Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 12.7 )
Entre todas las virtudes existe una cuyo valor sobrepasa en modo excelente a las demás, la práctica de esta constituye de hecho toda nuestra santificación, esta es la virtud de la caridad.
El Catecismo de la Iglesia la define como: “ …la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.” (Catecismo de la Iglesia Católica 1822) Vivir la caridad es hacer nuestro el mandamiento del amor, es entrar en la voluntad del Padre, es amar como Él ama, incluso a aquellos que nos hacen entrar en el sufrimiento. San Pablo nos hace una explicación maravillosa de esta virtud: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7).
“Comienza santo Tomás diciendo que la caridad es una amistad entre Dios y el hombre. Como toda amistad, importa necesariamente una mutua benevolencia, fundada en la comunicación de bienes (II-II, 23-I). Por eso, la caridad supone necesariamente la gracia que nos hace hijos de Dios y herederos de la gloria. El hombre que por naturaleza no pasa de siervo del Creador, llega a ser, por la gracia y la caridad, hijo y amigo de Dios. Y si ya aquella servidumbre le ennoblece tanto (servir a Dios es reinar), ¡quién podrá medir la altura a que nos eleva la caridad de Dios, “que se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). A ti que debieras permanecer siervo, te admite Dios como amigo. ¡Dignidad incomprensible del cristiano!” (Teología de la Perfección Cristiana p. 510)
En la misma definición de caridad descubrimos qué es lo que hemos de amar, en primer lugar, a Dios mismo como Sumo bien, amar a Dios porque Él es bueno, a Él anhelamos, en su presencia queremos estar, pero también implica amar lo que Él, amando, ha creado como bueno, al prójimo y a nosotros mismos. Amar en este sentido es el ejercicio de nuestra voluntad que busca el bien, en sí mismo, para los otros y para nosotros mismos. De ese mismo deseo de anhelar el Bien Supremo que es Dios mismo, se desprende que hemos de amar aquello donde Él se manifiesta y por tanto hemos de cuidar de todas las criaturas que no son sino una manifestación de su bondad.
Los pecados opuestos a la caridad son: el odio, la acidia, la envidia, la discordia, la contienda, el cisma, la guerra, la riña, la sedición y el escándalo.
La caridad transforma todo lo que toca, puesto que al ordenar todo en el amor de Dios y en el amor a Dios, convierte en oro todas nuestras acciones. El hombre en todo su obrar se mueve buscando siempre un bien, esta búsqueda al ser permeada de la caridad, se purifica de todo aquello que pueda ser ocasión de pecado y se enciende en el fuego del amor divino, haciendo de nuestras obras una ocasión de gloria para el Padre. La caridad crece a lo largo de toda nuestra vida, no tanto por repetición de actos sino por una mayor radicación en nosotros, ella se puede arraigar y penetrar cada vez más en todo nuestro obrar.
“Si vivimos con flojedad y tibieza, podemos tener completamente paralizada nuestra vida cristiana, aun en el supuesto de vivir habitualmente en gracia de Dios y practicar multitud de buenas obras imperfectas…Vemos en efecto, multitud de almas buenas que viven habitualmente en gracia de Dios, que acaso llevan cuarenta o cincuenta años de vida religiosa en un monasterio sin haber cometido en todos ellos una sola falta grave, y habiendo practicado infinidad de obras y actos de sacrificios, etc. Y que, sin embargo, están muy lejos de ser santos. Si se las molesta o contraría, se enfadan; si les falta alguna cosa, ponen el grito en el cielo; si los superiores ordenan alguna cosa que no les agrada, murmuran y refunfuñan o, al menos, lo llevan interiormente a mal…todo esto es muestra bien a las claras que están muy lejos todavía de haber alcanzado la perfección cristiana. Ahora bien: ¿cómo se explica este fenómeno después de tantas buenas obras practicadas durante aquellos largos años de vida cristiana, religiosa o sacerdotal? La explicación teológica es muy sencilla: han practicado multitud de buenas obras, es verdad; pero de una manera floja y tibia, no con actos cada vez más fervientes, sino, al contrario, acaso más remisos e imperfectos…han permanecidos completamente parados en lo esencial…Entonces tanta multitud de obras buenas, aunque imperfectas ¿no les han valido para nada?…A esto respondemos que esos actos remisos no son completamente inútiles y estériles. Sirven para dos cosas, una en esta vida y otra en la gloria. En esta vida sirven para que no se enfríen del todo las disposiciones del alma que la pondrían en trance de cometer pecado mortal…En la otra vida, esos actos flojos y remisos no quedarán tampoco sin premio ninguno…” (Teología de la perfección cristiana p.513-514) recibirán lo que les corresponde, pero cuánto más sería si se hubieran hecho con mayor fervor y diligencia.
