La Virtud de la Esperanza

Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 12.6)

La Iglesia nos enseña que:

“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa» (Hb 10, 23). «El Espíritu Santo que él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna» (Tt 3, 6 – 7).” (Catecismo de la Iglesia Católica 1817)

Al decir que es una “virtud” estamos diciendo que se trata de una disposición firme y estable hacia el bien y que obra a modo humano en el concurso de nuestro intelecto y voluntad. Con el adjetivo “teologal” o “teológica” estamos haciendo, por un lado, referencia a su origen, Dios la infundió en nuestra alma el día del Bautismo, es uno de los grandes regalos que el Señor nos ha dado al hacernos partícipes de su vida eterna; por otro lado, a su objeto, el Reino de los cielos en cuanto objeto primera, y los medios para llegar a él como medio secundario, filosóficamente hablando se dice que su objeto quod es Dios, es decir al que anhelamos llegar a contemplar un día cara a cara en lo que santo Tomás de Aquino llamó “visión beatifica” es a Dios mismo, y que su objeto quo, o motivo formal de esperarlo, es la potencia de los auxilios divinos, o mejor dicho la omnipotencia de Dios, y su infinita misericordia y fidelidad. Estamos ante un don de Dios que obra a modo humano en vistas a la felicidad eterna.

“La virtud de la esperanza responde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre” (Catecismo de la Iglesia Católica 1818) por naturaleza todo ser humano vive buscando esta felicidad, vemos como ante las dificultades del día a día, grandes o pequeñas, el hombre siempre anda en busca de paz, de sosiego, de algo que calme su corazón y lo consuele, el sufrimiento que produce el pecado y sus consecuencias, revelan en el hombre una profunda insatisfacción, y aun cuando éste se encuentra caminando en la vía del bien, luchando contra el hombre viejo, descubre en sí mismo que existe otro modo de vivir, al cual Cristo responde brindándole sus auxilios divinos, iluminando su camino con su Palabra y concediéndole sus gracias por la oración y los sacramentos, de tal modo que fortalecido se lance con mayor ahínco en la “conquista” de la tierra prometida, pero aquella confianza en que esa palabra no fallará proviene de la esperanza, pues sabe que su anhelo un día llegará convertirse en una realidad concreta, en este punto fe y esperanza se entre tocan, pues lo cree la primera, lo anhela la segunda.

Por la virtud de la esperanza todas las actividades del hombre se dice que son purificadas en su intención, pues por ella buscamos “ordenarlas al Reino de los cielos”, quien sabe que forma parte de la Iglesia peregrina sabe que se encuentra en camino, y en este movimiento, ningún paso es del todo indiferente, cada acción debe ser orientada a la consecución de nuestro fin último, es decir que por la esperanza relativizamos todo en vistas al cielo, consideramos las cosas en cuanto son útiles para nuestra salvación, es la virtud que se encuentra tras aquel famoso adagio latino quid hoc ad aeternitatem? (¿De qué aprovecha esto para la vida eterna?). Podría ser que en el correr del día a día, de hora en hora y de minuto en minuto, no siempre tenga presente en “acto” esta búsqueda del cielo en cada actividad, pero al hacernos buenos propósitos al inicio de la jornada esta intención estará presente de modo “virtual”[1], es decir como subyacente en todas nuestras acciones, se realizará como una cualidad de nuestro modo de actuar, y sólo dejará de estarlo si se rechaza abiertamente o por la comisión de un pecado mortal.

La esperanza cristiana también produce ciertos frutos: “protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.” (Catecismo de la Iglesia Católica 1816)

La esperanza cristiana nos reanima y nos lleva a contemplar nuestra historia como historia de salvación, ella purifica nuestra memoria de aquellos factores que en muchas ocasiones nos llevan a la melancolía y tristeza. Por definición la memoria es la facultad del alma que retiene las especies inteligibles, a las que llamamos recuerdo. Todo cuanto conocemos de alguna manera u otra queda registrado ahí. Al recordar los beneficios recibidos y honrar a Dios por ellos (gratitud) y al recordar las promesas de futuro que nos han sido prometidas, anhelándolas con profundo amor y viva confianza en que Dios es fiel y llevará acabo lo que nos ha anunciado, nosotros hacemos ejercicios de esperanza, tal y como lo hacía el antiguo pueblo de Israel, que hacía memoria de los grandes acontecimientos en los que Dios había intervenido en su historia, que es lo que el Papa Francisco llama memoria deuteronómica, y de ahí retomaba nuevas fuerzas para lanzarse a la conquista de aquella tierra que le fue prometida en herencia a Abraham.

