Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 12.9)
A menudo la formación cristiana subraya sobre todo el aspecto intelectual o afectivo, sea que nos dediquemos a aprender muchas cosas del catecismo o que busquemos frecuentar la oración sea para discernir qué hemos de hacer en un momento difícil o como un lugar donde encontremos la serenidad y paz interior en medio de la vida ajetreada que llevamos, incluso estamos muy atentos a nuestro examen de conciencia periódico para la confesión frecuente, pero existe también una dimensión en el campo de la vida cristiana y es la formación de la voluntad, de modo especial en este campo influyen en gran medida la vivencia de las virtudes que estamos examinando, de modo especial la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza informadas por la caridad.
“Entre las cuatro virtudes cardinales, hay una, la justicia, que no siempre ponderan como es debido las personas que entregan a la vida de piedad. Se fijan mucho en las diversas formas de templanza y en la prudencia que han de observar en las diversas situaciones de la vida; con respecto al prójimo, se esfuerzan en practicar la caridad, mas echan en olvido, a veces, ciertos deberes de justicia y pasan por alto los derechos de los demás. Por ejemplo, aquellos que persiguieron a san Juan de la Cruz, se decían hombres de oración y de mucha austeridad, pero fueron extremadamente injustos con el doctor del Carmelo.
Si practicásemos mejor la justicia en sus diversas formas adelantaríamos mucho en la formación de la propia voluntad. La justicia, en efecto, es muy a propósito para sanar a esta facultad de su egoísmo y amor propio, del mismo modo que la prudencia preserva de la inconsideración a la inteligencia, y a la fortaleza y templanza liberan la sensibilidad del temor y los deseos desordenados.
Hay almas que, a la vez que muy inclinadas a la irritación son tan pusilánimes, que dan la impresión de haber perdido totalmente la voluntad; diríase que tal facultad ha desaparecido en ellas y sólo han quedado el egoísmo y el amor propio. La razón está en que una voluntad privada de las virtudes…que debería poseer, queda considerablemente empequeñecida. Al contrario, la voluntad rica en tales virtudes tiene alientos y talla de gigante…” (Las Tres Edades de la Vide Interior, p. 640)
Entrando en materia podemos preguntarnos, ¿qué es la justicia? Dice el Catecismo:
“ La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo” (Col 4, 1).” (Teología de la Perfección Cristiana p.1807)
Santo Tomás de Aquino nos recuerda que “no basta para la razón de justicia que alguno quiera observarla esporádicamente en un determinado negocio, porque apenas habrá quien quiera obrar en todos injustamente, sino que es menester que el hombre tenga voluntad de conservarla siempre y en todas las cosas” (STh II, q.58, a.1) importante es por tanto ser constantes en el propósito y la intención de custodiarlo siempre.
Se dice que las características de todo acto de justicia son tres: la alteridad, es decir siempre se refiere a otra persona; el derecho estricto, no se trata de un regalo que se da sino de algo que se debe; y la adecuación exacta, ni más ni menos de lo que corresponde.
“La justicia tiene una gran importancia y es de absoluta necesidad en el orden individual como en el social. Pone orden y perfección en nuestras relaciones con Dios y con el prójimo; hace que respetemos mutuamente nuestros derechos; prohíbe el fraude y el engaño; prescribe la sencillez, la veracidad y mutua gratitud; regula las relaciones particulares de los individuos entre sí, de cada uno con la sociedad y de la sociedad con los individuos. Pone orden en todas las cosas y, por consiguiente, trae consigo la paz y el bienestar de todos. Por eso dice la Sagrada Escritura que la obra de la justicia es la paz (cf. Is 32, 17)” (Teología de la Perfección Cristiana p. 554)
Para ser justos con el otro no basta no perjudicar al otro, sino que es preciso darle oportunamente lo que le corresponde.
La justicia habitualmente la clasificamos en cuatro tipos:
- La justicia legal, por la cual como miembros de una sociedad buscamos darle a ésta todo lo que le es debido para garantizar el bien común. Su nombre deriva del hecho que se trata de observar las leyes justas – que sólo si son así pueden llamarse leyes- que nos obligan su cumplimiento.
- La justicia distributiva, por la cual se dispone de los bienes comunes de manera proporcionada según la dignidad, méritos y necesidades de cada uno. Opuesta a ella es lo que habitualmente se llama “acepción de personas” o las “cacería de brujas por revanchismos personales” puesto que no se tienen en cuenta los verdaderos méritos ni se juzga en igual de condiciones.
- La justicia conmutativa: su definición prácticamente la que realiza el concepto de justicia en sí por ser la constante y firme voluntad de dar a otra persona lo que le pertenece en estricto derecho y perfecta igualdad. Se diferencia de la anterior en cuanto que esta última versa sobre la relación entre los individuos entre sí, y la anterior entre el individuo con la sociedad.
