No hay peor sordo que el no quiere oír

Viernes – V semana de cuaresma

Jer 20, 10-13; Sal 17; +Jn 10, 31-42

Los sufrimientos de los profetas así como sus alegrías que nos han sido transmitidos en las Sagradas Escrituras, nos anuncian muchas veces los sentimientos del Corazón Cristo, y no sólo eso, sino que su vida, es toda ella una preparación para poder descubrir a aquel Mesías salvador que habría de venir.

Hoy nos encontramos ante un texto de Jeremías en el cual vemos manifestada su profunda confianza en el Señor no obstante todas las dificultades y persecuciones que vivió. El texto se encuentra en lo que se conoce como La quinta confesión del profeta, en ella, deja entrever su gran sufrimiento en el cumplimiento de la misión que le había sido confiada, sea por las palabras duras que tenía que anunciar, o sea por la dureza del corazón de los hombres que se negaban a creer, y que aparte de eso le maltrataban, recordemos que hasta le arrojaron en un pozo.

Pero el profeta confiesa como el amor del Señor es mucho más grande, dice al inicio «Me sedujiste Señor y me dejé seducir». La Palabra que se le encomendaba anunciar era más fuerte que él, y de esa experiencia del amor, brota la profunda confianza con la que eleva la súplica a Dios que encontramos en el texto de hoy.

Esa dureza de corazón, es la misma que encontró Jesús en muchos de sus oyentes que le condenaban, que incluso buscaban apedrearle, el Buen Pastor, no se cansa de salir aL encuentro de sus ovejas perdidas para darles el pasto de su palabra, para abrirles al conocimiento de la Verdad y a la experiencia profunda de su amor misericordioso a través de los signos que cumplía con sus milagros, sin embargo es frecuentemente rechazado.

Es similar a lo que pasa a lo largo de la historia, los que se rehúsan a creer porque no quieren asumir un cambio de corazón, buscarán mil razones para cuestionar todo lo que se les enseña.

Sin embargo al final del Evangelio vemos también un pequeño resto, que cree en Él. Se trata de aquellos que habían escuchado la predicación de san Juan Bautista y que creyendo lo que él les decía no opusieron resistencia a la gracia de Dios y supieron descubrir en Jesús lo que el profeta había anunciado, y pudieron acoger el don de la fe en Cristo.

Al que no pone obstáculos y se abre a la acción de la gracia, no le hacen falta miles de argumentos para creer, al que se vacía de sí mismo y se hace un pobre en espíritu, le es concedido el tesoro del Reino.

Y de las oposiciones que encuentra en el camino, saca fruto, porque su fe se fortalece. Los cuestionamientos simplemente les motivan a profundizar en su fe, no a ponerla en duda. Puesto que saben que el fundamento de la fe está puesto en la autoridad de Dios que revela y que se nos ha revelado en Jesucristo, que Él no engaña ni puede engañarnos pues es la Verdad misma.

A una persona se le conoce no sólo por lo que se escribe de ella, sino sobre todo en el trato asiduo con ella. De ello podemos deducir que al conocimiento doctrinal de la fe debe estar siempre acompañado del conocimiento experiencial del Dios vivo y verdadero a través de la oración.

Roguemos al Señor que nos conceda la gracia de tener un corazón dócil y un oído atento a su palabra para que nuestra fe crezca por la fuerza de su Amor.

Nota: Mosaico del profeta Jeremías en Ravenna