Hemos de clamar al Señor para que nos conceda los auxilios de su gracia para crecer cada día más en caridad, a la vez que hemos de disponernos con toda diligencia a aceptar esas invitaciones a crecer en nuestra capacidad de amar. Recordemos que:
- “Es más propio de la caridad amar que ser amado. Porque, aunque como amistad que es supone necesariamente ambas cosas, el primero es un acto propio, y el segundo del amigo.
- El amor, en cuanto acto de caridad, supone la benevolencia (desear el bien) hacia el amigo, pero incluye, además, la unión afectiva. Por eso la benevolencia es el principio de la amistad
- Dios es infinitamente amable por sí mismo, y la caridad le ama en cuanto tal, sin ninguna subordinación a otro fin. Pero cabe que algo distinto de Dios nos disponga para adelante en ese amor: los beneficios que de Él hemos recibido o esperamos recibir y las penas que tratamos de evitar.
- Dios no puede ser amado por las criaturas tanto como merece serlo (infinitamente) Pero podemos y debemos amarle totalmente (o sea, todo cuanto Él es y todo cuanto le pertenece de algún modo) y con todo nuestro ser, ya que al menos habitualmente, hemos de ordenarnos y ordenar todas nuestras cosas a Él.” (Teología de la perfección cristiana p.525-526)
San Francisco de Sales, en su obra “Tratado del amor de Dios” nos enseña algunas consideraciones que hemos de tener en cuenta para crecer en Caridad. Él nos invita a tener presente que el amor por Dios nace de la consideración de las perfecciones divinas consideradas en sí mismas y de los beneficios divinos, máxime la creación, la conservación y la redención; de los impulsos de la gracia sobre el hombre libre; de la fe, la esperanza, la contrición y los atractivos de Jesucristo. Lleva a meditar sobre como se ha de crecer en el amor por las obras buenas y por la gracia (nunca ausente de quien ama). La gracia y la acción hermanadas van conduciendo al alma hacia la perfecta unión que se consuma en el cielo. Es importante la vigilancia sobre sí mismo ya que el hombre puede abandonar a Dios, yendo tras las criaturas: por la inconstancia de su voluntad, por la flaqueza humana ante las tentaciones, por su propia miseria, incapaz de amar realmente si la gracia no le ayuda. El propone considerar cinco modos en que se puede vivir el amor a Dios:
- Amor de complacencia: por el gozo de ver amado y honrado a Dios,
- Amor de condolencia, por la compasión a Jesús doliente y la pena por los pecados
- Amor de benevolencia: Desea que Dios sea conocido amado y servido en la tierra, suspira por amarle y verle amado en el cielo; se une con ardor a las alabanzas que Dios se tributa a sí mismo.
- Amor de conformidad, por el que unimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, de tres maneras por la obediencia a sus mandamientos, por la docilidad a sus consejos y por la atención a sus inspiraciones.
- Amor de sumisión, unimos nuestra voluntad al beneplácito de Dios. Así nos unimos por el abandono al divino beneplácito, por la santa indiferencia, un afecto o apego al querer divino que lleva al alma a pasar por encima de los propios afectos y repugnancias naturales, para unirse sólo a la voluntad de Dios. Se trata de amarlo en las consolaciones, en sus mandatos e inspiraciones y en las tribulaciones.
