Pentecostés

Fecha: 21/05/2026

Frase: “Siempre será Pentecostés en la Iglesia, pero mientras la Iglesia haga su rostro transparente a la belleza del Espíritu Santo. Cuando la Iglesia deja de apoyar su fuerza en esa virtud de lo alto que Cristo le prometió y que le dio en este día, y la Iglesia quisiera apoyarse más bien en las fuerzas frágiles del poder o de la riqueza de esta tierra, entonces la Iglesia deja de ser noticia. La Iglesia será bella, perennemente joven, atrayente en todos los siglos, mientras sea fiel al espíritu que la inunda y lo refleje a través de las comunidades, a través de sus pastores, a través de su misma vida.” (San Óscar Romero, 14 de mayo de 1978)

1. Celebración de la Palabra (Ver)

Hch 2, 1 -11. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.

¿Qué se entiende en nuestro medio por Espíritu Santo?

2. Catequesis (Juzgar)

El relato de Pentecostés en Hch 2, 1-13 ocupa un lugar decisivo dentro de la obra de san Lucas, porque muestra cómo la historia de Jesús continúa ahora en la vida de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo. Después de la pasión, la resurrección y la ascensión del Señor, la comunidad apostólica permanece reunida en Jerusalén, obedeciendo la palabra de Cristo y esperando la promesa del Padre. En este contexto, Pentecostés aparece como el momento en que la Iglesia recibe visiblemente la fuerza que la capacita para iniciar su misión pública. El texto posee una gran riqueza bíblica: evoca la fiesta judía de Pentecostés, recuerda las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento, presenta la plenitud del Espíritu y abre el horizonte universal de la evangelización.

 

La fiesta de Pentecostés y el cumplimiento de la promesa

San Lucas comienza diciendo: “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2, 1). Esta indicación temporal tiene una importancia mayor de lo que parece a primera vista, porque Pentecostés era una de las grandes fiestas de peregrinación de Israel y reunía en Jerusalén a muchos judíos piadosos procedentes de diversas regiones. Junto con la Pascua y la fiesta de los Tabernáculos, formaba parte de las celebraciones en las que el pueblo subía al templo para adorar a Dios y renovar su memoria agradecida de la alianza. En su origen, esta fiesta estaba vinculada al final de la cosecha y a la ofrenda de los primeros frutos; se celebraba cincuenta días después de la Pascua, de ahí su nombre griego, Pentecosté, que significa “quincuagésimo”.

Con el paso del tiempo, la tradición judía fue relacionando esta fiesta con la entrega de la Ley en el Sinaí, y esa relación permite comprender mejor la profundidad cristiana del relato. En el Sinaí, Dios se manifestó a Israel, selló la alianza y entregó la Ley como camino de vida para su pueblo; en Jerusalén, después de la Pascua de Cristo, Dios comunica el Espíritu Santo a la comunidad apostólica para inaugurar una nueva etapa en la historia de la salvación. La Ley escrita había guiado al pueblo de Israel mediante mandamientos santos, justos y buenos; ahora la gracia del Espíritu comienza a vivificar interiormente a la Iglesia, formando en los discípulos una obediencia nueva, nacida de la comunión con Cristo resucitado.

El relato está situado después de la Ascensión, Jesús había pedido a los apóstoles que permanecieran en Jerusalén hasta recibir la promesa del Padre, y en Hch 1, 8 les había dicho: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Esta promesa da la clave para interpretar todo el acontecimiento, porque el Espíritu Santo desciende para hacer posible el testimonio y para comunicar a los discípulos una fuerza que no nace de sus solas capacidades humanas. La misión de la Iglesia comienza como una gracia recibida, como una fuerza concedida desde lo alto, como una participación en el dinamismo mismo de Cristo resucitado.