Hijas de la justicia son la religión que en cuanto virtud regula el culto a Dios; la piedad, que regula los deberes hacia nuestros padres, la observancia u obediencia que regula la relación con los superiores, la gratitud por los beneficios recibidos, la veracidad y afabilidad en el trato con los demás etc.
Algunos medios para vivir y crecer en esta virtud:
- Evitar cualquier pequeña injusticia por insignificante que parezca. Pues muchas veces nos concedemos cierta ligereza en el trato con el otro que de arraigarse en el corazón puede convertirse en cosas graves. Hemos de estar atento en lo menudo desde pagar lo justo a quien presta un servicio, dar el vuelto justo, si encontramos un objeto perdido buscar a su dueño, etc.
- No contraer deudas innecesarias y liquidar oportunamente las contraídas. Si no hay absoluta necesidad es mejor abstener de poseer un objeto que empeñarse en graves compromisos por adquirirlo. También es una injusticia dejar de pagar las deudas adquiridas con la falsa excusa del “no puedo” cuando se está malgastando en otras cosas. En este campo entra de modo especial uno de los pecados que la Escritura dice “clama al cielo” como es el de defraudar o retrasar el justo salario al obrero.
- Tratar las cosas ajenas con mayor cuidado que si fueran propias. Esto es de observarse de modo especial en la vida comunitaria, habitualmente se dice “lo que es de todos no es de nadie” y se maltratan las cosas, entre hombres que aspiran a la santidad no ha de ser así, puesto que el bien del otro siempre ha de ser considerado un bien para mí, y aquello que es de todos debe ser custodiado con alta estima.
- Tener especialísimo cuidado en no perjudicar jamás en lo más mínimo el buen nombre o fama del prójimo. “Nos guardaremos muy bien de los juicios temerarios (aunque sean puramente interiores) que condenan al prójimo por simples apariencias infundadas, de la injuria o contumelia que con palabras o hechos mortifica y entristece al prójimo, llena su alma de pena y amargura; de la burla o irrisión, que produce parecidos efectos al dejar en ridículo ante los demás a un pobre infeliz, a quien utilizamos como víctima de nuestra “gracia” o de nuestro singular “ingenio”; la maldición , por la que deseamos con la palabra algún mal a nuestro prójimo, que es pecado tanto más grave cuanto mayor sea la obligación de amar y venerar a la persona a quien maldecimos; de la fea y odiosa murmuración, que parece ser el tema obligado de infinidad de conversaciones, en las que apenas se hace otra cosa que criticar a fulano y despellejar a mengano; de la difamación, que se complace en sacar a relucir los defectos ocultos del prójimo…Tengamos en cuenta, además, que no basta arrepentirse y confesarse de estas faltas; la difamación y la calumnia obligar en consciencia a restituir” (Teología de la perfección cristiana p. 558)
- Evitar toda acepción de personas.
Dejarnos llevar simplemente por la antipatía o simpatía que me causa alguien para favorecerle en perjuicio de otros que quizás tendrían un mérito mayor es contario a la justicia.
Hemos de recordar que “siempre lícito y laudable favorecer a uno sin perjudicar a nadie” por ejemplo si puedo otorgar un empleo que no se le hubiera dado a alguien más, pero “jamás es lícito favorecer a uno con perjuicio de otros” por ej. haciendo que se le otorgue un trabajo a alguien que no cumple con los requisitos adecuados o tiene menos méritos que otros que si los tiene.
Para crecer en razón de la justicia conmutativa: hemos de tener presente siempre el principio de “dar a cada quien lo que le corresponde” en nuestra relación con el prójimo, haciéndolo de corazón y por amor a Dios. Buscando que incluso en las pequeñas acciones resplandezca de este modo su gloria. Debido a la justicia distributiva, si hemos de llevar la responsabilidad de otorgar cargos, obligaciones, bienes o cualquier beneficio de la comunidad buscaremos hacerlo en base a los méritos y necesidades, buscando no dejarnos afectar por las simpatías o antipatías naturales, recordando que en estos casos somos meros administradores. En ambos casos la rectitud de intención nos guiará prudentemente.
Una mención especial en este punto merece la vivencia de la religión en cuanto virtud, ya que derivada de la justicia nos lleva a tributar a Dios los actos de culto internos y externos que corresponden en razón de su suprema excelencia en cuanto principio de todo lo que existe.
