Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 12.11)
En la vida ordinaria, todos hacemos experiencia de una dimensión sensible y básicamente instintiva de la vida humana que debe ser regulada por la razón iluminada por la fe, en esto nos ayuda particularmente una virtud especial que se llama “templanza”.
“La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para seguir la pasión de su corazón” (cf. Si 5,2; 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos, refrena” (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”. Debemos “vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente” (Tt 2, 12).
«Nada hay para el sumo bien como amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. […] lo cual preserva de la corrupción y de la impureza del amor, que es los propio de la templanza; lo que le hace invencible a todas las incomodidades, que es lo propio de la fortaleza; lo que le hace renunciar a todo otro vasallaje, que es lo propio de la justicia, y, finalmente, lo que le hace estar siempre en guardia para discernir las cosas y no dejarse engañar subrepticiamente por la mentira y la falacia, lo que es propio de la prudencia» (San Agustín, De moribus Ecclesiae Catholicae, 1, 25, 46).” (Catecismo de la Iglesia Católica 1809)
En su infinita sabiduría, la divina Providencia ha asociado el deleite o placer a dos funciones naturales propias del individuo aquellas que tienen que ver con su conservación propia o la de la especie, estos instinto que rectamente ordenados tienen un fin altísimo puesto que impulsan a la conservación y procreación de la vida, pueden de suyo a causa de la herida dejada por el pecado original, tender a desviarse fuera de aquello que justo y oportuno, llevando incluso al hombre a caer en el pecado. La virtud de la templanza nos recuerda por un lado que esta inclinación no es mala en sí misma, forma parte de nuestra humanidad y rectamente ordenada es ocasión de un gran bien, por otro lado nos enseña a encaminarla hacia un fin honesto y sobrenatural según el estado de vida de cada uno “Y como el placer es de suyo seductor y nos arrastra fácilmente más allá de los justos límites, la templanza inclina a la mortificación incluso de muchas cosas lícitas para mantenernos alejados del pecado y tener perfectamente controlada nuestra vida pasional” (Teología de la Perfección Cristiana p. 604)
Se oponen a la virtud de la templanza los vicios, por exceso, el de la intemperancia “que desborda los límites de la razón y de la fe en el uso de los placeres del gusto y del tacto, y que, sin ser el máximo pecado posible, es sin embargo, el más vil y oprobioso de todos, puesto que rebaja al hombre al nivel de las bestias y animales y ofusca, como ningún otro, las luces de la inteligencia humana”, por defecto encontramos la “insensibilidad excesiva, por el cual se huye incluso de los placeres necesarios para la conservación del individuo o de la especie que pide el recto orden de la razón. Únicamente se puede renunciar a ellos por un fin honesto (recuperar la salud, aumentar las fuerzas corporales, etc.) o por un motivo más alto, como es el bien de la virtud (penitencia, virginidad, contemplación), porque esto es altamente conforme a la razón y la fe” (Teología de la Perfección Cristiana p. 605)
Santo Tomás vincula a la templanza lo que habitualmente llamamos vergüenza (Cf. STh II-II, q. 144), entendido desde un sentido positivo en cuanto se trata de una pasión, una energía natural, que nos lleva a temer el cometer un acto vicioso y torpe (también existe una vergüenza negativa que es aquella que lleva consigo el vicio de los respetos humanos). Tomada desde esa acepción, de temer quedar avergonzado ante alguien sabio y virtuoso es que santo Tomás la elogia y dice que es una característica de los jóvenes buenos, es lo contrario de ser “sin vergüenza” o “desvergonzado”, y tiene su sentido positivo en cuanto que ayuda a abstenerse de una acción mala. Asimismo, vincula a esta virtud la honestidad, ya que por ella se tiende a evitar lo torpe en razón del honor que conlleva la belleza y pulcritud de los actos rectamente ordenados.
Si bien es cierto el cristiano está llamado a crecer en toda virtud, es fundamental para todos trabajar algunas virtudes de modo especial que se derivan de la templanza.
