Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 1)
¿Qué entendemos por espiritualidad? ¿qué implica aplicarle el calificativo de “cristiana”?
A menudo cuando se habla de espiritualidad, muchos piensan en prácticas de meditación de tipo oriental, diversos rituales, prácticas de piedad, etc. Otros piensan lo referente a la dimensión “no material” del hombre, a lo que habitualmente se le denomina alma, aunque sin estar seguros qué es o cómo obra. Quizás quien tenga un poco más de formación psicológica o filosófica, particularmente metafísica, podría atreverse a decir que es un algo en el hombre por lo cual “piensa, razona y ama en el orden humano natural, a diferencia de los animales”[1].
Dando un paso ulterior, con más de formación religiosa alguien podría decir que, por ejemplo, cuando se habla de vida espiritual se está hablando de la vida sobrenatural, como aquella que tiene el alma que está en gracia, y que cuando se pierde por el pecado mortal se dice “esta persona está muerta espiritualmente”.
También podría designar la vida sobrenatural vivida de una manera más plena o intensa como cuando se dice “esa persona es muy espiritual” haciendo referencia a que se ve que ora mucho, se comporta conforme a lo que cree o da un buen testimonio, se ve que frecuenta una parroquia, etc.
Así en el uso común cuando se habla de espiritualidad podemos decir que se habla de la vida interior de una persona que trasciende la esfera del mundo material.
Espiritualidad cristiana.
Ahora bien, cuando hablamos de espiritualidad cristiana, estamos agregando otra característica, estamos especificando a qué tipo de espiritualidad nos estamos refiriendo.
“Con ella se quiere significar el modo de vivir característico de un cristiano que trata de alcanzar su plena perfección sobrenatural. El programa fundamental de esa espiritualidad cristiana consiste en llegar a la plena configuración con Cristo para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad”[2]
O como dice san Pablo
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado” (Ef 1, 3-6)
En pocas palabras cuando hablamos de espiritualidad cristiana estamos hablando del modo en que los cristianos nos relacionamos y entramos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en virtud del bautismo.
Se trata de la respuesta a la llamada universal a la santidad, es nuestra respuesta a las palabras de Jesús “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.” (Mt 5, 48). Y esa perfección se realiza en la medida en que nos vamos asemejando a Cristo según la vocación de cada uno, de modo que todas nuestras actitudes y comportamientos, pensamientos y sentimientos sea permeados de su vida divina.
En realidad, la santificación es el rol del Espíritu Santo en nuestras vidas, todos nuestros esfuerzos humanos no son sino una correspondencia y una colaboración a la gracia que va derramando en nosotros, lo que hacemos es disponernos con todo nuestro alma y cuerpo a que su acción transforme nuestras vidas para unirnos a Él, que es el Amor
Así es como en nosotros se desarrolla la vida de la gracia, ésta es una cualidad que Dios dio a nuestra alma el día del bautismo y por la cual podemos ser llamados hijos de Dios, ese día el mismo Dios vino a nuestra alma y la transformó de modo que nosotros podamos entrar en una relación nueva con Él, se trata de un vivir la misma vida divina, la misma vida de Dios entrando en comunión íntima con el Padre, por medio de Jesús en el amor del Espíritu Santo.
Esta vida se desarrolla de tres maneras:
- Por la oración (vocal, meditación, contemplación)
- Por la práctica de las buenas obras (ejercicio de las virtudes)
- Por los sacramentos (ex opere operato)
Al ver estos tres medios nos damos cuenta rápidamente que la vida de gracia no se desarrolla estando solos, esto es fácilmente comprobable: en primer lugar, el bautismo nos une al mismo Cristo, y como diría san Agustín, al Cristo Total, cabeza y cuerpo; segundo, la oración tiene también una dimensión comunitaria, puesto que la máxima oración que puede elevar el cristiano se desarrolla en la Sagrada Liturgia y particularmente en la Santa Misa; tercero, las buenas obras se dirigen con y hacia el prójimo, santa Catalina de Siena solía decir que ya que no podemos dar a Dios nada que Él no posea ya, nos ha concedido la gracia de poderle corresponder ayudando en sus necesidades a nuestros hermanos; cuarto, la sagrada Liturgia por su misma naturaleza tiene un carácter eclesial. Estos tres medios los podríamos resumir en las palabras de Cristo que dijo “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35). El estudio teológico de la espiritualidad cristiana, nuestra reflexión creyente, ha conocido diversos nombres a lo largo de la historia. Hay quien habla de vida interior, vida espiritual, vida sobrenatural, ascética y mística, teología de la perfección, teología espiritual, etc. Nosotros para este curso optamos por este último.
