«Quien… no ve los innumerables esplendores de las criaturas está ciego; quien con tantas voces no se despierta está sordo; quien no alaba a Dios por todas estas maravillas está mudo; quien con tantos signos no se eleva hasta el primer principio es necio» (san Buenaventura, Itinerario de la mente hacia Dios, I, 15)
El capítulo dedicado a san Buenaventura en la obra Los santos maestros de oración presenta al Doctor Seráfico como uno de los grandes maestros de la vida espiritual en la tradición cristiana. El artículo, escrito por fray Jesús Sanz Montes, muestra cómo en san Buenaventura la teología y la oración no aparecen como realidades separadas, sino como dimensiones profundamente unidas de una misma búsqueda de Dios. En su vida y en su pensamiento se percibe con claridad que el verdadero conocimiento de Dios nace de la contemplación y conduce nuevamente a ella. Su teología no es solo una reflexión intelectual, sino un camino espiritual que orienta al hombre hacia la unión con Dios.
1. La oración como itinerario de la vida
San Buenaventura entiende la vida cristiana como un itinerario hacia Dios, una peregrinación interior que conduce al alma hacia su origen y su destino. La oración, por tanto, no se reduce a un momento particular de la vida espiritual, sino que constituye el movimiento mismo por el cual el hombre se orienta hacia su Creador. En este sentido, la existencia humana adquiere una dimensión profundamente espiritual: toda la vida se convierte en camino, búsqueda y ascenso hacia Dios.
Dentro de esta visión, la creación ocupa un lugar fundamental. Para san Buenaventura, el mundo es como un gran libro en el que Dios ha dejado impresa su huella. Las criaturas no son únicamente realidades materiales, sino signos que revelan la bondad y la belleza del Creador. Al contemplar el universo, el hombre puede descubrir algo del misterio de Dios, pues cada criatura habla de Él y manifiesta su amor.
Esta mirada contemplativa refleja la profunda sintonía de san Buenaventura con la espiritualidad de san Francisco de Asís. Al igual que el poverello, el Doctor Seráfico contempla la creación como un motivo de alabanza y de admiración. Quien aprende a mirar el mundo con un corazón agradecido descubre en él una invitación constante a glorificar a Dios. Por el contrario, quien no reconoce esa huella divina en las criaturas permanece espiritualmente ciego ante la grandeza del Creador.
2. La oración como ascenso del alma hacia Dios
La vida espiritual aparece en san Buenaventura como un camino de elevación. El hombre está llamado a subir hacia Dios, a dejarse atraer por Él y a orientarse progresivamente hacia la comunión con su Creador. Este movimiento interior no es fruto exclusivo del esfuerzo humano, sino ante todo obra de la gracia. Dios mismo toma la iniciativa y conduce al alma hacia sí.
Por esta razón, la oración ocupa un lugar central en el itinerario espiritual. Es en la oración donde el hombre se abre a la acción de Dios y reconoce su necesidad de Él. El alma que ora aprende a confiar, a esperar y a dejarse guiar por la luz divina. La oración se convierte así en el principio del crecimiento espiritual y en el impulso que permite al creyente avanzar en su camino hacia Dios.
Este camino no se realiza de manera abstracta o solitaria. San Buenaventura insiste en que el itinerario hacia Dios se recorre junto a Cristo. El Hijo de Dios se hizo hombre para restaurar en nosotros la imagen divina y conducirnos nuevamente hacia el Padre. En Cristo, la creación entera vuelve a convertirse en un canto que invita al hombre a reconocer, amar y glorificar a Dios.
3. La verdadera teología nace de la contemplación
Uno de los aspectos más significativos del pensamiento de san Buenaventura es su insistencia en la unión entre teología y vida espiritual. Para él, el conocimiento de Dios no puede limitarse a un ejercicio puramente intelectual. El estudio teológico debe conducir al amor, a la contemplación y a la transformación de la vida.
Por eso el santo advierte que el saber, cuando permanece únicamente en el plano de la especulación, puede terminar enfriando el corazón. El conocimiento verdadero de Dios requiere una disposición interior que permita gustar espiritualmente la verdad que se contempla. La teología, por tanto, debe alimentar la vida de fe y conducir al creyente hacia una relación más profunda con Dios.
San Buenaventura describe esta armonía entre inteligencia y amor mediante la imagen de una lámpara que ilumina y arde al mismo tiempo. La luz representa el conocimiento de la verdad, mientras que el fuego simboliza el amor que inflama el corazón. Cuando ambas dimensiones se encuentran unidas, el saber teológico se convierte en una auténtica sabiduría espiritual.
