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La Gran Pregunta sobre el Amor

Primero de una serie de 12 artículos sobre la Teología del Cuerpo

Este artículo inaugura una serie de doce reflexiones sobre la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. A lo largo de estas entregas iremos recorriendo uno de los corpus teológicos más ricos y originales del siglo XX: una meditación profunda sobre el ser humano, el amor, el cuerpo, el matrimonio y la vocación a la santidad. No es una serie sólo sobre moral sexual, aunque la moral sexual se ilumina desde aquí. Es una serie sobre lo que significa ser humano delante de Dios.

¿Qué es la Teología del Cuerpo?

La Teología del Cuerpo es el nombre con el que se conoce el conjunto de 129 catequesis que San Juan Pablo II pronunció durante las audiencias generales de los miércoles entre el 5 de septiembre de 1979 y el 28 de noviembre de 1984. Durante cinco años, semana tras semana, el Papa fue construyendo pacientemente una antropología teológica centrada en el cuerpo humano como lugar de revelación: el cuerpo no como dato biológico, sino como expresión de la persona y lenguaje del amor.

Karol Józef Wojtyła nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, Polonia. Filósofo, poeta, dramaturgo y teólogo, fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978, convirtiéndose en el primer pontífice no italiano en 455 años. Antes de su pontificado había desarrollado una profunda reflexión filosófica sobre la persona humana y el amor, plasmada especialmente en su obra Amor y Responsabilidad (1960) y en su participación activa en los trabajos del Concilio Vaticano II. Cuando llegó al solio pontificio, traía consigo años de pensamiento maduro sobre estos temas. Las catequesis sobre la Teología del Cuerpo fueron, en cierto modo, el fruto de toda esa trayectoria intelectual y espiritual puesta al servicio de la Iglesia universal.

La ocasión inmediata para comenzar estas catequesis fue la convocatoria del Sínodo de los Obispos de 1980, dedicado a la misión de la familia cristiana. Juan Pablo II quiso preparar ese evento no abordando directamente los temas polémicos, sino yendo a las raíces: ¿quién es el ser humano? ¿qué es el amor? ¿qué dice el cuerpo sobre nuestra vocación? Desde esas preguntas fundamentales, todo lo demás encuentra su lugar.


El punto de partida: los fariseos y Cristo

Todo comienza con una pregunta tendenciosa. Los fariseos se acercan a Jesús y le preguntan: «¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa?» (Mt 19,3). La intención era atraparlo en una disputa legal, hacerlo pronunciarse sobre las distintas escuelas de interpretación de la Ley de Moisés. Jesús hace algo inesperado: los remite al principio.

«¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? […] Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19,4.6). Y cuando los fariseos objetan que Moisés permitió el divorcio, Jesús responde: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así» (Mt 19,8).

Dos veces en el mismo intercambio, Cristo señala hacia el principio. Hacia una realidad originaria, anterior a toda ley y a toda casuística. El Papa advirtió la profundidad de este gesto y construyó sobre él todo su edificio teológico.

«El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy tiene como finalidad, entre otras cosas, acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a las raíces profundas de las que brota este tema.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 5 de septiembre de 1979)

La Teología del Cuerpo responde las preguntas difíciles desde los fundamentos, desde las raíces.


El mapa de la historia de la salvación

Para entender hacia dónde apunta Cristo cuando dice «el principio», es útil trazar un mapa sencillo de la historia de la salvación. San Juan Pablo II lo estructura en tres momentos fundamentales: el hombre original, el hombre histórico y el hombre escatológico.

El hombre original es aquel que existió antes del pecado original, en el estado de inocencia y gracia que describe el libro del Génesis. Es el hombre tal como Dios lo quiso desde el principio: integrado, libre, en comunión perfecta con su Creador y con el otro sexo. A este estado es al que Cristo remite cuando habla del principio.

El hombre histórico es el hombre que vivimos siendo: marcados por el pecado original, habitando un mundo distorsionado, experimentando en nuestra propia carne la tensión entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. La distorsión no destruye lo que hay debajo; lo oscurece, lo enturbia, lo hace menos transparente.

