Su misericordia nos transforma

En estos días atrás hemos venido observando como el autor de la carta a los hebreos ha ido desmenuzando el salmo 95, para invitarnos a abrirnos a la novedad del Evangelio de Cristo, nos ha llamado a ser dóciles de corazón, para entrar en una vida que está animada por el amor del Señor, nos ha recordado la alegre esperanza de aquello que hacen la voluntad de Dios, pues nos invitaba a entrar en el descanso del Señor, descanso que es sinónimo de la tierra prometida, del paraíso, de la plena comunión con nuestro Dios Uno y Trino en el amor.

Ahora nos propone meditar sobre el eco que la Escritura produce en nuestro interior, pues la Palabra que ella contiene, es palabra de Dios, que llega hasta lo más profundo de nuestro ser, ilumina y disipa toda tiniebla y nos hace enardecernos con el fuego del Espíritu moviéndonos a la caridad.

Toda palabra de Dios, conmueve el corazón del hombre, le revela su interior, por eso no hemos de temer el encuentro con ella, es el mismo Dios que nos muestra que llevamos dentro y que quiere purificarlo y elevarlo hasta configurarnos con el Corazón de Cristo.

Este nuestro sumo y eterno sacerdote que nos ha puesto en paz con el Padre, intercede por nosotros, nos ha abierto la posibilidad de salir de la miseria del pecado para entrar en la misericordia de Dios, es Él que inmolado en la cruz, ha expiado nuestras culpas y nos ha permitido nuevamente el acceso al paraíso, y siendo uno de nosotros nos da nuevas esperanzas en los momentos de tribulación porque el ha padecido como nosotros, por eso decimos se ha compadecido.

«Los que habían creído sufrían por aquel entonces una gran tempestad de tentaciones; por eso el Apóstol los consuela, enseñando que nuestro Sumo Pontífice no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará su sentencia teniendo en cuenta esa debilidad»

Teodoreto de Ciro, Interpretatio ad Hebraeos, ad loc.

Esta gran misericordia del Señor es la que mueve a los pecadores a volcarse hacia Jesús, pues se descubren amado por Él. El Evangelio nos habla como el Divino Maestro no ha tenido reparo en comer con aquellos que eran marginados por aquellos que se tenían por “buenos” pero tampoco es cómplice del pecado de aquellos que erraban.

La afirmación de Jesús hay que comprenderla en toda su profundidad, al decir que los justos no necesitan médico, no quiere decir que excluye de su salvación a aquellos que le señalan peyorativamente por comer con los pecadores, sino antes bien, como buen médico les descubre su enfermedad, porque detrás de su afirmación, se esconde la denuncia del orgullo de aquellos que se complacen en “el bien” que hacen, estos se muestran ya satisfechos, es como sí se hubiesen construido su propia salvación, despreciando la misericordia del que ha venido por ellos.

Por otro lado al llamarse médico, reconoce que los pecadores, están como enfermos, necesitan ser sanado, y se presenta como la solución para su enfermedad. Jesucristo nunca dice que hay que vivir pecando, nunca afirma que el pecador actúa bien, sino que entrando en la humildad hemos de vivir como personas que se saben necesitadas de la misericordia de Dios.

«No he venido para que sigan siendo pecadores, sino para que se conviertan y lleguen a ser mejores»

Juan Crisóstomo, In Matthaeum 30,3

Roguemos al Señor la gracia de tener un corazón dócil y dispuesto a recibir su gracia, que siempre nos sepamos necesitados de su misericordia, para que su amor que se derramando en la sangre del Crucificado pueda lavar nuestros pecados y donarnos la auténtica vida de los hijos de Dios.

IMG: «Vocación de san Mateo» de Vittore Carpaccio