- La abstinencia y sobriedad: que nos lleva a regular el uso de los alimentos y de las bebidas según la recta razón y la necesidad de nuestro cuerpo, incluso a nivel sobrenatural su observancia se manifiesta por ejemplo en algunas practicas penitenciales como el no comer carne ciertos días al año.
- La castidad: “es la virtud sobrenatural moderativa del apetito genésico”, su nombre se deriva de la palabra castigo en cuanto que mantiene la vivencia de la propia sexualidad dentro de los justos límites, sin embargo, su sentido es sumamente amplio unido al de la virtud de la pureza, por la cual se busca el fin propio de los actos que derivan de ella. Hemos de tener presente que la sexualidad humana es propia de nuestra naturaleza, y en sí misma y rectamente ordenada es algo bueno, puesto que más allá de la diferencia sexual entre hombres y mujeres, se observa la dimensión esponsal de los cuerpos, la llamada a la autodonación del uno al otro en una unión de amor firme y estable como la supone el matrimonio. Castidad y pureza han de ser observadas por todos los cristianos según su estado de vida particular, podríamos decir ellas colaboran de un modo especial en la custodia de la santidad de los cuerpos y las almas en la vivencia del amor humano.
Esta virtud se trabaja de modo especial a través de la educación de los sentidos externos, lo cual ya se vio precedentemente.
De un modo especial trataremos de una virtud clave en todo el edificio espiritual y que es hija de la virtud de la templanza: La humildad. Por definición ésta es la virtud que nos ayuda a regular el afán desordenado de propia excelencia, es decir es la virtud opuesta a la soberbia, pero ¿de qué manera lo hace? Podríamos responder, a través del realismo.
Es famosa la afirmación de santa Teresa cuando dice: “humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella” (6M, 10, 7)
Esta afirmación de la doctora del Carmelo es para nosotros una gran luz, porque nos hace ver como el humilde ante su limitación no se escandaliza, sino que lo asume con profundo realismo, por ello si llega a equivocarse en algo o si llega a pecar, no se paraliza de miedo cayendo en la desesperación, sabe que no es ángel de luz; tampoco llama al bien, mal; ni al mal, bien; sino que reconociendo su debilidad, se pone en camino de conversión. Por eso decía un maestro de vida espiritual “Nuestros pecados…se convierten para nosotros en fuentes de humildad y amor” (Ruysbroeck op cit. en Quiero ver a Dios del Beato Eugenio Ma. Del Niño Jesús, p. 393). Y es que sabiendo que no podemos salir de las situaciones que nos limitan por nuestras solas fuerzas, entonces nos abrimos a la potencia divina, nos abrimos a Dios y por ello el humilde goza de paz.
Ciertamente, no deberíamos tener que caer, afrontar situaciones límites o desastres para volvernos al Señor, pero usualmente ellas nos recuerdan nuestra realidad, porque en ellas somos probados, y vemos nuestro temple, y por bien que nos pudiera haber ido, vemos que no lo podemos todo, y esto nos hace tanto bien.
El psicólogo italiano Roberto Marchesini por ej. Vinculará la humildad a la sana autoestima “tener una buena autoestima no significa tener necesariamente una buena opinión de sí mismo. La palabra autoestima significa auto-valoración, auto-medición, es decir, conocimiento de sí, de los propios límites y de las propias posibilidades. Una buena medida no es aquella que da el resultado más agradable, sino la que se aproxima más a la realidad…en términos teológicos, una buena autoestima se llama humildad… [por oposición] orgullo y pusilanimidad son los correspondientes teológicos de aquello que en psicología se llama narcisismo y menosprecio de sí” (Aristotele, san Tommaso d’Aquino e la psicología clínica, Capitolo IV “Della autoestima (o humildad)”)
Ahora bien, el cristiano no encuentra su paz solamente en saber aceptar que tiene límites, no, sino que encuentra su paz en saber que hay uno más grande que Él que le sostiene y lo eleva a las alturas de su vocación, el cristiano se sabe hijo de un Padre que todo lo puede. Por tanto, no tiene necesidad de controlarlo todo, no tiene que vivir lamentándose que no puede hacer todo lo que quiere, no tiene que perder la vida en el afán de dominio, no hay necesidad de todo eso, porque el Padre que le ama, hará concurrir todo para su bien (Cf. Rm 8, 28)
