El Don del Encuentro:

Unidad, Desnudez y el Significado del Cuerpo

La reflexión sobre el ser humano que propone la Teología del Cuerpo no se detiene en la soledad originaria. Esa soledad, como vimos en la entrega anterior, no es el destino del hombre sino su punto de partida: el lugar donde descubre que es hijo de Dios, diferente de todo lo creado, hecho para algo más. Y ese algo más tiene un nombre: la comunión.

El relato del Génesis avanza con una lógica interior admirable. Después de que Adán recorre el mundo y descubre que ninguna criatura es semejante a él, Dios pronuncia una sentencia que suena casi a reconocimiento de una carencia: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gén 2,18). No porque Adán esté incompleto en su relación con Dios, sino porque esa relación, por su propia naturaleza, quiere desbordarse hacia afuera, hacerse visible en el mundo, encarnarse en una comunión entre personas.


De la soledad a la unidad: el camino del amor

Hay una secuencia en el relato bíblico que conviene contemplar despacio. Primero Dios crea al hombre, lo coloca en el jardín y le confía su cuidado. Luego dice que no es bueno que esté solo y comienza a presentarle los animales, uno por uno, para que les ponga nombre. El hombre los observa, los nombra y confirma, una vez más, que ninguno es su igual. Es solo después de ese largo proceso de búsqueda —y de su frustración— que cae sobre él un sueño profundo, y de ese sueño despierta encontrándose frente a la mujer.

San Juan Pablo II meditó largamente sobre ese sopor. Lo interpretó como un retorno simbólico al no-ser, al umbral de la creación, para que el hombre pudiera despertar de manera nueva: ya no solo, sino en su doble unidad de varón y mujer. Como si Dios quisiera que ese encuentro tuviera el peso de una segunda creación, de un nuevo comienzo.

«El primer hombre, al despertar de su sueño, ve a la mujer que Dios le trae, y expresa alegría e incluso exaltación, de las que antes no tenía oportunidad, por faltarle un ser semejante a él.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 7 de noviembre de 1979)

Las palabras que Adán pronuncia al verla son las primeras palabras de amor registradas en la Escritura: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gén 2,23). En hebreo tienen la forma de un superlativo, de una exclamación desbordante. Y contienen una verdad teológica de primer orden: al reconocer en ella su propia humanidad —la misma carne, los mismos huesos—, Adán la reconoce también como imagen del mismo Dios. La ve como él mismo se ve: hecha para Dios, hecha para el amor.


Unidad y dualidad: iguales pero no idénticos

Esa primera exclamación revela algo que permanece como fundamento de toda relación entre varón y mujer: son profundamente iguales en dignidad y radicalmente distintos en su modo de ser. La Teología del Cuerpo nombra esta doble realidad con precisión: unidad y dualidad. Son la misma humanidad expresada de dos maneras distintas, complementarias, mutuamente reveladoras.

«La unidad denota ante todo la identidad de la naturaleza humana; en cambio, la dualidad manifiesta lo que, a base de tal identidad, constituye la masculinidad y la feminidad del hombre creado.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 14 de noviembre de 1979)

Esta distinción importa porque el encuentro entre el varón y la mujer no es el encuentro de dos fragmentos que se completan mutuamente, como si cada uno fuera medio ser humano en busca de su otra mitad. Es el encuentro de dos personas completas, cada una con su propia dignidad como hijo o hija de Dios, que se reconocen mutuamente en lo que comparten y se enriquecen mutuamente en lo que los diferencia. La feminidad se descubre frente a la masculinidad; la masculinidad se confirma a través de la feminidad. No por oposición, sino por la fecundidad del encuentro.

«La feminidad, en cierto sentido, se encuentra a sí misma frente a la masculinidad, mientras que la masculinidad se confirma a través de la feminidad.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 21 de noviembre de 1979)


El cuerpo como lenguaje de la persona

Hay un desplazamiento cultural enorme en este punto que merece detenerse. Vivimos en una época que tiende a separar el cuerpo de la identidad personal, a tratarlo como un dato exterior, modificable, sin relevancia para lo que realmente somos. La Teología del Cuerpo va en dirección exactamente opuesta: el cuerpo no recubre a la persona sino que la expresa. El cuerpo habla.

Cuando Adán dice «carne de mi carne», no está hablando solo de biología. Está diciendo: en su cuerpo veo a una persona. Su cuerpo me revela quién es ella. Y el hecho de que su cuerpo sea femenino y el mío masculino no es un accidente zoológico, sino un modo de ser persona, una manera de existir en relación.

