Vida sacramental

Notas utilizadas para dar un Curso básico de Teología Espiritual (Tema 12.12)

El Catecismo de la Iglesia nos enseña la importancia de la vida sacramental en el proceso de desarrollo de la vida espiritual del cristiano. 

Por definición“Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas.” (Catecismo de la Iglesia Católica 1131)

En los sacramentos la Iglesia perpetua la obra salvadora de Cristo a lo largo de los siglos

“Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque «lo […] que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios» (San León Magno, Sermo 74, 2).

Los sacramentos, como «fuerzas que brotan» del Cuerpo de Cristo (cf Lc 5,17; 6,19; 8,46) siempre vivo y vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son «las obras maestras de Dios» en la nueva y eterna Alianza.” (Catecismo de la Iglesia Católica 1115-116)

(Tomado de Teología espiritual, Saturnino Gamarra p.115-117)

Puntos Fundamentales

Dentro del tema «sacramentos y espiritualidad» hay muchos puntos que podríamos señalar, pero entresacamos los que consideramos más fundamentales:

1) Es imposible una espiritualidad cristiana sin sacramentos. La necesidad de los sacramentos es el punto de partida que nos impone la valoración que acabamos de ofrecer. Del subrayado de este principio se derivan unas consecuencias

a) Hay que salir al paso de la tendencia, que siempre existe, de buscar y vivir una espiritualidad, también la cristiana, sin sacramentos La explicación de esta tendencia puede tener distintas causas la falta de la valoración del «sacramento» en sí mismo (llámese Cristo-sacramento, Iglesia-sacramento, celebración de los sacramentos o dimensión sacramental de la existencia cristiana), la búsqueda de una experiencia religiosa inmediata, la falta de una antropología de los sacramentos, la polarización en el compromiso socio-político, la praxis concreta de las celebraciones, etc. Pero, con todo, nunca es justificable un planteamiento de la espiritualidad cristiana sin sacramentos.

b) La toma de conciencia de que la valoración de los sacramentos, que descansa en la fe, debe estar sobre los sentimientos y reacciones no favorables que la persona pueda estar experimentando en la celebración sacramental.

c) La aceptación de que el proceso de una madurez espiritual pasa por la profundización en su vivencia de los sacramentos «No por espejos ni por enigmas, sino cara a cara te has mostrado a mí, oh, Cristo, y yo te encuentro a ti en tus sacramentos»

2) La celebración de un sacramento es en el sujeto un verdadero acontecimiento espiritual, que marca su vida espiritual. Los sacramentos son algo más que medios aislados o ayudas para la santificación, son un encuentro con la realidad salvífica de Cristo. Y cada uno de los sacramentos es una forma de la comunión con Dios, que imprime cada una sus propiedades en la vida espiritual del cristiano. La diversificación parte de la peculiaridad de cada sacramento. Lo que acabamos de presentar nos descubre que la espiritualidad cristiana en su entidad más íntima está determinada y configurada por la participación en los sacramentos. Los sacramentos en la vida espiritual son mucho más que medios de santificación, determinan los momentos de la santificación y la forma de la vida espiritual. Es importante subrayar que la vida y la espiritualidad del cristiano quedan marcadas por los sacramentos y llevan hasta un estilo sacramental.

3) Es necesario el planteamiento de la relación entre los sacramentos y la respuesta personal en el proceso de la vida cristiana. Es verdad que el proceso de la vida espiritual no se garantiza por la mera incorporación a la Iglesia ni por el don de los sacramentos; no son el proceso mismo. El proceso necesita acoger el «ser y vivir» en Cristo con una respuesta integral y progresiva de fe, de amor y de esperanza dentro de la vida conflictiva que cada uno tiene que vivir. Pero también es verdad que los mismos sacramentos, en conexión con la existencia de la vida, exigen la respuesta de fe, de esperanza y de caridad que incluya toda la existencia humana. En resumen: ni los sacramentos sin la respuesta integral de la persona; ni la respuesta existencial del cristiano sin los sacramentos.