Este es un gran don que el Señor nos ha dado, y hemos de cuidarlo, tanto más cuanto que a nosotros no se nos ha prometido un reino terreno, sino el Cielo, la bienaventuranza eterna, la comunión plena en el amor con la Trinidad Santísima, el gozo eterno de Dios junto con los ángeles y santos, el llegar a estar con aquel que da sentido a nuestras vidas, el poder estar en la presencia del Amor que cambio para siempre la historia de la humanidad y en ella nuestra historia personal. Aquel del que dijo san Pablo “me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2, 20)

“…nosotros necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es » realmente » vida.”[2]

Ya que es grande el don, también la Iglesia también nos previene de los pecados que atentan contra él, que nos pueden hacer perderlo, los pecados contra la esperanza cristiana, estos son: la desesperación y la presunción:

En el primer caso “…el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia – porque el Señor es fiel a sus promesas – y a su Misericordia.” (Catecismo de la Iglesia Católica 2091) Los maestros de vida espiritual dicen que esta deriva principalmente de dos vicios la acidia y la lujuria.[3]

Escuchemos a santo Tomás de Aquino que nos expone la razones:

“el objeto de la esperanza es el bien arduo asequible por uno mismo o por otro. Por lo mismo, hay dos maneras de quedar frustrada la esperanza de lograr la bienaventuranza: o por considerarla como bien arduo o por no considerarla como asequible ni por uno mismo ni por otro. Pues bien, el que alguien pierda el sabor de los bienes espirituales o no le parezcan grandes, acontece principalmente porque tiene inficionado el afecto por el aprecio de los placeres corporales, entre los que sobresalen los venéreos. En efecto, la afición a estos placeres induce al hombre a sentir hastío hacia los bienes espirituales y ni siquiera los espera como bienes arduos. Desde esta perspectiva, la desesperación tiene como causa la lujuria.

Por otra parte, el hombre llega a no considerar como posible de alcanzar por sí mismo o por otro el bien arduo cuando llega a gran abatimiento, ya que cuando éste establece su dominio en el afecto del hombre, le hace creer que nunca podrá aspirar a ningún bien. Y como la acidia es un tipo de tristeza que abate al espíritu, engendra, por lo mismo, la desesperación, dado que lo específico de la esperanza radica en que su objeto sea algo posible; lo bueno y lo arduo pertenecen también a otras pasiones. Por eso, la desesperación nace sobre todo de la acidia, si bien puede nacer igualmente de la lujuria, como hemos dicho”[4]

En el segundo hay que distinguir dos clases “O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas, (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito)” (Catecismo de la Iglesia Católica 2092). Se dice que esta habitualmente proviene de la vanagloria y la soberbia

Escuchemos nuevamente al Doctor Angélico exponernos las razones:

“…la presunción es doble. Una se funda en el propio poder, intentando como posible lo que excede la propia capacidad. Esta presunción es evidente que procede de la vanagloria, pues quien desea ardientemente la gloria acomete para conseguirla lo que sobrepuja su capacidad. Y entre las cosas que persigue está sobre todo lo que reviste novedad, por causar mayor admiración. Por eso hizo expresamente San Gregorio a la presunción de novedades hija de la vanagloria. Hay otra presunción que se apoya de manera desordenada en la misericordia o en el poder divino, por el cual se espera obtener la gloria sin mérito y el perdón sin arrepentimiento. Esta presunción parece proceder directamente de la soberbia: el hombre se tiene en tanto, que llega a pensar que, aun pecando, Dios no le ha de castigar ni le ha de excluir de la gloria.”[5]

Algunos medios para trabajar la esperanza.