La expresión “estaban todos juntos” merece también una breve consideración exegética. Lucas presenta a la comunidad reunida, perseverante y unida, en continuidad con lo que había dicho poco antes, cuando afirmaba que los discípulos perseveraban unánimes en la oración junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús. Pentecostés acontece en una comunidad que ora, espera y obedece; por eso, el lugar de la reunión no es un simple dato material, sino el signo de una comunión interior preparada por la palabra de Cristo. La Iglesia aparece, desde el inicio, como una comunidad que recibe antes de actuar, que escucha antes de hablar y que se deja conducir antes de salir a los caminos de la misión.

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. (Hch 2, 4) Esta frase resume el núcleo teológico de la escena, porque los demás elementos del texto —el viento, el fuego, las lenguas y la reacción de la multitud— manifiestan exteriormente lo que Dios realiza interiormente en los discípulos. El Espíritu Santo llena a la comunidad y la convierte en sujeto vivo de la misión; la transforma desde dentro, le concede una palabra nueva y la dispone para anunciar públicamente las grandezas de Dios. En el corpus lucanum, estar “lleno del Espíritu Santo” significa quedar bajo la acción de Dios para cumplir una misión concreta: Pedro hablará lleno del Espíritu ante las autoridades, Esteban dará testimonio lleno del Espíritu, y Pablo actuará impulsado por el Espíritu en su ministerio apostólico.

Pentecostés permite comprender así la naturaleza profunda de la Iglesia. La comunidad apostólica no inicia una empresa religiosa basada únicamente en la memoria de Jesús o en el entusiasmo de sus primeros discípulos, sino que recibe una vida nueva, una fuerza interior y una palabra inspirada. La Iglesia vive de Cristo resucitado y se despliega en la historia por la acción del Espíritu Santo, que la santifica, la guía y la envía. La Pascua de Cristo alcanza aquí una expresión eclesial y misionera, pues el Señor glorificado comunica su Espíritu para que la salvación sea anunciada a Israel y a todos los pueblos.

Los signos de la presencia divina: viento, fuego y palabra

San Lucas describe la venida del Espíritu Santo con un lenguaje cargado de resonancias bíblicas: “De repente vino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban” (Hch 2, 2). El texto habla de un ruido venido del cielo, y esta procedencia indica la iniciativa divina del acontecimiento. La comunidad está reunida, orante y disponible, aunque no produce por sí misma lo que sucede; Dios actúa sobre ella con libertad soberana, manifestando que la misión de la Iglesia tiene su origen en un don que la precede y la sostiene.

El viento recuerda el lenguaje bíblico del soplo de Dios. En hebreo, ruah puede significar viento, aliento y espíritu, de manera que esta imagen permite relacionar Pentecostés con grandes momentos de la Escritura. En el relato de la creación, el Espíritu de Dios se cierne sobre las aguas; en la creación del hombre, Dios infunde aliento de vida; en la visión de Ezequiel, el soplo divino devuelve vida a los huesos secos y restaura al pueblo. En Pentecostés, el viento expresa una acción vivificante sobre la comunidad apostólica, que recibe el aliento de Dios y queda preparada para caminar como pueblo animado por el Espíritu.

El hecho de que el viento llene la casa también posee valor simbólico. En el Antiguo Testamento, la gloria de Dios llenaba la tienda del encuentro y el templo, indicando la presencia del Señor en medio de su pueblo. Ahora, el espacio donde se encuentran los discípulos queda lleno por el signo del Espíritu, y esto permite contemplar a la Iglesia como morada viva de Dios. La presencia divina se manifiesta en una comunidad reunida en oración, y esa comunidad comienza a aparecer como el lugar donde el Espíritu actúa, santifica y prepara el anuncio del Evangelio.

Después del signo acústico aparece el signo visual: “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos” (Hch 2, 3). El fuego pertenece al lenguaje clásico de las teofanías bíblicas, pues Dios se revela a Moisés en la zarza ardiente, el Sinaí aparece envuelto en fuego cuando Dios habla a Israel, y los profetas emplean esta imagen para expresar purificación, santidad y presencia divina. En Pentecostés, el fuego indica una acción santificadora que toca a los discípulos y los dispone para el testimonio. La comunidad que había permanecido reunida en la espera recibe ahora una presencia que le purifica deñ temor, fortalece su corazón y les da soltura para proclamar la Palabra.