4) No puede olvidarse el carácter comunitario eclesial de los sacramentos. Tenemos, por un lado, que la Iglesia, que celebra los sacramentos, actúa como comunidad sacerdotal (LG 11); y, por otro, sabemos que son sacramentos que constituyen la Iglesia, y que son «para ella». La dimensión eclesial de los sacramentos debe estar siempre presente.

5) Señalamos, por fin, la dimensión escatológica de los sacramentos. La Iglesia, precisamente porque en los sacramentos recibe ya las arras de su herencia y participa ya en la vida eterna, celebra el Misterio de su Señor «hasta que Él venga» (1 Cor 11,26) atraída ardientemente por su término, que es el Señor: «¡Maranatha»! (1 Cor 16,22); «El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven… Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,17.20). En la espiritualidad sacramental no pueden faltar ni la llamada progresivamente sentida al encuentro definitivo con el Señor, ni la vivencia gozosa en fe de su presencia anticipada.

Necesidad del Crecimiento Espiritual y sacramentos

(Del libro Desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia, Tomo III: “Evolución mística” de Juan Arintero o.p P.254-262; I Parte: La vida sobrenatural en sí misma, en sus operaciones y en su crecimiento – Capítulo IV: Necesidad del crecimiento espiritual)

III. El crecimiento colectivo y las funciones sacramentales.— Oficio de cada Sacramento: importancia de la Eucaristía y de la Penitencia en el progreso espiritual; el Sacramento y la virtud de la penitencia: la dirección del confesor y la de personas espirituales. -Los sacramentales: el Oficio divino; el culto de los Santos y la mediación de la Virgen; los tesoros de la Iglesia y su omnipotencia santificadora.

Aparte de los referidos medios de adquirir el aumento de la gracia por el espíritu de caridad con que cada uno los practica y se pone en comunicación directa con Dios, están los que la Sta. Iglesia tiene para difundir la vida por todos los miembros de Cristo, haciéndola partir de esta divina Cabeza á través de los órganos jerárquicos. Y estos medios no sólo por el espíritu con que se utilizan, sino por razón de la misma obra hecha-ex opere operato-confieren la gracia ó la aumentan, aunque por causas involuntarias falte la devoción y aun la intención actual. Tales son los Sacramentos, canales divino-humanos ó arterias vivas por donde, á impulsos de la caridad del E. S., circula la sangre del Redentor para reanimar, purificar, vigorizar, sanar ó revivificar los diversos miembros que no oponen resistencia. Las funciones sacramentales consagran y santifican toda la vida individual y social de los buenos cristianos.

Entre todos los Sacramentos, los más indispensables para cada uno de los fieles en particular son el Bautismo, para comenzar la vida espiritual, y la Eucaristía, para perfeccionarla y completarla, conforme enseña el Dr. Angélico (S.Th III q. 79, a. 1); aquél tiene por objeto directo el darnos la vida y no el aumento de ella; el hacernos nacer, no crecer; el establecer los lazos que nos unen con J. C, y no el estrecharlos; aunque, per accidens, conferido á un catecúmeno que esté en gracia, se la aumenta. Mas la Eucaristía tiene por objeto propio el conservar la gracia y acrecentarla. Y por eso, «si no recibimos este alimento espiritual, donde se come la carne y se bebe la sangre del Hijo de Dios, no podemos vivir espiritualmente» (Jn. 6, 54). ¡Cuán de lamentar es el que tantos cristianos tarden años y años en recibirle ó le reciban rarísimas veces, cuando sin él es imposible conservar por mucho tiempo la vida!… Hoy está casi de moda el considerar la comunión de los niños como el coronamiento de toda su educación y formación religiosa, debiendo ser el principio y el medio más á propósito para fomentarla. Se reviste, sí, de gran solemnidad el acto de la primera Comunión; pero se le da una significación muy otra de la que le corresponde. Debiendo ser la introducción á una vida nueva, del todo divina, viene á ser como la «presentación del niño en sociedad», es decir, su introducción real en la vida mundana, donde olvidará las pocas prácticas religiosas que hasta entonces tenía.