En primer lugar y ante todo pedir al Señor la gracia de poder crecer en ella, ya que Dios nos viene a Él hemos de suplicarla, luego hemos de disponernos a su crecimiento trabajando algunos puntos. Consideremos las palabras de Jesús en el evangelio de san Juan en el capítulo 15, v.15 “Sin mí nada pueden hacer”, es decir sin la gracia de Dios no podemos absolutamente nada, y arrojémonos en sus manos confiando totalmente en su amor porque como diría san Pablo “Todo lo puedo en aquel que me fortalece” (Flp 4, 13). La salvación se ofrece a todos pues Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” pero hemos de cooperar con docilidad a su gracia (1 Co 15, 10).  Si tropezamos, incluso si caemos, clamemos al Señor como san Pedro “Señor, sálvame” (Mt 14, 30), volvámonos hacia Él, pongamos nuestra mirada en Él “Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra” (Sal 120, 1-2). Busquemos su gracia y su bondad en el sacramento de la reconciliación frecuentemente, recordemos las palabras del Papa Francisco en una de sus primeras intervenciones luego de su elección “Dios no se cansa de perdonarnos”. Y con firmes propósitos de enmienda entremos en la conversión del corazón.

Anhelemos con cada vez más fuerzas los bienes del cielo, y contemplemos como los placeres, la búsqueda mal sana de honores, aplausos y respetos humanos son todos efímeros, como decía santa Teresa “todo se pasa, Dios no se muda”, las cosas de este mundo valen en cuanto nos ayudan a granjearnos los gozos eternos del cielo, recordemos aquella famosa frase de san Francisco de Borja “No más a servir a señor que se me pueda morir”. Y si en esta tierra tenemos la dicha de gozarnos en el amor de nuestra madre la Iglesia, de nuestros familiares y amigos, de contemplar las maravillas de la creación, de alegrarnos en los consuelos divinos de la oración, recordemos que ellos son sólo anuncios de lo que está por venir, que estas cosas si acaso son como el maná, pero que el verdadero banquete viene después.

Así conforme vamos progresando iremos perdiendo la angustia por “el día de mañana”, confiando en la providencia de Dios tanto en el orden natural como dice Jesús en el sermón de la montaña (Mt 6) o en el sobrenatural (Ef 1, 7-8). Nuestra oración se irá simplificando. Nuestro desprendimiento de las cosas de la tierra se hará más perfecto y nos iremos uniendo a Dios con una confianza cada vez mayor.

“Nada podrá detenerla (al alma), si ella quiere seguir adelante a toda costa, Dios, que la llama a una vida de íntima unión con Él, le tiende su mano divina con la garantía absoluta de su omnipotencia, misericordia y fidelidad a sus promesas. El mundo, el demonio y la carne le declararán guerra sin cuartel, pero “los que confían en el Señor renuevan sus fuerzas, y echan alas como de águila, y vuelan velozmente sin cansarse, y corren sin fatigarse” (Is 40, 31). Con razón decía san Juan de la Cruz que con la librea verde de la esperanza “se agrada tanto al Amado del alma, que es verdad decir que tanto alcanza de Él cuanto de ella Él espera” (Noche Oscura II, 21, 8). El alma que, a pesar de todas las contrariedades y obstáculo, siga animosamente su camino con toda su confianza puesta en Dios, llegará sin duda alguna a la cumbre de la perfección”[6]

El papa Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza nos habla de tres lugares donde ejercitar esta virtud: la oración, el actuar y el sufrir, y la perspectiva del juicio final.  Los primeros tres nos parece un tanto evidente el porqué, pero ¿el juicio final? ¿por qué habría de suscitar en nosotros la esperanza?

“El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra -juicio y gracia- de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación » con temor y temblor » ((Flp 2, 12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro » abogado «, parakletos (cf. 1Jn 2, 1).”[7]

Meditar en la segunda venida de Jesús, también nos llena de esperanza, respecto al juicio, porque aquel día se nos revelará como el orden de Dios todo fue previsto para el bien de los que ama, incluso aquellas situaciones que en el momento parecieron injustas, ese día no quedarán cabos sueltos, y se conocerá realmente la bondad que animaba el corazón de tantos hombres que pasaron desapercibidos ante los ojos del mundo, el Cura de Ars solía decir, “sólo ese día se conocerá todo el bien que se hizo en un confesionario”. Pero también la misericordia de Dios se manifestará, porque ¿quién juzga sino aquel que dio su vida por nosotros? Ahí veremos cuanto Él nos amó, y cómo nunca nos castigó como merecían nuestras faltas y cómo nos dio mucho más de lo que podríamos haber ganado con nuestros méritos. Ese día se verá como Dios nunca se dejó ganar en generosidad.

