Cantar de los Cantares, Tobías y el Amor Responsable
Llegamos al penúltimo artículo de esta serie. San Juan Pablo II corona sus reflexiones sobre el matrimonio con tres momentos culminantes: la contemplación del amor esponsal en el Cantar de los Cantares y en el libro de Tobías, y la aplicación de toda la Teología del Cuerpo a la doctrina de la Humanae Vitae. Los tres momentos revelan el mismo misterio desde ángulos distintos: el amor humano, vivido en la verdad del cuerpo, es capaz de transparentar el amor de Dios.
El Cantar de los Cantares: el lenguaje del amor humano
El Cantar de los Cantares es uno de los libros más singulares de toda la Biblia. En él, dos personas que se aman se hablan con un lenguaje encendido, lleno de metáforas, de asombro ante la belleza del otro, de búsqueda y nostalgia. La tradición patrística y medieval interpretó este libro como alegoría del amor de Dios por el alma o de Cristo por la Iglesia. San Juan Pablo II lee el Cantar como un canto del amor humano y desde ahí descubre en la alianza nupcial un signo del amor divino.
El esposo del Cantar contempla a su amada y exclama: «Toda eres hermosa, amada mía, y no hay en ti defecto» (Cant 4,7). La llama «hermana y novia», dos apelativos que en conjunto revelan algo decisivo. El término «amada» señala lo que siempre es esencial: la persona del otro colocada al centro del amor. El término «hermana» dice algo más: habla de la unión en la humanidad compartida, de esa cercanía que no depende solo de la atracción sino del reconocimiento de que el otro es un ser como yo, con su misterio propio, con su interioridad irreductible.
Hay una metáfora que San Juan Pablo II subraya con especial atención: el esposo llama a su amada «jardín cerrado, fuente sellada» (Cant 4,12). Esas imágenes expresan la inviolabilidad interior de la persona. La amada es dueña de su misterio. El amor auténtico no se apodera; contempla, admira y espera la entrega libre. La libertad del don es respuesta a ese reconocimiento. Cuando la esposa dice «yo soy de mi amado», es una declaración de libre entrega, no una rendición.
«El lenguaje del cuerpo, releído en la verdad, va junto con el descubrimiento de la inviolabilidad interior de la persona. Al mismo tiempo, este descubrimiento expresa la auténtica profundidad de la recíproca pertenencia de los esposos conscientes de pertenecer el uno al otro.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 30 de mayo de 1984)
Pero el eros del Cantar tiene también una insaciabilidad que lo trasciende. Los esposos se buscan, se encuentran, y al encontrarse siguen buscando. El amor que nace entre ellos es «fuerte como la muerte» (Cant 8,6), pero sigue siendo inquieto, abierto, en camino hacia algo que excede el momento presente. San Juan Pablo II ve en esa inquietud del eros humano la apertura hacia el ágape: el amor que no cede, que todo lo soporta, que jamás decae, del que habla San Pablo en 1 Corintios 13. El eros pide ser completado; el ágape lo eleva y lo purifica.
El libro de Tobías: el amor que ora
El libro de Tobías ofrece una perspectiva complementaria, distinta en tono pero profundamente unida al Cantar en su significado. Tobías ama a Sara y «su corazón se le apegó a ella» (Tob 6,19). Ese amor no vive en un mundo idílico: tiene que enfrentar la prueba de la vida y de la muerte. Los siete esposos anteriores de Sara habían muerto antes de unirse a ella por obra de un espíritu maligno. Tobías debe decidir si ama de verdad o si huye.
Aquí el amor muestra su otra cara. El Cantar habla el lenguaje del transporte amoroso, de la fascinación, del asombro ante la belleza. El libro de Tobías habla el lenguaje de las elecciones y los actos que brotan de un amor capaz de afrontar la prueba. Y esa prueba la atraviesan los esposos con una estrategia clara: la oración.
La oración de Tobías y Sara en su primera noche nupcial es uno de los textos más hermosos del Antiguo Testamento. Antes de consumar su matrimonio, se arrodillan juntos y oran: «Señor, tú sabes que no tomo a esta mujer por lujuria, sino con intención sincera. Ten misericordia de mí y de ella, y concédenos llegar a la vejez juntos» (Tob 8,7-8). En ese gesto, el lenguaje del cuerpo se convierte en lenguaje litúrgico. Los esposos son conscientes de que en su pacto conyugal se realiza algo que viene de Dios y regresa a Dios.
«La oración de Tobías coloca el lenguaje del cuerpo en el terreno de los términos esenciales de la teología del cuerpo. Los esposos profesan esta verdad juntos, al unísono, ante el Dios de la Alianza. El lenguaje del cuerpo se convierte así en el lenguaje de los ministros del sacramento.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 27 de junio de 1984)
El Cantar y Tobías se complementan. Uno habla el lenguaje de la atracción, la belleza y la emoción; el otro habla el lenguaje de la perseverancia, la fe y la oración. La vida conyugal real necesita los dos. El matrimonio vivido en la verdad es, al mismo tiempo, experiencia de la fascinación del otro y camino conjunto hacia Dios.