La Eucaristía es el Sacramento más indispensable después del Bautismo. La misma Penitencia, con ser tan provechosa, no es del todo necesaria á quien no haya cometido faltas graves. Tampoco lo es absolutamente, mientras no amenacen peligros extraordinarios, la Confirmación, que nos sella como soldados de Cristo para poder confesarlo en nombre de la Iglesia; á pesar de la gran importancia que tienen los carismas que á ese místico sello acompañan. Pero sí lo es el alimentarnos para vivir y crecer. Aquélla, una vez recibida, nos imprime un carácter militar, que ha de durar para siempre; mas la alimentación espiritual debe ser continua, y hasta podemos añadir, cada vez más copiosa. Ambos sacramentos nos robustecen, pero no del mismo modo. «La Confirmación, dice Sto. Tomás (1. c. ad i), aumenta en nosotros la gracia para fortalecernos contra los enemigos exteriores de Cristo; mientras que, en la Eucaristía, el aumento de la gracia y de la vida espiritual tiende á hacer al hombre perfecto en sí mismo por una unión cada vez más íntima con Dios».

Los demás Sacramentos confieren una gracia especial; ésta, en la Penitencia, es reparatriz, curativa, medicinal ó revivificativa y en la Extremaunción -último y supremo remedio contra las dolencias y flaquezas espirituales- tenitiva y confortativa, á la vez que purificativa. Sólo en la Comunión es de suyo aumentativa y unitiva. Los otros dos Sacramentos se ordenan á la vida social de la Iglesia: el Matrimonio confiere á los contrayentes la gracia necesaria para que su unión sea fiel, santa y fructuosa, á imagen de la de J. C. con su Iglesia; y el Orden consagra á los ministros de Dios como órganos dispensadores de sus sagrados misterios y distribuidores de sus gracias (1 Co 4, 1); proveyendo así á la perpetuidad de estas funciones del Cuerpo místico, y confiriendo una gracia muy especial para que se desempeñen digna y santamente.

Este Sacramento no puede reiterarse, por lo mismo que imprime carácter. Tampoco el Matrimonio, mientras no se rompa el vínculo por la muerte de uno de los cónyuges; ni la misma Extremaunción, mientras no ocurra una nueva enfermedad grave, ó en la misma no se reproduzca un nuevo peligro extraordinario.

Sólo la Penitencia y la Eucaristía son reiterables á nuestro arbitrio; y así son los dos Sacramentos que directamente se ordenan á nuestro progreso espiritual, y los dos medios más eficaces de fomentarlo con las especialísimas gracias que confieren, el uno purificando y sanando, y el otro alimentando, fortaleciendo y haciendo crecer en la caridad y en la unión deífica[1] La Eucaristía, dice Suárez, tiene un carácter propio, que no conviene á ninguno de los otros sacramentos, cual es el dirigirse directamente á nutrir la caridad para que crezca y nos una más íntimamente con Dios. «Cada uno de los otros tiene su fin especial, en vista del cual confiere auxilios particulares con un aumento de gracia; mas ella se ordena directamente á completar la unión de los fieles con Cristo y su Cuerpo»[2] «Es, decía S. Buenaventura[3], el Sacramento de la unión: su primer efecto es unir, nó produciendo la primera unión, sino estrechando la ya contraída».—«El efecto de la Eucaristía, enseñaba el Concilio Florentino[4], es unir á los hombres con Jesucristo. Y puesto que la gracia es la que con El nos incorpora y nos une á sus miembros, de ahí que este Sacramento produzca en nosotros un aumento de gracia y de virtudes».

