Tratado de la esperanza

Después de haber profundizado en la fe, corresponde ahora adentrarnos en la segunda de las virtudes teologales: la esperanza. Fe, esperanza y caridad no son elementos secundarios de la vida cristiana, sino aquello que configura interiormente al cristiano: perder la fe, perder la esperanza o perder la caridad significa, en cierto sentido, perder aquello que nos constituye como discípulos de Cristo. La esperanza ocupa un lugar particularmente significativo porque aparece precisamente allí donde el hombre experimenta que el bien que busca todavía no está plenamente poseído. Esperamos cuando existe una dificultad, un camino arduo, una meta que todavía no alcanzamos. Por eso la esperanza está estrechamente relacionada con la fortaleza: ambas permiten al hombre avanzar frente a aquello que se presenta como difícil. Sin embargo, es necesario distinguir cuidadosamente la esperanza humana de la esperanza teologal. Una persona puede esperar aprobar un examen, conseguir un trabajo, superar una enfermedad o alcanzar una meta profesional apoyándose en sus capacidades y en las oportunidades que encuentra. Pero la esperanza cristiana introduce una dimensión completamente nueva: el creyente espera un Bien que supera todo aquello que puede alcanzar por sus propias fuerzas. La esperanza teologal no elimina la esperanza humana, sino que la trasciende y la ordena hacia un Bien superior.


La esperanza humana: recursos, dificultades y oportunidades

La esperanza ante la dificultad

La esperanza aparece particularmente cuando el hombre se encuentra ante una realidad difícil. Una derrota, un fracaso, una contradicción o un obstáculo pueden provocar desánimo, pero una derrota concreta no significa necesariamente que todo esté perdido. La esperanza permite al hombre sobreponerse y volver a ponerse en camino. En este sentido existe una estrecha relación entre esperanza y aquello que hoy suele denominarse resiliencia. Una persona que pierde su empleo y experimenta preocupación por el futuro de su familia necesita reunir fuerzas para continuar; del mismo modo, quien emprende una tarea académica extraordinariamente exigente debe enfrentarse a la posibilidad real del fracaso sin permitir que esa posibilidad paralice su acción. La esperanza, por tanto, no presupone necesariamente que haya ocurrido una desgracia. También aparece cuando delante del hombre existe un bien arduo que todavía no posee. Quien decide estudiar en una universidad muy exigente, quien emprende una investigación prolongada o quien se propone ascender una montaña sabe que el camino será difícil, pero precisamente por eso necesita una fuerza interior que le permita decir: voy a intentarlo, voy a avanzar, voy a hacer todo lo posible. La esperanza humana nace así ante la distancia que existe entre la situación presente y el bien que se desea alcanzar.

Los recursos interiores

La esperanza humana se apoya, en primer lugar, en la percepción de los recursos con los que cuenta la persona. El hombre examina sus capacidades, su preparación, sus fortalezas y aquello que ha aprendido de experiencias anteriores. Un estudiante que se enfrenta a un largo programa académico puede preguntarse: ¿tengo la preparación necesaria?, ¿soy capaz de sostener este esfuerzo?, ¿qué recursos tengo para superar las dificultades? Algo semejante ocurre en la vida comunitaria. Un equipo deportivo que se encuentra perdiendo puede recuperar la esperanza cuando descubre que posee buenos jugadores, una estrategia adecuada o una fortaleza que todavía no ha sido explotada. La esperanza no significa ignorar la realidad: supone mirarla y descubrir en ella posibilidades concretas de alcanzar el bien. De ahí que una parte importante de la esperanza humana consista en reconocer aquello que tenemos a nuestra disposición. La persona puede decir: tengo capacidades, tengo experiencia, tengo disciplina, tengo personas que me ayudan. Esta mirada sobre los propios recursos puede devolver vigor cuando aparece el desánimo. Sin embargo, precisamente aquí encontramos también el límite de la esperanza puramente humana: sus posibilidades dependen de lo que el hombre posee o puede razonablemente encontrar. Por grandes que sean sus recursos, estos siempre permanecen dentro de los límites de la condición humana.

