Contemplamos en este domingo el misterio de la Santísima Trinidad, misterio central de nuestra fe cristiana. Profesamos que creemos en “un solo Dios en tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 48).
La teología clásica, siguiendo especialmente a san Agustín, ha recurrido a una analogía tomada de la vida interior del alma: el conocimiento y el amor. Así como en nosotros hay una palabra interior nacida del conocimiento, y un amor que procede de aquello que conocemos y amamos, de modo infinitamente más perfecto el Padre, conociéndose eternamente, engendra al Verbo, que es el Hijo; y del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo como Amor personal. Toda analogía, sin embargo, queda infinitamente por debajo del misterio de Dios.
Cuando la razón se encuentra con el Misterio
Conocemos este misterio porque el Señor nos lo ha revelado, aunque ciertamente sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. Cuentan, por ejemplo, que cuando el gran san Agustín meditaba sobre esta realidad, se encontró con un niño que acarreaba agua del mar hacia un hoyo que había hecho en la playa. Él le preguntó qué hacía, y el niño le respondió que quería meter toda el agua del mar en aquel hoyo. San Agustín le dijo: “Eso es imposible, no cabe”. A lo que el niño respondió: “Esto es lo mismo que estás queriendo hacer tú, pretendiendo abarcar todo el misterio con tu cabeza”.
Con esta anécdota no quiero decir que no podamos conocer y profundizar en el misterio; más bien, ante él recordamos de manera particular que Dios es siempre más grande que todo lo que podemos comprender. Ante su grandeza solo podemos maravillarnos y alabarlo. A Dios le agradecemos por lo que entendemos, y lo alabamos por aquello en lo que nos supera.
Dios nos abre su vida íntima
Yendo al texto del Evangelio de este día, descubrimos cómo en el diálogo de Jesús con Nicodemo se nos revela el misterio de Dios. Recordemos que estamos en medio del libro de los signos de san Juan. En él se presentan diversos hechos portentosos que Jesús realiza para revelarse como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Allí el evangelista nos presenta a este hombre que vino de noche para hablar con Jesús. Sabemos que lo hizo, en parte, por temor a que lo vieran entrar en diálogo con aquel que poco antes había llamado la atención al expulsar a los mercaderes del Templo.
Es allí donde se entabla este diálogo que ilumina a Nicodemo. Jesús le dice que hay que nacer de nuevo, que hay que nacer del agua y del Espíritu. Luego le revela que tanto amó Dios al mundo —el Padre— que entregó a su Hijo único para salvarlo y darle vida. Es decir, en este pasaje descubrimos la obra de la Santísima Trinidad.
Todas las acciones de la Santísima Trinidad hacia fuera, es decir, fuera de las relaciones eternas entre las Personas divinas, son realizadas por las tres Personas. De ahí, por ejemplo, que en el Génesis se haya interpretado el plural “Hagamos…” como una manifestación anticipada del misterio que celebramos hoy. De modo especial, el Evangelio de este día nos recuerda cómo nuestro Dios, uno y trino, ha obrado nuestra salvación y nos hace partícipes de su misma vida divina. Esto no significa únicamente la posesión de una vida nueva, sino también el gozo que produce la presencia de Dios en nosotros.
La teología, siguiendo al P. Antonio Royo Marín en su Teología de la perfección cristiana, lo explica diciendo:
- La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para hacernos participantes de su vida íntima divina y transformarnos en Dios, es decir, para hacernos deiformes.
- La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para darnos la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas Personas.
Esto es de una gran relevancia, porque hemos entrado en una nueva relación con Dios. Él nos ha dado un don inestimable, el don más grande que podríamos haber recibido: somos hijos amados del Padre en Jesús. La vida de la gracia, a la cual nacemos por la acción del Espíritu Santo, nos ha hecho partícipes de la naturaleza divina. No somos cualquier cosa ni una criatura más entre otras. Ya en el misterio de la creación descubríamos que somos imagen y semejanza de Dios; ahora, por el bautismo, vemos que participamos de su misma vida.
La vida cristiana no consiste solamente en saber cosas sobre Dios, cumplir unos ritos o conservar una tradición recibida. La vida cristiana es una nueva existencia. Por la gracia, el hombre es regenerado interiormente. Dios nos enseña desde fuera y nos transforma desde dentro. El Padre nos da a su Hijo, el Hijo nos comunica la vida, y el Espíritu Santo nos hace nacer a esa vida nueva. Por eso, cuando Jesús dice que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”, nos revela el corazón mismo de la historia de la salvación: todo nace del amor del Padre, todo nos llega por el Hijo, todo se realiza en nosotros por la acción del Espíritu Santo.
Aquí aparece una verdad fundamental: el misterio de la Trinidad no es una idea abstracta reservada a los teólogos, sino la fuente viva de nuestra existencia cristiana. Creer en la Santísima Trinidad significa reconocer que Dios es comunión eterna de amor. El Padre engendra eternamente al Hijo; el Hijo recibe todo del Padre y se entrega totalmente a Él; el Espíritu Santo procede como Amor personal, vínculo vivo entre el Padre y el Hijo. Y ese Dios, que en sí mismo es plenitud de vida, ha querido abrirnos su intimidad. La salvación consiste precisamente en esto: en ser perdonados, rescatados del pecado e introducidos, por gracia, en la comunión de vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Además, el misterio de la Santísima Trinidad nos revela otro aspecto de nuestra vida. Si somos imagen y semejanza de Dios, y Dios es comunión de Personas, entonces también en nuestro interior llevamos inscrito un llamado a la comunión de vida. De ahí esa tendencia que descubrimos en nosotros a ser con otros y a ser para otros. Hay en nuestro corazón un anhelo de entrega y de donación; se trata de la dimensión esponsal de nuestra vida, la cual se vive en relación con Dios, con quien entramos en comunión, y también con nuestros hermanos.