Si, pues, la vida de la gracia se recibe en el Bautismo, y se corrobora en la Confirmación, con la Eucaristía se conserva, se desarrolla y perfecciona; y así en ella está, como dice Sto. Tomás, el complemento de la vida espiritual. Y puesto que es el pan de esta vida divina, todos los efectos que el alimento ordinario produce en la natural-cuales son nutrir, agrandar, reparar y deleitar- ella, los produce en la espiritual, según enseñó-con nuestro Santo Dr. -el citado Concilio. Y nada extraño, pues el mismo Salvador lo afirmó terminantemente al decir: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre bebida. Lo notable es que sólo éste sea designado de una manera expresa en el Evangelio como Sacramento de vida; y esto con una insistencia que no puede carecer de misterio. «Yo soy, dice Jesús (Jn 6, 51-58) el pan vivo, que he bajado del Cielo. Si alguien come de este pan, vivirá eternamente; el pan que yo daré para vida del mundo es mi carne…Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros; quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día… Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre; así el que me come vivirá por mí».

«Todo el génesis de la vida sobrenatural, advierte Bellamy (p. 260 y sgs.), se contiene en estas últimas palabras, asombrosamente profundas. Dios Padre, que es el Viviente por excelencia, Pater vivens, es el manantial infinito de esa vida; y la comunica en su plenitud soberana al Verbo y con El al E. S., que viven eternamente de la misma vida del Padre. En la Encarnación la vida divina corre, por decirlo así, del seno de la adorable Trinidad para derramarse en la Humanidad de J. C. en toda la abundancia posible: Et ego vivo propter Patrem. Y de esta augusta fuente, derivada de la infinita, es de donde brotan á nuestra alma, cuando comulgamos, torrentes de vida sobrenatural: qui manducat me, et ipse vivei propter me. Así es como nos llega en línea recta, desde las inaccesibles alturas de la Sma. Trinidad, por intermedio del Verbo encarnado, siempre presente en la Eucaristía, la vida de la gracia. La Comunión es, pues, el Sacramento de vida, de la propia vida de Dios, misteriosamente comunicada al alma humana»[5]

La Eucaristía tiene, pues, una virtud especial para comunicarnos la vida divina. Cierto que ésta es idéntica, de cualquier modo que la recibamos, pues siempre consiste en participar de la divina naturaleza y asimilarnos con Dios; pero como aquí el alma se acerca de una manera tan íntima al divino Modelo, es justo suponer que reciba en el fondo de su substancia una impresión más clara de la Divinidad. Una misma es la vida que recibimos en el Bautismo, con que renacemos de Dios, y en la Eucaristía donde crecemos, porque en ambos sacramentos «Dios nos comunica algo de su propia naturaleza; pero hay entre ellos la diferencia de que el uno es el simple comienzo de esa vida, mientras el otro es su desarrollo. En el primero se recibe la vida del niño; en el segundo la del hombre adulto, destinada á progresar incesantemente, porque en sí misma no conoce ni declinación ni desfallecimiento. Como fuente eterna de juventud y de madurez, la Eucaristía es el coronamiento de la vida sobrenatural[6].

Mas la privación involuntaria de la Comunión sacramental, ó el no poder recibirla cuantas veces deseamos, se suple en gran parte con la espiritual, que se puede renovar á todas horas, y que, por el amor con que se hace y las ansias que muestra de recibir realmente el pan de vida, produce un gran aumento de caridad y de gracia.

Pero no sólo necesitamos crecer, sino que estamos obligados á renorvamos de día en día, purificándonos de nuestras imperfecciones, lavándonos las manchas que contraemos, curando nuestras dolencias espirituales, y revivificándonos en seguida, si tuviéramos la inmensa desdicha de perder la vida de la gracia: y todo esto se logra por el sacramento de la Penitencia.

Como nadie, sin un privilegio singularísimo como el de la Virgen, puede pasar la vida sin que se le pegue el polvo terreno, y sin viciarse con muchos defectos veniales, por lo menos inadvertidos; de ahí la gran importancia que va teniendo cada vez más en la Iglesia este Sacramento que, después de la Comunión, es el principal medio que pueden emplear las almas para fomentar, directa ó indirectamente, su progreso espiritual, quitando los óbices de la gracia y aumentándola cuando menos en su aspecto medicinal, con que nos hacemos más firmes para no caer en nuevas faltas y más vigorosos para excluir los gérmenes del pecado; pues recibida en gracia, la absolución sacramental acrecienta la vida, al mismo tiempo que sana, purifica y vigoriza.

