Dios nos primerea en el amor

IV Domingo de Adviento – Ciclo B

2 Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16. El reino de David permanecerá para siempre en presencia del Señor
Sal 88. Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor
Rm 16, 25-27. Se ha revelado el misterio oculto durante siglos
Lc 1, 26-38. Concebirás y darás a luz un hijo

Nos encontramos en el último domingo de este tiempo de preparación hacia la Navidad, los profetas han venido invitándonos a disponer el corazón para acoger el don que Dios nos hace de Sí mismo en Cristo Jesús nacido en Belén. La Liturgia de la Palabra en este día sin embargo presenta otro matiz, busca que pongamos nuestra atención en la iniciativa divina del Señor. En el camino de la fe hemos de recordar que es Dios quien ha tenido la iniciativa de salir al encuentro de la humanidad. Desde esa óptica la profecía de Natán como la segunda carta de san Pablo nos recuerdan que el Niño nacido en Belén es el cumplimiento de las promesas hechas desde la antigüedad, es la manifestación del plan de Dios sobre todos los pueblos, es la revelación de Dios que nos primerea en el amor, un amor que es misericordia infinita que no se deja ganar en generosidad por aquellos que se abren a ella, el descendiente de David nos anuncia una misericordia que revela la eternidad del  reinado de amor que ha venido a instaurarse con Cristo Jesús, ya lo decía el Señor por medio del salmista: “Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos” Sal 88, 3

En esa óptica la Iglesia en el cuarto domingo de adviento nos invita a contemplar la figura de la santísima Virgen María, ella es la mujer que con su fiat, con su sí al anuncio del ángel, se dispone a ser la respuesta de la humanidad que acoge la llegada del Salvador. “La anunciación a María inaugura la plenitud de «los tiempos»(Ga 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará «corporalmente la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9)” (CEC484)

La Encarnación del Hijo de Dios es misterio sublime que Dios había previsto para la salvación de la humanidad, en él se encierra una serie de enseñanzas que no hemos de obviar, ciertamente es un hecho milagroso que una muchacha virgen, sin concurso de varón conciba en su vientre, pero ¿qué más se esconde detrás de este suceso?

«La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48  – 49).»  (CEC 503) No hemos sido nosotros los que hemos descubierto y amado a Dios por primero, no fue idea grandiosa de ningún sabio, la maravilla del cristianismo, es que Dios se nos ha manifestado, y Él nos amó primero, aun cuando muchas veces habíamos vivido bajo el pecado o incluso antes que nosotros le conociésemos, Él ya nos amaba.

«Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque Él es el Nuevo Adán (cf. 1Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: «El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo» (1Co 15, 47).» (CEC 504) Jesús nos enseña la vocación altísima del hombre, abre la posibilidad de una vida nueva que tiene como fin la gloria de Dios y la santidad de los hombres.

«Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe «¿Cómo será eso?» (Lc 1, 34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace «de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu.» CEC 505. Esta vida nueva es una gracia de Dios, su misma vida fluye por nuestro ser desde que hemos sido incorporados por el Bautismo es su gran familia, somos hijos de Dios.

«María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe «no adulterada por duda alguna» (LG 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1Co 7, 34  – 35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: «Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo» (S. Agustín, virg. 3).» CEC 506. ¿No debería ser acaso también nuestra fe? Una fe sencilla y pura, en la que las dudas son purificadas al reconocer la grandeza de Dios y de su amor por la humanidad entera. De ahí se deriva que «María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia» (cf. LG 63) por ello se dice en una letanía que es “modelo de santidad”

En este tiempo de adviento al maravillarnos en la iniciativa del Padre en enviar a su Hijo único a salvarnos por medio del Espíritu Santo, hemos también de sentirnos invitados con Nuestra Buena Madre a acoger la elección divina, a acoger el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo,  a ser cooperadores activos del misterio de la salvación, el “sí” de María encierra esta sublime unión a la misericordia divina, en ese “Hágase en mí, según tu palabras” encontramos la apertura a la vida eterna pues ahí somos todo de Dios ya que Él es todo nuestro.

Al contemplar el misterio de la Anunciación podamos también nosotros dejar que la iniciativa del amor de Dios obre en nuestras vidas para que acogiéndolo con atención y docilidad podamos vivir la acción del Espíritu Santo que busca formar en nosotros hombres y mujeres santos a semejanza del Hijo de Dios.

Img: “Anunciación” de Andrea sella Robbia