Párrafo 3 — Las oportunidades y las redes de apoyo

Junto a los recursos interiores aparece un segundo elemento: la percepción de las oportunidades exteriores. El hombre no espera únicamente porque se considere capaz, sino también porque descubre circunstancias que hacen posible aquello que desea alcanzar. El equipo que va perdiendo un partido puede observar que el adversario comienza a mostrar signos de cansancio; el estudiante puede encontrar un profesor que lo orienta; quien atraviesa una dificultad puede recibir la ayuda de familiares y amigos. En este sentido, la esperanza humana posee también una dimensión comunitaria. Las personas que nos acompañan pueden convertirse en una auténtica fuente de ánimo y sostén. De ahí la importancia de las llamadas redes de apoyo: nadie vive completamente aislado y, en muchas circunstancias, la presencia de otros puede impedir que una dificultad se transforme en desesperación. Cuando faltan esos apoyos, puede aparecer una cadena interior de pensamientos destructivos: “no voy a ser capaz”, “esto es un fracaso”, “siempre fracaso”, “la vida me quedó grande”. La esperanza humana puede debilitarse progresivamente hasta desaparecer. Por eso es necesario reconocer que el hombre necesita recursos interiores y exteriores para perseverar. Pero esta constatación nos conduce precisamente a una pregunta decisiva: ¿qué sucede cuando la magnitud del bien que buscamos supera completamente nuestros recursos humanos? Es aquí donde comienza a aparecer la especificidad de la esperanza teologal.


La esperanza teologal: esperar un Bien que supera al hombre

Cuando la misión supera las fuerzas humanas

La esperanza teologal aparece con toda claridad cuando consideramos tareas cuya magnitud supera las posibilidades ordinarias del hombre. Un ejemplo privilegiado es la misión apostólica. Cuando Bernabé y Pablo fueron enviados desde Antioquía, no recibieron una tarea limitada a un pequeño grupo de personas: recibieron el mandato de anunciar el Evangelio a las naciones. Para comprender la magnitud de aquella misión es necesario situarse en el contexto histórico de los primeros evangelizadores. Ellos no contaban con las estructuras, instituciones, medios de comunicación ni tradición cristiana que hoy conocemos. Tenían delante un mundo que, en gran medida, todavía no conocía a Cristo. El mandato de llevar el Evangelio a todas las naciones era, humanamente considerado, una tarea inabarcable. No bastaba con mirar los recursos interiores y decir: “somos suficientemente capaces”. Tampoco podían apoyarse en circunstancias exteriores particularmente favorables, porque la predicación apostólica encontró rechazo, persecución, insultos y dificultades. La esperanza que sostenía aquella misión tenía que proceder de una fuente superior. El cristiano recibe así una misión cuya realización no depende exclusivamente de sus capacidades, porque la obra de Dios siempre supera la medida de los instrumentos humanos que Él utiliza.

La esperanza frente al rechazo y el martirio

La misma realidad aparece todavía con mayor fuerza cuando contemplamos el martirio. Humanamente hablando, ¿qué podría llevar a una persona a continuar anunciando a Cristo cuando la respuesta que recibe son azotes, cárceles, insultos, persecución e incluso la muerte? La esperanza teologal explica una perseverancia que no puede comprenderse únicamente mediante los recursos psicológicos ordinarios. El testimonio de san Maximiliano María Kolbe resulta particularmente expresivo. En Auschwitz, ante la condena de un grupo de prisioneros a morir de hambre y sed, decidió ofrecerse para ocupar el lugar de un hombre que tenía esposa e hijos. Aquella decisión manifiesta una lógica que supera la conservación inmediata de la propia vida. La misma lógica aparece en tantos mártires que, sabiendo que podían perder sus bienes, su libertad e incluso su vida, permanecieron fieles a Cristo. La esperanza teologal permite afrontar incluso la pérdida de bienes naturales porque el creyente reconoce un Bien superior a todos ellos. No significa despreciar la vida creada ni considerar irrelevantes los bienes humanos; significa reconocer que ninguno de ellos constituye el fin último del hombre. El mártir puede perderlo todo porque espera algo que ninguna persecución puede quitarle: la unión definitiva con Dios.