Verdad es que este Sacramento se puede suplir en gran parte (como se suplió en los primeros siglos de la Iglesia, mientras regía la disciplina de la «exomologesis pública y única») con la frecuencia de la Eucaristía y la virtud de la penitencia[7] Esta siempre es indispensable para corregir todas nuestras faltas tan pronto como las advirtamos, sin aguardar al día de recibir la absolución. Pero con ésta se corrigen las deficiencias de aquélla, y así la simple atrición se convierte en contrición, y la misma satisfacción adquiere un valor mucho más grande, revistiendo la eficacia sacramental.

Por eso las almas devotas, no contentas con hacer diariamente el examen general de su conciencia-con el particular de la falta que más las domina y les importa corregir-é imponerse en satisfacción muchas penitencias y privaciones para castigarse á sí mismas y corregirse (todo lo cual son medios poderosos de adelantamiento); procuran purificarse con la confesión de sus culpas, por lo menos todas las semanas, teniendo confesor. Y como éste es el que á la vez suele hacer de director y regulador de las penitencias privadas, de ahí la necesidad que hoy tiene de estar muy impuesto en la ciencia de los caminos de Dios.

Mas cuando las almas espirituales no hallen un buen sacerdote que, con la absolución, sepa darles-como ministro oficial de la Iglesia-el pan de la doctrina saludable, harán muy bien en buscarla en cualquier persona en que la encuentren, sea del estado y condición que fuere; que en personas de todos estados, sexos y edades han encontrado almas muy grandes-y aun sabios teólogos é insignes Prelados-una excelente dirección que en otras partes no hallaban; así puede verse en las vidas de Sta. Catalina de Sena, Sta. Brígida, Sta. Angela de Foligno, Sta. Catalina de Riccis, Sta. Teresa, Bta. Osana de Mantua,… y en las de las VV. Marina de Escobar, Micaela Aguirre, Agreda, etc.

Después de los Sacramentos vienen los Sacramentales, que ordenan ó preparan con respecto á ellos, y el uso de todas las cosas que la Iglesia consagra para fomentar la piedad cristiana y la santificación y purificación de los fieles, y para estrechar la relación de los miembros de las tres Iglesias. Entre esas cosas figura el devoto empleo del agua bendita, que, recibida con verdadero espíritu, tanta importancia tiene para preservarnos de las infestaciones diabólicas y purificarnos; la recitación del Padre-Nuestro, la confesión general, la bendición sacerdotal, el oir la divina palabra, las indulgencias, el culto de los Santos gloriosos, los sufragios por las ánimas del Purgatorio, las devociones aprobadas (entre las cuales, por su universalidad, merece un singular aprecio la del Smo. Rosario) y, sobre todo, después del Sacrosanto Sacrificio-ofrecido por vivos y difuntos-el Oficio que por excelencia se llama divino, porque es propio de los ángeles y de los hijos de Dios estar en continua alabanza del Padre celestial, de J. C. núestro Redentor y del Espíritu vivificador.

La Iglesia, como animada de este divino Espíritu, quiere que día y noche haya almas consagradas á bendecir y alabar al Padre de las misericordias y al Salvador de los hombres, para que nunca falte quien oficialmente ore por tantos como viven descuidados de su salvación eterna y olvidados de los beneficios divinos. ¡Ay de ellos, si no hubiera quien con sus oraciones continuas los amparase!… Esas almas así escogidas tienen por propio oficio y deber principal el ocuparse en las divinas alabanzas; y á ese fin, y para que no se mezclen en otros cuidados y negocios, reciben de los demás fieles las limosnas necesarias para su sustento, para que también ellas sustenten á todos con sus oraciones y sacrificios. Y á estas almas que así-con oración oficial-oran en representación de la Iglesia, se asocian muy de corazón todos los fieles de verdadero espíritu; los cuales, mientras sus ocupaciones se lo permiten, siempre han preferido á todas sus devocioncillas privadas-que fácilmente degeneran en sentimentalismos vanos-tomar parte en las del culto público de la Sta. Iglesia, asistiendo á los divinos Oficios.