El detalle de las lenguas como de fuego es especialmente significativo, porque une el signo de la presencia divina con la misión de la palabra. La Iglesia será enviada a proclamar las grandezas de Dios, y por eso el fuego aparece bajo forma de lengua. La palabra de los apóstoles nace de una presencia interior; la predicación cristiana tiene su raíz en el Espíritu que comunica la verdad de Cristo y mueve a confesarla con valentía. El fuego arde e ilumina, recordándonos el ardor de la caridad y la luz de la fe, a la vez convierte la lengua humana en instrumento de alabanza, testimonio y evangelización.

Las lenguas se reparten y se posan sobre cada uno, y este detalle muestra una acción común y personal al mismo tiempo. El mismo Espíritu llena a toda la comunidad y alcanza a cada discípulo en particular, de manera que la Iglesia nace como comunión animada por una única presencia divina, mientras cada miembro queda implicado en la misión. Esta imagen permite comprender la relación entre unidad y diversidad en la vida eclesial: el Espíritu es uno, la fe es una y la misión es una, aunque los dones, los servicios y las voces sean múltiples. La variedad de carismas no dispersa la comunión cuando permanece ordenada al anuncio de Cristo y a la edificación del cuerpo eclesial.

El efecto inmediato aparece en el versículo siguiente: “Comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2, 4). La expresión “según el Espíritu les concedía” indica que la palabra nace de una moción divina y que los discípulos hablan porque el Espíritu les da capacidad para hacerlo. La iniciativa del anuncio pertenece a Dios, aunque se realiza por medio de labios humanos, de modo que la Iglesia será verdaderamente misionera cuando su palabra proceda de la escucha, de la obediencia y de la comunión con el Espíritu Santo.

Desde el punto de vista exegético, el don de lenguas ha sido objeto de una larga discusión. Algunos autores lo interpretan como un milagro lingüístico, en el cual los discípulos hablaron lenguas humanas reales; otros lo relacionan con una forma de oración inspirada, semejante al fenómeno que san Pablo describe en la carta a los Corintios. El texto de Hechos subraya un dato fundamental: los oyentes reconocen en sus propias lenguas la proclamación de las grandezas de Dios. El interés teológico de Lucas se concentra en la acción del Espíritu, que hace comprensible el anuncio y abre la palabra de la Iglesia a muchos pueblos.

La multitud se reúne al oír lo sucedido, y la variedad de reacciones ayuda a comprender la profundidad del acontecimiento. Algunos quedan desconcertados y llenos de admiración, preguntándose cómo es posible que aquellos galileos hablen lenguas comprensibles para personas venidas de regiones tan diversas; otros reaccionan con burla y atribuyen el fenómeno al vino. Esta diferencia muestra que el signo de Dios pide una lectura espiritual. La acción divina despierta asombro en quienes se abren al misterio, mientras puede quedar oscurecida para quienes permanecen en una mirada superficial. La pregunta sincera prepara el discurso de Pedro, que en los versículos siguientes interpretará Pentecostés a la luz del profeta Joel y del señorío de Cristo resucitado.

El relato presenta, de esta manera, una pedagogía teológica muy clara. Dios reúne a la comunidad, comunica el Espíritu, manifiesta su presencia mediante signos, concede una palabra nueva y suscita una pregunta en quienes escuchan. La predicación apostólica nace en ese contexto, porque Pedro no hablará como un simple maestro religioso, sino como testigo que interpreta la Escritura desde el acontecimiento pascual y desde la efusión del Espíritu. Pentecostés inaugura una forma cristiana de leer la historia: los acontecimientos alcanzan su sentido más profundo cuando son iluminados por la Palabra de Dios y por la acción del Espíritu Santo.

