Por la Cruz hacia el Cielo

II Domingo de Cuaresma – Ciclo A

  • Gn 12, 1-4a. Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
  • Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
  • 2Tm 1, 8b-10. Dios nos llama y nos ilumina.
  • Mt 17, 1-9. Su rostro resplandecía como el sol.

En este itinerario cuaresmal que venimos recorriendo, en este hoy que el Señor nos conceder vivir con el santo Sacrificio de la Misa, dispongámonos queridos hermanos a contemplar la gloria de Dios manifestada en el misterio de la Transfiguración del Señor.

La fe de la Iglesia nos enseña que:

“La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un “monte alto” prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: “la esperanza de la gloria” (Col 1, 27) (cf. S. León Magno, serm. 51, 3).”

Catecismo de la Iglesia Católica n. 568

Ciertamente los apóstoles y los demás discípulos de Cristo al contemplar las palabras llenas de autoridad y vida del Divino Maestro, al ser testigos presenciales de la victoria de Cristo sobre las fuerzas del demonio, al llenarse de alegría al ver como las enfermedades que aquejaban a los hombres retroceden ante la acción del Señor, no alcanzan a comprender las palabras que el Hijo de Dios les anunciaría acerca de la pasión, les resultaba chocante pensar que el Reino de Dios tuviera que llegar a través de los sufrimientos del Salvador de los hombres.

Y es comprensible, también a nosotros hoy muchas veces nos estremece el sólo hecho de pensar en el sufrimiento, y es un instinto natural el rechazar todo aquello que nos provoca dolor, sin embargo ese instinto natural ha de ser purificado por el instinto sobrenatural al que nos abre el Espíritu Santo y que nos impulsa a la negación de nuestro propio yo, para encontrar el verdadero yo que Dios pensó para nosotros, que nos impulsa a la mortificación de nuestros cuerpos no tanto como quien castiga al enemigo que nos es obstáculo sino más bien como quien libera de cadenas innecesarias a su mejor aliado en el camino hacia al cielo, que nos impulsa a la acogida benevolente del hermano en quien se descubre el rostro de Cristo, más allá de si nos es simpatico o antipatico, familiar, amigo o desconocido, anciano, joven o adulto etc.

En la Transfiguración “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria”, es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre” (Catecismo de la Iglesia Católica n.555)

La gloria de la Santísima Trinidad se hace presente para testimoniar este misterio “Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa” (Santo Tomás, s. th. 3, 45, 4, ad 2):

Y queridos hermanos, si nosotros hemos recibido la gracia de ser cristianos, si queremos vivir a la altura de ese nombre, si queremos entrar en la voluntad del Padre, contemplar y gozar de la Gloria misma del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, también nosotros, en la fe, hemos de abandonarnos completamente en las manos del Dios y eso implicará muchas veces padecer con Cristo  sabiendo que “Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia”. (San Juan Pablo II)

La nueva alianza fue sellada por la Muerte de Cristo en la Cruz aquel primer viernes santo en el Calvario, y esa alianza se continúa a manifestar cada vez que nosotros nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestras Cruz de cada día y seguimos a Cristo. Por ello los santos nos advertían a no dejarnos llevar por evangelios edulcorados, evangelios de la prosperidad material, evangelios de fuegos artificiales que iluminan un ratito la noche con colores y formas bonitas pero que desaparecen velozmente, que traicionan el verdadero mensaje de Cristo, por ej. san Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia, llegará a afirmar con tanta seguridad en una carta:

“Si en algún tiempo, hermano mío, le persuadiere alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no le crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros, sino penitencia y más penitencia y desasimiento de todas las cosas Y, jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz”

Ahora bien, esto no significa que vivimos una espiritualidad apocada, de tortura y de mero dolor, porque en todo padecimiento recordamos que la Cruz la asumimos con la esperanza del cielo y de la resurrección futura. Dios es fiel a sus promesas, de alguna manera contemplar en la primera lectura al patriarca Abraham nos lleva a recordar esto, nos abandonamos en sus manos creyendo por la fe en su palabra y con la esperanza anhelante de aquel Domingo sin ocaso en el que gozaremos por siempre de la vida eterna en la presencia de Dios.

Constantemente deberíamos recordar el canto del salmista del salmo “La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales… Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia… Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32)

El cielo, la resurrección, la transfiguración, la contemplación de Dios cara a cara, no son cuestiones abstractas que nos sirven para llenarnos de un optimismo meramente humano, son realidades a las que viajamos como peregrinos que anhelan la pascua eterna, y que encienden en nosotros ese don precioso de la esperanza cristiana. Por ello, por el cielo, por gozar de la comunión plena con Dios, por todo lo que eso implica, es que nosotros buscamos vivir con coherencia nuestra fe en una actitud permanente de conversión, buscamos vivir como decía san Pablo tomando parte “en los duros trabajos del Evangelio” buscando “llevar una vida santa”. La gloria de Dios por tanto es la mejor razón que tenemos para vivir en plenitud nuestro cristianismo.

Que en este domingo al contemplar a Cristo transfigurado también se encienda nuevamente nuestra esperanza, para que mientras atravesamos el buen combate de la fe, por su gracia, podamos salir un día triunfante a su encuentro en la gloria de los santos.

IMG: «Transfiguración del Señor» de Rafaello