En estos mismos figura el culto y devoción á los Santos, á quienes debemos honrar y venerar como á amigos de Dios ya deificados, y conglorificados con J. C. A ellos debemos tomar por intercesores, sobre todo cuando veamos cerrados otros caminos; porque el mismo Salvador así lo desea para honra de ellos y provecho nuestro: Donde Yo estoy, dice (Joan. 12, 26), allí estarán mis ministros; á los cuales hace participantes de la misma claridad que El recibe del Padre[8].

En este culto sobresale, como indispensable á todos los fieles, el de la gloriosa Madre de Dios y Madre nuestra, «Madre de la gracia y de la misericordia». Como… asociada al Redentor desde la Encarnación hasta la Ascensión, y desde el Pesebre hasta el Calvario, es canal de todas las gracias y dispensadora de todos los tesoros divinos[9], «En ella está toda la gracia de la Vía y la Verdad, en ella toda esperanza de vida y de virtud. El que la hallare propicia alcanzará la vida y la salvación; y todos los que la aborrecen aman la muerte» (Eccli. 24, 23; Prov. 8, 35-36.). Ella es el asiento de la Sabiduría; y, como llena que está de gracia, puede hacernos participar á todos de su plenitud. Por eso la verdadera devoción á la Virgen- que consiste en honrarla de corazón é imitarla de verdad-es una de las más ciertas señales de predestinación (Eccli. 24, 31). Sin esta mediación es muy difícil, si no imposible, el salvarse; ya que, en el Cuerpo místico de la Iglesia, María es como el cuello, que une la Cabeza con todos los demás miembros y les hace llegar todos los divinos influjos[10].

Así es como los mayores santos se distinguieron siempre por esta tierna y filial devoción á la Sma. Virgen; y no hay alma que marche segura por las sendas de la virtud y llegue á la mística unión sin estar bajo el amparo de aquella única Inmaculada, en pos de la cual van todas las vírgenes á presentarse al Rey de la Gloria (Ps. 44). Aparte de estos más indispensables, la Iglesia, en su omnipotencia santificadora, tiene otros muchísimos medios de favorecer el progreso general y particular de todo el Cuerpo místico y de cada uno de sus órganos; y los va renovando y adaptando oportunamente para emplear los más acomodados á la condición de los tiempos y necesidades de las almas, entonando siempre á Dios un cántico nuevo. Ya hemos dicho lo suficiente sobre el progreso general de las devociones (Lib. I. c. 2), y no tenemos por qué insistir. Sólo insistiremos ahora sobre la divina Eucaristía, cuya eficacia siempre es nueva y cuya importancia en la vida espiritual va en aumento, en vez de disminuir.

Efectos de los sacramentos

Efectos de los Sacramentos según el Compendio del Catecismo de la Iglesia:

“El Bautismo perdona el pecado original, todos los pecados personales y todas las penas debidas al pecado; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante, la gracia de la justificación que incorpora a Cristo y a su Iglesia; hace participar del sacerdocio de Cristo y constituye el fundamento de la comunión con los demás cristianos; otorga las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. El bautizado pertenece para siempre a Cristo: en efecto, queda marcado con el sello indeleble de Cristo (carácter).” Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica n.263

“El efecto de la Confirmación es la especial efusión del Espíritu Santo, tal como sucedió en Pentecostés. Esta efusión imprime en el alma un carácter indeleble y otorga un crecimiento de la gracia bautismal; arraiga más profundamente la filiación divina; une más fuertemente con Cristo y con su Iglesia; fortalece en el alma los dones del Espíritu Santo; concede una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana.” Compendio 268

Efectos de la Eucaristía: “La sagrada Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo y con su Iglesia, conserva y renueva la vida de la gracia, recibida en el Bautismo y la Confirmación y nos hace crecer en el amor al prójimo. Fortaleciéndonos en la caridad, nos perdona los pecados veniales y nos preserva de los pecados mortales para el futuro.” Compendio 292

Efecto del sacramento de la ReconciliacióN:  “Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano” Compendio 310

Pío XII hablando de la importancia de la confesión frecuente, aún y cuando no se haya cometido pecado mortal.