La universalidad del Evangelio y su aplicación actual

Después de describir la venida del Espíritu, Lucas presenta a los oyentes: “Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo” (Hch 2, 5). Esta expresión tiene un alcance universal y prepara la lista de pueblos que aparecerá inmediatamente después. Jerusalén se presenta como punto de reunión de hombres procedentes de muchas regiones: partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia cercana a Cirene, Roma, Creta y Arabia. El mundo conocido queda simbólicamente representado en torno al acontecimiento del Espíritu.

Esta enumeración no funciona únicamente como información geográfica, sino que cumple una función teológica dentro del libro de los Hechos. La misión anunciada en Hch 1, 8 comienza a tomar forma, ya que el Evangelio, proclamado en Jerusalén, está destinado a extenderse por Judea, Samaría y hasta los confines de la tierra. La presencia de tantos pueblos anticipa el desarrollo posterior de la misión cristiana y muestra que Pentecostés contiene en germen la catolicidad de la Iglesia. Desde su manifestación pública, la comunidad cristiana aparece orientada hacia todos los pueblos, porque la salvación realizada por Cristo tiene alcance universal.

El signo de las lenguas expresa de manera concreta esta universalidad. Cada uno escucha en su propia lengua las grandezas de Dios. El contenido anunciado es el mismo, pues se proclama la acción admirable de Dios; la recepción acontece en la lengua concreta de cada oyente. Recordamos así que la fe cristiana posee una verdad universal y, al mismo tiempo, puede ser anunciada en lenguajes humanos diversos. La unidad del Evangelio no empobrece la diversidad cultural, porque el Espíritu Santo permite que la Palabra sea escuchada dentro de la historia concreta de cada pueblo.

Aquí se puede percibir una resonancia del relato de Babel (Gn 11). En aquella escena, la multiplicación de lenguas queda asociada a la dispersión y a la fractura de la comunicación humana; en Pentecostés, las lenguas diversas se convierten en medio de alabanza, comprensión y comunión. La humanidad herida por el pecado recibe ahora, en la acción del Espíritu, un principio nuevo de encuentro. La diversidad lingüística, asumida por la gracia, se transforma en espacio para proclamar las grandezas de Dios. La Iglesia nace con capacidad de dirigirse a muchos pueblos, culturas y sensibilidades, porque su palabra procede del Espíritu que reúne sin anular la riqueza de las historias humanas.

Esta dimensión tiene enorme importancia para la Iglesia actual. El mundo contemporáneo también está lleno de lenguas, aunque muchas de ellas no sean únicamente idiomas en sentido estricto. Existen lenguajes culturales, digitales, generacionales, afectivos, académicos, populares y simbólicos; las personas reciben información de maneras muy diversas, forman su sensibilidad a través de imágenes, relatos breves, redes sociales, música, experiencias comunitarias y búsquedas personales. Pentecostés ofrece una clave para la evangelización de este tiempo: el Evangelio debe ser anunciado de modo fiel, profundo y comprensible, de manera que cada persona pueda escuchar las grandezas de Dios en el interior de su propia situación vital.

La cultura digital representa uno de los grandes escenarios actuales, consideremos como las redes sociales modelan percepciones, deseos, miedos y expectativas, mientras la inteligencia artificial introduce nuevas preguntas sobre el conocimiento de la verdad, la creatividad, el discernimiento, la educación y la dignidad humana. Estos espacios requieren una presencia cristiana madura, capaz de unir prudencia, profundidad y sentido misionero. La Iglesia puede servirse de los medios actuales para anunciar, formar y acompañar, siempre que esos instrumentos conduzcan hacia una vida real de fe, oración, sacramentos, comunidad y caridad. El lenguaje digital necesita ser evangelizado desde dentro por una palabra que no se reduzca a impacto inmediato, sino que abra camino hacia la verdad de Cristo y hacia una vida transformada por la gracia, sin embargo no podemos dejar de lado el contacto persona a persona, el peligro de las redes dicen algunos es vivir de simulaciones de la realidad y por ello caer en la falta de sentido que genera insatisfacción a la larga, la evangelización también debe conducirnos al encuentro que se da en el marco de las relaciones auténticas entre personas que se encuentran físicamente.