El hombre escatológico es el hombre redimido, el que está en camino hacia el Reino, orientado hacia la plenitud que Cristo vino a restaurar. La redención recapitula la historia y la eleva.

«Las palabras de Cristo nos permiten encontrar en el hombre una continuidad esencial y un vínculo entre estos dos diversos estados o dimensiones del ser humano. El estado de pecado forma parte del hombre histórico… pero ese estado, en cada uno de los hombres, sin excepción alguna, hunde sus raíces en su propia prehistoria teológica, que es el estado de la inocencia original.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 26 de septiembre de 1979)


La distorsión no es destrucción

Hay una imagen que sirve para entender lo que ocurrió con el pecado original: la televisión de antena. Cuando la señal llegaba bien, la imagen era nítida. Cuando algo interfería, la imagen se llenaba de ruido, se hacía borrosa. Todavía se podía reconocer lo que mostraba; simplemente ya no era claro.

Eso es lo que el pecado original hizo con el amor humano, con la familia, con la comprensión de la propia identidad. Las cosas siguen ahí, reconocibles en su forma, aunque distorsionadas en su expresión. Por eso la teología moral arranca del reconocimiento de lo que es bueno y de lo que ese bien está llamado a ser.

Esto tiene una importancia pastoral enorme. Cuando alguien llega con una vida distorsionada —una familia rota, una identidad confusa, una historia de heridas— la primera respuesta cristiana es señalar el bien original que está debajo de esa distorsión.

«Todo punto del estado pecaminoso histórico del hombre se explica, tanto para el alma como para el cuerpo, con referencia a la inocencia original.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 26 de septiembre de 1979)


Los dos relatos de la creación

Cuando Cristo remite al principio, apunta en realidad a dos textos distintos del Génesis, que responden a tradiciones literarias diferentes y que él une en su respuesta.

El primer relato (Gén 1,1–2,4) es el texto sacerdotal, cronológicamente más reciente. Es sobrio, objetivo, casi litúrgico. Avanza con un ritmo de días y concluye siempre con la misma afirmación: «y vio Dios que era bueno». Cuando llega a la creación del hombre, algo cambia en el ritmo: el Creador parece detenerse, como si tomara una decisión especialmente significativa. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1,26).

«El primer relato es conciso, libre de cualquier huella de subjetivismo: contiene sólo el hecho objetivo y define la realidad objetiva, tanto cuando habla de la creación del hombre, varón y hembra, a imagen de Dios, como cuando añade poco después las palabras de la primera bendición: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 12 de septiembre de 1979)

El segundo relato (Gén 2,5–25) es el texto yahvista, más antiguo y de carácter narrativo y psicológico. Es el relato del barro, del aliento de vida, del jardín, de la soledad de Adán y del encuentro con Eva.

«El segundo relato de la creación, al formular la verdad sobre el hombre, nos sorprende con su profundidad típica. Se puede decir que es una profundidad de naturaleza sobre todo subjetiva y, por lo tanto, en cierto sentido, psicológica. El capítulo 2 del Génesis constituye, en cierto modo, la más antigua descripción registrada de la autocomprensión del hombre.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 19 de septiembre de 1979)

El primer relato nos dice qué es el hombre; el segundo nos dice qué experimenta el hombre al descubrirse a sí mismo.


La soledad originaria: descubrir que soy imagen de Dios

En el corazón del segundo relato de la creación se encuentra una experiencia que san Juan Pablo II llama «soledad originaria». El texto parte de las palabras de Dios: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gén 2,18). Antes de crear a la mujer, Dios presenta al hombre todos los animales para que les ponga nombre. El hombre los observa uno por uno, les da nombre, y descubre en ese proceso que ninguno de ellos es semejante a él.

Al nombrar a los animales, el hombre no solo cataloga el mundo: se descubre a sí mismo. Aprende lo que no es —no es piedra, no es planta, no es animal— y por esa vía llega a intuir lo que sí es.

«El hombre toma conciencia de la propia superioridad, es decir, no puede ponerse al nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra. El hombre está solo porque es diferente del mundo visible, del mundo de los seres vivientes.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 10 de octubre de 1979)

La conclusión a la que llega el hombre es profunda: su identidad de origen, su punto de referencia primero, no es el mundo animal sino el Creador. Y esa es una verdad que cambia todo.