¿Qué entendemos por Teología Espiritual?
“Es aquella parte de la Sagrada Teología que, fundándose en los principios de la divina revelación y en las experiencias de los santos, estudia el organismo de la vida sobrenatural, explica las leyes de su progreso y desarrollo y describe el proceso que siguen las almas desde los comienzos de la vida cristiana hasta la cumbre de la perfección” (A. Royo Marín, Teología de la Perfección Cristiana, p. 35)
“Es una disciplina teológica que, basada en los principios de la revelación, estudia la experiencia espiritual cristiana, describe su desarrollo progresivo y da a conocer sus estructuras y sus leyes” (Charles A. Bernard, Teología Espiritual, p. 88)
“Disciplina teológica que, fundada sobre los principios de la Revelación, estudia, con método propio, la experiencia espiritual cristiana, en la experiencia (vissuto) cualificada de santidad (saber gustoso que une conocimiento y amor), evidenciando las constantes cognoscitivo-prácticas, que caracterizan e informan la existencia humana del cristiano, hasta alcanzar la plenitud de la vida en Cristo” (Angela Tagliafico).
Vemos que ciertamente forma parte de la Teología una, partiendo del dato revelado hace una reflexión a la luz de la fe sobre el desarrollo del organismo de vida sobrenatural que viene a constituir el itinerario de santidad del hombre, de ahí que sea una ciencia práctica y experiencial, puesto que la experiencia de los santos es fuente clave para comprender el obrar de Dios en el cristiano y la colaboración del hombre en este proceso.
La teología espiritual está en una relación íntima con las demás partes de la teología, por ejemplo, de la dogmática, toma de la doctrina de los misterios divinos revelados en orden sistemático y a ella ofrece los datos que provienen del análisis de la experiencia espiritual del creyente. Con la Moral, tiene el mismo objeto formal primario, el acto de caridad hacia Dios, la diferencia es “modal y accidental” en cuanto que la moral por lo general se fija en la caridad incipiente que trata de lo lícito e ilícito, ‘como el cristiano ha de vivir’, mientras que la ascética va sobre la caridad proficiente y el ejercicio de las demás virtudes infusas; y la mística trata de la caridad perfecta bajo la acción de los dones del Espíritu Santo, ‘como se desarrolla esa vida’, la moral da un fundamento y la espiritualidad un fin hacia el cual caminar. La Pastoral, recuerda a la espiritual que el desarrollo de la vida cristiana se da en un contexto eclesial y social bien preciso, mientras que la espiritual recuerda a la pastoral que la práctica de la fe está finalizada a la profunda relación con Cristo. Muy atinentes en este sentido son las palabras del primer maestro de esta cátedra, el P. Reginald Garrigou Lagrange[3]:
“Teología significa la ciencia de Dios, y hay que distinguir la teología natural o teodicea, que conoce a Dios a la sola luz de la razón, y la teología sobrenatural que procede de la revelación divina, examina su contenido y deduce las consecuencias de las verdades de la fe.
Esta teología sobrenatural se llama dogmática en cuanto se ocupa de los misterios revelados, principalmente de la Santísima Trinidad, la encarnación, la redención, la Eucaristía y los otros sacramentos, la vida futura. Se llama moral en cuanto trata de los actos humanos, de los preceptos y consejos revelados, de la gracia, de las virtudes cristianas, teologales y morales, y de los dones del Espíritu Santo, que son otros tantos principios de acción ordenados al fin sobrenatural que la revelación nos da a conocer.
