La fe de Abraham

 ¿Qué diremos entonces que consiguió Abrahán, nuestro padre según la carne? Porque si Abrahán fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no ante Dios. Porque, ¿qué dice la Escritura? Creyó Abrahán a Dios, y se le contó como justicia. Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como regalo sino como algo que se le debe; en cambio, a quien no trabaja, pero cree en Aquel que justifica al impío, se le cuenta su fe como justicia. En este sentido, David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye la justicia con independencia de las obras: Bienaventurados aquellos a quienes se les han perdonado los delitos y a quienes se les han cubierto los pecados; bienaventurado el hombre a quien el Señor no le tenga en cuenta su pecado. (Rm 4, 1-8)

En la reflexión que hace san Pablo acerca de la justificación por la fe hace recurso al ejemplo de Abraham para probar su argumento, el patriarca no había conocido la Ley, la cual fue dada mucho después en época de Moisés ¿cómo entonces se dice que “su fe le contó por justicia” si era la ley la que servía para justificar? De ese modo el apóstol, acudiendo a la gran autoridad que representaba Abraham para los judíos les hace ver que la justificación, y por tanto el perdón de los pecados, es en primer lugar una iniciativa de Dios que sale al encuentro del hombre para establecer con él una alianza así como fue con Abraham, además les muestra así que la justificación es gratuita, el perdón de los pecados ha sido ofrecido por Dios a través de la fe en Cristo Jesús que padeció por nosotros para librarnos de esa dura servidumbre, además, también podemos colegir del ejemplo del patriarca que la fe implica un caminar, así como por la fe Abraham creyó y se puso en camino, así también nosotros, la fe creída es también una fe vivida y en la Sagrada Liturgia es una fe celebrada.

A nuestro diario vivir también podríamos meditar en como muchas veces perdemos de vista este fundamento, hacemos de nuestros esfuerzos, de nuestro obrar, el único propulsor de la vida espiritual, pero descubrimos tantas veces nuestra limitación, se lucha y lucha pero el viejo enemigo vuelve al ataque, la vieja debilidad se vuelve a manifestar, la tentación no para, entonces podría venir la duda “si por más que combato, por más que hago, por más que obro las cosas no cambian ¿por qué continuar?” frente a esto recordemos nuestro combate es la conquista de una tierra que mana leche y miel, pero no olvidemos la tierra ha sido prometida, es decir, se nos ha dado de ante mano, luchamos como alguien que tiene la victoria frente a sí mismo porque fue Cristo quien la adquirió para nosotros, es ahí donde interviene la fe, no soy yo quien determinará cuando terminará el combate pero la fortaleza de la fe me mantendrá firme hasta que el Señor quiera llevar a plenitud la buena obra que inició en mí. Si la iniciativa es suya ¿acaso no podrá llevarla a feliz término? Esto también es la obra de la justicia de Dios que acogemos por la fe y en esto Abraham nos es ejemplo. De modo que todo nuestro buen obrar en este combate es fruto de la fe en el Hijo de Dios que nos amó y dio su vida por nosotros.

“Nuestras obras son solo la respuesta al amor gratuito de Dios, que nos ha justificado y nos perdona siempre. Y nuestra santidad es precisamente recibir siempre ese perdón. Por eso, acaba citando el Salmo que hemos rezado: «Dichoso el hombre que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le cuenta el pecado». Es el Señor, Él es quien nos ha perdonado el pecado original y quien nos perdona cada vez que vamos a Él. Nosotros no podemos perdonarnos nuestros pecados con nuestras obras; solo Él perdona. Nosotros solo podemos responder con nuestras obras a ese perdón.”

Papa Francisco, 20 de octubre de 2017

IMG: «Viaje de Abraham de Ur a Canaán» de Joszef Molnar