“Cuando el hombre considera en el fondo de sí mismo, con ojos encendidos de amor, la inmensidad de Dios…cuando el hombre, al volver en seguida su mirada hacia sí mismo, cuenta sus atentados contra el inmenso y fiel Señor…no conoce desprecio suficientemente profundo para darse satisfacción…Cae en un asombro extraño, asombro de no poder despreciarse con suficiente profundidad…Se resigna entonces a la voluntad de Dios…y, en su abnegación íntima, encuentra la verdadera paz, invencible y perfecta, la que nada turbará. Porque se ha precipitado en un abismo tal que nadie irá a buscarle allí…Me parece, a pesar de ello, que estar sumergido en la humildad es estar sumergido en Dios, porque Dios es el fondo del abismo, por encima y debajo de todo, supremo en altura y supremo en profundidad; porque la humildad, como la caridad, es capaz de creer siempre…la humildad es de tal valor, que alcanza las cosas más elevadas para enseñarlas; consigue y posee lo que no logra la palabra” (Ruysbroeck op cit. en Quiero ver a Dios del Beato Eugenio Ma. Del Niño Jesús, p. 392)
La humildad nos hace vivir en la realidad y no en fantasías baratas que puede crear nuestra imaginación, como por ej. Sucede cuando nos otorgamos lugares que no nos corresponden, sea el primero o el último. El humilde sabe que es lo que es delante de Dios. Nada más, ni nada menos. Por ello es feliz, porque no se frustra frente a lo que no puede controlar, ni se afana por tener que controlar excesivamente aquello que sí puede. La humildad no es una virtud de apocados, de hecho, ella nos abre de un modo maravilloso a la magnanimidad en la búsqueda de la santidad, santo Tomás lo recogía bellamente en un comentario a la carta a los hebreos “Debe el siervo considerarse siempre como un principiante y aspirar sin cesar a una vida más santa y perfecta sin detenerse nunca” (Com. In Espist. Ad Hebr. VI, lect 1- Flp 3, 12-13)
“¡La humildad tiene el gusto de Dios! Dondequiera que se encuentre la humildad, Dios desciende, y dondequiera que Dios se encuentre en la tierra, se reviste de ella como de un manto que oculta su presencia a los orgullosos y la revela a los sencillos y a los pequeños. Al aparecer Jesús en este mundo, llega a él como un niño envuelto en pañales Y esto les servirá de señal, les dijo el ángel, encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2, 12). Esta señal de humildad caracteriza siempre lo divino en la tierra” (Beato Ma. Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios, p. 395)
Toda la vida del hombre en este mundo es un continuo caminar hacia el Señor, un peregrinaje cuyo fin no es otro sino el entrar en la gloria de Dios en comunión de los ángeles y los santos. La vida del hombre es un continuo abrirse a la acción de la gracia de Dios por la cual el Espíritu Santo quiere ir configurando su vida con la de Jesucristo. La vida del hombre es un continuo descubrir y asumir la realidad de su vocación a la vida eterna, a la vida de hijos en el Hijo. La vida del hombre en breves palabras es un entrar en relación cada vez más íntima y profunda con su Dios y para ello es requisito indispensable la humildad del corazón. ¿cómo alcanzar esta humildad?
Uno de los principales medios lo encontramos en el templo de Delfos en Grecia, aquella máxima de vida γνῶθι σεαυτόν (gnosi seautón), conócete a ti mismo, estas sabias palabras con la sencillez y profundidad de su contenido nos recuerdan la práctica de lo que hemos venido a llamar como el examen de conciencia, descubrirnos a nosotros mismos no sólo las acciones que realizamos sino también el origen de las mismas, las tendencias que revelan en nosotros, las consecuencias de esas acciones, los sentimientos que las acompañan, los momentos en que se suscitan, etc.
Este ejercicio debe llegar a ser para nosotros algo más que una mera introspección, debe ser un iluminar nuestro ser, nuestro obrar y nuestro sentir, a partir de la luz de Dios, confrontándonos con las enseñanzas y ejemplos del Divino Maestro nuestro Señor Jesucristo y lo que el Espíritu Santo ha ideo recordando a su Iglesia a lo largo de los siglos.
