VI Domingo de Pascua – Ciclo A
Fecha: 07/05/2026
Frase: “Hay dos mundos, hermanos, que lo componemos los hombres. El mundo sincero de quienes tratamos de seguir a Cristo e inspirar en Él nuestra acción; y el mundo que vive de espaldas a Cristo, aquel que en el evangelio de hoy dice Cristo: «No ha conocido el Espíritu y por eso no os conocen tampoco a vosotros». El mundo de los que sufren por hacer el bien y el mundo de los que sufren por hacer el mal. El mundo de los que son torturados e injustamente calumniados y perseguidos, y el mundo de los que persiguen tal vez pensando hacer un bien atormentando y acribillando a los demás. Pero vale la pena, dice Cristo, poner la esperanza en el corazón y dar razón de esa esperanza.” (San Óscar Romero, 30 de abril de 1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Hch 8, 5-8. 14-17. Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
• Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.
• 1P 3, 15-18. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.
• Jn 14, 15-21. Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.
En nuestra sociedad cuando se busca orientación o respuestas importantes para la vida, ¿qué voces suelen influir más hoy: redes sociales, amistades, ambiente, fe, oración, familia…?
2. Catequesis (Juzgar)
El VI Domingo de Pascua nos sitúa nuevamente en el Cenáculo, en aquella noche decisiva en la que Jesucristo abrió su corazón a los discípulos antes de la Pasión. El Evangelio continúa el mismo discurso de despedida proclamado el domingo anterior. Entonces contemplábamos el anuncio del retorno del Señor: “volveré y los llevaré conmigo”. Cristo hablaba de la casa del Padre, del camino que conduce a la vida y de la esperanza de la comunión definitiva con Él.
Ahora el Evangelio profundiza todavía más en el misterio de esa partida. Los discípulos perciben que algo dramático está por suceder. Judas ya ha salido. Pedro escuchará el anuncio de sus negaciones. Todo el ambiente del Cenáculo está marcado por una mezcla de intimidad, tristeza e incertidumbre. Los apóstoles aman al Maestro, pero todavía no logran comprender el sentido pleno de lo que está ocurriendo.
Jesús sabe que dentro de pocas horas será arrestado, condenado y crucificado. Sabe también que los discípulos experimentarán el escándalo de la Cruz y el dolor de la aparente ausencia de Dios. Por eso sus palabras no son simplemente enseñanzas doctrinales. Son palabras de consolación. Cristo está preparando interiormente a los suyos para aprender una nueva forma de presencia.
La pregunta que atraviesa silenciosamente todo el pasaje es esta: ¿cómo permanecerá Cristo con los suyos después de su retorno al Padre? ¿Cómo vivirá la Iglesia cuando ya no pueda verlo con los ojos del cuerpo? La respuesta del Señor es profundamente consoladora: “No los dejaré huérfanos”.
La liturgia nos propone este Evangelio precisamente mientras la Iglesia se prepara para celebrar la Ascensión y Pentecostés. Los discípulos están siendo conducidos desde la experiencia de la presencia visible de Cristo hacia la experiencia de una presencia espiritual, interior y sacramental. Nosotros seguimos viviendo precisamente en ese tiempo de la Iglesia: entre la Ascensión y la Parusía, sostenidos constantemente por la acción invisible pero real del Espíritu Santo.
El Papa Francisco describe admirablemente el clima espiritual de este Evangelio:
“El Evangelio de hoy (cf. Jn 14, 15-21), continuación del domingo pasado, nos lleva a ese momento conmovedor y dramático que es la Última cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan recoge de boca y del corazón del Señor sus últimas enseñanzas, antes de la pasión y de la muerte. Jesús promete a sus amigos, en ese momento triste, oscuro, que, después de Él, recibirán «otro Paráclito» (Jn 14, 16). Esta palabra significa otro ‘Abogado’, otro Defensor, otro Consolador: «el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 17); y añade: «no os dejaré huérfanos: volveré a vosotros» (Jn 14, 18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: Él, resucitado y glorificado, vive en el Padre y, al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo” (Francisco, Regina Coeli, 21 de mayo de 2017).
Las palabras del Papa ayudan a comprender que la promesa del Paráclito nace precisamente en el momento de mayor oscuridad para los discípulos. Allí donde humanamente todo parece derrumbarse, Cristo comienza a revelar una presencia más profunda y universal.
El amor como condición de la comunión con Cristo
Todo este pasaje se desarrolla bajo el gran tema del amor. Jesús comienza diciendo: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Estas palabras constituyen la clave de todo el discurso. El amor no aparece aquí como un sentimiento pasajero ni como una emoción religiosa superficial. En el Evangelio de san Juan, amar significa permanecer, obedecer, vivir en comunión.Por eso Jesús une inmediatamente el amor con la fidelidad a sus mandamientos. La obediencia cristiana no nace principalmente del temor ni de una imposición externa, sino del amor. Quien ama verdaderamente a Cristo desea vivir unido a Él y configurar toda su vida según su palabra.