Contaba Mons. Guido Marini una anécdota en un retiro espiritual, como había una vez una señora muy anciana, la cual en su lecho de muerte estaba rodeada de sus familiares y amigos, y en esas condiciones, sabiendo que estaba por partir a la casa del Padre, pidió un último deseo, que cuando la pusiera en su ataúd le pusieran una cucharilla en la mano. Sus familiares le preguntaron el porqué de tan curiosa petición. Ella contestó que quería dar un mensaje con eso ya que recordaba como desde que era niña ella vio que en las mesas al momento de participar en una cena especial siempre ponían una cucharilla colocada por encima del plato, era la cucharilla del postre, y que ella siempre pasaba contemplando durante toda la comida esa cucharilla, sabiendo que el dulce venía al final, y le dijo que su mensaje era que lo mejor estaba por venir.

En medio de las adversidades o incluso de la rutina de la cotidianidad, recordemos lo mejor está por venir, los trabajos y sufrimientos de esta vida no son nada en comparación de la gloria que ha de manifestarse aún (Rm 8, 13). Esto es vivir con nostalgia del cielo, nuestra patria eterna, allá donde está nuestra morada, santa Teresa por ello decía “esta vida no es sino una noche en una mala posada” pues sabía que lo que habría de venir era muchísimo mejor.

Pero ojo relativizar todo hacia el cielo, tener una nostalgia de aquel lugar donde reina plenamente el amor, no hace desentendernos de nuestra existencia actual, al contrario, nos compromete todavía más. Anhelar el cumplimiento de las promesas de Cristo, es comenzar a vivir con mayor celo nuestro compromiso bautismal. Un día un niño preguntó a su mamá: “¿por qué tengo que portarme bien?” a lo que ella con su ternura de madre le respondió “porque tú eres un ciudadano del cielo, y en el cielo todos se portan bien”.

La esperanza cristiana no lleva al individualismo, sino que nos hace confiar en Cristo y sus promesas, esto sólo puede hacerse desde el amor a Él, y no podemos amarle sino amamos a nuestros hermanos. El Papa Benedicto XVI lo explicaba así:

“La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cf. 1Tm 2, 6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser » para todos «, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos. Quisiera citar en este contexto al gran doctor griego de la Iglesia, san Máximo el Confesor (†662), el cual exhorta primero a no anteponer nada al conocimiento y al amor de Dios, pero pasa enseguida a aplicaciones muy prácticas: » Quien ama a Dios no puede guardar para sí el dinero, sino que lo reparte «según Dios» […], a imitación de Dios, sin discriminación alguna «. Del amor a Dios se deriva la participación en la justicia y en la bondad de Dios hacia los otros; amar a Dios requiere la libertad interior respecto a todo lo que se posee y todas las cosas materiales: el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro”[8]

La virtud de la esperanza es un don precioso que el Padre nos dio, ella purifica nuestra memoria de las cosas del pasado, nos motiva a vivir mejor el presente en vista al futuro que nos ha sido prometido.  Es potenciada por el don de temor, que es “un hábito sobrenatural por el cual el justo, bajo el instinto del Espíritu Santo, adquiere docilidad especial para someterse totalmente a la divina voluntad por reverencia a la excelencia y majestad de Dios…” (Teología de la Perfección Cristiana p. 502)


[1] Recordemos virtual viene de virtus que significa fuerza, poder, facultad, etc.

[2] Benedicto XVI, Spes salvi n.31

[3] Cf. A. Royo Marín. Teología de la perfección cristiana. N. 351

[4] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q.20, a.4

[5] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q.24, a.4

[6] A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, n.352

[7] Benedicto XVI, Spes Salvi, n.48

[8] Benedicto XVI, Spes salvi, n.28