El Misterio central de nuestra fe

Amadísimos hermanos, celebramos en este día el Misterio central de nuestra fe, lo que profesamos en el Credo y a quien celebramos en la Sagrada Liturgia, Aquel que es la fuente de nuestra Vida y quien nos enseña como vivir, hoy celebramos el Misterio de la Santísima Trinidad, hoy contemplamos en nuestra celebración de un modo especial el misterio de nuestro Dios, Uno y Trino.

Él mismo se nos ha dado conocer como el Único Dios, testimonio de esto lo encontramos ya en la primera lectura, un Dios cercano, un Dios bueno, un Dios misericordioso. Y como si esto fuera poco, Él ha querido darnos a conocer también su vida íntima en el misterio de las tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dispongamos nuestro corazón para entrar en hermosura de esa esta revelación.

Al llamar a Dios Padre en la fe lo hacemos indicando principalmente dos cosas: “que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa por sus hijos” (Catecismo de la Iglesia Católica n.239). Y aunque en la Sagrada Escritura, encontramos ya algunas nociones de la paternidad divina en el Antiguo Testamento, es Jesús quien nos lo revela, nos lo comunica, nos lo da a conocer en un sentido nuevo, no sólo es Creador, sino es eternamente Padre con relación a su Hijo Único.

Más en profundidad, sabemos que Jesucristo es el Hijo de Dios, engendrado desde toda la eternidad por el Padre. Llegada la plenitud de los tiempos el Hijo ha sido enviado por el Padre en su infinita misericordia para que asumiendo nuestra naturaleza humana nos salvara del pecado y sus consecuencias por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Encontramos el testimonio de la filiación divina de Cristo, de su ser Hijo, desde su concepción. Ya el ángel le dice a María, será llamado “Hijo del altísimo” (Lc 1, 32), de hecho Él mismo a lo confiesa a sus padres cuando le encuentran en Templo a los 12 años entre los doctores de la ley “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 48) y se autoproclamará tal en su ministerio público numerosas veces. El mismo Jesús antes de su Pascua, en el discurso de despedida (cf. Jn 14) nos anunció el envío de del Espíritu Santo, el cual procede del Padre y del Hijo, Él obró ya en la Creación, habló por boca de los profetas, y su misión es acompañar a los discípulos de Cristo para recordarnos lo que nos enseñó y para llevarnos hasta la verdad plena.  

La Iglesia ha siempre confesado a Dios Uno y Trino, los testimonios de los apóstoles en la Sagrada Escritura y los de los primeros cristianos en diversos textos se cuentan por montón, pero de modo especial, ha sido solemnemente proclamado en el Credo, sea el de Nicea que data del 325 (corto) o en el de Constantinopla del 381 (largo).

Ahora bien, la Iglesia nos enseña que Dios no sólo se nos ha dado a conocer sino ha querido que gocemos de su misma vida divina, y así por la fe, al renacer por las aguas del Bautismo los cristianos, somos incorporados a Cristo, nos unimos a Él, somos hechos “hijos en el Hijo”, y por ello en el amor del Espíritu Santo también podemos llamar a Dios, Abba, Padre, tal y como ha sido proclamado en la segunda lectura. Dios, Uno y Trino, nos llama a la comunión de vida con Él, y por ende también con todos los que participan de su misma vida divina, de ahí que la comunión con Dios no puede ser separada de la comunión con los hermanos en la vida de la Iglesia.

Y es tan profundo este Misterio de unión con la Santísima Trinidad, que decimos como san Pablo en “Él vivimos, nos movemos y existimos” pero también sabemos que Él habita en nuestro interior, somos Templo del Señor, a esto le llama la teología la “inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo” es decir, Dios vive en ti y tú vives en Él. ¡Qué dicha la del cristiano que puede vivir en esta relación especial con su Dios! De ahí que dijéramos con el salmista “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad”. 

El cristiano busca que otros también puedan encontrar el gozo de habitar en la presencia de Dios de esta manera, de participar de su misma vida divina, de ahí que el mandato misionero de Jesús de ir por todo el mundo dándole a conocer y bautizando en el “nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” no es un mandato pesado e incomodo, es fruto de una experiencia de amor que se ha vivido con Él y en Él.

Roguemos al Señor en este domingo que nuestra fe sea renovada de tal modo que nos sintamos verdaderos testigos de su amor y misioneros de su misericordia en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para que en este tiempo de misión que nos encontramos podamos atraer a tantos hermanos nuestros que se encuentran alejados al seno de la Iglesia, a la comunión de vida de la gran la familia de Dios.

Lecturas:
• Dt 4, 32-34.39-40. El Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro.
• Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
• Rm 8, 14-17. Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!».
• Mt 28, 16-20. Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

IMG: Detalle de la Santísima Trinidad en una pintura de Raúl Berzosa