«Nadie crea que le baste la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin el asombro, la observación sin el júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la inspiración sobrenatural» (san Buenaventura, Itinerario de la mente hacia Dios, Prólogo n.4)
4. El camino interior hacia Dios
El itinerario espiritual descrito por san Buenaventura conduce finalmente al interior del alma. Aunque Dios se manifiesta en la creación y en la historia, el encuentro más profundo con Él tiene lugar en lo íntimo del corazón humano. Allí el alma descubre la presencia de Dios y aprende a vivir en comunión con Él.
Este camino interior requiere silencio, recogimiento y apertura a la gracia. En la oración, el hombre aprende a aquietar sus preocupaciones y a dirigir su mirada hacia Dios. Poco a poco el alma se vuelve más sensible a la presencia divina y comienza a experimentar una paz que nace del encuentro con el Señor.
La contemplación aparece entonces como la culminación de este proceso espiritual. No se trata de un conocimiento puramente racional, sino de una experiencia amorosa de Dios. En la contemplación el alma se deja transformar por la gracia y aprende a mirar toda la realidad con una nueva profundidad.
5. La culminación del itinerario espiritual
En la conclusión de su obra Itinerarium mentis in Deum, san Buenaventura describe el momento más alto del camino espiritual. Allí invita al creyente a buscar el conocimiento de Dios no solo mediante el estudio, sino sobre todo mediante la gracia, el deseo y el gemido de la oración.
El encuentro con Dios se realiza en el amor que inflama el corazón y conduce al alma hacia Él. Este amor es comparado con un fuego que purifica el interior del hombre y lo orienta completamente hacia Dios. Cuando el alma se deja conducir por ese fuego divino, entra en una profunda experiencia de contemplación.
En ese momento culminante, el creyente se une a Cristo crucificado y, con Él, pasa al Padre. El amor alcanza entonces su plenitud y se convierte en silencio adorante ante el misterio de Dios. La contemplación se transforma así en el término del itinerario espiritual.
«Y si tratas de averiguar cómo sean estas cosas, pregúntalo a la gracia, pero no a la doctrina; al deseo, pero no al entendimiento; al gemido de la oración, pero no al estudio de la lección; al esposo, pero no al maestro; a la tiniebla, pero no a la claridad; a Dios, pero no al hombre; no a la luz, sino al fuego, que inflama totalmente y traslada a Dios con excesivas unciones y ardentísimos afectos. Fuego que ciertamente, es Dios, y fuego cuyo horno está en Jerusalén, y que lo encendió Cristo con el fervor de su ardentísima pasión y lo experimenta, en verdad, aquel que viene a decir: Mi alma ha deseado el suplicio y mis huesos la muerte. El que ama está muerto, puede ver a Dios, porque, sin duda alguna, son verdaderas estas palabras: No me verá hombre alguno sin morir.
Muramos, pues, y entremos en estas tinieblas, reduzcamos a silencio los cuidados, las concupiscencias y los fantasmas de la imaginación; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, a fin de que, manifestándose en nosotros el Padre, digamos con Felipe: Esto nos basta; oigamos con san Pablo: Bástate mi gracia; y nos alegremos con David, diciendo: Mi carne y mi corazón desfallecen, Dios de mi corazón y herencia mía por toda la eternidad. Bendito sea el Señor eternamente, y responderá el pueblo: Así sea. Así sea. Amén» (San Buenaventura, Itinario de la mente hacia Dios, VII, 6)
6. La herencia espiritual de san Buenaventura
El texto concluye presentando la figura de san Buenaventura como un hombre de gran profundidad intelectual y de intensa vida espiritual. Su pensamiento contribuyó de manera decisiva a la vida de la Iglesia y a la comprensión del carisma franciscano. Fue además un mediador importante en momentos difíciles de su Orden y un teólogo que supo responder a los desafíos de su tiempo.
Sin embargo, su mayor aportación consiste en haber mostrado que la teología puede convertirse en un verdadero camino hacia la santidad. En su obra se percibe una profunda unidad entre el conocimiento de Dios y la experiencia espiritual. Para san Buenaventura, la teología no es solo una ciencia, sino un itinerario que conduce al encuentro con Dios.
Los santos, como el Doctor Seráfico, nos ayudan a mirar la realidad con una luz nueva. Su experiencia espiritual nos recuerda que la vida cristiana está llamada a convertirse en una búsqueda constante de Dios. Desde esa mirada contemplativa, el creyente aprende a descubrir la presencia divina en la creación, en la Palabra y en lo profundo de su propio corazón.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿Soy capaz de descubrir la presencia de Dios en la belleza y en el orden de la creación que me rodea?
- ¿Mi estudio o reflexión sobre la fe alimenta también mi vida de oración y mi amor a Dios?
- ¿Busco momentos de silencio interior para abrir mi corazón a la presencia de Dios?