El Fin de la vida cristiana

Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 2)

Se dice que en toda operación dinámica siempre ha de tenerse presente el fin, en todo aquello que implica un movimiento se plantea un destino, un peregrino que emprende un camino debe saber a donde se dirige, aquel que empieza un estudio debe saber a qué quiere llegar con él. En palabras de Séneca:

“Siempre que quieras saber qué es menester evitar y qué es menester desear, posa tu mirada en el bien supremo como finalidad de toda tu existencia. Con este bien supremo es menester que concuerde todo lo que hagamos, pues no podrá ordenar ninguna de sus obras más que aquel que ha señalado un fin último a su vida. Ningún pintor, por más que tenga los colores a punto, logrará obtener un retrato si no tiene bien fijado lo que pretende pintar. En esto pecamos, en que deliberamos sobre las diferentes partes de la vida y nadie lo hace sobre toda ella. Quien pretenda disparar una flecha tiene que saber a donde se propone hacer blanco; entonces podrá apuntar y dirigir el tiro: nuestras decisiones fallan porque no sabemos a dónde apuntamos. A quien no sabe hacia qué puerto se encamina, ningún viento le será bastante propicio” (Séneca, Carta 71 a Lucilo)

En el desarrollo de nuestra vida espiritual hemos de preguntar ¿cuál es su fin?  ¿para qué estoy aquí? ¿cuál es el propósito que el Señor se ha planteado cuando me creó?

Nos enseña la Iglesia que:

“Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como Redentor y Salvador. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1)

En estas primeras palabras del Catecismo de la Iglesia encontramos condesadas aquellas preciosas enseñanzas que nuestros abuelos aprendieron en sus días de catequesis cuando les preguntaban: ¿para qué te creo Dios? A lo cual respondían: para amarlo, conocerlo y servirlo en esta vida y luego gozar eternamente de su gloria en el cielo. Es hermoso hacer memoria que Dios por un designio maravilloso de su amor nos creó para Él, nos creó para su gloria. Dios es amor, y lo propio del amor es expansionarse, Dios es el sumo Bien, y lo propio del bien es difundirse, de ahí que Dios creara todo cuanto existe, para comunicar sus infinitas perfecciones a toda creatura. No obra porque busque algo que necesite, sino porque en su bondad busca hacer partícipes a sus creaturas de la felicidad suprema de su Gloria y nuestra santificación no será otra cosa sino vivir según ese fin. Hemos sido hecho como diría san Pablo para ser una “alabanza de su gloria” (Ef 1, 12).

Dice el Catecismo de la Iglesia:

“El mundo ha sido creado para la gloria de Dios”

“Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Concilio Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica san Buenaventura, non […] propter gloriam augendam, sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam communicandam («no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla») (In secundum librum sententiarum, dist. 1, p. 2, a.2, q. 1, concl.). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt («Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas») (Santo Tomás de Aquino, Commentum in secundum librum Sententiarum, 2, prol.) Y el Concilio Vaticano I explica:

El solo verdadero Dios, en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que otorga a sus criaturas, con libérrimo designio, justamente desde el comienzo del tiempo, creó de la nada una y otra criatura. (DS 3002). (Catecismo de la Iglesia Católica n.293)

“La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros «hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,5-6): «Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios, «Creador de todos los seres, sea por fin «todo en todas las cosas» (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (AG 2).” Catecismo de la Iglesia Católica n.294

Veamos la razón teológica de esto, siguiendo al P. Royo Marín (Teología de la Perfección Cristiana p.47-51):

A la vida cristiana se le pueden señalar dos fines, o si, se quiere uno solo con dos modalidades distintas: un fin último y absoluto y otro próximo relativo. El primero es la gloria de Dios; el segundo, nuestra propia santificación. Vamos a examinarlos separadamente.

La gloria de Dios, fin último y absoluto de la vida cristiana.

Es clásica la definición de la gloria: clara notia cum laude. Por su misma definición, expresa, de suyo, algo extrínseco al sujeto a quien afecta. Sin embargo, en un sentido menos estricto, podemos distinguir en Dios una doble gloria: la intrínseca que brota de su misma vida íntima, y la extrínseca, procedente de las criaturas.