“El amor que brota de la virtud de la caridad es -decíamos antes- un amor de benevolencia, más aún, un amor de amistad. Amor, pues, que fija su atención en el amado, que se dirige a Dios precisamente porque es infinitamente perfecto y bueno. Y la vida, con sus incidencias y avatares, constituye para quien vive de fe…tiempo concedido para reafirmarse y crecer ene l amor. Podemos ahora completar esas afirmaciones diciendo que la vida es tiempo ofrecido para crecer en un amor que, siendo cada vez más intenso, es también, como lógica consecuencia, cada vez más puro, más derecha y plenamente centrado en Dios, excluyendo toda actitud egoísta e interesada. En otros términos, más sencillos y breves, como tiempo ofrecido para crecer en la rectitud y pureza de la intención que inspira el actuar.” (Teología Espiritual, EUNSA, p. 387)
El ser humano no es un espíritu puro, es también un ser corpóreo situado en la historia, por lo que el amor no es simplemente una cuestión etérea o vaga, sino que se manifiesta en actitudes y comportamientos concretos, “obras son amores” dice el refrán popular.
“La obras están dotadas de pleno valor espiritual, puesto que expresan el amor y contribuyen a dotarlo de consistencia; sin obras – como subraya un conocido texto de la carta de Santiago (St 1, 22-25; 2, 14-16)- el amor tiende a desvanecerse y a convertirse en un sentimiento no sólo superficial, sino vacío….pero si las obras poseen valor espiritual, es en virtud de su conexión con el amor que expresan; desconectada de él- la enseñanza neotestamentaria es, también aquí neta (“Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía” 1 Co, 13,3) carecería de substantividad espiritual” (Teología espiritual, EUNSA p. 390-391)
“La caridad crece en la medida en que el sujeto se radica más profundamente en el amor, y, de otra, en la medida en que percibe lo que la caridad implica o reclama…El crecimiento de la caridad no está en una percepción amplia y detallada, pero abstracta y no comprometedora, de las posibles manifestaciones de un actuar inspirado por esa virtud, cuanto en el crecimiento en la vitalidad de la raíz de la que ese actuar nace” (Teología Espiritual EUNSA p. 391)
La caridad ciertamente nos reclama también el ejercicio del amar a nuestro prójimo buscando su bien, entendido en un modo integral, tanto del alma como del cuerpo. En la caridad estamos llamados a amar a todos los hombres, asemejándonos al Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos como nos dice Jesús en el sermón de la montaña; este amor se manifiesta en actitudes y comportamientos concretos, considerando al hombre aquí y ahora pero también en aquello a lo que aspira, por eso al cristiano le interesa el bienestar material de su hermano pero también el desarrollo de sus potencialidades, lo que se conoce habitualmente como promoción humana, de modo que el verdadero desarrollo humano sea un crecimiento también en santidad de vida, por eso se dice que tiene un horizonte actual y escatológico. Ver nuestras relaciones con el prójimo en la caridad divina no destruye lo que hay en ellas de bondad humana, los afectos y los sentimientos forman parte también de ella, nuestra capacidad de cariño y ternura forma parte de la vivencia de la virtud de la caridad, el amor de Dios no anula nuestra humanidad, antes bien la purifica si lleva algo de viciado y la eleva hacia las alturas en que los hombres formamos la gran familia de Dios en el amor de Jesús.
La caridad produce diferentes efectos en nosotros:
A nivel interno nos hace entrar en “el gozo espiritual de Dios, que puede compaginarse con alguna tristeza, por cuanto no gozamos todavía de la perfecta posesión de Dios, que nos dará la visión beatífica; la paz que es la “tranquilidad en el orden”, que resulta de la concordia de nuestros deseos y apetitos unificados por la caridad y ordenados por ella a Dios, y la misericordia que es una virtud especial, fruto de la caridad, aunque distinta de ella, que nos inclina a compadecernos de las miserias y desgracias del prójimo, considerándolas como propias, en cuanto contristan a nuestro hermano y en cuanto que podemos además, vernos nosotros en semejante estado. Es la virtud por excelencia de cuantas se refieren al prójimo; y el mismo Dios manifiesta en grado su omnipotencia compadeciéndose misericordiosamente de nuestros males y remediando nuestras necesidades.” (Teología de la Perfección Cristiana p. 526)
A nivel externo: “la beneficencia, que consiste en hacer algún bien a los demás como signo externo de la benevolencia interior; y se relaciona a veces con la justicia (cuando es obligatoria o debida al prójimo) con la misericordia (cuando ésta nos impulsa a socorrerle en sus necesidades) y con otras virtudes semejantes. La limosna que es un acto de caridad preceptuada a todos (aunque en diferentes grados y medidas), y que puede ejercitarse en lo corporal y en lo espiritual, siendo estas últimas de suyo más perfectas que aquellas. La corrección fraterna que es una excelente limosna espiritual encaminada a poner remedio a los pecados del prójimo. Requiere el concurso de la prudencia para escoger el momento oportuno y los medios más adecuados.” (Teología de la Perfección Cristiana p. 526-527)
Yendo aún más allá al considerar el tema de la caridad no podemos evitar hacer mención de la transformación que este genera no sólo en el sujeto individual y en su relaciones con el prójimo que vive en su entorno, la caridad teologal es la verdadera fuerza que transforma una comunidad y una sociedad, esto es lo que el Papa Francisco nos ha recordado en su reciente encíclica Fratelli Tutti, la importancia de la caridad en cuanto “amistad social”.
