Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 12.1)
Sabemos que en el principio Dios creó todo cuanto existe, y nos dice el Génesis que todo cuanto el Señor hizo era bueno, sin embargo, por envidia del enemigo entró el pecado en el mundo, haciendo entrar el desorden en la obra de Dios, de tal modo que la relación del hombre con Dios se vio alterada, la relaciones entre los hombres cayeron en el conflicto y la relación del hombre con la creación se fue a pique.
Pero ¿qué es el pecado?
Nos enseña la Iglesia que: «El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6) » (Catecismo de la Iglesia Católica 1849)
«El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5).» De hecho, aquí vemos ya la habilidad del padre de la mentira, cuando Dios creó a Eva y Adán dice la Escritura que los creo a “imagen y semejanza suya” y el tentador los llevo a creer lo contrario presentando a Dios como uno que quiere dañar al hombre. «El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf. Flp 2, 6-9).» (Catecismo de la Iglesia Católica 1850)
Nota: Recordemos la moralidad de un acto se valora considerando tres aspectos: objeto, fin y circunstancias.
Según su gravedad, el Catecismo los clasifica como:
Pecado mortal: cuando la ofensa “destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior.” (Catecismo de la Iglesia Católica 1855)
Para que haya pecado mortal debe haber pleno conocimiento, deliberado consentimiento y lo que tiene por objeto debe ser materia grave. Hay siempre materia grave[1] (ex toto corde suo) desde el punto de vista objetivo y, por tanto no hay parvedad de materia, cuando las acciones que se realizan se cometen directamente contra Dios, contra las perfecciones divinas, o cuando se oponen directamente a las virtudes teologales como la apostasía, la herejía, la desesperación de la salvación, la presunción de salvarse sin mérito, el odio a Dios; o también contra la virtud de la religión que tiene por objeto el culto a Dios, acciones intrínsecamente malas en este sentido son la idolatría, el pacto con el demonio, la blasfemia, la violación del sigilo sacramental, etc. También existe materia grave cuando se hieren valores altísimos (materia indivisible) por los que se hace una injuria grave hacia el Creador (pecados contra el quinto mandamiento) o si están del todo fuera del proyecto de santificación querido por Dios (pecados contra el sexto mandamiento, lujuria voluntaria).
Son pecados graves en su género (ex genere suo), y por tanto admiten parvedad de materia, aquellos en los cuales el mal que se cumple no corrompe el bien por entero. Aquí se trata de materia divisible. Hay materia leve en el acto cuando se corrompe sólo en manera ligera, pequeñas discusiones de la familia, exageraciones de la verdad (por tanto, mentira) con el fin de alardear, robo de pequeñas cosas que no dañan gravemente al propietario, etc.
Una clasificación a según los mandamientos que nos podría ayudar es la siguiente:
Pecados donde siempre hay materia grave:
Los pecados contra el primer mandamiento: el abandono de Dios, el culto a satanás, recurrir a la magia o brujería, formas graves de superstición, los pecados contra las virtudes teologales (herejía, apostasía, insubordinación a las verdades de fe, desesperación de la salvación, presunción de salvarse sin mérito, odio a Dios y al prójimo, hacer voluntariamente el mal al prójimo), la ausencia habitual de oración.
Los pecados contra el segundo mandamiento: las blasfemias, jurar el falso, la violación de los votos
Los pecados contra el tercer mandamiento: no participar a la misa los domingos y fiestas de guardar por negligencia, tomar la comunión teniendo pecados mortales que aún no se han confesado
Los pecados contra el quinto mandamiento: en cualquier ocasión el homicidio, el suicidio, el aborto, la eutanasia, uso estupefacientes, borracheras, pleitos que llegan a los golpes.
Los pecados contra el sexto mandamiento: en cualquier ocasión, autoerotismo, fornicación, relaciones sexuales homosexuales, uso de anticonceptivos, adulterio, violación carnal, pedofilia, etc.
Los pecados contra el noveno mandamiento que prohíbe otros pecados que son contrarios a la pureza, si se trata de pecados por los cuales se programa el cometer pecados carnales con determinadas personas (aún y si no se cumplen) es pecado mortal. También son pecados graves el uso de pornografía o los pensamientos impuros consentidos (fantasías sexuales)
Pecados graves en general pero que pueden admitir parvedad de materia:
Los pecados contra el cuarto mandamiento: en general son veniales las pequeñas discusiones en familia, algunas desobediencias, palabras un tanto injuriosas, etc. Pero si se llega a graves insultos y pleitos, graves faltas de respeto, la deshonra de la familia y el prójimo entonces si se está ante los pecados graves. También aquí se pueden incluir los pecados de la lengua como la maledicencia y chismorreos que desacreditan al prójimo, habrá que distinguir entre aquellos que conservan sustancialmente el honor del prójimo y aquellos que lo hieren gravemente.