La gloria intrínseca de Dios es la que Él se procura a sí mismo en el seno de la Trinidad Beatísima. El Padre- por vía de generación intelectual- concibe de sí mismo una idea perfectísima: es su divino Hijo, su Verbo, en el que se reflejan su misma vida, su misma belleza, su misma inmensidad, su misma eternidad, sus mismas perfecciones infinitas. Y al contemplarse mutuamente, se establece entre las dos divinas personas- por vía de procedencia- una corriente de indecible amor, torrente impetuoso de llamas que es el Espíritu Santo. Este conocimiento y amor de sí mismo, esta alabanza eterna e incesante que Dios se prodiga a sí mismo en el misterio incomprensible de su vida íntima constituye la gloria intrínseca de Dios, rigurosamente infinita y exhaustiva, y a la que las criaturas inteligentes y el universo entero nada absolutamente pueden añadir. Es el misterio de su vida íntima en el que Dios encuentra una gloria intrínseca absolutamente infinita.

Dios es infinitamente feliz en sí mismo, y nada absolutamente necesita de las criaturas, que no pueden aumentarle su dicha íntima, pero Dios es Amor (1 Jn 4, 16), y el amor, de suyo es comunicativo. Dios es el Bien infinito, y el bien tiende de suyo a expansionarse: bonum est diffusivum sui, dicen los filósofos. He ahí el porqué de la creación.

Dios quiso, en efecto, comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas intentando con ellos su propia gloria extrínseca. La glorificación de Dios por las criaturas es en definitiva la razón última y suprema finalidad de la creación.

Bellísimamente expresa Santo Tomás de qué manera con su gloria intrínseca y extrínseca se reúne en Dios en grado perfectísimo la plenitud de todas las felicidades posibles “Cuanto de deseable hay en cualquier clase de felicidad, todo preexiste de modo más elevado en la bienaventuranza divina. Por lo que se refiere a la felicidad contemplativa, tiene la contemplación continua y certísima de sí mismo y de todas las otras cosas, y en cuanto a la activa, tiene el gobierno de todo el universo. De la felicidad terrena, que, según Boecio, consiste en placeres, riquezas, poderío, dignidad y fama, por deleite tiene el goce de sí mismo y de todas las otras cosas; por riqueza, la omnímoda abundancia que la riqueza promete; por poderío, la omnipotencia; por dignidad, el gobierno de todos los seres, y por fama, la admiración de todas las criaturas” (STh I, 26, 4)

La explicación de esto no puede ser más clara, incluso. La luz de la simple razón natural privada de las luces de la fe. Porque es un hecho filosóficamente indiscutible que todo agente obra por un fin, sobre todo el agente intelectual. Luego Dios primer agente inteligentísimo, tiene que obrar siempre por un fin. Ahora bien, como ninguno de los atributos o acciones de Dios se distingue de su propia divina esencia, sino que se identifica totalmente con ella, si Dios hubiera intentado en la creación un fin distinto de sí mismo, hubiera referido y subordinado su acción creadora a ese fin-porque todo agente pone su acción al servicio del fin que intenta al obrar-, con lo que Dios no sería Dios. Es, pues, absolutamente imposible que Dios intente con alguna de sus acciones un fin cualquiera distinto de sí mismo. Dios ha creado todas las cosas para su propia gloria; las criaturas no pueden existir sino en Él y para Él.

Y esto no solamente no supone un “egoísmo trascendental” en Dios- como se atrevió a decir, con blasfema ignorancia, un filósofo impío-, sino que es el colmo de la generosidad y desinterés. Porque no buscó con ello su propia utilidad- nada absolutamente podían añadir las criaturas a su felicidad y perfecciones infinitas- sino únicamente comunicarles su bondad. Dios ha sabido organizar de tal manera las cosas, que las criaturas encuentran su propia felicidad glorificando a Dios. Por eso dice santo Tomás que sólo Dios es infinitamente liberal y generoso: no obra por indigencia, como buscando algo que necesita, sino únicamente por bondad, para comunicar a sus criaturas su propia rebosante felicidad.

