La promesa es para ustedes

Martes – octava de Pascua

• Hch 2, 36-41. Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús.
• Sal 32. La misericordia del Señor llena la tierra.
• Jn 20, 11-18. He visto al Señor y ha dicho esto.

La predicación de san Pedro el día de Pentecostés provocó una fuerte impresión en aquellos que le escucharon, él les recuerda unas palabras que hemos de tener siempre presente en nuestra mente y en nuestro corazón «la promesa es para ustedes»

Cristo resucitado es el cumplimiento de las promesas hechas desde antiguo y ahora es el tiempo de abrazarlas, abrazando a Jesús a través del bautismo y la conversión.

Para los cristianos la conversión no es algo que ocurrió una sola vez en la vida, si no que es una actitud permanente y renovada. Puede ser que hayan momentos en que somos más concientes del proceso, pero esos momentos han de ser experiencias fundantes que impulsen otros momentos.

Convertirse significa «volvernos de algo para dirigirnos hacia otra cosa» por ejemplo los primeros cristianos antes de entrar en la pila bautismal renunciaban a satanás mientras veían hacia el oeste y luego se giraban hacia el este para profesar su fe en Cristo.

Siempre hemos de continuar dirigiendo todo nuestro ser y nuestras acciones hacia Dios, poniéndolo todo en vistas hacia la eternidad, como dice un antiguo adagio latino «quid hoc ad aeternitatem?» que significa algo así como «¿de qué aprovecha esto para la vida eterna?» Eso nos recuerda que todo lo que hacemos lo hacemos para la gloria de Dios. Como decía san Ignacio de Loya «ad maiorem Dei gloriam»

Las promesas de Dios siguen vigente, encontramos tantas a lo largo de toda la Escritura, pero hay una que nos impulsa y que de hecho fundamenta una virtud que encuentra su punto de apoyo, por no decir su fundamento en Cristo resucitado, y esta es la promesa del cielo, Cristo resucitado nos habla ya de la plenitud de esa nueva vida que comenzó para nosotros el día del Bautismo pero que llegará a su culmen con la resurrección de nuestros cuerpo para la gloria. ¿Anhelamos todavía el cumplimiento de esa promesa?

Maria Magdalena por su parte nos muestra el poder del amor, al principio del capítulo veinte del evangelio de san Juan se ve como va al sepulcro y al no encontrar nada va y se lo comunica a los apóstoles, mientras corren ellos a ver la tumba vacía, ella también corre con ellos, puesto que luego la vemos sentada fuera del sepulcro.

Ella lloraba porque no encontraba a su Señor, pero ella se quedo ahí, con la esperanza de encontrarlo, y ese quedarse, fue el signo de su perseverancia.

«Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas»

San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 25,1-2.4-5

Roguemos al Señor que por la fe en Cristo resucitado, nuestro amor se fortalezca y perseveremos en las buenas obras que dan testimonio de su obrar en el mundo y todo ello para su mayor gloria

IMG: «Jesús se aparece a María Magdalena» de Alexander Andreyevich Ivanov.

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