Hay además un detalle importante que no debemos pasar por alto: Jesús habla de “mis mandamientos”. No se presenta simplemente como un rabino o un maestro espiritual entre otros. Habla con la autoridad misma de Dios. Sus mandamientos son los mandamientos de Dios porque Él es el Hijo eterno hecho carne. Esta relación entre amor y permanencia constituye uno de los grandes temas joánicos. Más adelante Jesús desarrollará esta misma idea mediante la imagen de la vid y los sarmientos. El discípulo vive unido a Cristo como el sarmiento unido a la vid. Separado de Él no puede dar fruto.
El amor cristiano es, por tanto, una realidad profundamente sobrenatural. No consiste solamente en admirar a Cristo o emocionarse ante su figura, sino en participar realmente de su vida. El creyente permanece en Cristo y Cristo permanece en él. Es importante notar también que el Evangelio pasa gradualmente del círculo apostólico a un horizonte universal. Aunque Jesús habla directamente a los discípulos presentes en el Cenáculo, pronto aparece la expresión: “el que me ama”. La promesa rebasa el pequeño grupo reunido aquella noche y alcanza a todos los creyentes. Todo hombre que ama a Cristo y guarda su palabra entra en esta corriente de comunión divina.
La promesa del Paráclito y el don de Pentecostés
En este contexto de amor y comunión aparece una de las grandes promesas del Evangelio de san Juan: “Yo rogaré al Padre y les dará otro Paráclito”. Esta palabra posee una riqueza extraordinaria. Puede traducirse como abogado, defensor, intercesor o consolador. Sin embargo, el detalle más importante es el adjetivo “otro”. Jesús no promete simplemente un consuelo espiritual indefinido; promete “otro Paráclito”. Esto significa que Cristo mismo es el primer Paráclito y que el Espíritu Santo continuará misteriosamente su misión entre los hombres.
Aquí tocamos uno de los núcleos más profundos del texto. Durante su vida terrena, Cristo había guiado, enseñado, defendido y consolado visiblemente a los discípulos. Ellos podían escucharlo, verlo y caminar junto a Él. Pero ahora Jesús prepara a los suyos para una nueva etapa. Ahora será el Espíritu Santo al que llama el “Espíritu de verdad” quien continuará su misión docente, él no trae una revelación distinta del Evangelio, sino que hace comprender plenamente a Cristo. Más adelante Jesús dirá: “Él les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho”. El Espíritu enseña recordando. Hace penetrar desde dentro el sentido profundo de las palabras y obras de Jesús. Esto explica porqué los discípulos comprendieron muchas cosas solamente después de la Resurrección y Pentecostés. El mismo Evangelio de san Juan señala varias veces que ciertos acontecimientos permanecieron oscuros para los apóstoles hasta que Cristo fue glorificado.
Pentecostés aparece entonces como una gran iluminación interior de la Iglesia. El miedo se transforma en valentía. La incertidumbre en certeza. Los discípulos comienzan a comprender desde dentro el misterio de Cristo. Hay además un detalle muy interesante en Jn 14,17. Algunos manuscritos utilizan el presente: “ustedes lo conocen porque permanece con ustedes”; otros utilizan el futuro: “permanecerá con ustedes”. Lejos de ser una contradicción, ambas formas expresan una verdad complementaria. El Espíritu ya actúa en los discípulos porque han estado con Cristo, pero su donación plena acontecerá después de la glorificación del Señor. Así, Pentecostés no es simplemente un episodio aislado del pasado. Es el comienzo permanente de la vida de la Iglesia en el Espíritu Santo.
“No los dejaré huérfanos”: la presencia espiritual de Cristo
Después de prometer el Espíritu Santo, Jesús hace una segunda promesa: “No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes”. Él conoce el temor de los discípulos. Sabe que experimentarán el vacío de la ausencia. Hasta entonces habían vivido apoyándose en una presencia visible. Habían escuchado la voz del Maestro, contemplado sus milagros y descansado en la seguridad de caminar junto a Él. Ahora deberán aprender a vivir desde la fe.
La “venida” de Cristo anunciada aquí no parece referirse principalmente a la Parusía final, porque entonces todos lo verán en gloria. Tampoco se limita a las apariciones pascuales, que fueron reales, pero momentáneas y extraordinarias. El contexto apunta sobre todo a una presencia espiritual, permanente e interior del Resucitado. Cristo viene a los suyos mediante el Espíritu Santo. Viene a la Iglesia. Viene al alma que lo ama y guarda sus mandamientos. La Ascensión no significa alejamiento, sino transformación de la manera en que Cristo permanece presente.
