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Una autoridad que edifica y hace crecer
(El título de este tema está inspirado en una obra del Papa Francisco escrita cuando era Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, donde reflexiona sobre el poder entendido como servicio y entrega.)
En la vida social, la palabra poder suele asociarse con dominio, control o capacidad de imponer decisiones. Sin embargo, la experiencia cristiana propone una comprensión profundamente distinta, especialmente en el ámbito del servicio pastoral. Allí donde se acompaña, se coordina o se anima a otros, surge inevitablemente la pregunta sobre cómo ejercer esa responsabilidad. El Evangelio ofrece una luz decisiva cuando Jesús afirma: «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor» (Mc 10,43). Estas palabras revelan que el verdadero poder no consiste en prevalecer sobre los demás, sino en ponerse a su servicio, y que toda autoridad cristiana encuentra su sentido en ayudar a crecer a las personas y a la comunidad.
El mismo Jesús muestra que esta autoridad nunca se impone. Después del discurso del Pan de Vida, cuando muchos lo abandonan, no retiene a nadie por la fuerza, sino que se dirige a los suyos con respeto a su libertad: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6,67). Esta actitud manifiesta que el Señor no manipula las conciencias, sino que llama y espera una respuesta libre. Y precisamente a quienes lo acogen voluntariamente, el Evangelio proclama una gracia inmensa: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12-13). Así se revela el verdadero sentido del poder cristiano: no someter, sino engendrar vida nueva.
Comprender el poder como servicio transforma profundamente la manera de actuar. La responsabilidad no otorga superioridad, sino una mayor disponibilidad para cuidar, acompañar y promover la participación de todos. Servir implica reconocer los dones de cada persona y favorecer su desarrollo. Desde esta perspectiva, la autoridad se ejerce buscando el bien común y no el interés propio. El servicio se convierte así en una forma concreta de liderazgo fraterno, donde la escucha, el respeto y la cercanía crean espacios de confianza y fortalecen la vida comunitaria.
Esta comprensión ordena también las relaciones dentro del servicio social. Coordinar deja de significar mandar; orientar no equivale a imponer; acompañar no es controlar, sino sostener. Cuando el poder se vive de este modo, se evita la competencia y se favorece la corresponsabilidad. La pastoral social se convierte entonces en un espacio donde todos pueden aportar, crecer y sentirse parte. Las decisiones se toman pensando en las personas, especialmente en las más frágiles, y la comunidad se edifica desde la comunión.
Vivir el poder como servicio educa profundamente el corazón. Exige humildad, paciencia y capacidad de renuncia, porque invita a dejar de lado el deseo de protagonismo y la búsqueda de reconocimiento. Esta forma de servir libera interiormente y permite actuar con mayor serenidad. Se aprende que la misión no consiste en destacar, sino en hacer posible que otros crezcan. Cuando el poder se vive así, la pastoral social se llena de esperanza y la autoridad se convierte en fuente de unidad. Entonces se comprende aquello que se decía de santo Domingo de Guzmán: “porque a todos amaba, de todos era amado”.
Preguntas para el diálogo en grupo
- ¿Cómo entiendo el poder y la autoridad dentro de mi servicio pastoral y qué experiencias me han ayudado a purificar esa mirada?
- ¿De qué manera puedo ejercer mis responsabilidades promoviendo la participación y el crecimiento de otros?
- ¿Qué actitudes concretas nos pueden ayudar a vivir el servicio como una forma de liderazgo fraterno en la comunidad?