Catequesis – III Domingo de Pascua

1.    Celebración de la Palabra

• Hch 5, 27b-32. 40b-41. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

• Sal 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

• Ap 5, 11-14. Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.

• Jn 21, 1 -19. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

¿Cómo he estado dando testimonio del resucitado en lo que va de la Pascua?

¿En esta semana he hecho alguna experiencia en la que como el salmista me haya sentido librado por el Señor?

El Apocalipsis nos muestra una imagen de la adoración que se le da al Señor en el cielo ¿cómo adoro al Señor?

¿Qué experimento en mi corazón cuando escucho las palabras de Jesús “Echen la red a la derecha” o “¿Me amas más que estos?”?

2.    Catequesis

El evangelio del tercer domingo de pascua nos presenta la tercera aparición de Jesús a sus apóstoles, aunque lo habían visto ya dos veces, la actitud de los apóstoles, que se vuelven a sus faenas ordinarias liderados por Pedro nos dice que la alegría aunque fue cierta, aún no parece del todo segura, una vez dejaron sus redes por el Señor, pero ahora aún no se terminan de creer lo que han vivido y vuelven a ellas. No terminan de convencerse.

Su esfuerzo no da fruto, van siete juntos a pescar, y entre ellos vaya que habría varios muy experimentados y sin embargo no logran nada, pero es al amanecer que Cristo se les presenta en la orilla, ellos no le reconocen a la primera, pero su palabra se presentará como el sol que nace e ilumina su historia, desde la ribera del lago, el Señor los observa, los vigila, podríamos decir cuida la barca de Pedro y está atento a su obra, es entonces que les da una palabra “echen la red a la derecha”. No es extraño que hagan caso, en los alrededores del lago seguramente no sería extraño encontrar otros pescadores que les apoyaran e incluso según se dice desde la orilla Él podría ser capaz de ver cosas que ellos no ven desde la barca. Independientemente de esto, la sorpresa, el asombro y la maravilla es grande, la pesca es abundante al punto que casi se hunden.

En Juan el fruto de la pesca viene a reafirmar una idea pujante en sus evangelio, el encuentro con el Señor siempre produce frutos en abundancia: por ejemplo, Caná (Jn 2, 6), la primera multiplicación de los panes (Jn 6, 11), la vida “abundante” que el Buen Pastor da (Jn 10, 10), etc. El discípulo amado es el primero en reconocerlo, su voz y el fruto de su palabra, le hacen exclamar es el Señor. Pedro por su parte se alista y salta al agua para salir a su encuentro. En la orilla les espera ya con un pescado preparado listo para compartir juntos.

La comida a la orilla de la playa manifiesta tres sentidos:

  1. Sentido afectivo: Cristo muestra su caridad
  2. Sentido apologético: Cristo muestra la realidad de su cuerpo
  3. Sentido simbólico: Luego del trabajo los apóstoles vuelven a Cristo, para dar cuentas de su labor y descansar junto a Él.

Podemos ver así como los apóstoles hacen una experiencia hermosa que nos deja una gran enseñanza para nosotros: los siete pescadores (número que denota universalidad) no pueden pescar nada solos, sin embargo, Cristo vigila desde lugar seguro por la barca de Pedro y los que van en ella, así como también por toda su obra y les dice cómo pescar, les orienta sobre cómo han de obrar, cuando Pedro orienta su barca según la palabra de Cristo el resultado es abundante, terminado el trabajo todos regresan a Cristo para presentar los frutos de su labor y descansar con Él. Aquí también el evangelista hace uso deliberado de las palabras “tomar y comer” que son términos que evocan la Eucaristía.

Podríamos concluir de esta primera parte que en la vida ordinaria el cristiano también puede llegar a olvidarse de Cristo, no es extraño como hay personas que aprenden que “pueden vivir sin Dios”, es decir su corazón continúa a latir, continúan a trabajar, ganar dinero y resolver sus necesidades básica, incluso salen con amigos y familia y todo parece progresar, sin embargo el tono de la vida, siempre se manifiesta gris, como un tanto oscuro, semejante la noche, el corazón del hombre se desanima, y fácilmente puede llegar a darse cuenta de como por más que se esfuerce nada satisface los anhelos más profundo que descubre en su interior. Es entonces que Cristo con su palabra puede irrumpir como un amanecer en su vida y disipar tinieblas, al hacer la prueba y descubrir cuando bueno es el Señor, su corazón le reconoce como el único que puede dar no sólo sentido sino la auténtica felicidad a su vida, el panorama “pasable” que llevaba se transforma por la alegría que habrá embargado el corazón de san Juan y se siente impulsado a ir al encuentro del Señor como Pedro. Así todo lo que hace en las diferentes áreas de su vida, relaciones interpersonales, trabajo, hogar, estudio, proyectos, etc. Incluso lo que hace por vivir una relación viva con el Señor adquiere sentido, es más tiene a quien presentarle el fruto de sus esfuerzos por una vida en el amor, presenta lo que tiene y aunque eso le alegra, también descubre como Jesús le da aún más (los apóstoles presentaron pescados y el Señor ya les tenía también unos preparados) de tal modo que puede no sólo disfrutar de lo que hizo sino también de estar en la presencia del Amado, en la presencia de Jesús.