Por eso Jesús afirma: “Yo vivo y ustedes vivirán”. Aquí aparece el corazón mismo de la vida cristiana. Cristo resucitado comunica su propia vida divina a los creyentes. El cristianismo no consiste solamente en seguir una doctrina ni en imitar exteriormente un ejemplo moral. Consiste en participar realmente de la vida del Resucitado mediante la gracia.
La culminación de esta enseñanza aparece en una de las frases más profundas del Evangelio de san Juan: “Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí y yo en ustedes”. Los discípulos comprenderán finalmente el misterio de Cristo: su unión eterna con el Padre y la unión vital de los creyentes con Él. Este conocimiento no será únicamente intelectual. Será una comprensión iluminada por la gracia y acompañada por una experiencia interior de comunión con Dios.
La tradición cristiana llamará a esto inhabitación divina. Dios habita realmente en el alma en gracia. El creyente vive en Cristo y Cristo vive en él. La vida sobrenatural consiste precisamente en esta misteriosa participación en la vida trinitaria. Aquí adquiere toda su fuerza la imagen joánica de la vid y los sarmientos. Cristo comunica su vida al creyente como la vid comunica la savia a sus ramas. Separado de Él, el hombre no puede dar fruto sobrenatural.
Vivir hoy bajo la acción del Paráclito
El Evangelio culmina necesariamente en una dimensión profundamente espiritual y pastoral. El Espíritu Santo no forma solamente individuos piadosos; forma una comunidad capaz de vivir la caridad de Cristo. El Papa Francisco subraya esta consecuencia concreta del Evangelio:
“Si existe una actitud que nunca es fácil, no se da por descontado tampoco para una comunidad cristiana, es precisamente la de saberse amar, de quererse en el ejemplo del Señor y con su gracia. A veces los contrastes, el orgullo, las envidias, las divisiones dejan la marca también en el rostro bello de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y sin embargo es precisamente allí que el maligno ‘mete la pata’ y nosotros a veces nos dejamos engañar. Y quienes lo pagan son las personas espiritualmente más débiles. Cuántas de ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. (…) También para un cristiano saber amar no es nunca un dato adquirido una vez para siempre; cada día se debe empezar de nuevo, se debe ejercitar porque nuestro amor hacia los hermanos y las hermanas que encontramos se haga maduro y purificado” (Francisco, Regina Coeli, 21 de mayo de 2017).
Estas palabras muestran que la acción del Espíritu Santo no permanece en un nivel abstracto o puramente interior. El Paráclito transforma concretamente la vida de la Iglesia. Allí donde predominan el orgullo, el chisme, la rivalidad y la división, el rostro de la Iglesia se oscurece. Allí donde actúa el Espíritu Santo madura la caridad de Cristo. Hoy en día vivimos en una cultura marcada por el ruido, la dispersión y la superficialidad. El hombre contemporáneo corre constantemente el riesgo de exteriorizarse y perder la capacidad de silencio interior. Incluso muchos cristianos pueden vivir una fe correcta en apariencia, pero débil en vida espiritual profunda.
Por eso resulta urgente redescubrir la acción del Paráclito. Abrirse hoy al Espíritu Santo implica volver a la oración perseverante, recuperar el silencio interior, vivir intensamente la Eucaristía y la Confesión, meditar la Sagrada Escritura y aprender nuevamente la docilidad espiritual. El Espíritu Santo normalmente no actúa mediante estridencias, sino en la profundidad silenciosa del corazón que aprende a escuchar. Allí va formando poco a poco la mente de Cristo en el creyente y conduciéndolo hacia una vida verdaderamente sobrenatural.
Cristo ya no camina visiblemente por los senderos de Galilea, pero permanece misteriosamente presente en su Iglesia, en su Palabra, en los sacramentos y en el alma que lo ama. Por eso el cristiano nunca vive verdaderamente solo. Entre la Ascensión y la Parusía, la Iglesia continúa respirando el aliento del Cenáculo y aprendiendo, bajo la acción silenciosa del Paráclito, a vivir de la misma vida de Cristo.
3. Edificación espiritual (Actuar)
- ¿Qué significa para nosotros hoy la promesa de Jesús: “No los dejaré huérfanos”? ¿En qué momentos de nuestra vida necesitamos recordar más estas palabras?
- Jesús dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. ¿Cómo podemos vivir concretamente ese amor a Cristo en nuestra vida cotidiana?
- El Evangelio presenta al Espíritu Santo como Paráclito, Consolador y Espíritu de verdad. ¿De qué manera sentimos que el Espíritu Santo guía, ilumina o fortalece nuestra vida?
- ¿Qué cosas del “ruido del mundo” dificultan escuchar la voz de Dios y vivir en comunión con Cristo?