Caridad como Amistad Social
“92. La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es «el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana»[71]. Sin embargo, hay creyentes que piensan que su grandeza está en la imposición de sus ideologías al resto, o en la defensa violenta de la verdad, o en grandes demostraciones de fortaleza. Todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar (cf. 1 Co 13,1-13).
93. En un intento de precisar en qué consiste la experiencia de amar que Dios hace posible con su gracia, santo Tomás de Aquino la explicaba como un movimiento que centra la atención en el otro «considerándolo como uno consigo»[72]. La atención afectiva que se presta al otro provoca una orientación a buscar su bien gratuitamente. Todo esto parte de un aprecio, de una valoración, que en definitiva es lo que está detrás de la palabra “caridad”: el ser amado es “caro” para mí, es decir, «es estimado como de alto valor»[73]. Y «del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé algo gratis»[74].
94. El amor implica entonces algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos.
95. El amor nos pone finalmente en tensión hacia la comunión universal. Nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose. Por su propia dinámica, el amor reclama una creciente apertura, mayor capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que integra todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia mutua. Jesús nos decía: «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8).
Esta necesidad de ir más allá de los propios límites vale también para las distintas regiones y países. De hecho, «el número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra […] comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros»[75].
Sociedades abiertas que integran a todos
97. Hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Es la capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a aquellos que espontáneamente no siento parte de mi mundo de intereses, aunque estén cerca de mí. Por otra parte, cada hermana y hermano que sufre, abandonado o ignorado por mi sociedad es un forastero existencial, aunque haya nacido en el mismo país. Puede ser un ciudadano con todos los papeles, pero lo hacen sentir como un extranjero en su propia tierra. El racismo es un virus que muta fácilmente y en lugar de desaparecer se disimula, pero está siempre al acecho.
98. Quiero recordar a esos “exiliados ocultos” que son tratados como cuerpos extraños en la sociedad[76]. Muchas personas con discapacidad «sienten que existen sin pertenecer y sin participar». Hay todavía mucho «que les impide tener una ciudadanía plena». El objetivo no es sólo cuidarlos, sino «que participen activamente en la comunidad civil y eclesial. Es un camino exigente y también fatigoso, que contribuirá cada vez más a la formación de conciencias capaces de reconocer a cada individuo como una persona única e irrepetible». Igualmente pienso en «los ancianos, que, también por su discapacidad, a veces se sienten como una carga». Sin embargo, todos pueden dar «una contribución singular al bien común a través de su biografía original». Me permito insistir: «Tengan el valor de dar voz a quienes son discriminados por su discapacidad, porque desgraciadamente en algunas naciones, todavía hoy, se duda en reconocerlos como personas de igual dignidad»[77].”
La grandeza de esta virtud supera muchas veces lo que podemos mencionar en breve tiempo, sin embargo, hemos de recordar que aquí es donde se juega la santidad, ella es por definición la perfección de la caridad.
«La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4).
La virtud de la caridad se corresponde con el don de la sabiduría que es “un hábito sobrenatural inseparable de la caridad por el cual juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos hace saborear por cierta connaturalidad y simpatía” (Teología de la Perfección Cristiana p. 528)