La naturaleza social del ser humano no consiste solamente en asociarse para sobrevivir ante los peligros de la naturaleza. Respondiendo a su llamado interior, el hombre descubre en la comunidad una fuerza que le ayuda a crecer. No olvidemos aquel dicho africano que tanto gustaba al papa Francisco: caminando solos vamos más rápido, pero cuando caminamos con otros llegamos más lejos.
En una cultura que muchas veces nos mueve al egoísmo, al narcisismo y al individualismo, muchas personas viven relaciones superficiales por distintas razones. Vivimos en medio de un tiempo que con frecuencia no se alimenta del amor, sino de meros ligues, que muchas veces son satisfacción de impulsos pasionales; de amistades de conveniencia, o de la falsa sensación que generan las redes sociales de vivir en un mundo simulado, lejos de la realidad. Todo esto acaba muchas veces en la insatisfacción o en la soledad que tantos experimentan.
Detrás de esto, sin embargo, descubrimos que hay algo más profundo en nosotros: realmente anhelamos amar y ser amados. En ese anhelo vemos nuestro llamado a tejer relaciones auténticas de comunión. El misterio trinitario nos impulsa a redescubrir esta vocación y a encontrar en el Evangelio los criterios para vivirla, ya sea en el matrimonio, en la familia, en la comunidad cristiana o en la sociedad en general.
Por eso, la fe trinitaria purifica nuestra manera de entender el amor. Amar no es solo sentir afecto, experimentar atracción o buscar compañía. Amar, en sentido cristiano, es querer el bien del otro, reconocer su dignidad, ayudarle a crecer, entregarse con paciencia y fidelidad. La Trinidad nos enseña que la persona no se pierde cuando se entrega; al contrario, se realiza en la comunión. El Padre no deja de ser Padre al darse totalmente al Hijo; el Hijo no pierde su identidad al recibirlo todo del Padre; el Espíritu Santo es el Amor que manifiesta la fecundidad eterna de esa comunión. Así también nosotros encontramos nuestra plenitud cuando aprendemos a vivir desde el don de nosotros mismos.
Celebrar la Santísima Trinidad es proclamar una verdad de fe y dejarnos formar por esa verdad. Si Dios habita en nosotros, nuestra vida debe hacerse más contemplativa. Si Dios es comunión, nuestras relaciones deben hacerse más fraternas. Si Dios nos ha hecho partícipes de su vida, nuestra conducta debe corresponder a esa dignidad. Y si hemos sido amados hasta el extremo, nuestra existencia debe convertirse en una respuesta de gratitud, adoración y caridad.
La Trinidad es, por tanto, el origen, el camino y la meta de nuestra vida. Venimos de Dios, caminamos sostenidos por Dios y estamos llamados a volver a Dios. Toda oración cristiana tiene una forma trinitaria: nos dirigimos al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. Toda vida cristiana tiene una dinámica trinitaria: recibir la gracia, vivir unidos a Cristo y dejarnos transformar por el Espíritu. Toda comunidad cristiana está llamada a reflejar, de manera humilde pero real, esa comunión divina.
Vivir bajo la luz de la Trinidad
¿Qué cosas podemos hacer en la práctica para vivir mejor una espiritualidad trinitaria?
- Cultivar una fe viva, mediante el ejercicio de la presencia de Dios.
- Vivir una caridad sincera, interesándonos por los demás y buscando tejer lazos de comunión.
- Realizar actos fervientes de adoración, especialmente mediante el rezo del Gloria, tanto en la oración breve como en el himno que cantamos en la Misa.
Decía el P. Garrigou-Lagrange:
“Nuestros deberes hacia ese huésped divino se pueden resumir así: pensar con frecuencia en Él y decirse: ‘Dios mora en mí’. Consagrar a las divinas personas el día, cada hora, diciendo: ‘En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’. Acordarse de que el huésped interior es para nosotros fuente de luz, de consuelo y de fortaleza. Orar a Él con las palabras del Señor: ‘Ora a tu Padre que está en lo más escondido de tu alma; Él accederá a tus ruegos’. Adorarle, diciendo: ‘Mi alma proclama la grandeza del Señor’. Creer en Él, confiar en Él y amarle con un amor cada día más puro, más generoso y más encendido. Amarle imitando sobre todo su bondad, según las palabras del Señor: ‘Sean perfectos como es perfecto el Padre celestial’; ‘Que todos sean uno como vos, Padre mío, y yo somos uno’”.
Que la contemplación de la Santísima Trinidad nos ayude a vivir con mayor conciencia de la presencia de Dios en el alma, a valorar la dignidad de la vida de la gracia y a construir relaciones más verdaderas, más fraternas y más llenas de caridad. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.