V Domingo de Pascua Fecha: 30/04/2026
Frase: “La Pascua, el misterio pascual, estos días de reflexión de la Iglesia, nos llevan a empalmar la despedida de Cristo de su vida temporal, con la presencia de Cristo en su vida mística y celestial. En otras palabras, el fin de la vida temporal de Cristo empalma con el principio de la historia de la Iglesia. El evangelio de San Juan, en estos bellos capítulos de la despedida en la última cena, se nos presenta como la constitución de la Iglesia, un Cristo que se despide de los suyos, así los llama San Juan a los miembros de la Iglesia, qué honor podernos llamar en esta mañana «los de Jesucristo», y que Jesucristo, mirando a quienes hoy asisten a la Misa, los llama: los suyos, sus discípulos. Con ellos celebra la inauguración de la Iglesia que se va a prolongar en todos los seguidores de Cristo que ahora somos nosotros” (San Óscar Romero, 23 de abril 1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
Hch 6, 1-7. Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo. Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
1P 2, 4-9. Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real.
Jn 14, 1-12. Yo soy el camino y la verdad y la vida.
¿Qué situaciones inquietan o turban nuestro corazón y los de la comunidad en que vivimos?
2. Catequesis (Juzgar)
El pasaje de Evangelio de este Domingo (Jn 14,1-12) se sitúa en el corazón del llamado “discurso de despedida” (Jn 13–17), pronunciado por Cristo en el contexto de la Última Cena. No estamos ante una enseñanza aislada, sino ante una síntesis teológica densa, en la que Jesús prepara a los suyos para el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección. En el cuarto evangelio, este discursos tiene un carácter profundamente revelador: Cristo no solo instruye, sino que manifiesta el misterio de su persona y de su relación con el Padre.
Leer este texto en el V Domingo de Pascua responde a una pedagogía litúrgica, aunque literalmente Jesús esta preparando específicamente el momento de la Pasión, también se deja entrever como estas palabras nos introducen progresivamente en el misterio de la Ascensión del Señor: la “ida al Padre” no es alejamiento espacial, sino exaltación de la humanidad de Cristo, que entra en la gloria del Padre y permanece operante en la Iglesia. De este modo, la Sagrada Liturgia dispone el corazón de los fieles para comprender que Cristo sube a los cielos pero no se ausenta, sino que permanece presente de modo sacramental y eficaz en su Cuerpo que es la Iglesia.
La turbación y la fe (Jn 14,1)
Al contemplar este pasaje, nos situamos en un momento particularmente delicado de la vida de los apóstoles. Jesús ha anunciado su partida, y esa noticia introduce en su corazón una profunda inquietud. No se trata simplemente de tristeza humana; es una crisis de fe. Ellos han dejado todo por seguirle, y ahora el Maestro habla de irse. En este contexto, la primera palabra de Cristo es sumamente significativa: “No se turbe vuestro corazón”. Aquí encontramos el primer punto fundamental: la fe como fundamento de la estabilidad interior. Jesús no niega la dificultad de la situación, pero introduce una clave interpretativa: “Creéis en Dios, creed también en mí”. Esta afirmación no es una mera exhortación; tiene un profundo contenido teológico. Cristo se presenta como Dios, como Él lo plantea aquí se trata de una confesión implícita de su divinidad. Creer en Cristo no es un añadido opcional, sino el modo concreto de creer en Dios.
“No son dos actos separados, sino un único acto de fe: la plena adhesión a la salvación realizada por Dios Padre mediante su Hijo; en Él se hace visible el rostro de Dios, que es amor, y sólo permaneciendo unidos a Cristo podemos continuar su acción en la historia y participar en la libertad de los hijos de Dios.” (Benedicto XVI, Regina Caeli, 22 de mayo de 2011)
Junto a esta profundización teológica, es muy iluminador considerar la dimensión existencial que subrayaba el Papa Francisco haciendo alusión a la turbación de los apóstoles:
“La peor ansiedad viene de sentirse solos y sin un punto de referencia; no podemos superarla solos. La liberación del turbamiento pasa por la confianza: encomendarse a Jesús, dar el salto de la fe, apoyarse en Él y no en nosotros mismos, sabiendo que está vivo y nos acompaña siempre.” (Papa Francisco, Regina Caeli, 10 de mayo de 2020)
Esta fe será puesta a prueba por la cruz. Los discípulos verán a su Maestro humillado, derrotado aparentemente. Por eso, Cristo los prepara anticipadamente: la fe no debe depender de la apariencia inmediata de los acontecimientos, sino de la verdad profunda de su persona. Aquí aparece una enseñanza de gran valor para nuestra vida espiritual: la fe madura precisamente en la oscuridad, cuando las evidencias sensibles parecen contradecir la promesa de Dios.
