Amados para amar

Viernes – III semana de cuaresma

  • Os 14, 2-10. No llamaremos ya «nuestro Dios» a la obra de nuestras manos.
  • Sal 80. Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz.
  • Mc 12, 28b-34. El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás.

En su infinita misericordia el Señor nunca deja de invitar a los hombres a vivir su vocación a la vida en el amor, aún y cuando muchas veces se aleja de Él.

Dios Padre, perdona siempre, perdona todo y perdona a todos sin embargo, a su Divino Amor es necesario corresponder con un corazón humilde, dócil a su voluntad y que confía en su Palabra.

Dios no sólo nos perdona sino que incluso nos justifica, es el gran misterio detrás de las palabras de Jesús cuando fue crucificado “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”, Él no se limito solamente a suplicar la absolución de la culpa, sino que incluso excuso a sus verdugos, en quienes estábamos representados todos nosotros.

De este modo el Corazón amoroso de Cristo nos muestra que no ha venido sólo a perdonar una deuda, sino que también quiere abrir los torrentes de la gracia divina que purifiquen y sanen la herida que el hombre lleva en su propio corazón.

Dios ciertamente nos ama, y nos ama aún y cuando nos ha encontrado en el pecado, pero por ese mismo amor, no quiere que nos quedemos ahí y busca levantarnos de nuestra caída, si ya eso es increíblemente generoso, Él va más allá, busca por diferentes medios elevarnos a las alturas de la perfección en el amor. Dios da su gracia pero hace falta que nosotros nos dispongamos a recibirla y aprovecharla.

“El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?”

San Bernardo, In Cantica Canticorum 83, 5

A tan alto grado llega la bondad divina que su santísima voluntad nos ha sido consignada en dos mandamientos preciosos, tal y como lo dice Jesús en el santo Evangelio de este día, Amar a Dios por sobre todas las cosas y Amar al prójimo como a sí mismo por amor a Dios.

Es la fuerza del amor la que transforma la vida del hombre, es el amor el que nos diviniza porque Dios es amor. Alguno ha preguntado a momentos ¿pero es posible que se nos mande amar? ¿es posible que se nos obligue a amar? ¿es posible no tener opción? Pero es que cuando el hombre descubre de qué modo ha sido amado todas esas dudas se disipan porque, como diría santa Teresa «Amor saca amor».

En el momento en que el hombre descubre la miseria que es el pecado y lo poco que cuentan las cosas de este mundo cuando nos alejan de aquello que es verdaderamente importante.

Si el hombre contempla la realidad de la cosas a la luz de la fe que disipa las tinieblas del error y de las astucias del enemigo, es entonces cuando el hombre dice “Él me amó primero” “Él siempre ha estado ahí” “He mendigado tantos afectos, cuando el amor que tanto anhelaba siempre se me dio” etc. y al encontrar esta verdad descubre, que no puede seguir viviendo de cisternas agrietadas, cuando se le ha abierto la posibilidad de beber directamente de la fuente de la vida.

Esta fuente es inagotable, y entre más se comparte más crece, de ahí que el amor a Dios no se puede desligar del amor al prójimo, puesto que siguiendo un principio fundamental que dice “el bien se difunde por sí mismo”, aquel que se ha reconocido amado no podrá hacer otra cosa sino amar a su vez. Maravilla hermosa de nuestra fe, que crece cuando se comparte.

Por eso aún en medio de las dificultades más ásperas, en medio de las tormentas más fuertes, en medio de las incertidumbres más confusas, el hombre que ha hecho experiencia del amor de Dios no sucumbe, sino que vuelve una y otra vez al manantial donde no sólo encuentra refugio sino una nueva vida que brota del costado abierto de Cristo.

Que el Señor nos conceda la gracia en este día de hacer experiencia de ese amor que transforma cuando toca, para que entrando en la conversión abracemos la vida nueva en el amor que se difunde a todos nuestros hermanos. Así sea.

IMG: Pintura de Oseas, de Duccio di Buoninsegna