Homilía para la Vigilia Pascual (Ciclo A)
La liturgia de la Vigilia Pascual ha sido considerada desde los primeros siglos como la “madre de todas las vigilias”. En esta noche santa la Iglesia contempla el núcleo del misterio cristiano: Cristo ha resucitado. Sin embargo, la liturgia no se limita a anunciar el acontecimiento de la resurrección; nos conduce a recorrer toda la historia de la salvación para comprender algo aún más profundo: cómo Dios ha amado al hombre a lo largo de toda la historia.
Desde la celebración del Jueves Santo, cuando meditábamos las palabras del Evangelio de san Juan —«habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1)— quise plantear una pregunta que atravesara nuestra meditación a lo largo de todo el Triduo Pascual: si el Señor me ha amado hasta el extremo, no puedo ser un cristiano de mínimos. Entonces, ¿cómo corresponder a ese amor?
A la luz de la Pascua del Señor quiero proponerles una respuesta sencilla y profunda: la mejor manera de corresponder al amor de Cristo es vivir una vida santa, una vida transformada por la gracia.
El amor de Dios desde el principio de la historia
La Sagrada Liturgia en esta noche nos muestra, a través de las diversas lecturas, cuánto nos ha amado nuestro Dios. Comienza llevándonos al principio de todo, narrándonos en el libro del Génesis la creación del mundo. Dios crea el cielo y la tierra y crea al ser humano a su imagen y semejanza.
Esta primera página de la Escritura contiene ya una afirmación decisiva sobre la dignidad humana: la vida del hombre no es fruto del azar, sino de un acto libre del amor de Dios. Existimos porque hemos sido queridos por Él. Podríamos decirlo de manera sencilla: soy amado, luego existo.
Desde el inicio, por tanto, la historia humana está marcada por el amor del Creador. Dios no crea por necesidad ni por capricho, sino por amor. El hombre es colocado en la creación como interlocutor de Dios, llamado a vivir en amistad con Él y a custodiar el mundo como un don recibido.
Luego, el relato del sacrificio de Isaac profundiza aún más en esta revelación. Dios pone a prueba la fe de Abrahán, pero detiene el sacrificio y provee Él mismo el cordero. En ese momento se vislumbra algo que alcanzará su plenitud siglos después: Dios mismo proveerá el sacrificio para la alianza, entregando a su propio Hijo por amor.
La historia de la salvación continúa con el relato del paso del Mar Rojo. El pueblo de Israel se encontraba atrapado entre el ejército egipcio y el mar rojo. Humanamente no había salida. Sin embargo, Dios interviene y abre un camino donde parecía imposible.
Este acontecimiento revela otro rasgo esencial del amor divino: Dios escucha el clamor del oprimido y actúa en la historia concreta para liberar a su pueblo.
A lo largo de los siglos los profetas seguirán anunciando la fidelidad de ese amor. Isaías habla de un amor que no se aparta ni siquiera cuando el pueblo ha sido infiel:
«Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti».
Baruc recuerda que Dios ofrece al hombre su sabiduría para que no camine en las tinieblas de la ignorancia y del error, sino bajo la luz de la verdad. Y Ezequiel anuncia una promesa que lleva la relación con el Señor a un nivel mucho más profundo que un simple cumplimiento de normas: Dios dará a su pueblo un corazón nuevo y pondrá en él un espíritu nuevo.
Toda la historia de la salvación nos muestra así a un Dios que busca al hombre, lo levanta después de sus caídas y lo conduce nuevamente hacia la vida, haciéndolo aspirar a un horizonte más grande de lo que había imaginado.
La plenitud del amor: la resurrección de Cristo
Todo este recorrido encuentra su cumplimiento en la Pascua. El Evangelio proclamado en la Vigilia anuncia el acontecimiento central de la fe cristiana: Cristo ha resucitado de entre los muertos.
La tumba está vacía. El Señor ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. Ya con eso nos habría bastado. Sin embargo, los efectos de la resurrección de Cristo manifiestan la sobreabundancia de su amor: Cristo comparte su victoria con nosotros.
San Pablo lo expresa de manera luminosa en la carta a los Romanos proclamada en esta noche:
«Por el Bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rm 6,4).
Esto significa que la Pascua no es únicamente un acontecimiento del pasado. La resurrección de Cristo inaugura una vida nueva que continúa comunicándose hoy.
Por medio del Bautismo el cristiano es introducido en la vida misma de Cristo. No se trata simplemente de un cambio exterior ni de una mejora moral. El Bautismo comunica la vida de la gracia, es decir, la participación en la vida divina.
Cómo corresponder al don recibido
Para comprender cómo responder a este don podemos pensar en ejemplos muy sencillos de la vida cotidiana.
Cuando alguien nos regala comida, esa persona se siente contenta cuando ve que la hemos comido y disfrutado. Cuando alguien nos regala una prenda de vestir, se alegra al ver que la usamos y la cuidamos. Si alguien nos ayuda con los estudios, se alegra cuando ve que aprovechamos esa ayuda y obtenemos buenos resultados. Y cuando alguien nos ofrece un trabajo, espera que lo realicemos con diligencia y responsabilidad.
En todos estos casos ocurre lo mismo: la mejor manera de agradecer un don es aprovecharlo y hacerlo fructificar.
Por eso, queridos hermanos, vuelvo a la pregunta inicial: ¿cómo corresponder al amor de Cristo, que nos ha amado hasta el extremo?
La respuesta es clara: la mejor manera de corresponder a ese amor es vivir una vida santa.
La santidad como respuesta al amor de Dios
La santidad no es un ideal reservado para unos pocos ni una mera utopía motivacional. La santidad es la vocación normal del bautizado.
Vivir santamente significa vivir según la palabra de Cristo. Significa dejar que la gracia transforme el corazón. Significa aprender a amar como Él ama, perdonar como Él perdona y servir como Él sirve.
La vida cristiana no se reduce a un esfuerzo humano por ser mejores personas. Desde la perspectiva de la fe, el centro no está en la autosuperación, sino en la gracia. La santidad es el fruto de la vida nueva que Dios ha puesto en nosotros.
Por eso la Pascua no es solamente una celebración litúrgica. Es también una invitación a renovar profundamente la propia vida. La resurrección de Cristo recuerda al cristiano que la gracia recibida en el Bautismo está llamada a transformar todas las dimensiones de la existencia: la familia, el trabajo, las decisiones cotidianas y las relaciones con los demás.
Renovar la alegría del Bautismo
Por ello hoy la Iglesia nos invita a renovar con alegría nuestro compromiso bautismal. Cada vez que respondamos «Sí, creo», que nuestro corazón renueve su adhesión al Señor; que vuelva a encenderse la llama que un día el Espíritu Santo hizo arder en nosotros y podamos vivir con mayor coherencia nuestra fe.
A esto se suma la alegría de poder compartir esta vida nueva con algunos hermanos nuestros que hoy recibirán el santo Bautismo y completarán su iniciación cristiana. Queridos catecúmenos: custodien la gracia de Dios que hoy se les concede, para que participando plenamente de la vida de Cristo puedan un día salir a su encuentro en la gloria.
Que la alegría de la vida nueva del Resucitado llene siempre nuestro corazón.
Felices Pascuas de Resurrección.
IMG: «La resurrección de Jesús» de Rafael Sanzio