Camino del Éxodo XIV

El Señor hablaba con Moisés cara a cara

Lectura del libro del Exodo (Ex 33, 7-11; 34, 5b-9.28)

En aquellos días, Moisés levantó la tienda y la plantó fuera, a distancia del campamento, y la llamó «Tienda del Encuentro». El que deseaba visitar al Señor, salía fuera del campamento y se dirigía a la Tienda del Encuentro. Cuando Moisés salía en dirección a la tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a Moisés hasta que este entraba en la tienda. En cuanto Moisés entraba en la tienda, la columna de nube bajaba y se detenía a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés.

Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la tienda, se levantaba y se postraba cada uno a la entrada de su tienda. El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo. Después Moisés volvía al campamento, mientras Josué, hijo de Nun, su joven ayudante, no se apartaba del interior de la tienda. Moisés se quedó en la presencia del Señor, y pronunció su nombre.

El Señor pasó ante él proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación». Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra. Y le dijo: «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya». Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras.

Meditación

El pasaje que contemplamos hoy es un clásico de la Sagrada Escritura en el que la Iglesia ha siempre visto una referencia a la oración y la amistad con Dios. Como Moisés, el hombre que se acerca a la oración entra en la presencia de Dios para entablar un diálogo cara a cara, es un encuentro con el Señor, un ponernos frente a Él tal y como somos, el contacto con el Todopoderoso, con el Creador de cielos y tierra, con el Misericordioso por excelencia es una ocasión de dicha y de gran honor, el Dios que se nos ha hecho cercano nos concede una audiencia divina.

La oración de Moisés también nos recuerda que él iba ante el Señor como un mediador, habla al Pueblo de parte de Dios, y a Dios en favor del Pueblo, es justamente la labor de todo aquel que tiene un rol de autoridad ante la comunidad, desde los padres de familia que han de ser el rostro de Dios para sus hijos hasta los pastores de almas frente a la porción de la grey del Señor que les es confiada, nunca hemos de menospreciar el valor de la oración de un hombre, nadie por pequeño que sea debe considerar poca cosa lo que su oración puede ser, ya que el Dios se suele valer de ese medio para proveer innumerables gracias y bendiciones.

Consideremos también como la oración de Moisés es un trato de amistad, las características propias de esta como la búsqueda del bien del otro, reciprocidad, noticia del amor y estabilidad son notorias, aún en la gran desemejanza entre Creador y criatura, la misericordia de Dios sale al paso, es más, el cristiano, participando de la vida nueva en Cristo, trata con Dios como con un hijo con su padre, somos hijos en el Hijo nos enseña la Iglesia. Que dicha nuestra amistad va más allá incluso que la de Moisés, aquella era figura de lo que en Jesús nosotros gozamos de un modo cada vez más hermoso. También nosotros nos acercamos a Dios con toda confianza y seguridad sabiendo que nos escucha y anima en medio de nuestro peregrinaje rumbo a la tierra prometida.

“Encargado por Dios de transmitir la Ley a su pueblo, fundador del culto divino, mediador de los misterios más altos, no por ello dejará de mantener vínculos estrechos con su pueblo, especialmente en la hora de la tentación y del pecado. Siempre ligado al pueblo. Moisés nunca perdió la memoria de su pueblo. Y esta es una grandeza de los pastores: no olvidar al pueblo, no olvidar las raíces. Es lo que dice Pablo a su amado joven obispo Timoteo: «Acuérdate de tu madre y de tu abuela, de tus raíces, de tu pueblo». Moisés es tan amigo de Dios como para poder hablar con Él cara a cara (cf. Ex 33, 11); y será tan amigo de los hombres como para sentir misericordia por sus pecados, por sus tentaciones, por la nostalgia repentina que los exiliados sienten por el pasado, pensando en cuando estaban en Egipto.

Moisés no reniega de Dios, pero ni siquiera reniega de su pueblo. Es coherente con su sangre, es coherente con la voz de Dios. Moisés no es, por lo tanto, un líder autoritario y despótico; es más, el libro de los Números lo define como «un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la haz de la tierra» (cf. Nm 12, 3). A pesar de su condición de privilegiado, Moisés no deja de pertenecer a ese grupo de pobres de espíritu que viven haciendo de la confianza en Dios el consuelo de su camino. Es un hombre del pueblo.” (Papa Francisco, Catequesis 20 de julio de 2020)

Al contemplar la figura de Moisés orante que también nosotros sea renovada nuestra vida de oración, particularmente aquella en la que intercedemos por los demás, este será el culto agradable que podemos tributar a Dios en espíritu y verdad, abriéndonos a su presencia y acogiéndonos a su Divina Misericordia.

IMG: «Moisés y los diez mandamientos» de Philippe de Champaigne