(Notas de la segunda conferencia del curso Introductorio a la Psicología del Dr Keith Campbell, hecho con apoyo de IA)
Introducción
La psicología del desarrollo estudia los cambios que experimenta la persona desde el nacimiento hasta la muerte. Estos cambios no son solo físicos, sino también emocionales, sociales, cognitivos y morales. Cada etapa de la vida humana implica retos y oportunidades que, al ser afrontados, contribuyen a formar la identidad y la madurez. Este capítulo recorre dichas etapas a la luz de las principales teorías del desarrollo, mostrando cómo la vida humana se comprende mejor como un proceso dinámico y continuo.
La psicología del desarrollo: una definición
El desarrollo humano implica transformaciones en múltiples dimensiones:
- Social: la capacidad de relacionarse y formar vínculos significativos.
- Personalidad: el crecimiento de rasgos y actitudes que dan coherencia al yo.
- Psicosexual: la evolución de la energía vital descrita por Freud en sus fases.
- Moral: la capacidad de juzgar y actuar conforme a principios éticos.
- Cognitiva: el paso de un pensamiento concreto a otro abstracto y flexible.
Estas dimensiones no se desarrollan de forma aislada: se entrelazan y configuran la manera en que cada persona vive sus etapas.
Etapas del desarrollo humano
1. Infancia (0–18 meses)
El primer contacto con el mundo determina la confianza básica. Cuando los cuidadores ofrecen alimento, protección y afecto, el niño desarrolla seguridad. Por el contrario, la negligencia genera desconfianza y ansiedad. Freud ubica aquí la etapa oral, donde la boca es el centro de gratificación, y una fijación podría derivar en hábitos como fumar o morderse las uñas en la adultez.
Bowlby resalta el apego seguro: la experiencia de ser consolado y protegido genera la base para relaciones futuras estables. Para Piaget, es la etapa sensoriomotora, donde el bebé aprende mediante reflejos y movimientos, alcanzando el logro clave de la permanencia del objeto (comprender que las cosas existen aunque no se vean).
2. Primera infancia (2–3 años)
El niño comienza a afirmarse: aprende a caminar solo, controlar esfínteres y usar palabras para expresar deseos. Erikson define este periodo como autonomía vs. vergüenza/duda: la independencia se fortalece si los padres apoyan, pero la crítica excesiva produce inseguridad.
Freud sitúa aquí la etapa anal, marcada por el entrenamiento del control de esfínteres, que puede llevar a personalidades rígidas u obsesivas si se resuelve mal.
En el ámbito cognitivo, Piaget habla de los primeros rasgos preoperacionales: pensamiento simbólico, uso del lenguaje y juego imaginativo.
3. Edad preescolar (3–5 años)
En esta etapa los niños desarrollan iniciativa: inventan juegos, hacen preguntas, planifican actividades. Si son desalentados, surge la culpa. Freud la llama etapa fálica, vinculada a la identidad de género y al conocido complejo de Edipo.
Los vínculos se amplían hacia maestros y compañeros, aunque sigue habiendo un fuerte egocentrismo. Piaget señala que el niño aún no comprende del todo la perspectiva ajena, pero sí utiliza símbolos y dibujos para representar el mundo. En el aspecto moral, empiezan a aparecer nociones de “ser bueno” para obtener aprobación, en línea con el nivel convencional de Kohlberg.
4. Años escolares (6–11 años)
El niño se enfrenta al reto de la competencia. La escuela introduce comparaciones, logros académicos y la necesidad de trabajar en equipo. Erikson describe el conflicto como industria vs. inferioridad: si logra habilidades y recibe reconocimiento, desarrolla confianza; si fracasa repetidamente, se siente inadecuado.
Freud ubica este tiempo en la latencia, donde la energía sexual se mantiene en reposo, facilitando la concentración en aprendizajes sociales y académicos.
Cognitivamente, Piaget habla de operaciones concretas: el niño puede razonar lógicamente, pero aún sobre objetos tangibles, no sobre conceptos abstractos. Moralmente, se afianza el respeto por reglas, leyes y autoridad.
5. Adolescencia (12–18 años)
Aquí aparece uno de los periodos más intensos: la búsqueda de una identidad coherente. El adolescente se pregunta: “¿quién soy?”. Erikson lo describe como identidad vs. confusión de rol. Quien logra integrar sus experiencias construye un yo estable; quien no, se siente perdido y cambiante.
Freud marca la etapa genital, en la que la sexualidad alcanza madurez. Bowlby observa que los vínculos románticos reflejan los patrones de apego formados en la infancia. Piaget señala la operación formal, que permite razonar en abstracto, elaborar hipótesis y cuestionar valores. Kohlberg añade que algunos jóvenes alcanzan la moral postconvencional, guiada por principios universales más allá de la norma social.
6. Adultez emergente (18–28 años)
En las últimas décadas se reconoce esta fase intermedia: ya no se es adolescente, pero tampoco adulto consolidado. Es un tiempo de exploración: elegir carrera, experimentar relaciones, buscar identidad profesional. Culturalmente se caracteriza por el retraso del matrimonio y la prolongación de estudios. Esta etapa se vive como libertad, pero también como incertidumbre.
7. Adultez joven (29–40 años)
Predomina el reto de la intimidad vs. aislamiento (Erikson). Formar vínculos afectivos profundos, amistades duraderas y proyectos compartidos es la meta. Si no se logra, la persona puede quedar aislada emocionalmente. La personalidad se estabiliza: rasgos como la responsabilidad y la apertura tienden a madurar. Es una fase de consolidación de identidad, familia y trabajo.
8. Adultez media (40–60 años)
El centro de esta etapa es la generatividad vs. estancamiento: se busca dejar huella, cuidar de otros, contribuir al bien común. Puede vivirse como fecundidad (en hijos, proyectos, servicio), o bien como vacío y crisis. Jung observó que en la mediana edad muchas personas reorientan su vida hacia la espiritualidad o la búsqueda de sentido más allá del éxito material. Es la etapa de las llamadas “crisis de la mitad de la vida”, en las que se reevalúan metas y prioridades.
9. Vejez (65 años en adelante)
La última etapa enfrenta la tensión entre integridad del yo vs. desesperación. Quien acepta su vida con paz, integrando luces y sombras, alcanza serenidad. Quien se queda en el arrepentimiento y el miedo, cae en desesperación. Freud y Jung sugirieron que aquí la mente se prepara para la muerte; Erikson lo presenta como el desafío de integrar la biografía con sentido. Es el tiempo de transmitir sabiduría, reconciliarse con la propia historia y, en muchos casos, profundizar en la espiritualidad.
Conclusión
El desarrollo humano es un viaje de transformación constante. Cada etapa plantea retos que, superados, permiten crecer hacia mayor madurez. Desde la confianza básica del recién nacido hasta la integridad del anciano, el ser humano está llamado a integrarse consigo mismo, con los demás y con el sentido último de su existencia. Conocer estas fases no solo ayuda a comprender a otros, sino también a leer nuestra propia vida como un proceso en el que cada edad aporta su riqueza y prepara la siguiente.