«La masculinidad y la feminidad expresan el doble aspecto de la constitución somática del hombre e indican, además, la nueva conciencia del sentido del propio cuerpo: sentido que consiste en un enriquecimiento recíproco.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 14 de noviembre de 1979)

Esto tiene consecuencias muy concretas. La diferencia sexual no es una limitación que habría que superar, ni un rol social construido arbitrariamente, ni un dato menor frente a una supuesta identidad puramente espiritual. Es parte constitutiva de lo que soy como persona. Mi cuerpo, con su masculinidad o su feminidad, me revela a mí mismo y revela también la clase de comunión para la que fui creado.


La communio personarum: imagen de la Trinidad

La unidad que se forma entre el varón y la mujer tiene un nombre preciso en el vocabulario teológico de Juan Pablo II: communio personarum, comunión de personas. No simplemente convivencia, ni sociedad, ni contrato. Comunión: una realidad que nace del interior de cada persona y se abre hacia el otro en un movimiento de don.

«El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión. Él es, desde el principio, no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige al mundo, sino también y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 14 de noviembre de 1979)

Esta frase es una de las más densas de toda la serie. La imagen de Dios no es solo algo que cada individuo lleva en sí mismo; es también algo que se revela en la relación entre personas. Cuando el varón y la mujer se dan mutuamente en un amor libre, total, fiel y fecundo, juntos son imagen de la Trinidad. La comunión que existe desde la eternidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se hace visible, de algún modo, en la comunión entre esposo y esposa, y se vuelve aún más visible cuando de ese amor nace un tercero.


Desnudez sin vergüenza: la transparencia del don

El relato del Génesis concluye su descripción del estado original con una frase que parece menor pero que resulta ser una de las claves más importantes de toda la Teología del Cuerpo: «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello» (Gén 2,25).

Juan Pablo II dedicó varias catequesis a meditar sobre esta frase, porque en ella se encierra algo esencial sobre la inocencia originaria. La desnudez sin vergüenza no es ingenuidad ni primitivisimo. Es la expresión de una comunicación perfecta entre las personas, de una transparencia total. En ese estado, el cuerpo de cada uno revelaba sin distorsión quién era esa persona ante Dios y ante el otro. No había nada que esconder porque no había nada que protegerse.

«La frase según la cual los primeros seres humanos «estaban desnudos» y sin embargo «no se avergonzaban de ello» describe indudablemente su estado de conciencia, más aún, su experiencia recíproca del cuerpo, esto es, la experiencia por parte del hombre de la feminidad que se revela en la desnudez del cuerpo y, recíprocamente, la experiencia análoga de la masculinidad por parte de la mujer.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 12 de diciembre de 1979)

La vergüenza, en cambio, aparece después del pecado, y su aparición no es un detalle menor. «Entonces viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones» (Gén 3,7). El adverbio entonces marca un antes y un después. Antes: desnudos y sin vergüenza, una comunicación total entre personas que se ven mutuamente como dones de Dios. Después: desnudos y avergonzados, una necesidad de protegerse del otro, de ocultar algo.

«La vergüenza es siempre un miedo a no ser aceptado según el propio valor. Con el pudor el ser humano manifiesta, casi instintivamente, la necesidad de la afirmación y de la aceptación de este yo según su justo valor.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 19 de diciembre de 1979)


El significado esponsal del cuerpo

Todo este recorrido por la soledad originaria, la unidad y la desnudez converge en lo que la Teología del Cuerpo llama el significado esponsal del cuerpo. El cuerpo humano, por su propia estructura, está orientado al don. No solo puede darse, sino que está hecho para darse. Esa capacidad de hacer de uno mismo un regalo para otra persona es la inscripción más profunda de la imagen de Dios en la carne humana, porque Dios mismo es amor que se da.

«El cuerpo, en su masculinidad y feminidad, es testimonio de la creación como don fundamental y, por tanto, testimonio del Amor como fuente de la que brota el mismo donarse.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 9 de enero de 1980)

Esta es la razón por la que cualquier uso del cuerpo que lo reduzca a instrumento —que vea en el otro no a una persona sino a una fuente de placer o de satisfacción— va contra la lógica más interior del cuerpo mismo. El cuerpo está hecho para el don, no para el uso. Y el don verdadero siempre reconoce en el otro a alguien creado para sí mismo, amado por Dios antes que por mí, con una dignidad que precede a cualquier relación que pueda establecerse con él.


Volver a ver al otro como don

Hay una pregunta práctica que emerge de todo este recorrido y que vale la pena formular con claridad: ¿cómo miro a las personas que me rodean? ¿Las veo como presencias que pueden servirme o estorbarme, o las veo como personas creadas por Dios para sí mismas, entregadas a mi vida como un don?

Esa mirada, que en el estado original era espontánea y transparente, hoy requiere conversión. Requiere volver a aprender a ver al otro con los ojos del Génesis, a escuchar el eco de la bendición divina que resuena sobre cada ser humano: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gén 1,31). En cada persona que encontramos, Dios pronunció esa bendición. Y en esa bendición está la raíz de toda comunión auténtica.


Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.