Ahí es donde el corazón se ve purificado, como ocurre con Pedro, sus tres confesiones son una compensación por sus negaciones, cabe destacar que a la tercera manifestación de su amor parece desconfiar de sí, como recordando lo que había hecho antes, por eso hay quien dice que su amor se expresa más profundo porque es más humilde. Eso lo que ocurre con aquel que luego de un tiempo de caminar en la fe, luego de momentos buenos y momentos malos, descubre quién es en verdad, y ya no se mueve hacia el Señor movido sólo por un ímpetu emocional, si no que humildemente es capaz de también presentarse desde su limitación y descubre la misericordia de Dios, que nos ama aunque nosotros no le podamos corresponder como Él se lo merece, es Él mismo quien infunde su amor en nosotros para poderle corresponder.

Esta experiencia del encuentro con el resucitado, el Hijo de Dios vivo, es lo que moverá a los apóstoles a dar testimonio de la fe en medio de la persecución, son los testigos del resucitado, y aunque como se ve en el discurso de Pedro en Pentecostés son capaces de dar razón de su fe con argumentos serios y serenos, cuando comparecen ante las autoridades, ante los letrados, ante los conocedores de la ley, su palabra es sencilla, cuentan sin complicaciones y grandes expresiones lo que han visto y oído, cuentan su experiencia de Cristo. Viendo a los apóstoles ante el Sanedrín vemos una escena diferente a la que vimos al inicio de las apariciones, algo ha cambiado en ellos, su valor a crecido, animados por el Espíritu ahora son verdaderos testigos del Señor, su corazón se ha robustecido y sin temor le anuncian.

“Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con Él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21, 12). Y esto es un punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el Señor». ¡Adorarlo! El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes, los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (cf. Ap 5, 11-14). Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a Él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con Él, a pararse a dialogar con Él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a Él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer –pero no simplemente de palabra– que únicamente Él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante Él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia.” Papa Francisco, 14 de abril de 2013

3.    Edificación espiritual

  • ¿Qué aprendí en esta catequesis?
  • Las apariciones del Resucitado suponen una experiencia fundante para la fe de los apóstoles ¿cuáles o cómo han sido esas experiencias en las que yo he hecho experiencia de la presencia de Cristo en mi historia?
  • ¿Alguna vez he sentido que por mucho que me esfuerce no veo resultados como los apóstoles en el lago? ¿Cuándo? ¿será que es porque no he tenido al Señor presente?
  • Los apóstoles a la orilla del lago nos muestran dos cosas muy importantes: la importancia de pasar tiempo con el Señor y de pasar tiempo con Él en la comunidad ¿cómo vivo yo estas realidades?
  • ¿Cómo está mi vida de oración personal? ¿es diálogo corazón a corazón con Jesús? ¿cuánto tiempo dedico? ¿Participo de la Hora Santa? Pasar tiempo con Cristo implica la adoración y esto tiene una consecuencia práctica: desterrar los ídolos ¿qué ídolos me han absorbido en el pasado, o lo hacen en este momento? ¿qué hace falta para que los deje?
  • ¿Cómo estamos viviendo como hermanos juntos la experiencia de Cristo? ¿nos tomamos nuestra reunión de comunidad como un lugar de encuentro con Él en la experiencia de vida de los hermanos? ¿cómo es mi participación en la comunidad? ¿qué hace falta para que abra mi vida y pueda compartir lo que aqueja mi corazón con ella y recibir ahí el alimento que quizás le hace falta para nutrirse a través de una palabra de los hermanos? ¿sabemos convivir como hermanos a parte del tiempo de la reunión? ¿estamos pendientes los unos de los otros fuera del horario? ¿salimos juntos de paseo en plan descanso?

El compartir de los apóstoles con Jesús tiene un claro carácter eucarístico ¿cómo estoy viviendo la Eucaristía? ¿cómo se ha vivido en mi familia? ¿es un compromiso más con el cual hay que salir para no “sentirse” culpable? ¿es importante la misa dominical para mí? ¿cómo me preparo a la celebración y de modo especial a la comunión?