El cuerpo como revelación de la persona

En ese proceso de autoconocimiento, el cuerpo juega un papel esencial. Es a través del cuerpo que el hombre entra en contacto con el mundo y descubre su propia diferencia. El cuerpo revela a la persona. Esta afirmación tiene un peso enorme en el contexto cultural actual, que tiende a separar el cuerpo del yo, a tratarlo como un dato exterior a la identidad profunda.

«El hombre es sujeto no sólo por su autoconciencia y autodeterminación, sino también a base de su propio cuerpo. La estructura de este cuerpo es tal, que le permite ser autor de una actividad puramente humana. En esta actividad el cuerpo expresa la persona. Es, pues, en toda su materialidad, penetrable y transparente, de modo que deja claro quién es el hombre.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 31 de octubre de 1979)

El cuerpo y la persona son inseparables, y lo que hacemos con el cuerpo nos afecta en lo más hondo de quienes somos.


Ser hijo antes que cualquier otra cosa

La reflexión sobre la soledad originaria tiene una dimensión relacional que el Papa Benedicto XVI, con su encíclica Deus Caritas Est, ayudó a iluminar con mayor profundidad. Si el hombre descubre que es imagen de Dios, y si Dios es una Trinidad de Personas, entonces ser imagen de Dios implica algo relacional desde el inicio.

El Padre da todo al Hijo: un amor que se entrega totalmente, sin reservas. El Hijo recibe todo del Padre y se entrega completamente a Él: encomienda su vida en sus manos. El Espíritu Santo es ese mismo vínculo de amor hecho persona, subsistente en sí mismo.

Todo ser humano está llamado a ser primero hijo o hija: a recibir su identidad desde el amor del Padre, a saberse amado antes de cualquier logro o fracaso. La soledad originaria de Adán termina siendo, en el fondo, el descubrimiento de su filiación. Antes de ser esposo, antes de ser padre, el hombre es hijo. Y esa es la verdad más fundamental sobre quién es.


El método pastoral de la Teología del Cuerpo

Hay una tentación muy común en la catequesis y en la predicación: empezar por las conclusiones. Se habla de lo que está prohibido antes de hablar de lo que es bueno; se explica la norma antes de proclamar el amor que la fundamenta. El Papa Francisco señala que el orden correcto va del kerigma —«Dios te ama, murió por ti, quiere entrar en tu vida»— a la catequesis, y de allí a las conclusiones doctrinales y morales.

La Teología del Cuerpo es un modelo pedagógico en este sentido. Antes de hablar de anticoncepción, de matrimonio indisoluble, de castidad o de cualquier otra norma concreta, Juan Pablo II dedica catorce catequesis a contemplar la bondad original del hombre tal como Dios lo creó. La bondad es el punto de partida.

«El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy tiene como finalidad dirigir la atención a las raíces profundas de las que brota este tema.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 5 de septiembre de 1979)

Esas raíces son el amor creador de Dios, la dignidad del ser humano hecho a su imagen, y la vocación al amor inscrita en su cuerpo desde el principio.


Una invitación a volver al comienzo

La Teología del Cuerpo es una antropología teológica, una meditación sobre quiénes somos y por qué somos así. Parte de las palabras de Cristo a los fariseos y desciende hasta los primeros capítulos del Génesis, para desde allí iluminar todo: el matrimonio, la virginidad, el cuerpo, el amor, el sufrimiento, la esperanza.

Cada uno de nosotros lleva en su historia momentos en que algo se distorsionó. Una familia rota, una herida recibida, una elección equivocada, un amor que no llegó o que llegó mal. Debajo de esa distorsión hay algo que sigue siendo bueno, algo que Dios puso en nosotros desde el principio y que permanece como raíz viva.

«Todo punto de su estado pecaminoso histórico se explica con referencia a la inocencia original.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 26 de septiembre de 1979)

En esa referencia hay una promesa: lo que fuimos llamados a ser sigue siendo lo que somos en el fondo, y Cristo vino a traer claridad donde el pecado puso distorsión.

Volver al principio es el primer paso de la redención.


Artículo preparado con ayuda de IA en base a un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.