Por eso la Sagrada Escritura está llena de expresiones en las que Dios reclama y exige su propia gloria: “Soy yo, Yahvé es mi nombre, que no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos el honor que mes es debido” (Is 42, 8); “Es por mí, por amor de mí lo hago, porque no quiero que mi nombre sea escarnecido, y mi gloria a nadie se la doy” (Is 48,11) “Óyeme Jacob, y tú, Israel, que yo te llamo, soy yo, el primero y aún también el postrero (ibid.12) “Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso” (Ap 1, 8)

¡La gloria de Dios! He aquí el alfa y la omega, el principio y el fin de toda la creación. La misma encarnación del Verbo y la redención del género humano no tienen otra finalidad última que la gloria de Dios: “Cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a Él todo se lo sometió, para que sea Dios todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). Por eso nos exhorta el Apóstol a no dar un solo paso que no esté encaminado a la gloria de Dios: “Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31) ya que en definitiva, no hemos sido predestinados en Cristo más que para convertirnos en una perpetua alabanza de gloria de la Trinidad beatísima: “Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante Él, y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 4-5.12.14). Todo absolutamente tiene que subordinarse a esta suprema finalidad. El alma misma no ha de procurar su salvación o santificación sino en cuanto que con ella glorificará más y más a Dios. La propia salvación o santificación no puede convertirse jamás en fin último. Hay que desearla y trabajar sin descanso en su consecución, pero únicamente porque Dios lo quiere, porque ha querido glorificarse haciéndonos felices, porque nuestra propia felicidad no consiste en otra cosa que en la eterna alabanza a la gloria de Trinidad beatísima…

La santificación de nuestra propia alma no es, pues, el fin último de la vida cristiana. Por encima de ella está la gloria de la Trinidad Beatísima, fin absoluto de todo cuanto existe. Y esta verdad, con ser tan elemental para los que comprendan la trascendencia divina, no aparece, sin embargo, dominando en la vida de los santos sino muy tarde, cuando ya su alma se ha consumado por el amor en la unidad de Dios. Sólo en las cumbres de la unión transformante, identificados plenamente con Dios, sus pensamientos y quereres se identifican también con el pensamiento y el querer de Dios…

En la práctica, nada debe preocupar tanto a un alma que aspire a santificarse como el constante olvido de sí misma y la plena rectificación de la intención a la mayor gloria de Dios “En el cielo de mi alma -decía sor Isabel de la Trinidad- la gloria del Eterno, nada más que la gloria del Eterno” he aquí la consigna suprema de toda la vida cristiana. En la cumbre más elevada de la montaña del amor la esculpió san Juan de la Cruz con caracteres de oro: “Sólo mora en este Monte la honra y gloria de Dios.

La santificación del alma, fin próximo y relativo de la vida cristiana.

Después de la glorificación de Dios y perfectamente subordinada a ella, la vida cristiana tiene por finalidad la santificación de nuestra propia alma. El bautismo, puerta de entrada en la vida cristiana, siembra en nuestras almas una “semilla de Dios”: es la gracia santificante. Ese germen divino está llamado a desarrollarse plenamente, y esa plenitud de desarrollo es cabalmente la santidad. Todos estamos llamados a ella…aunque en grados muy distintos según la medida de nuestra predestinación en Cristo (cf. Ef 4, 7.13; Rm 12, 3; 1 Cor 12, 11)

Ahora bien, ¿en qué consiste propiamente la santidad? ¿qué significa ser santo? ¿cuál es el constitutivo íntimo y esencial?

Son varias las fórmulas en uso para contestar a estas preguntas, pero todas coinciden lo substancial. Las principales son las siguientes:

  1. La santidad consiste en vivir de una manera cada vez más plena el misterio inefable de la inhabitación trinitaria en nuestras almas.
  2. Consiste en la perfecta configuración con Jesucristo, en nuestra plena cristificación.
  3. En la perfección de la caridad, o sea en la perfecta unión con Dios por el amor.
  4. En la perfecta conformidad de la voluntad humana con la divina”

La suprema bienaventuranza del cielo, el goce de la visión beatífica es el coronamiento de una vida de santidad, es el fin último al cual aspira el hombre en su camino hacia la patria celeste, todo lo que realiza en la tierra se configura en razón de esta búsqueda de la gloria de Dios.