El acto conyugal como renovación del lenguaje del cuerpo
Toda la reflexión sobre el lenguaje del cuerpo, el profetismo del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio converge en un punto concreto: el acto conyugal. San Juan Pablo II dedica una atención detenida a este punto porque en él se expresa o se traiciona todo lo que el matrimonio es.
Las palabras del consentimiento matrimonial —«te quiero a ti como esposa, como esposo, y prometo serte fiel todos los días de mi vida»— son el signo sacramental inicial. Pero ese signo se renueva y se completa en la unión conyugal. Cada vez que los esposos se unen como «una sola carne», están re-hablando con el lenguaje de sus cuerpos lo que prometieron con las palabras. El acto conyugal es la renovación vivida del voto matrimonial.
Esto implica que el cuerpo puede decir la verdad o puede decir una mentira. Si los esposos se entregan mutuamente de manera total y abierta, el lenguaje del cuerpo confirma lo que prometieron. Si se retiene algo, si se cierra artificialmente alguna dimensión de esa entrega, el cuerpo dice una cosa y la voluntad dice otra: y esa contradicción constituye una falsificación del lenguaje del amor.
La Humanae Vitae como coronamiento
Aquí entra la Humanae Vitae de Pablo VI (1968). Toda la Teología del Cuerpo fue, en el fondo, una larga preparación para comprender desde dentro la doctrina de esa encíclica, muchas veces mal entendida o simplemente rechazada como norma externa impuesta sin razón suficiente.
La Humanae Vitae enseña que «cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» y que existe una «inseparable conexión que Dios ha querido entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV 12). La Teología del Cuerpo muestra que esta norma brota de la lectura en la verdad del lenguaje del cuerpo.
El acto conyugal tiene, por su estructura íntima, dos significados que se codeterminan mutuamente: une a los esposos y los abre a la vida. Ambos significados expresan la misma realidad: que el cuerpo es lenguaje de la persona, que el amor conyugal es don total, que en ese don está inscrita la imagen del amor de Dios que es a la vez unitivo y fecundo. Separar artificialmente esos dos significados —querer la unión pero rechazar la apertura a la vida— es introducir una contradicción en el lenguaje del cuerpo. Es decir «me entrego a ti» con el gesto pero retener algo de ese don con la acción.
«En el acto conyugal no es lícito separar artificialmente el significado unitivo del significado procreador, porque uno y otro pertenecen a la verdad íntima del acto conyugal: uno se realiza juntamente con el otro y, en cierto sentido, el uno a través del otro.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 22 de agosto de 1984)
La diferencia entre la anticoncepción y la regulación natural
La Humanae Vitae distingue rigurosamente entre la regulación natural de la fertilidad y la anticoncepción artificial. La primera busca espaciar el tiempo entre los hijos, la segunda los rechaza.
La regulación natural respeta los ritmos del cuerpo; aprovecha los períodos infecundos, que son parte de la estructura de la feminidad. En ella, los esposos utilizan una disposición natural. La anticoncepción artificial interviene en el proceso natural para impedirlo; los esposos actúan contra la propia estructura del acto conyugal.
La diferencia no es solo técnica. Es una diferencia de actitud ante el cuerpo, ante la fecundidad y ante Dios. En la regulación natural, los esposos reconocen que la vida es un don que viene de Dios y que ellos cooperan en su transmisión. En la anticoncepción, los esposos asumen el control total de la fecundidad, como si el cuerpo fuera solo un instrumento a disposición de sus decisiones.
La castidad conyugal —que incluye la continencia periódica cuando hay razones serias para evitar un embarazo— lejos de empobrecer el amor conyugal, lo purifica y lo eleva. El dominio de sí que requiere la regulación natural es precisamente esa libertad del don de la que hablamos desde el principio: la capacidad de hacerse dueño de sí mismo para poder entregarse al otro con más profundidad y más verdad.
El matrimonio como liturgia cotidiana
La vida conyugal vivida en la verdad del lenguaje del cuerpo —con su ternura y su pasión, con su oración y su sacrificio, con su apertura a la vida y su fidelidad— se convierte en lo que San Juan Pablo II llama liturgia. El lenguaje litúrgico —el que se habló en el día de la boda ante el altar— se hace lenguaje del cuerpo en lo cotidiano. Los gestos de amor, la fidelidad sostenida en el tiempo, la recepción gozosa de los hijos que Dios envía, la continencia aceptada por amor: todo ello es la expresión diaria del mismo misterio que se celebró en el sacramento.
«La vida conyugal viene a ser, en algún sentido, liturgia.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 4 de julio de 1984)
Y en esa liturgia cotidiana, cada matrimonio cristiano fiel es un signo para el mundo de que el amor de Dios es real, de que el eros puede ser transfigurado por el ágape, de que el cuerpo no es un obstáculo para el espíritu sino su expresión más honda y más bella.
Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.