Los pecados contar el séptimo mandamiento que prohíbe robar las cosas de los demás, habrá que distinguir por ejemplo entre el robo de un caramelo (que siempre son robo) y el robo de suma de gran consistencia.
Los pecados contra el octavo mandamiento que prohíbe la mentira. Esta claro que si se trata de calumnias y acusaciones injustas hechas en juicio son pecados graves. Si se trata de mentiras dichas para defenderse o para no turbar la paz en la familia por lo general son pecados veniales.
Los pecados contra el décimo mandamiento que prohíbe incluso la planeación del hurto aunque no se cumpla (aquí también depende la cantidad y la cosa que se pretenda robar)
Otros pecados veniales la búsqueda de la vanagloria, el excesivo celo por quedar bien con los demás, comer demasiado o caer en excesiva gustos por cosas exquisitas o algunas pérdidas de tiempo.
«No hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan obscura y negra que no le esté mucho más (habla del alma en pecado mortal) …Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar la gloria…Yo sé de una persona (habla de sí misma) a quien quiso Nuestro Señor mostrar cómo quedaba un alma cuando pecaba mortalmente. Dice aquella persona que le parece, si lo entendiesen, no sería posible ninguno pecar, aunque se pusiese a mayores trabajos que se pueden pensar por huir de las ocasiones…¡Oh almas redimidas por la sangre de Jesucristo! ¡Entendedlo y habed lástima de vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuráis quitar esta pez de este cristal? Mirad que, si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús! ¡Que es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles quedan los pobres aposentos del castillo! ¡Qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos! Y las potencias, que son los alcaides y mayordomos y maestresalas, ¡Con qué ceguedad, con qué mal gobierno! En fin como a donde está plantado el árbol, que es el demonio ¿qué fruto puede dar? Oí una vez a un hombre espiritual que no se espantaba de cosa que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin” (Santa Teresa de Jesús, Moradas primeras II, 1.2.4 y 5)
Pecado venial: cuando la acción “deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere” (n.1855)
Este se da cuando se realizan acciones malas pero que conceden parvedad de materia; cuando se realizan acciones lícitas pero de manera incorrecta según el orden moral (comer más del necesario, la vanidad en el vestido, hablar locuazmente, entregarse desordenadamente a las diversiones, etc.); cuando se realizan acciones que constituyen materia grave, pero que se han hecho sin advertencia suficiente de la mente o con falta de pleno consentimiento a nivel de la voluntad (pecados veniales no por la materia sino por la imperfección de la acción realizada por el sujeto)
Los pecados pueden recibir diferentes calificativos, por ejemplo, pueden llamarse capitales si de ellos se derivan otros pecados como del tronco de un árbol salen las ramas, y así sucesivamente. San Pablo por ejemplo les llama las obras de la carne y advierte la grave consecuencia de vivir una vida empecinada en ellas “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (Ga 5,19-21; cf. Rm 1, 28-32; 1 Co 6, 9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).
El pecado ciertamente es un acto personal y cada uno es responsable de sus actos, nadie puede obligar a otro a pecar, sin embargo, nuestras acciones pueden tener repercusiones en la vida de los demás, y de ese modo popularmente se dice que el pecado salpica, más aún podemos incluso llegar a cooperar con el mal de diferentes maneras:
—participando directa y voluntariamente;
—ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
—no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;
— protegiendo a los que hacen el mal.
Incluso se habla de que los pecados pueden llegar a crear verdaderas “estructuras” generando situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina, induciendo a los miembros de una sociedad al mal, por ello a este tipo de pecado se le ha venido a conocer como “pecado social” no porque todos pequen sino porque se han generado las condiciones para tal situación.
“Es precisamente en la Pasión, en la que la misericordia de Cristo vencería, donde el pecado manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo (cf. Jn 14, 30), el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.” (Catecismo de la Iglesia Católica 1851)
En este punto también es oportuno hablar de las llamadas imperfecciones, que aunque están en la línea del bien, han de ser convenientemente trabajadas a modo que toda imperfección voluntaria sea corregida. Se trata de un acto bueno en sí pero que hubiera podido ser mejor. San Juan de la Cruz nos da unas anotaciones muy importantes sobre este punto en su obra subida al Monte Carmelo.