La “casa del Padre” y el sentido de la partida (Jn 14,2-3)
Cuando Cristo dice “voy a prepararles un lugar”, no se trata de una preparación material, sino de una realidad redentora y ontológica: por su Pascua, Cristo abre el acceso a la vida divina. Él es la cabeza de la humanidad redimida que entra primero en la gloria. La imagen de la “casa del Padre” expresa la comunión definitiva con Dios. Las “muchas moradas” indican la amplitud de la salvación. Su partida, por tanto, no es ausencia negativa, sino un acto salvífico. Y su promesa de volver introduce la esperanza escatológica, que culmina en la comunión definitiva con Dios.
“Esto es lo que hace Jesús por nosotros: nos ha reservado un lugar en el Cielo. Tomó nuestra humanidad sobre sí mismo para llevarla más allá de la muerte, a un nuevo lugar, al Cielo, para que allí donde está Él, estuviéramos también nosotros. Es la certeza que nos consuela: hay un lugar reservado para cada uno. Hay un lugar para mí también. Cada uno de nosotros puede decir: hay un lugar para mí. No vivimos sin meta ni destino. Se nos espera, somos preciosos. Dios está enamorado de nosotros, somos sus hijos. Y para nosotros ha preparado el lugar más digno y hermoso: el paraíso. (Papa Francisco, Regina Caeli, 10 de mayo de 2020)
Cristo como Camino, Verdad y Vida (Jn 14,4-6)
La respuesta de Cristo a Tomás es clara y profunda: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Jesús no solo enseña por dónde ir, sino que Él mismo es el camino que nos lleva al Padre. Seguir a Cristo no es solo imitarlo desde fuera, sino caminar con Él, confiar en su palabra y dejarnos guiar en la vida diaria. Él es el camino seguro en medio de nuestras dudas y decisiones. Cuando Jesús dice que es la verdad, nos muestra que en Él conocemos realmente a Dios. No se trata de ideas o teorías, sino de una persona viva que nos habla y nos enseña cómo vivir. Y cuando dice que es la vida, nos recuerda que Él nos da algo más que fuerzas humanas: nos da su gracia, su propia vida, que nos sostiene, nos levanta y nos conduce a la vida eterna.
Por eso afirma: “nadie va al Padre sino por mí”. Esto significa que todo lo que nos acerca a Dios pasa por Cristo. Él es el único mediador porque es verdadero Dios y verdadero hombre. En la oración, en la Palabra y en los sacramentos, especialmente la Eucaristía, nos unimos a Él. Así, nuestra vida se convierte en un camino hacia el Padre, vivido en comunión con Jesús.
Revelación del Padre en el Hijo (Jn 14,7-11)
“Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Con estas palabras, Jesús nos enseña que en Él podemos conocer verdaderamente a Dios. No necesitamos buscar a Dios en ideas lejanas o abstractas, porque Él se ha hecho visible en Cristo. Al mirar su vida, sus palabras y sus gestos, descubrimos cómo es el Padre: cercano, misericordioso y lleno de amor por nosotros. Dios se da a conocer en lo concreto. En Jesús vemos cómo actúa Dios: en su compasión por los enfermos, en su paciencia con los pecadores, en su entrega en la cruz. Todo lo que Cristo hace nos muestra el corazón del Padre. Esta unión entre el Padre y el Hijo es profunda: Jesús vive en comunión con Él y realiza su voluntad en todo.