Con frecuencia, entre los modernos, la teología moral, demasiado separada de la dogmática- a la cual ha abandonado los grandes tratados de gracia, de las virtudes infusas y de los dones- ha quedado como mutilada desgraciadamente reducida a la casuística, que es la menos alta de sus aplicaciones; de esta forma ha venido a ser en muchas obras más bien la ciencia de los pecados a evitar que la de las virtudes a practicar y desarrollar bajo la acción constante de Dios en nosotros. Ha perdido así mucho de su elevación y queda manifiestamente insuficiente para la dirección de las almas que aspiren a la unión íntima con Dios.
Por el contrario, tal como se expone en la Suma Teológica de Santo Tomás, la teología moral conserva toda su grandeza y toda su eficacia para la dirección de las almas llamadas a la más alta perfección. Santo Tomás, en efecto, no considera la dogmática y la moral como dos ciencias distintas; la doctrina sagrada, para él, es absolutamente una, eminentemente especulativa y práctica, como la ciencia misma de Dios, de la que se deriva (I, I, 2-8) Por eso, en la parte moral de su Suma, trata largamente no sólo de los actos humanos, de los preceptos y los consejos, sino también de la gracia habitual y actual, de las virtudes infusas en general y en particular, de los dones del Espíritu Santo, de sus frutos y bienaventuranzas, de la vida activa y contemplativa, de los grados de la contemplación, de las gracias gratis dadas, como el don de milagros, el de lenguas y de profecía; de éxtasis , como también de la vida religiosa y sus diversas formas.
La teología moral así concebida contiene manifiestamente los principios necesarios para conducir las almas a la más alta santidad. Y la teología ascética y mística no es otra cosa que la aplicación de esta gran teología moral a la dirección de las almas hacia una unión cada vez más íntima con Dios. Supone todo lo que enseña la doctrina sagrada sobre la naturaleza y propiedades de las virtudes cristianas y los dones del Espíritu Santo y estudia las leyes y condiciones de su progreso en vistas a la perfección.
Para enseñar la práctica de las más altas virtudes, la perfecta docilidad al Espíritu Santo y conducir a la vida de unión Dios, hace converger todas las luces de la teología dogmática y moral, de las cuales es ella la aplicación más elevada y su coronamiento.
De esta forma se completa y acaba el ciclo formado por las diferentes partes de la teología, en la que aparece cada vez más su perfecta unidad. La ciencia sagrada procede de la revelación, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición, conservada y explicada por el Magisterio de la Iglesia; ordena todas las verdades reveladas y sus consecuencias en un cuerpo doctrinal único, en el que los preceptos y consejos aparecen fundados sobre el misterio sobrenatural de la vida divina, del que la gracia es una participación. Finalmente, demuestra cómo, por la práctica de las virtudes y la docilidad al Espíritu Santo, el alma llega no solamente a creer los misterios revelados, sino a gustarles, a apoderarse del sentido profundo de la palabra de Dios, fuente de todo conocimiento sobrenatural; a vivir en una unión por así decirlo continua con la Santísima Trinidad que habita en nosotros. La mística doctrinal aparece así verdaderamente como el coronamiento amoroso y sabroso, totalmente sobrenatural, infuso, que sólo el Espíritu Santo, con su unción puede darnos, y que es como el preludio de la visión beatífica. Tal es, manifiestamente, la noción de la teología ascética y mística que se hicieron los grandes maestros de la ciencia sagrada, particularmente, Santo Tomás de Aquino.” (Teología de la Perfección Cristiana p.32-33)
Las fuentes de la teología espiritual son por un lado la comunes a todo saber teológico es decir la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, por otro, aquellas que le son propias, nos detenemos particularmente en estas (Cf. Teología de la Perfección Cristiana P.41-45):
- Los Escritos de los santos y místicos experimentales- Aparte del valor inapreciable que estos escritos tienen desde el punto de vista descriptivo de la vida espiritual, con frecuencia tienen todavía un nuevo valor por la autoridad que les ha conferido la Iglesia al canonizar a sus autores y al declararles muchas veces doctores de la Iglesia. En este sentido tienen un valor incalculable para la teología de la perfección los escritos espirituales de san Agustín, san Bernardo, santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, san Juan de la Cruz, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio y otros muchos, que, a las ciencias teológicas, a veces en grado altísimo, como en san Agustín y santo Tomás- juntaban una experiencia entrañable de los caminos de Dios. Y al lado de ellos hay que colocar a las grandes maestras de la vida de oración, tales como santa Gertrudis, santa Brígida, santa Catalina de Siena y sobre todo santa Teresa de Jesús, de la que la misma Iglesia pide oficialmente en su liturgia que “seamos alimentados con el celeste pábulo de su doctrina”.