“Esto mismo sucede con las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesión frecuentede los pecados veniales, cuando tenemos aquella más aventajada confesión general que la Esposa de Cristo hace cada día, con sus hijos unidos a ella en el Señor, por medio de los sacerdotes, cuando están para ascender al altar de Dios. Cierto que, como bien sabéis, venerables hermanos, estos pecados veniales se pueden expiar de muchas y muy loables maneras; mas para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del sacramento mismo. Adviertan, pues, los que disminuyen y rebajan el aprecio de la confesión frecuente entre los seminaristas, que acometen empresa extraña al Espíritu de Cristo y funestísima para el Cuerpo místico de nuestro Salvador.” Pio XII, Mystici Corporis n.39

“El sacramento de la Unción confiere una gracia particular, que une más íntimamente al enfermo a la Pasión de Cristo, por su bien y por el de toda la Iglesia, otorgándole fortaleza, paz, ánimo y también el perdón de los pecados, si el enfermo no ha podido confesarse. Además, este sacramento concede a veces, si Dios lo quiere, la recuperación de la salud física. En todo caso, esta Unción prepara al enfermo para pasar a la Casa del Padre.” Compendio 319

“El sacramento del Orden otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que configura con Cristo al ordenado en su triple función de Sacerdote, Profeta y Rey, según los respectivos grados del sacramento. La ordenación confiere un carácter espiritual indeleble: por eso no puede repetirse ni conferirse por un tiempo determinado.” Compendio 335

“La Ordenación episcopal da la plenitud del sacramento del Orden, hace al Obispo legítimo sucesor de los Apóstoles, lo constituye miembro del Colegio episcopal, compartiendo con el Papa y los demás obispos la solicitud por todas las Iglesias, y le confiere los oficios de enseñar, santificar y gobernar.” Compendio 326

“La unción del Espíritu marca al presbítero con un carácter espiritual indeleble, lo configura a Cristo sacerdote y lo hace capaz de actuar en nombre de Cristo Cabeza. Como cooperador del Orden episcopal, es consagrado para predicar el Evangelio, celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, de la que saca fuerza todo su ministerio, y ser pastor de los fieles.” Compendio 328

“El diácono, configurado con Cristo siervo de todos, es ordenado para el servicio de la Iglesia, y lo cumple bajo la autoridad de su obispo, en el ministerio de la Palabra, el culto divino, la guía pastoral y la caridad.” Compendio 330

“El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio rato y consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos.” Compendio 346

“La alianza matrimonial del hombre y de la mujer, fundada y estructurada con leyes propias dadas por el Creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10, 9).” Compendio 338


[1] «Se llama gracia sacramental, dice Lallemant (Doc. pr. 5,c.3,a. 1), el derecho que cada sacramento nos da á recibir de Dios ciertos auxilios que conserven en el alma el respectivo efecto. Así, la del bautismo es un derecho á recibir las luces é inspiraciones necesarias para llevar una vida sobrenatural, como miembros de J. C, animados del E. S. La de la confirmación es un derecho á recibir fortaleza y constancia para luchar con nuestros enemigos como soldados de J. C, y alcanzar de ellos gloriosas victorias. La de la penitencia nos lo da para recibir un aumento de pureza de corazón. La de la comunión para recibir auxilios más abundantes y eficaces para unirnos con Dios con amor ferviente. Cada vez que nos confesamos y comulgamos en buen estado crecen en nosotros estas gracias sacramentales y los dones del E. S.; si no se ven sus efectos en nuestra conducta, es por causa de nuestras pasiones inmortificadas, de nuestros apegos, de nuestros afectos desordenados y de núestros defectos habituales… con que tenemos aprisionados esos dones y gracias, sin dejarles producir sus propios frutos… La culpa está en no entrar en nosotros mismos para reconocer nuestro estado interior y corregir nuestros desórdenes».