Por eso, conocer a Cristo no es solo aprender cosas sobre Dios, sino entrar en una relación viva con Él. Es dejar que su vida toque la nuestra, que su amor transforme nuestro corazón y nos conduzca a la salvación. Así, poco a poco, vamos conociendo al Padre no solo con la mente, sino con toda la vida.
Las obras mayores de los discípulos (Jn 14,12)
Cuando Jesús dice que sus discípulos harán “obras mayores”, no está diciendo que serán más grandes que Él, sino que participarán en su misma misión. Después de su resurrección, esa misión ya no se limita a un lugar, sino que se abre a todos los pueblos y culturas. Los apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, comienzan a anunciar el Evangelio más allá de Israel, como vemos en Hechos de los Apóstoles, dando inicio a la expansión de la Iglesia.
Estas obras son “mayores” porque alcanzan a más personas y se prolongan a lo largo del tiempo. Lo que comenzó con un pequeño grupo de discípulos llega hoy a todos los rincones del mundo. Cada bautizado participa de esta misión según su vocación, haciendo presente a Cristo en su ambiente cotidiano.
“La fe en Jesús conlleva seguirlo cada día, en las sencillas acciones que componen nuestra jornada. «Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de «ver»» (Jesús de Nazaret II, p. 321). San Agustín afirma que «era necesario que Jesús dijese: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), porque una vez conocido el camino faltaba por conocer la meta» (Tractatus in Ioh., 69, 2: ccl 36, 500), y la meta es el Padre. Para los cristianos, para cada uno de nosotros, por tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida. Hagamos nuestra la invitación de san Buenaventura: «Abre, por tanto, los ojos, tiende el oído espiritual, abre tus labios y dispón tu corazón, para que en todas las criaturas puedas ver, escuchar, alabar, amar, venerar, glorificar y honrar a tu Dios» (Itinerarium mentis in Deum, I, 15).” (Benedicto XVI, Regina Coeli, 22 de mayo de 2011)
Todo esto es posible porque Cristo no está ausente. Él vive y actúa en su Iglesia como Cabeza de su Cuerpo. A través de la gracia, de la Palabra y de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, sigue obrando hoy. Por eso, cuando la Iglesia evangeliza, acompaña, perdona y sirve, es Cristo mismo quien continúa su obra. Así, nuestra vida cristiana se convierte en un lugar donde su acción sigue transformando el mundo.
Conclusión
En este pasaje, Jesús prepara el corazón de los discípulos —y también el nuestro— para comprender que su “partida” no es ausencia, sino paso a una presencia más profunda. Él va al Padre para abrirnos el camino y, al mismo tiempo, permanece actuando en su Iglesia. Así, la fe se convierte en el fundamento que sostiene la vida, incluso en medio de la incertidumbre. Cristo se nos revela como el único camino que conduce al Padre, la verdad que ilumina nuestra vida y la fuente de la gracia que nos transforma. Conocerlo no es solo entenderlo, sino vivir en comunión con Él, dejándonos guiar en lo concreto de cada día.
Y desde esa unión con Cristo, también nosotros participamos en su misión. La Iglesia continúa su obra en el mundo, no por sus propias fuerzas, sino porque Él sigue vivo y actuante. Por eso, nuestra vida cristiana tiene un horizonte claro: caminar con Cristo hacia el Padre, sabiendo que Él mismo sostiene y conduce todo el camino.
3. Edificación espiritual (Actuar)
- ¿Qué situaciones concretas hoy “turban” mi corazón y cómo estoy viviendo la fe en Cristo en medio de ellas?
- Si Jesús es el camino, la verdad y la vida, ¿en qué aspectos de mi vida estoy dejando que Él me guíe realmente, y en cuáles sigo guiándome por mis propios criterios?
- ¿Cómo experimento en mi vida la presencia de Cristo que no se ausenta, sino que actúa en la Iglesia, especialmente en la Palabra y los sacramentos?
- ¿De qué manera concreta puedo participar esta semana en las “obras mayores”, es decir, en la misión de anunciar y hacer presente a Cristo en mi entorno?