Un Bien superior a todos los bienes terrenos

Esta orientación hacia un Bien superior explica también la vida de tantos santos que renunciaron voluntariamente a bienes legítimos de este mundo. La virginidad consagrada, por ejemplo, no puede entenderse simplemente como rechazo de la afectividad humana. Muchas de las mujeres que vivieron este carisma poseían una naturaleza plenamente humana, con capacidad de amar, de formar una familia y de experimentar el deseo de maternidad. Sin embargo, eligieron entregar esas posibilidades a Cristo porque esperaban un Bien mayor. Santa Inés de Roma constituye un ejemplo paradigmático: ante propuestas matrimoniales humanamente atractivas, permaneció fiel a la convicción de que estaba desposada con Cristo. Algo semejante encontramos en san Francisco de Asís, que abandonó una vida cómoda para abrazar la pobreza y el servicio a los leprosos, o en san Ignacio de Antioquía, que ante la perspectiva del martirio no quiso que los cristianos de Roma impidieran su encuentro definitivo con Cristo. Estos testimonios no expresan desprecio de la vida ni deseo irracional de morir. Expresan una convicción mucho más profunda: existe un Bien tan grande que puede ser preferido incluso por encima de los bienes más valiosos de esta tierra. Esa capacidad de preferir a Dios sobre todo lo demás es una manifestación de la esperanza teologal.


La esperanza cristiana: una esperanza mejor

Abraham y el dinamismo de ponerse en camino

La Carta a los Hebreos ofrece una imagen particularmente profunda de esta esperanza cuando presenta a aquellos que siguieron a Dios como hombres que se pusieron en camino hacia una realidad que todavía no poseían. Abraham constituye el ejemplo fundamental. Dios le pide salir de su tierra y de la casa de sus padres hacia una tierra que Él mismo le mostrará. Abraham no dispone de un mapa completo ni posee desde el comienzo todas las seguridades necesarias para comprender el camino. Sin embargo, se pone en marcha. La esperanza introduce así un dinamismo característico: el hombre abandona una situación presente para dirigirse hacia un bien futuro que Dios le promete. La Carta a los Hebreos afirma que aquellos hombres tuvieron oportunidad de regresar, pero no regresaron porque esperaban algo mejor. Esta expresión permite comprender que la esperanza cristiana no es pasividad. El que espera se pone en camino, emprende esfuerzos y persevera. La esperanza no consiste en sentarse a esperar que Dios haga todo mientras el hombre permanece inmóvil. Al contrario, porque Dios promete un Bien superior, el creyente encuentra la fuerza para actuar. La esperanza transforma el futuro esperado en una fuerza que configura el presente. El cristiano vive hoy de acuerdo con aquello que espera recibir de Dios mañana.

