Ya viene el día del Señor…

XXXIII Domingo – Tiempo Ordinario- Ciclo C

Mal 3, 19-20; Sal 97; 2 Tes 3, 7-12; +Lc 21, 5-19


 

Se acerca la hora de su liberación…

Preciosas palabras que nos anuncian no sólo la Buena Nueva de la salvación, sino que nos hace recordar la promesa del Señor, el triunfo pleno de las fuerzas del bien sobre las fuerzas del mal, la victoria de Cristo que llegará a su plenitud liberando al hombre del pecado y sus consecuencias.

Ciertamente sabemos que llegado el final del año litúrgico (estamos a un par de semanas) la Iglesia nos empieza a recordar aquellas realidades futuras que se nos han anunciado desde tiempos antiguos, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos perfilan una escatología, un final de los tiempos llenos de situaciones extraordinarias, que se insinúan a través de un lenguaje apocalíptico, a través de unas imágenes se nos revela el misterio.

Jesús hace una serie de advertencias a sus discípulos sobre estos tiempos, la Iglesia por ello habla que habrá de pasar una purificación última.

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19  – 20) desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo – mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2Ts 2, 4-12 1Ts 5, 2-3 2Jn 7; 1Jn 2, 18. 22). (CEC 675)

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1  – 9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7  – 10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2  – 4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2P 3, 12  – 13). (CEC 677)

La Iglesia siempre nos ha advertido a tener cuidado con aquellas iniciativas que se presentan como una solución para la historia, que buscan construir un paraíso aquí en la tierra, como si dependiera de la fuerza y capacidad estratégica de la humanidad. Pues en el fondo lo que esconde es una negación de Dios, negación de la necesidad que tenemos de Él para salvarnos, negación del poder redentor de Cristo. Esto no significa un asumir actitudes desesperanzadas y derrotistas, del que dice ¿entonces para que hacer el bien si no podré resolver nada? Esta sería una actitud errada, puesto que el bien que hacemos es una antesala de la victoria definitiva, en palabras sencillas “no me comporto bien para que me salven, me comporto bien porque he sido salvado” “no amo para que Dios me ame, amo porque Dios me amó primero”

La vida moral del cristiano es una búsqueda de difundir el bien que Dios ha versado sobre él de modo que todo el mundo pueda participar de los bienes eternos, la profundización en la verdad de Dios y de lo que nos ha dicho y revelado es consecuencia del amor, porque entre más uno ama más busca conocer al amado para amarle más, para complacerle más, para ser más grato a sus ojos.

En medio del combate espiritual que enfretamos día a día nosotros también vamos formando parte de la victoria de Cristo, ese combate es un cooperar a la acción de la gracia de Dios en nosotros, es nuestro profesar la fe en Cristo.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1Tm 1, 18  – 19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9, 24; Lc 17, 5; Lc 22, 32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5, 6; cf. St 2, 14  – 26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15, 13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia (CEC 162)

 

Que al profundizar en este día la contemplación del día final, el Señor haga enardecer nuestro corazones en su amor, para que movidos por la fe y la esperanza en la victoria futura podamos comprometernos a vivir cada vez más fieles a su voluntad. Amén.