De un modo especial esta visión sobre nosotros mismos deberá de extender a todas las circunstancias que nos rodean, de modo que esta luz que nos viene de lo alto, la luz de la fe nos lleve a realizar un auténtico examen de la realidad en el cual descubramos la presencia de Dios. Recordemos que la humildad viene no del mero hecho de reconocer nuestras debilidad y miserias, sino, sobre todo, de reconocer la grandeza de nuestro Dios, es Él la medida de todas las cosas.
Hemos de estar atentos también a las tentaciones de la falsa humildad la cual se manifiesta en ideas que nos llevan al repliegue sobre nosotros mismos, lo que se dice “ensimismamiento” en el que lo único que hacemos es vernos a nosotros mismos, junto a lo cual se produce un fastidio en la acción, un sin sabor a toda obra que se pudiera realizar y que origina al final un desánimo, es decir que lleva al hombre a querer tirar la toalla en su camino de santidad. El humilde al ver su precariedad no se sienta de brazos cruzados simplemente a llorar sobre la leche derramada, sino que se abre a la acción poderosa de Dios en quien encuentra la fuerza para salir adelante, y avanzar el buen combate de la fe.
Ello nos lleva al segundo medio, la oración, suplicar a Dios que nos conceda la gracia de obtener la luz que disipa las tinieblas sobre la propia historia, que envíe la luz que aleja del orgullo y del ensimismamiento, para empezar a ver la propia realidad como Dios la ve, de este modo pierde el hombre el miedo a encontrarse con su pobreza, que lo hará, descubrirá incluso aquello que antes se le ocultaba sobre sí mismo, habilitándose nuevos espacios para la conversión.
Esto no es extraño a aquellos que llevan ya algún tiempo de caminar en fe, conformen avanzan van descubriendo sobre sí mismos cosas que antes no veían, es como quien sube una montaña, entre más alto está, el horizonte de su mirada es más amplio, encontrará tendencias maliciosas que antes desconocía, se dará cuenta que falló en más campos de los que creía en unos inicios, descubrirá más debilidades, es una ocasión para llorar los propios pecados, entrar en el arrepentimiento y dejar que la misericordia de Dios sane esas heridas que al principio no se miraban.
El beato Ma. Eugenio del Niño Jesús nos dirá “Hay otra respuesta divina, menos sabrosa en ocasiones que se debe aceptar con el mismo reconocimiento: es la misma humillación. Las humillaciones que nos ocasionan nuestras deficiencias, incluso los errores, cuando no la malquerencia del prójimo, son preciosos testimonios de la solicitud de Dios, que para la formación de las almas se sirve de todos los recursos de su poder y de su sabiduría. ¿Cómo juzgarlas de otro modo cuando se ve que toda gracia brota de la humillación como de su normal espacio? Aceptarlas es un deber; dar gracias a Dios por ellas indica que se ha comprendido su valor; pedirlas con san Juan de la Cruz es ya estar muy dentro en las profundidades de la sabiduría divina. Dice santa Teresita del Niño Jesús:
Coloquémonos humildemente entre los imperfectos; estimémonos como almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener en todo momento…Es suficiente humillarse, soportar con dulzura sus imperfecciones; he ahí la verdadera santidad (Carta 243 a sor Genoveva, 7 de junio de 1897)
«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 9) proclama Jesús. La humildad y dulzura son sus virtudes características, el perfume personal de su alma, el que Él deja a su paso y que indica los lugares en que Él reina” (Quiero ver a Dios p.412)
Hemos de aprender a dar a Dios el honor que se merece, pues el es la fuente de todo bien, si algo podemos, es porque el nos concede la gracia, interioricemos aquellas palabras del salmo 113 “no a nosotros Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria”; meditemos los ejemplos de Jesús, consideremos su pobreza, el rey del universo se encarna en un pequeño niño para ser puesto en pesebre; considera como supo hacer el bien, aunque los demás no le agradecieran recuerda la curación de los 10 leprosos y como sólo un volvió, meditemos como en su pasión callaba mientras le injuriaban y maltrataban, perdonando a los hombres e incluso diciendo “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”. Contempla su obediencia ya lo dice san Pablo “Jesucristo fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz para san Pablo, por eso Dios le concedió el nombre que está sobre todo nombre”.