Hablando del fin último de la bienaventuranza cristina nos dice el Catecismo (nn.1720-1724):

“El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios (cf. Mt 4, 17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf. 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12); la entrada en el gozo del Señor (cf. Mt 25, 21. 23); la entrada en el descanso de Dios (Hb4, 7-11): «Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (San Agustín, De civitate Dei, 22, 30).

Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf. Jn 17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf. Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.

Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

«“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios […] “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 20, 5).

La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad […] Todo esto se debe a la convicción […] de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro […] La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Juan Enrique Newman, Discourses addresed to Mixed Congregations, 5 [Saintliness the Standard of Christian Principle]).

El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf. Mt 13, 3-23)”

A modo de síntesis de todo lo que hemos dicho hasta aquí podemos llegar afirmar que nuestro fin no es otro sino ser santos para mayor gloria de Dios, he ahí la verdadera felicidad del hombre

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Quiero invitarles a profundizar en la grandeza de nuestro fin último de la mano de Joseph Tissot, un escritor del siglo XIX, quien publicase un clásico de espiritualidad llamado “La Vida Interior” (Primera Parte, Capítulo II)

Mi Fin

Dios me ha creado. Todo ha sido hecho por Dios; yo también he sido, pues, hecho por Él. Él es, y no yo, quien me ha dado el ser. “Son tus manos, Dios mío las que han hecho y formado por completo” Jb 10, 8. Para la formación del primer hombre, dijo Dios: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. Y Dios creó al hombre a imagen suya” (Gn 1, 26) “Lo formó del lodo de la tierra y le inspiró en el rostro un soplo de vida y quedó hecho el hombre viviente con alma racional” (Gn 2, 7).

Obra maestra de la creación visible e imagen de Dios, el hombre el último y supremo anillo de los seres terrestres, en él se detiene la obra creadora. Poseyendo un cuerpo material y un alma espiritual toca al mundo visible y al mundo invisible; llevando en su cuerpo la semejanza de los seres inferiores, llevando en su alma la semejanza del mismo Dios, está colocado entre Dios y la creatura como punto de unión del espíritu y la materia. Como vínculo o lazo del cielo y de la tierra.

Para su gloria. ¿Y para qué me ha creado Dios? – Todo ha sido hecho para Dios; yo también, por tanto, he sido creado para Él únicamente. Sólo Él es mi fin esencial, mi fin total; Él es la razón de mi existencia, el único fin de mi vida. No tengo otra razón de ser que su gloria, no existo sino para procurar este único bien. Para Él y únicamente para Él vivo, para Él muero y para Él viviré en la eternidad. No es para mí para quien vivo ni para quien muero, pues ninguno de nosotros vive para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor, porque así en la vida como en la muerte somos del Señor (Cf. Rm 14, 7ss) “Y todo el que invoca mi nombre, dice el Señor, lo he creado para mi gloria, lo he formado para mi gloria” (Is 43, 7).

Esto es todo el hombre- La gloria de Dios es todo el fin de mi vida: ella es mi todo, ella es todo mi yo, porque si no la procuro no tengo razón de ser, para nada sirvo, nada soy. “Escuchemos todos la última palabra que resume todo: Teme al Señor y guarda sus mandamientos; esto es todo el hombre” (Ecle 12, 13) ¡Esto es todo el hombre! “¿Cómo”, dice san Agustín: “expresar con más concisión una verdad más importante? Teme a Dios y guarda sus mandamientos: esto es todo el hombre. Todo hombre, en efecto quienquiera que sea, esto es: guardador de los mandamientos de Dios. Y el que esto no es, nada es. La imagen de la verdad no puede volver a formarse allí donde persiste la semejanza de la vanidad” (De civitate Dei 20, 3).

Esto es todo el hombre, en la tierra y en el cielo, en su vida mortal y en su vida eterna. Porque yo tengo este doble destino del tiempo y de la eternidad; o mejor, este único destino compuesto de dos períodos, porque el tiempo prepara la eternidad. He sido creado para vivir algún tiempo en este mundo y crecer para vivir después sin fin en las moradas eternas poseyendo, en la inmutabilidad de su plenitud, la grandeza que en el período del tiempo me haya preparado.

