Catequesis – II domingo de Pascua

1.    Celebración de la Palabra

• Hch 5, 12-16. Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.

• Sal 117. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

• Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos.

• Jn 20, 19-31. A los ocho días, llegó Jesús.

Los apóstoles en el templo eran reconocidos por los demás, unos no se les juntaban, otros se les unían y otros traían a sus enfermos ¿Cómo ves esto en tu comunidad?

El Padre ha manifestado su misericordia en la resurrección de Cristo ¿cómo manifiesto yo la misericordia de Dios?

El vidente del apocalipsis anuncia a Cristo como el eterno (alfa y omega) de alguna manera nos pone en atención a su divinidad podríamos preguntarnos ¿cómo cultivo la adoración al Señor?

Jesús trae la paz y alegría a sus apóstoles ¿en esta pascua puedo decir que yo hago lo mismo con mis semejantes?

2.    Catequesis

A lo largo de la pascua veremos como Jesús se aparece a sus discípulos, estos encuentros con el resucitado son fundamentales a la hora de contemplar este misterio. En primer lugar hemos de recordar que los apóstoles fueron tardos en reconocer al Señor, no dieron credibilidad a las palabras de las mujeres, incluso dudaron de Pedro que fue al primero de entre ellos que se le apareció, el mismo Señor les echó en cara su incredulidad, y aun viéndolo cuestionaron su realidad física, pensaban que era un fantasma. Sin embargo, Jesús busca llevarlos a la fe y así el caso que meditamos en el Evangelio de hoy nos muestra que:

“Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30.41 – 43; Jn 21, 9.13 – 15). Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20.27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9.16 – 17; Lc 24, 15.36; Jn 20, 14.19. 26; Jn 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14 – 15) o «bajo otra figura» (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14.16; Jn 21, 4.7).” Catecismo de la Iglesia n. 645

Las apariciones que vamos reflexionando pues son un claro indicio de como lo que vivieron estos testigos inmediatos de Cristo resucitado les compromete en la construcción de la primera comunidad, particularmente vemos el rol de Pedro en cuanto cabeza tal como nos lo testimonia el libro de los Hechos de los apóstoles, se trata de la experiencia de fe de hombres y mujeres concretos que luego irán y continuarán la misión. Esta primera comunidad experimentará grandes desafíos, habrá quienes murmurarán de ellos y les cuestionaran, sin embargo, el pueblo sufriente sabrá reconocer la presencia de Alguien mucho más grande en ellos, incluso podemos ver como a pesar de todo la comunidad crecía en número, pero también en santidad.

Además vemos como Cristo resucitado dando el Espíritu Santo a los apóstoles les confía no sólo la misión de ir y anunciar, sino la de santificar, en san Mateo vemos que les envía a Bautizar y en san Juan vemos que les da la autoridad para perdonar los pecados, es decir, de Cristo resucitado brota la fuerza de la gracia que santifica por medio de los sacramentos a aquellos que les son conferidos, los apóstoles confiaran este poder a sus sucesores y esta “sucesión apostólica” llegará a estructurar toda la vida litúrgica de la Iglesia, de tal modo que el Resucitado obra en al vida de los hombres a través de la celebraciones litúrgicas.

«Para llevar a cabo una obra tan grande – la dispensación o comunicación de su obra de salvación – Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt 18, 20) Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno.

En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra Vida, y nosotros nos manifestamos con Él en la gloria”  Catecismo de la Iglesia Católica n.1088-1090

De ahí que la celebraciones litúrgicas, entre ellas de modo principalísimo la Sagrada Eucaristía Dominical, forman parte integral de nuestra vida de fe, puesto que a través de ella se nos comunica la vida nueva que brota del resucitado. La resurrección del Señor implica de este modo nuestra justificación, es decir nos devuelve a la gracia de Dios; realiza nuestra adopción filial, ya que nos hace hijos en el Hijo, nos hacemos hermanos de Cristo y entre nosotros; y es principio y fuente de nuestra resurrección futura  

Un último punto a tener en cuenta este domingo, es que desde hace varios años ha venido a ser conocido como el domingo de la misericordia, y de hecho varios elementos pueden ser vistos también bajo esta óptica. Jesús sale al encuentro de los apóstoles y el primer anuncio que les da es el de su paz, y en ese marco les da la autoridad del perdón de los pecados, luego sale al rescate de la incredulidad de Tomás presentándole sus llagas, el Papa Francisco incluso dirá que estas gloriosas llagas son un don de la misericordia de Jesús.

“Esas llagas nos han curado (cf. 1P 2, 24; Is 53, 5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28)” (11 de abril de 2021)

Fruto del encuentro con la misericordia del Resucitado los apóstoles irán y continuará la misión de Jesús, y así vemos en la lectura de los Hechos a san Pedro, ante quien presentaban numerosos enfermos para que fuesen curados, la misericordia da frutos de misericordia.

3.    Edificación espiritual

¿Qué aprendí en esta catequesis?

Cuando veo el testimonio de los primeros cristianos ante el evento de la resurrección ¿qué similitudes y diferencias encuentro con mi experiencia de Dios? (Incredulidad, dudas, animo retador, etc.)

La Sagrada Liturgia es el lugar oportuno para el encuentro con Cristo entre nosotros ¿Qué valor le doy? ¿cómo es mi participación? ¿qué podría hacer para mejorar?

La experiencia de la misericordia de Jesús da frutos importantes en términos de misión ¿puedo decir que yo también soy un misionero de la misericordia?