El valor de uno

Conforme nos vamos acercando al final del libro de Ben Sirá nos encontramos con un pasaje que a simple vista podría ser considerado muy natural, el elogio de los antepasados de Israel, la consideración de los grandes hombres que fundaron o marcaron de alguna manera especial lo que significaba ser parte de ese pueblo, su grandeza se manifiesta a través de la historia en el hecho que su recuerdo permanece vivo. Sin embargo al profundizar en qué es lo que les hace grandiosos la respuesta no es meramente natural sino sobrenatural, y es que todo su esplendor, todo aquello por lo cual pueden ser honrados, todo aquello que ocasión de elogio deriva del hecho de su fidelidad a la alianza, de su continuo andar en los caminos del Señor, incluso si alguna vez erraron, volvieron a la senda del bien, ciertamente el texto que meditamos en la Sagrada Liturgia de este día no va a los detalles de quienes son o hicieron para esto podríamos tomar la Sagrada Escritura y continuar a lo largo de los capítulos de corrido, lo que interesa que tengamos presente como mensaje de fondo, es que la fidelidad al Señor, habiendo sido hombres de bien, marca la vida y la historia de todo un pueblo.

Esto mismo es algo que como cristianos valoramos en los santos, de hecho en los textos de la Misa en los cuales les conmemoramos se eleva una oración al Padre teniendo esto como trasfondo “Tú eres glorificado en todos tus santos y al coronar sus méritos coronas tus propios dones. Tú nos das el ejemplo de su vida, nos haces vivir en comunión con ellos y nos aseguras la ayuda de su intercesión, para que estimulados por esta muchedumbre de testigos, lleguemos victoriosos a la meta y recibamos con ellos la corona incorruptible de la gloria”

Y es que la santidad de una sola persona tiene un gran influjo en la vida de toda la comunidad cristiana, basta ver los ejemplos en la vida de las diferentes parroquias como los hombres y mujeres que se toman en serio un itinerario de santidad son los que muchas veces marcan el paso en las diferentes actividades pastorales, incluso existen muchos “santos de la puerta de al lado” como diría el Papa Francisco que con su presencia sútil y tantas veces desapercibida, através de todo género de oraciones y sacrificios granjean tanto bien a la comunidad. La historia lo atestigua, san Antonio Abad, santo Domingo, San Francisco, san Ignacio de Loyola, santa Catalina de Siena, santa Teresa de Jesús, etc. Por mencionar algunos de los más conocidos han sido hombres y mujeres que en su momento hicieron una opción radical por una vida de santidad y cuyo influjo perdura hasta nuestros días, y volvemos al mensaje central ¿cuál ha sido su grandeza? Haber sido hombres y mujeres de bien que buscaron corresponder a la acción de la gracia de Dios en sus vidas.

Por otro lado en el santo Evangelio contemplamos a Jesús en la escena de la expulsión de los mercaderes del Templo. Ciertamente el cristiano que busca vivir según la voluntad de Dios tiene que estar atento a no caer en dos grandes tentaciones que podríamos observar a partir de esta lectura. Por un lado tenemos claro está aquellos vendedores, que en aras de hacer negocios habían convertido la casa de oración en una ocasión de lucro, pervirtieron el uso original del Templo, se olvidaron que era la morada de Dios, cambiando lo santo por lo terreno. Por otro lado tenemos la indiferencia de los que tenían que custodiar que aquello no sucediera en un principio, eran como la higuera que no daba fruto, no reclaman a los mercaderes por vender ni al pueblo por consentir comprando, sino que se convirtieron en complices silenciosos y salen a la luz para cuestionar a Jesús. Al final el Papa Francisco nos dirá que entre estos dos tipos de personas encontramos a los discípulos que fijándose en la higuera seca se vuelven a Jesús, y el les presenta un estilo de vida en el cual se vive de la fe.

“Alguien podría preguntar: «Padre, ¿qué tengo que hacer para esto?». La respuesta para el Papa Francisco es sencilla: «Pídelo al Señor, que te ayude a hacer cosas buenas, pero con fe». Sencillo, pero con «una condición» que es Jesús mismo quien la indica: «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».

Vivir, por lo tanto, «la fe para ayudar a los demás, para acercarse a Dios», la fe «que hace milagros», es el tercer estilo de vida sugerido. El Pontífice, así, resumió los tres posibles caminos que se presentan al cristiano: el primero es el de la «persona estéril» que no tiene intenciones de «dar frutos en la vida» y vive «la vida cómoda, tranquila, sin problemas y se marcha»: el estilo de quien no se preocupa por hacer el bien. Luego están aquellos «que explotan a los demás, incluso en la casa de Dios; los explotadores, los especuladores del templo», a quienes Jesús «expulsa» con el látigo. Por último, el estilo de quien tiene «confianza en Dios» y sabe que lo que pide al Señor con fe, «sucederá». Y es precisamente esto «lo que nos aconseja Jesús: el camino de Jesús», que se puede recorrer con una sola condición: «perdonad, perdonad a los demás, para que vuestro Padre os perdone a vosotros por tantas cosas».”[1]

La gracia de Dios que actúa en una sola persona puede fructificar de modos inimaginables que son ocasión de bendición para muchos otros, que no decir cuando se trata de una comunidad entera, la opción fundamental que hacemos por Cristo no es indiferente, si permanecemos fieles y correspondemos con cada vez mayor profundidad a su amor seremos ocasión de transformación para todo nuestro entorno.

Que al contemplar la palabra en este día el Señor nos conceda la gracia de vivir con este santo deseo. 

Lecturas:

Si 44, 1. 9-12. Nuestros padres fueron hombres de bien y su nombre vive por generaciones.
Sal 149. El Señor ama a su pueblo.
Mc 11, 11-25. Mi casa será casa de oración para todos los pueblos. Tened fe en Dios

IMG: Detalle de todos Los Santos en la pintura del Juicio Final el Beato Angelico


[1]https://www.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2015/documents/papa-francesco-cotidie_20150529_tres-estilos-vida.html