La esperanza no es ilusión

Precisamente porque espera un Bien futuro, la esperanza cristiana podría ser confundida con ilusión, fantasía o lo que en inglés se denomina wishful thinking: pensar que algo sucederá simplemente porque lo deseamos. Pero la esperanza teologal no tiene nada de eso. El cristiano conoce demasiado bien la realidad del pecado, la fragilidad humana y la posibilidad real de ser infiel a Dios. No se apoya ingenuamente en una supuesta autosuficiencia espiritual. La oración atribuida a san Felipe Neri expresa admirablemente esta conciencia: el hombre sabe que, abandonado a sus propias fuerzas, puede caer. Por eso necesita ser sostenido por Dios. La esperanza cristiana tampoco consiste simplemente en repetir “ánimo” o “échale ganas”. Es una fuerza que procede de una realidad objetiva: Dios ha prometido y Dios es fiel. De ahí que san Pablo pueda hablar de una esperanza que precisamente no depende de lo que ya vemos. Si el bien esperado estuviera completamente presente y al alcance de nuestra mirada, ya no sería propiamente esperanza. La esperanza mira más allá de lo visible sin abandonar la realidad. Reconoce el barro del que estamos hechos, pero también reconoce la acción de Dios, que puede llevar a término la obra que Él mismo ha comenzado.

El Bien supremo y la fortaleza

La esperanza teologal es, por tanto, una esperanza mejor, porque no se limita a ayudarnos a resistir los golpes de la existencia. La resiliencia humana puede permitir que una persona se levante después de una derrota; la esperanza cristiana hace algo más: capacita al hombre para emprender, en nombre de Cristo y guiado por el Espíritu, obras que superan sus propias fuerzas. Por eso la teología católica la relaciona estrechamente con la fortaleza. La esperanza sostiene al hombre cuando el bien que busca es arduo y cuando las fuerzas humanas parecen insuficientes. Pero el fundamento último no está en nosotros mismos. Está en Dios, que es el Bien supremo y quien puede conducirnos hasta Él. El creyente puede llegar a decir con el salmista: «¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?». No significa que los bienes terrenos carezcan de valor, sino que todos ellos reciben su verdadero lugar cuando Dios ocupa el primer puesto. La esperanza ordena así toda la existencia hacia el fin último. Podemos perder proyectos, reconocimiento, salud, bienes, seguridades e incluso la propia vida; pero mientras Dios permanezca como nuestro Bien supremo, el cristiano no ha perdido aquello que verdaderamente espera. Por eso la esperanza es una virtud que permite caminar más allá de nuestras fragilidades, nuestros pecados y las dificultades del mundo, sostenidos por la certeza de que Dios mismo es nuestro futuro y nuestra plenitud.


Conclusión

El tratado de la esperanza nos permite descubrir una diferencia fundamental entre la capacidad humana de esperar y la virtud teologal de la esperanza. El hombre puede esperar apoyándose en sus capacidades, en su preparación, en las oportunidades que encuentra y en las personas que lo acompañan. Esta esperanza humana posee un valor real y puede sostenerlo frente a dificultades, fracasos y proyectos arduos. Sin embargo, permanece limitada por el horizonte de los recursos humanos. La esperanza teologal introduce al hombre en un dinamismo completamente superior: le permite caminar hacia un Bien que excede todo aquello que puede alcanzar por sí mismo. La misión apostólica, el martirio, la virginidad consagrada, la pobreza de san Francisco, el testimonio de los mártires y el camino de Abraham manifiestan una misma realidad: el hombre puede renunciar a bienes terrenos y afrontar dificultades extraordinarias porque espera un Bien infinitamente mayor. La esperanza cristiana no es ilusión, optimismo ingenuo ni simple resiliencia. Es una virtud que procede de Dios y que permite al creyente orientarse hacia Él como Bien supremo. Por eso está íntimamente vinculada con la fortaleza: la esperanza muestra hacia dónde caminar y la fortaleza permite perseverar en ese camino cuando se vuelve arduo. El cristiano, sostenido por la gracia, puede avanzar incluso cuando sus fuerzas son insuficientes, porque sabe que «el que inició en ustedes esta obra buena, Él mismo la llevará a buen término». Así, la esperanza convierte el futuro prometido por Dios en fuerza para vivir el presente y transforma toda la existencia en un camino hacia Él.

Síntesis elaborada con el apoyo de inteligencia artificial del Curso Santo Tomás de Aquino II, Academia Dominicana. (Capítulo VI)