Ni puede limitarse el teólogo al estudio de los místicos experimentales que han alcanzado los honores de la canonización. ¿Qué duda cabe que es inapreciable el tesoro místico doctrinal encerrado en las obras del Pseudo-Dionisio Areopagita, de Casiano, de Hugo y Ricardo de san Víctor, del maestro Eckart, de Juan Taulero, del Beato Susón, de Ruysbroeck, de Gerson, de Dionisio el Cartujano, de Tomas de Kempis, de Walter Hilton, de García de Cisneros, de Blosio, de Fr. Luis de Granada, del Beato Juan de Ávila, de Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, de Fr. Juan de los Ángeles, de Juan de Jesús María, de Felipe de la Santísima Trinidad, de José del Espíritu Santo, del Beato Alonso de Orozco, de Fr. Luis de León, de Pedro Malón de Caide, de Luis de la Puente, de Álvarez de Paz, de Alonso Rodríguez, de Surín, de Scaramelli, de Olier, del cardenal Bérulle, de P. Fáber, de Columba Marmión y del P. Arintero, para no citar más que a los más destacados y representativos de todas las tendencias, épocas y escuelas?
- Las vidas de los santos proporcionan también datos preciosos para la parte descriptiva de la vida espiritual, al ponernos delante los modelos y ejemplares que la misma Iglesia propone a nuestra imitación. Entre ellas destacan por su excepcional valor las autobiografías que escribieron los propios santos impulsados por la obediencia o las que tienen por autor a un santo que habla de otro (v. gr. La vida de san Antonio Abad escrita por san Atanasio o la de san Francisco de Asís, por san Buenaventura)
- La historia de la mística o espiritualidad cristina. Es otra fuente importantísima de información para el teólogo. Porque aunque la espiritualidad cristiana, como la gracia de Dios en que se funda, es y será siempre fundamentalmente la misma en todas las épocas y climas, ayuda mucho conocer la aplicación que de sus principios fundamentales se ha venido haciendo a través de los siglos, tendencias y escuelas de espiritualidad cristiana para contrastar procedimientos, prevenir ilusiones, evitar desviaciones, intensificar los medios que la experiencia ha demostrado ser más eficaces para la santificación de las almas, investigar lo que constituye el fondo común de todas las escuelas y lo que no pasa de ser una tendencia o apreciación particular de alguna de ellas en concreto. La historia es maestra de la vida; y acaso en ningún otro aspecto de esta el conocimiento de aquella podrá suministrarnos datos más aleccionadores.
Existen otros saberes que habrán de considerarse como subsidiarios pero muy útiles como la psicología, la historia de las religiones, la propia experiencia y el trato con las almas.
Sobre el método podemos considerar:
Debe considerar el aspecto Deductivo, es decir la aplicación a lo particular de los principios doctrinales ciertos e indiscutibles y el aspecto Inductivo, observando, describiendo, analizando, clasificando y formulando leyes de hechos de la vida espiritual confrontados en individuos particulares, asimismo debe tener en cuenta el carácter experiencial de la teología espiritual, ya que debe conjugar el mundo racional y afectivo, el saber científico y fenomenológico, recorriendo cuatro niveles: fenoménico (la experiencia en sí, la percepción de una Presencia) fenomenológico (la descripción de lo que se ha experimentado); hermenéutico-teológico (la reflexión crítica de la vivencia); mistagógico ( la significatividad de la experiencia y cómo se transmite).