En la tierra – ¿Para qué debo, pues, crecer en la tierra? – Para Dios y para su gloria. Todo lo que he recibido en fuerzas y recursos, todo lo que me ha sido impuesto como ley obligación, todo lo que me es dado como medios y auxilios, todo ha sido dado en orden a este termino final, superior, absoluto, infinito: la glorificación de la soberana Majestad. Mi alma y mi cuerpo, mi espíritu, mi corazón y mis sentidos, mis días y mis noches, mi actividad y mi descanso, mi vida y mi muerte, todo debe alabar a Dios. Esto es todo el hombre, el todo de su vida, la plenitud de su existencia. Más adelante veré mejor aún el alcance inmenso y la significación profunda de esta expresión: esto es todo el hombre. Por esto es algo el hombre, por esto existe. Fuera de esto, nada es, es como si no fuese. Por esto completa y crece su vida. Fuera de esto se agota y su vida se pierde.

En el cielo. Esto es todo el hombre en el cielo.Porque, ¿qué hacen los cielos santos en los esplendores de la gloria? – Una sola cosa, la misma que comenzaron en su vida de transición: alaban a Dios. En el cielo resuena únicamente el canto de las alabanzas sagradas, que lo llena todo. Este canto basta a los ángeles y a los hombres, él solo llena la eternidad. En la unidad del cuerpo de Jesucristo, todos los elegidos están unidos para exaltar, en un concierto sin fin, el Nombre de la Trinidad, tres veces santa. Cada uno en el concierto universal tiene su parte propia, según las cualidades de su vida y de su vocación; cada uno tiene su lugar marcado en este gran cuerpo. Y todos juntos, armónicamente organizados correspondiéndose en maravillosa concordancia, cual es la eterna comunión de los santos, resumen su vida en el himno supremo que regocija el corazón de Dios. Ésta es la vida eterna. ¡Oh!  ¡Cómo tendrá entonces toda su plenitud la expresión del texto sagrado: ¡Esto es todo el hombre!

Para mi felicidad. Al crearme para Él, Dios me ha manifestado el amor esencial que se tiene a Sí mismo. “Dios es amor” (1 Jn 4, 8) y ha creado todo por amor, por amor a Sí mismo, ante todo, y por esto ha hecho todo para su gloria; pero también ha creado por amor hacia mí, y así ha hecho también todo para mi felicidad. Mi felicidad; he aquí el fin secundario de mi creación. He sido creado para ser feliz: este es también el fin de mi ser. Todo en mí aspira a la felicidad; desea, reclama y busca la felicidad: es la necesidad irresistible de mi naturaleza. Que quiera o que no quiera, sea por deliberación sea por instinto, busco siempre mi satisfacción porque Dios ha dispuesto así mi ser. La satisfacción en este mundo, la satisfacción en la eternidad; esta necesidad es tan profunda que sólo el infinito puede llenarla. Mis sentidos, mi alma, mi corazón, mi espíritu, todo en mí está hecho para la felicidad. Dios ha querido que ya en este mundo encuentre múltiples satisfacciones en el transcurso progresivo de mi vida hacia Él, durante la adquisición de este ser que constituye mi existencia temporal, y que por fin en la eternidad encuentre esta satisfacción única, infinita, último y completo reposo de todo mi ser, que se llama la salvación. La felicidad en este mundo, la felicidad en el otro: éste es también mi fin.

Unión de ambos fines – ¿Acaso hay dos fines asignados a mi existencia? Sí y no. Sí porque hay en mi vida la parte de Dios y la mía, sus derechos y mis esperanzas; no, porque esos dos fines deben, según la idea de Dios, confundirse de tal manera en uno solo, que el término supremo y último de mi existencia es mi consumación en la unidad con Dios (cf. Jn 17, 22).

Dios ha hecho lo que ha querido y ha querido unir mi felicidad a su honor, ha querido hacerme dichoso glorificándose, y de esta suerte ha unido mi interés al suyo, mi vida a la suya, mi ser a su ser. Mi existencia tiene, pues dos fines; pero estos dos fines no son más que uno, porque Dios lo has unido de tal manera que mi felicidad no se encuentra, en último término sino en Él. Lo que pretende como término final de su obra es mi unión eterna con Él, mi consumación en la unidad con Él, para su gloria y para mi felicidad. Quiere ser Él la vida de mi vida, el alma de mi alma, el todo de mi ser; quiere glorificarse en mí hacerme feliz en Él.

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