Recordemos la enseñanza de Jesús en aquel banquete que nos narra el Evangelio:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido»
Dejemos que sea Él quien nos ubique en el puesto que nos corresponde en todo momento, no buscando nuestro propio gusto, sino buscando lo que a Él le agrada, ahí donde el me quiera ahí quiero yo estar. “Quiero lo que tu quieres, lo quiero porque tu lo quieres, lo quiero como tu lo quieres, lo quiero cuando tu lo quieras” decía una antigua oración.
Asimismo hemos de aprender a ser el servidor de todos como nos invita Jesús, aprender a ser el farolillo rojo, ¿qué es el farolillo rojo?. Antiguamente al final del último vagón de un tren éste llevaba una lámpara roja para indicar donde terminaba cuando todo estaba oscuro. Hoy en día se le conoce así al último ciclista que va a la saga en el tour de Francia. En el fondo quiere transmitir la idea de ser el último. ¿Para qué ser el último? Para ser el primero en servir como lo dice en Él cuando los apóstoles andaban buscando puesto: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».” (Mt 29, 25-28)
El ejercicio de la humildad nos tomará toda la vida, y nunca hemos de sentirnos seguros en haberla alcanzado, no sea que creyéndonos buenos, el fantasma del orgullo se transforme y vuelva en nuestro acecho. “Oración y humildad” “oración y humildad” “oración y humildad” solía repetir un predicador, esa es la vía que nos conducirá por el Corazón de Jesús al cielo. La seguridad y tranquilidad del humilde está en abandonarse en las manos de Dios. Sintetizo esto último con las preciosas palabras que Jesús dirigía a santa Margarita María Alocoque para transmitir a san Claudio de la Colombiére cuando le animaba a propagar la devoción al Sagrado Corazón “Sepa que es omnipotente aquel que desconfía enteramente de sí mismo, para confiar únicamente en mí”
Ya que nos encontramos al final de esta exposición de las virtudes recordemos que todas están conectadas entre sí, ellas crecen juntas como los dedos de la mano de un niño, también han sido comparadas en su estructuración a un árbol que tiene por raíz la humildad y por ramas todas las virtudes que tendiendo hacia el cielo se ven animadas por la caridad.
El cristiano “ha de ser verdaderamente humilde como la raíz escondida debajo de la tierra y aspirar a la vez a esas grandes cosas que se llaman fe viva, firme esperanza, ardiente caridad y unión con Dios cada vez más íntima, pura y radiante. Así se concilian ambos extremos como la raíz del árbol, figura de la humildad, y las ramas que miran al cielo, y son símbolo de la caridad; todas las virtudes están en íntima conexión y crecen juntas, como la raíz se adentra más y más en la tierra al mismo tiempo que la rama va hacia arriba en busca de la luz. Así en el cuerpo místico de nuestro Señor se han de realizan las palabas que san León dice del mismo Salvador La humildad esta sostenida por la majestad, la debilidad por la fuerza y lo que es mortal por lo eterno.” (Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, p. 689)
La templanza es perfeccionada por el don del santo Temor de Dios de manera secundaria (de manera primaria trabaja la esperanza) santo Tomás lo explica diciendo que:
“También a la templanza le corresponde un don, el de temor (1-2 q.68 a.4 ad 1), que facilita retraerse de los placeres de la carne, pues dice el salmo 118,120: Atraviesa mi carne con tu temor. El don de temor, no obstante, mira principalmente a Dios, cuya ofensa trata de evitar, y así corresponde a la virtud de la esperanza, como dijimos (q.19 a.9 ad 1); pero secundariamente se refiere también a todo aquello que retrae al hombre de ofender a Dios. Y como el hombre necesita, de un modo especial, el temor de Dios para huir de lo que más le atrae, y de esto trata la templanza, de ahí que le corresponda a la templanza también el don de temor.” STh I-II, q.141, a1. Sed contra 3)