto permite comprender una verdad muy importante: la Iglesia no nace de una iniciativa humana, ni de la simple admiración de un grupo de seguidores por su maestro. La Iglesia nace de un envío que procede del mismo Cristo. Su origen es pascual y misionero. Los apóstoles serán testigos de la resurrección y anunciarán al mundo la salvación realizada por Jesucristo. Por eso la Pascua no es solo un acontecimiento que se contempla; es un acontecimiento que impulsa a anunciar la Buena Noticia.

2.4 El perdón de los pecados y la nueva creación

En este contexto aparece uno de los gestos más significativos del Evangelio. Jesús sopla sobre los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Este gesto recuerda inmediatamente el relato del Génesis, cuando Dios insufla aliento de vida en el hombre (Gn 2,7). El soplo de Cristo indica una nueva creación. Así como el primer Adán recibió la vida por el aliento de Dios, ahora la humanidad recibe una vida nueva por el Espíritu que comunica el Resucitado.

El don del Espíritu está unido a una misión concreta. Jesús añade: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Estas palabras tienen un significado extraordinario desde el punto de vista de la teología sacramental. En el Antiguo Testamento solo Dios podía perdonar los pecados. Por eso, cuando Jesús perdonaba pecados durante su vida pública, algunos lo acusaban de blasfemia. Ahora, en cambio, el Señor comparte con sus apóstoles ese poder divino para que su misericordia permanezca operante en la historia.

La Iglesia ha reconocido siempre en este pasaje la institución del sacramento de la reconciliación. Cristo confía a los apóstoles la autoridad de perdonar los pecados en su nombre. No se trata simplemente de anunciar que Dios perdona, sino de ejercer sacramentalmente ese perdón. El concilio de Trento enseñó solemnemente que estas palabras del Señor se refieren precisamente a la potestad de perdonar los pecados en el sacramento de la penitencia.

Este aspecto del Evangelio adquiere un relieve especial en el contexto del II Domingo de Pascua, que en la tradición reciente se conoce también como Domingo de la Divina Misericordia. La resurrección de Cristo manifiesta que el amor de Dios es más fuerte que el pecado. El Señor quiere que ese perdón llegue a todos los hombres a través del ministerio de la Iglesia. Cada vez que un cristiano se acerca al sacramento de la reconciliación experimenta de nuevo aquel soplo del Espíritu que Cristo comunicó a sus apóstoles. Allí el Resucitado no solo absuelve, sino que recrea interiormente al pecador arrepentido.

 2.5 La experiencia de Tomás y la maduración de la fe

Después de la aparición a los discípulos reunidos, el Evangelio introduce la figura de Tomás. Cuando Jesús se apareció por primera vez, él no estaba con ellos. Al escuchar el testimonio de los demás, responde con una actitud de escepticismo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Tomás representa una posibilidad muy humana: la dificultad para creer cuando se quiere someter la fe a las propias condiciones.

Ocho días después, los discípulos se encuentran nuevamente reunidos y Tomás está con ellos. Jesús aparece de nuevo en medio de la comunidad y repite su saludo de paz. Luego se dirige directamente a Tomás y lo invita a comprobar aquello que había exigido.

La respuesta de Tomás constituye una de las confesiones de fe más profundas de todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. En estas palabras el apóstol reconoce no solo la resurrección de Jesús, sino también su verdadera identidad divina. El Evangelio de Juan comienza afirmando que el Verbo era Dios y culmina con esta confesión de fe en la divinidad de Cristo. Tomás pasa de la duda a la adoración, y su itinerario se convierte en un espejo de la maduración de la fe cristiana.

Jesús responde con una enseñanza que tiene un valor especial para todos los creyentes de las generaciones posteriores: “Porque me has visto has creído; dichosos los que creen sin haber visto”. Esta bienaventuranza se dirige a todos los que, a lo largo de la historia, creerán en Cristo basándose en el testimonio apostólico. La fe cristiana no es una credulidad irracional, pero tampoco depende exclusivamente de la evidencia sensible. Es una adhesión confiada al testimonio de quienes fueron elegidos por Dios para ser testigos de la resurrección y transmitir esa fe a la Iglesia de todos los tiempos.

 2.6 La conclusión del Evangelio y la finalidad de la fe

San Juan concluye esta sección del Evangelio con unas palabras que resumen el propósito de toda su obra: “Muchos otros signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31). El Evangelio no pretende ofrecer una crónica exhaustiva de todos los hechos de la vida de Jesús. Su finalidad es conducir a la fe y, por medio de la fe, a la vida.

La fe de la que habla san Juan no es una simple aceptación intelectual de ciertas verdades. Es una entrega personal a Cristo, una relación viva con el Señor resucitado. Creer en su nombre significa confiar en su persona, acoger su palabra, entrar en comunión con Él y dejar que su vida transforme la nuestra. De esta fe brota la vida nueva que Cristo ha venido a traer al mundo.

Contemplando este Evangelio en el tiempo pascual, la Iglesia nos invita a renovar nuestra propia fe en el Señor resucitado. La escena del cenáculo nos recuerda que Cristo continúa presente en medio de su comunidad. Él sigue ofreciendo su paz, comunicando su Espíritu y concediendo el perdón de los pecados. La Pascua no pertenece solamente al pasado. El Resucitado actúa hoy en su Iglesia y nos llama a ser testigos de su misericordia en el mundo.

Por eso, cada celebración de la Eucaristía es también un encuentro con el Señor resucitado. Allí escuchamos su palabra, recibimos su paz y participamos de su vida divina. Como los apóstoles en el cenáculo, estamos llamados a dejar que el miedo se transforme en alegría, la duda en fe y el encierro en misión. La Pascua nos recuerda que la última palabra sobre la historia no la tienen el pecado ni la muerte, sino el amor victorioso de Dios manifestado en Jesucristo.

 Conclusión

El Evangelio hoy nos introduce en el núcleo de la fe pascual: Cristo, el Crucificado, vive glorioso; entra en medio de los suyos con el don de la paz, confirma con sus llagas la realidad de su resurrección, comunica el Espíritu Santo, confía a la Iglesia el ministerio del perdón y conduce a Tomás —y con él a todos nosotros— a la confesión plena de su divinidad. Al mismo tiempo, su cuerpo glorioso anticipa el destino final del hombre y nos permite comprender que la gracia bautismal ya ha comenzado en nosotros una vida nueva, sostenida por las virtudes y los sacramentos, que camina hacia la gloria futura. Así, la Pascua no es solo el recuerdo de una victoria pasada, sino la fuente viva de la nueva creación que Dios realiza hoy en su Iglesia y en cada creyente.

3. Edificación espiritual (Actuar)

·  Los discípulos estaban encerrados por miedo cuando Jesús se les apareció.
¿En qué momentos de mi vida he sentido miedo, desánimo o incertidumbre, y cómo he experimentado que Cristo trae paz a mi corazón?

·  Jesús muestra sus llagas para que los discípulos lo reconozcan.
¿He descubierto alguna vez cómo Dios puede transformar una herida, una dificultad o un sufrimiento en una experiencia de fe o crecimiento espiritual?

·  El Señor sopla sobre los apóstoles y les confía el perdón de los pecados.
¿Cómo ha sido mi experiencia con el sacramento de la reconciliación? ¿Qué cambia en mi vida cuando experimento el perdón de Dios?

·  Tomás pasa de la duda a la confesión: “Señor mío y Dios mío”.
¿Qué me ayuda a fortalecer mi fe cuando aparecen dudas, dificultades o momentos de oscuridad en la vida espiritual?