Las nuevas generaciones presentan también un reto pastoral importante. Muchos jóvenes han crecido con poca o nula formación religiosa, alta exposición a estímulos digitales y una fuerte búsqueda de autenticidad, nuestro país en grandes mayorías conoce un Cristo cultural o de videos de tiktok, no podemos asegurar que han conocido realmente el mensaje del Evangelio transmitido por unos padres que han vivido una vida cristiana y una experiencia de Iglesia, la secularización cada vez más deja sentir su peso. Sin embargo hay un horizonte de apertura porque también el lenguaje está marcado por imágenes, experiencias, relatos personales, sensibilidad ante el sufrimiento, deseo de pertenencia y necesidad de sentido. El texto de Pentecostés invita a hablarles de Cristo con una palabra inteligible, exigente y esperanzadora, capaz de mostrar que la fe ilumina la inteligencia, ordena los afectos, fortalece la libertad y abre un camino de santidad. La evangelización de los jóvenes exige testigos creíbles, comunidades acogedoras y un anuncio que una belleza, verdad y acompañamiento.

Las dinámicas de movilidad social y migratoria amplían todavía más este horizonte. En muchas comunidades parroquiales conviven personas de procedencias distintas, historias familiares complejas y niveles muy diversos de formación cristiana. Pentecostés recuerda que la Iglesia está llamada a ser casa de comunión, lugar donde cada persona pueda escuchar las grandezas de Dios con un lenguaje que toque su vida concreta. La catequesis, la predicación, la liturgia, la pastoral familiar, la pastoral juvenil y la acción caritativa participan de esta misma tarea, porque todas ellas buscan que el Evangelio sea recibido, comprendido, celebrado y vivido.

Esta aplicación actual exige discernimiento espiritual. La tradición ignaciana, por ejemplo, ofrece criterios valiosos para reconocer la acción del buen espíritu: aquello que conduce hacia la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la paz profunda, la comunión eclesial y el deseo de servir puede ser reconocido como una moción conforme al Espíritu de Dios. En el ámbito pastoral, una inspiración muestra su fecundidad cuando fortalece la fidelidad a Cristo, promueve la santidad, edifica la comunidad y aumenta el celo por la salvación de las almas. La creatividad misionera necesita esta purificación interior para mantenerse unida al Evangelio y para evitar que los medios ocupen el lugar del fin.

Pentecostés enseña también la relación profunda entre Palabra y vida interior. La comunidad habla después de haber recibido el Espíritu, y por eso la misión nace de la oración. La Iglesia necesita aprender nuevos lenguajes, estudiar los signos de los tiempos y servirse de medios actuales, aunque su fecundidad brota siempre de la comunión con Dios. El fuego de Pentecostés se recibe en el cenáculo de la oración, nuestro discurso tiene peso cuando procede de una vida tocada por el Espíritu Santo. Cada comunidad cristiana y todo cristiano en particular necesita volver a esta fuente para responder a su propio tiempo.

Conclusión

Volver espiritualmente a Pentecostés significa reconocer que la misión nace de Dios y que la Iglesia sólo puede anunciar con fecundidad cuando se deja llenar por el Espíritu Santo. El mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles sigue purificando la palabra de la Iglesia, fortaleciendo su corazón y abriéndole caminos para proclamar las grandezas de Dios en medio de la historia presente.

4. Edificación espiritual (Actuar)

¿Qué idea de la catequesis te ayudó más a comprender Pentecostés?

¿Dónde sientes que el Espíritu Santo está llamando hoy a nuestra comunidad a crecer?

¿Qué “lenguaje” necesitamos aprender para anunciar mejor el Evangelio a las personas de nuestro entorno?

¿Qué cambio concreto puedo hacer para dejarme guiar más por el Espíritu Santo?