Estos elementos nos permiten recordar que en la reflexión creyente que se hace del desarrollo de la vida espiritual que no es otra cosa sino la participación cada vez más plena en la vida divina, hemos de tomar en cuenta tanto el elemento intelectivo como afectivo, pues como dice santo Tomás “La experiencia de una cosa se hace por los sentidos…Dios no está lejos de nosotros, ni fuera de nosotros, Él está en nosotros…y es por eso que la experiencia de la bondad divina se llama gusto (gustatio)…el efecto de esa experiencia es doble: el primero es la certeza del entendimientos, el segundo la firmeza de la afectividad” (Sobre los salmos 33, n.9 en Saint Thomas D’Aquin, Maitre spirituel p.128)
¿Cómo estudiarla?
“Al abordar el estudio de esta ciencia, el alumno debe poseer, ante todo, un gran espíritu de fe y de piedad. Es tan íntima y estrecha la relación entre la teoría y la práctica en el estudio de estas cuestiones que el que no posea una fe viva y una intensa piedad, ni siquiera acertará a juzgar rectamente de los mismos principios especulativos. Hablando de la teología en general, escribe santo Tomás las siguientes palabras, que deben aplicarse a fortiori a nuestra Teología de la perfección:
‘En las otras ciencias es suficiente que el hombre sea perfecto tan sólo intelectualmente; en ésta, en cambio, es preciso que lo sea también afectivamente; porque hemos de hablar de grandes misterios y explicar la sabiduría a los perfectos. Ahora bien: cada uno suele juzgar de las cosas según sus disposiciones; y así, el que está dominado por la ira juzga de muy distinto modo durante su arrebato que cuando ya se ha tranquilizado del todo. Por eso dice el Filósofo que cada uno busca su propio fin en las cosas a que se siente particularmente inclinado’(In Epist. Ad Hbr. C.5 lect. 2)
Es preciso, además, tener en cuenta, durante el estudio de las íntimas relaciones de esta parte de la teología con la dogmática, moral y pastoral. Hay puntos fundamentales de doctrina que aquí nos limitamos a recordar, pero cuyo conocimiento perfecto exige un estudio profundo de aquellas otras partes de la teología donde encuentran su lugar propio y adecuado. En ninguna otra ciencia como en la teología tiene aplicación la célebre frase atribuida a Hipócrates: “El médico que no sabe más que medicina, ni medicina sabe”. Hay que conocer a fondo la teología entera y las ciencias auxiliares para la dirección de las almas, entre las que ocupan lugar preeminente la psicología racional y empírica y la patología somática y psíquica del sistema nervioso y enfermedades mentales.” (Teología de la Perfección Cristiana p.38)
[1] A. Royo Marin, Espiritualidad para seglares, BAC, Madrid 1967, p. 2
[2] Ibid p. 3
[3] Nacimiento de la disciplina: Como disciplina propiamente teológica nace a principios de siglo XX, Pío X con el Motu Proprio Sacrorum antistium de 1-11-1909 la pide públicamente, en 1917 nace la primera cátedra de “Ascética y Mística” con Garrigou Lagrange y en 1920 nace en la Gregoriana con el P. Marchetti. Entra en los seminarios y facultades teológicas en 1931 bajo Pío XI con la Deus scientiarum Dominum. A finales de los años treinta pasa al nombre de Teología espiritual (libro Theologia spiritaulis ascetica et mystica del P. de Guibert) En los años cincuenta se multiplican los Institutos de espiritualidad. Con la Constitución Sapientia Christiana de Juan Pablo II 15-04-1979 entra oficialmente en el ordenamiento académico eclesiástico.