[2] Suárez, De Euchar. D. 63, S. 1.

[3] In IV, D. 12, a. 1, q. 2.

[4] Decret. Pro aermenis

[5] «Eam sempiternam vitam atque divinam quam Deus natura sua habet, Christus, ut homo, per conjunctionem cum divinitate hypostaticam habuit, per quam quaecumque Dei erant, in humanam naturam derivata sunt: nos vero per eam conjunctionem habemus qua, sumpto corpore et sanguine Christi, cum eo unum quiddam efficimur. Sicut enim per unionem illam hypostaticam fit, ut vita illa divina et feliciter immortalis humanae Christi naturae facta sit, sic per conjunctionem nostram cum córpore ejus efficitur nostra».—Maldonat. In Joan. VI, 58.

[6] «.Per Baptismun datur primus actus vitae spiritualis… sed per Eucharistiam datur complementum spiritualis vitae». S. Th. IV Sent. D. 8, q. i, a. 2, q. 5, a. 2.

[7] Cfr. Supra Libro I, cap. 3, a. 2, § 1.

[8] Debemos venerar á los Santos, dice Sto. Tomás (Sth III q. 25, a.6), «tamquam membra Chisti, Dei filios et amicos, et nostros intercessores ».-Y debemos venerar también sus cuerpos, «quae fuerunt templa et organa Spíritus Sancti in eis habitantis et operantis, et sunt corpori Chisti configuranda per gloriosam resurrectionen».

[9] «Sabed, hijos míos, y creedme, decía S. Felipe Neri: Yo lo sé, que no hay medio más poderoso para alcanzar la gracia de Dios que la Santísima Virgen. »

[10] Por eso, en una exposición completa de la perfección cristiana, según observa el P. Weiss (Apol. t. X, Cf. 22, n. 3), es del todo indispensable hablar de María, como lo es el hablar de J. C; porque, á semejanza de El, «es para nosotros mucho más que un modelo acabado de virtudes. Como madre de la fuente de toda gracia, es, y así la llaman las letanías, verdaderamente la Madre de la gracia divina. Del mismo modo que sin ella no podíamos poseer al Dueño de la gracia, así tampoco recibimos ninguna gracia sino por ella. De intento decimos por ella, y no sin ella, porque no sólo con su intercesión nos procura la gracia, sino que en realidad por su mano recibimos todas las gracias que nos mereció el Redentor. Así como ella fué el canal por donde llegó á nosotros J. C. en forma humana, para realizar la obra de la Redención, así también es la vía por donde nos llegan los frutos de esa obra (Albert. Magn. De laudibus B. Mar. 9, 15; Bernard. Nativ. Mar. n. 4; Petrus Cellens. De panibus, c. 12). María es la intendente y dispensadora de todo lo que pertenece á la familia divina. Ella tiene la llave de todos los tesoros de la casa de Dios (Bernard. Annunciat. 3, 7; Albert. Mag. L. cit. 10, 17). Ahora bien, las gracias constituyen esos tesoros, y no se le han confiado para que ella sola goce de ellos; si está llena de gracia, es también para nosotros. Así como un esposo se complace en honrar á su esposa, haciendo pasar por sus manos los beneficios que quiere dispensar, así procede también con María, su esposa sin mancilla, el E. S., distribuidor de las gracias.—J. C. es la fuente de ellas, María el depósito, al cual dirige el E. S. los arroyos que manan de las llegas del Salvador, á fin de que todos puedan beber de él (Agreda, Míst. Ciud. l,n. 600, 6o3).  Así, pues, quien pida gracias á Dios, debe dirigirse á María, pues por medio de ella obtenemos lo que recibimos de El (Bernard. Nativ. Mar. n. 7-8)».