“Estas imperfecciones habituales son: como una común costumbre de hablar mucho, un asimientillo a alguna cosa que nunca acaba de querer vencer, así como a persona, a vestido, a libro, celda, tal manera de comida y otras conversacioncillas y gustillos en querer gustar de las cosas, saber y oír, y otras semejantes. Cualquiera de estas imperfecciones en que tenga el alma asimiento y hábito, es tanto daño para poder crecer ir adelante en virtud, que si cayese cada día en otras muchas imperfecciones y pecados veniales sueltos, que no proceden de ordinaria costumbre de alguna mala propiedad ordinaria, no le impedirán tanto cuanto el tener el alma asimiento a alguna cosa. Porque, en tanto que le tuviere, excusado es que pueda ir el alma adelante en perfección, aunque la imperfección sea muy mínima. Porque eso me da que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida se estará ella como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más facil de quebrar; pero, por fácil que es, si no le quiebra, no volará” (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, I, 11, 4)
“En este camino siempre se ha de caminar para llegar, lo cual es siempre quitando quereres, no sustentándolo. Y si no se acaban todos de quitar, no se acaba de llegar. Porque, así como el madero no se transforma en el fuego por un solo grado de calor que falta en sus disposición, así no se transformará el alma en Dios por una imperfección que tenga, aunque sea menos que apetito voluntario; porque, como después se dirá en la noche de la fe, el alma no tiene más de una voluntad, y ésta si se embaraza y emplea en algo no queda libre, sola y pura, como se requiere para la divina transformación.” (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, I, 11, 6)
Viéndolo desde el punto de vista positivo, no hemos simplemente de combatir la imperfección voluntaria sino antes bien tender hacia la perfección de la caridad, esto es la santidad. Siempre ha de tender el cristiano a aquello que es más noble, más alto, que le conceda unirse más estrechamente a Dios como dice san Pablo antes de entonar al Himno a la Caridad “aspirad a los carismas mejores” (cf. 1 Co 12, 31).
Escuchemos a santo Tomás de Aquino hablarnos de la perfección cristiana:
«…La perfección de la vida cristiana consiste en la caridad. Ahora bien: esta perfección incluye cierta universalidad, puesto que, como se dice en III Physic., es perfecto aquello a lo que no le falta nada. Por consiguiente, podemos considerar una triple perfección. En primer lugar, una perfección absoluta, que se considera no sólo según la totalidad por parte del que ama, sino por parte del objeto digno de ser amado, en cuanto que Dios es tan amado como digno de serlo. Tal perfección no es posible en ninguna criatura, sino que es exclusiva de Dios, en el que se da el bien de un modo total y esencial.
Hay otra perfección, que se considera por la totalidad absoluta por parte del que ama, en cuanto que el afecto tiende siempre a Dios de un modo actual y siempre con todas sus fuerzas. Tal perfección no es posible en esta vida, pero lo será en el cielo.
La tercera clase de perfección no exige una totalidad por parte del objeto amable ni por parte del que ama, de tal modo que esté siempre dirigido actualmente a Dios, sino en cuanto que se excluyan las cosas que se opongan al movimiento de amor a Dios. Como dice San Agustín en Octoginta trium Quaest., el veneno de la caridad es el deseo desordenado; su perfección, la ausencia de tales deseos. Esta perfección puede darse, en esta vida, de dos modos. Primero, en cuanto que se excluye del afecto humano todo aquello que se opone a la caridad, como es el pecado mortal. La caridad no puede existir sin tal perfección, por lo cual es necesaria para salvarse. En segundo lugar, en cuanto que se excluye del afecto del hombre no sólo cuanto se opone a la caridad, sino cuanto impide que el afecto de la mente se dirija totalmente a Dios. Sin esta perfección no puede existir la caridad, por ejemplo, ni en los principiantes ni avanzados.» (STh II-II, q.184, a. 2)
Y recordemos la caridad exige también el amor al prójimo:
«También en el amor al prójimo puede tenerse en cuenta una doble perfección, como lo hicimos respecto de Dios. Una sin la que no puede existir la caridad: que el hombre rechace todo afecto contrario al amor al prójimo.
Existe otra sin la cual puede darse la caridad, y que puede tomarse en tres sentidos. En primer lugar, como extensión del amor, que consiste en que se ame no sólo a los amigos y conocidos, sino también a los extraños e incluso a los enemigos. En efecto, esto, según dice San Agustín en Enchirid., es propio de los perfectos hijos de Dios. En segundo lugar, en cuanto a la intensidad, que se muestra en aquellas cosas que el hombre rechaza por el prójimo, y consiste en despreciar, por el prójimo, no sólo los bienes externos, sino también los sufrimientos corporales y hasta la muerte, conforme a lo que se dice en Jn 15,13: Nadie tiene un amor más grande que el que da su vida por sus amigos. En tercer lugar, en cuanto al afecto del amor, y consiste en que el hombre dé al prójimo no sólo los bienes temporales, sino los espirituales y aun a sí mismo, según se dice en 2 Cor 12,15: Yo de buena gana me gastaré y desgastaré por vuestras almas.» (STh II-II, q.184, a. 2 sed contra 3)
[1] Sigo en esto la explicación del P. Angelo Bellon o.p., moralista, en su sitio https://www.amicidomenicani.it/quando-si-commette-il-peccato-mortale-e-il-peccato-veniale/ (Fecha de consulta: 22 de abril de 2021) y https://www.amicidomenicani.it/le-chiedo-consigli-per-una-buona-confessione-ho-sempre-delle-difficolta-a-distinguere-i-veniali-dai-mortali/ (Fecha de consulta 24 de febrero de 2022)