La virtud de la religión ejerce diferentes tipos de acciones, pueden ser internas o externas:
Las internas son dos:
La devoción, según santo Tomás es una prontitud de ánimo para entregarse a las cosas que pertenecen al servicio de Dios (II-II 82, 1)… “Los verdaderos devotos están siempre disponibles para todo cuanto se refiera al culto o servicio de Dios. El ejemplo más sublime de devoción el de Cristo al entrar en el mundo: “Heme aquí, Señor, dispuesto a cumplir mi voluntad; en ello pongo mi complacencia y dentro de mi corazón está tu ley” (Sal 39, 8ss). Nótese, sin embargo, que esa voluntad pronta de entregarse a Dios puede provenir también de la virtud de la caridad. Si se intenta con ello la unión amorosa con Dios es un acto de caridad; si se intenta el culto o servicio de Dios es un acto de religión. Son dos virtudes que se influyen mutuamente; la caridad causa la devoción, en cuanto que el amor nos hace prontos para servir al amigo, y, a su vez, la devoción aumenta el amor, porque la amistad se conserva y aumenta con los servicios prestados al amigo” (Teología de la perfección cristiana p.561)
La oración, si la devoción va sobre la voluntad de actuar para el servicio de Dios, la oración va sobre nuestro entendimiento pues busca conocer a Dios para amarlo más y suscitar afectos, en otra meditación profundizaremos sobre ella.
“Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de alabanza y de acción de gracias, de intercesión y de súplica. La oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. “Es preciso orar siempre sin desfallecer” (Lc 18, 1).” (Catecismo de la Iglesia Católica 2098)
Nota: Profundizaremos luego en este aspecto
Los actos externos son:
La adoración, por ella “testimoniamos el honor y reverencia que nos merece la excelencia infinita de Dios y nuestra sumisión ante Él” (II-II 84, 1). Dice el Catecismo de la Iglesia:
“La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto” (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).
Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf. Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.” (Catecismo de la Iglesia Católica 2096-2097)
El sacrificio, que es un ofrecimiento de cosas sensibles como signo de sumisión y honor debido a Dios. “llamamos propiamente sacrificios a las ofrendas hechas a Dios cuando sobre ellas reace alguna acción: como matar los animales, partir el pan, comerlo o bendecirlo. Esto es lo que significa la palabra sacrificio, pues sacrificar, etimológicamente, es hacer algo sagrado. En cambio, el acto de ofrecer alguna cosa a Dios, sin practicar sobre ella acción alguna, es a lo que llamamos directamente oblación (por ejemplo, las primicias).” (STh II-II, q.86, a.3 sed contra 3)
“Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión: “Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa compañía, es decir, relacionada con el fin del bien, merced al cual podemos ser verdaderamente felices” (San Agustín, De civitate Dei, 10, 6).
El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito…” (Sal 51, 19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior (cf. Am 5, 21-25) o sin relación con el amor al prójimo (cf. Is 1, 10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mt 9, 13; 12, 7; cf. Os 6, 6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf. Hb 9, 13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.” (Catecismo de la Iglesia Católica 2099-2100)
Promesas y Votos. Dice el Catecismo:
“En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer promesas a Dios. El Bautismo y la Confirmación, el Matrimonio y la Ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel.
“El voto, es decir, la promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor, debe cumplirse por la virtud de la religión” (CIC can. 1191, § 1). El voto es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos entrega a Dios lo que le ha prometido y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a san Pablo cumpliendo los votos que había hecho (cf. Hch 18, 18; 21, 23-24).
La Iglesia reconoce un valor ejemplar a los votos de practicar los consejos evangélicos (cf. CIC can. 654). «La santa madre Iglesia se alegra de que haya en su seno muchos hombres y mujeres que siguen más de cerca y muestran más claramente el anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de los hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues, se someten a los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección más allá de lo que está mandado, para parecerse más a Cristo obediente» (LG 42).” (Catecismo de la Iglesia Católica 2101-2103)
El juramento: es “la invocación del nombre de Dios en testimonio de la verdad, y sólo puede prestarse con verdad, con juicio y con justicia.” (Teología de la Perfección Cristiana p. 565)
Invocación del nombre de Dios: dice santo Tomás “tratándose de Dios, para quien no hay secretos en los corazones, las palabras no las empleamos para manifestarle nuestros pensamientos, sino para inducirnos a nosotros mismo y a los demás que nos oyen a respetarlo. Por consiguiente, la alabanza oral es necesaria, no precisamente por parte de Dios, sino por el bien del que le alaba, cuyos afectos para con Dios así se enardecen, según aquello del salmo 49, 23 “El sacrificio de alabanza me honrará; servirá de camino para darle a conocer la salvación de Dios” Y cuanto más asciende el hombre por esta escala de la alabanza divina, tanto más se aparta de lo que va contra Dios, según aquel testo Is 48, 49 “Te pondré como freno mi alabanza para que no perezcas”. También es provechosa la alabanza de nuestros labios para estimular los afectos de los demás hacia Dios…” (STh II-II, q. 91, a.1)
Pecados contra la virtud de la religión:
Superstición, la idolatría, la adivinación y magia, el ateísmo, el agnosticismo, la irreligión manifestada en el tentar a Dios, sacrilegio o la simonía.
El Don de Piedad perfecciona y eleva el ejercicio de la virtud de la justicia, éste es: “un hábito sobrenatural infundido con la gracia santificante para excitar en la voluntad, por instinto del Espíritu santo, un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad universal para con todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre, que está en los cielos” (Teología de la Perfección Cristiana p. 569)