Día 6 – El acto de Consagración al Sagrado Corazón

Si bien es cierto que la espiritualidad del Corazón de Cristo no consiste en una serie de prácticas determinadas, sino que, teniendo como base el acto de amor, acto esencial la vida interior, busca en el fondo disponer al hombre a corresponder al Amor que el Señor ha tenido con amor, se ha de afirmar que en la espiritualidad del Sagrado Corazón se han establecido dos actos por los cuales se ha caracterizado de modo particular desde el siglo XVI gracias a san Jean Eudes y santa Margarita Maria Alocoque, estos son la consagración y la reparación. Las raíces de esto las podemos ver en la misma caridad de Jesucristo pues son expresión de la entrega total y la satisfacción debida por el pecado, que Él ha realizado en la Cruz dando su vida por amor al Padre y por amor a los hombres.

Los actos de consagración en el sentido actual fueron un elemento propuesto ya en el siglo XVII por la escuela salesiana de espiritualidad, san Francisco de Sales lo proponía como una renovación del compromiso bautismal hecha frente al confesor a través de una compromiso de dedicarse al amor de Dios. El Cardenal Pierre de Bérulle y san Juan Eudes verán en el sí de Jesucristo (cf. Hb 10, 5) el modelo de la entrega de cada cristiano a la voluntad del Padre. En ese contexto espiritual se colocará la consagración al Sagrado Corazón realizado por santa Margarita María Alacoque y su director espiritual san Claudio de la Colombiére s.j.

El Papa León XIII la llamó «la plenitud y la perfección de todos los homenajes» que se dan al Corazón de Cristo. La consagración es el ofrecimiento de sí mismo, con todo lo que se tiene al Sagrado Corazón, a la vez que se reconoce que todo lo que se es y se tiene ha sido recibido de Dios. Es una  “respuesta generosa y decidida que nace de la experiencia personal del amor de Jesucristo, respuesta llena de adoración y de un amor sobreabundante que llamamos reparación, unión íntima y personal desde la oración y la vida a la Redención operada por Cristo»[J. García]

Se trata pues de una donación generosa al Señor que busca reafirmar las promesas bautismales, en el sacramento por el cual se entra a la vida cristiana, el hombre ha sido marcado por el carácter como perteneciente a Dios y busca renovar esa pertenencia.

En éste acto de consagración el hombre busca manifestar su plena confianza y abandono en Aquel que le amó primero, obedece de alguna manera al deseo que tiene el hombre de tener un punto firme en su vida, a partir del cual pueda interpretar la realidad y que le permita hacer frente a los vaivenes de la cotidianidad, necesita sentir en el fondo de sí “el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe…la presencia de Cristo, corazón del mundo»[Benedicto XVI]. Este acto de entrega total no es algo radicalmente novedoso en la Iglesia, por ejemplo en un viejo tratado llamado “De decem caecitatibus” del siglo XIV se lee la siguiente recomendación:

Primeramente, ofreceos al Señor en la simplicidad de vuestro corazón, por los tiempos y por la eternidad, declaraos listos a la prosperidad y a la adversidad, a la vida y a la muerte, animados por el único deseo de hacer su voluntad y renunciar a vuestra propia voluntad. Ofreceos para que Él os posea como le plazca [M.-V. Bernadot]

Este ardor que renueva el acto de consagración denota también el matiz pasional y sentimental que tiene la espiritualidad del Sagrado Corazón, pero éste obedece en primer lugar a un acto de la voluntad libre movida por el intelecto que en la fe ha conocido el amor redentor de Jesucristo.

De tal modo que el elemento sensible constituye un signo de la integralidad de esta espiritualidad, ya que busca abrazar al hombre completo para que entrando en el Corazón de Cristo reciba más diligentemente todas las gracias necesarias para el pleno desarrollo de su vida espiritual.

Así la espiritualidad del Sagrado Corazón, no puede desentenderse de su elemento sentimental, ella dona el matiz humano-afectivo que dispone al hombre ha introducirse y a interiorizar los misterios de Cristo, no se trata de una mero objetivismo que puede llegar a intentar cosificar las realidades de la vida espiritual que nos ha sido dada por la gracia, también hay un elemento afectivo que permite la participación en las mismas, es parte de la dinámica de la Encarnación misma. Este tipo de espiritualidad se puede llamar apasionada porque su esencia es el misterio del sufrimiento por amor, el misterio pascual, se trata de un deseo profundo de amar ardientemente hasta el extremo de entregar la propia vida Jesucristo porque Él la entregó primero porque nos amaba y para hacernos partícipes de esa misma vida en la comunión de la Iglesia. La consagración es en el fondo un intercambio de amor que a su vez nos abre al amor a los demás.

el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto —como nos dice el Señor— que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn 7, 37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn 19, 34)…[Benedicto XVI]

La consagración al Corazón de Jesús, es dar un paso hacia lo definitivo, pues sólo en la donación total Cristo se puede desarrollar el amor en su plenitud, de tal modo, ésta es un mecanismo utilísimo para el desarrollo pleno de la vida espiritual, ya que modelada por la caridad ardentísima del corazón divino, las virtudes crecen en el hombre de modo intensísimo pues se encuentra en tensión hacia lo eterno, generándose una unión con Dios por amor y en la que Dios crea el amor, porque como se dijo anteriormente Dios no sólo desea el bien para el otro (amor de benevolencia) sino que también lo crea.

El desarrollo del amor hacia sus más altas grados y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad —sólo esta persona—, y en el sentido del «para siempre». El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente, el amor es un salir de sí mismo, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios

León XIII decía que la consagración es útil a todos pues “Después de haberlo realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su amor hacia El. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la caridad.»

Pío XI la proponía como el medio para que el Reino de Dios se actualizara en la vida del cristiano, Pio XII decía que por ella los méritos obtenidos por la victoria sobre el demonio, el pecado y la muerte, y los tesoros de la sabiduría y ciencia se presentan disponibles para el cristiano.

La consagración al Corazón de Jesús, no es una acción intimista, antes bien, tiene un carácter misionero puesto que Cristo a través de los miembros de su Cuerpo Místico busca extenderse a todos los confines del mundo, ofreciendose al Padre en un acto supremo de amor

Frente al deber de la nueva evangelización, el cristiano que viendo el Corazón de Cristo, Señor del tiempo y de la historia, a Él consagra y junto consagra los propios hermanos, se descubre portador de su luz. Animado de su espíritu de servicio, él coopera a abrir a todos los seres humanos la perspectiva del ser elevador hacia la propia plenitud personal y comunitaria [San Juan Pablo II]

El hombre sale de sí para entregarse completamente a este Corazón amantísimo, en Él descubre el amor ardiente de Dios por el género humano, ello lleva al cristiano a renovar su carácter misionero, puesto que no puede no amar a los hombres a los que Jesús ama, y los amará como Él ama, porque amará en Él.

«Conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás.» [Benedicto XVI]