La Mirada que Revela el Corazón

Concupiscencia, Pureza y el Ethos de la Redención

En los tres artículos anteriores de esta serie hemos recorrido el arco que va desde la belleza de los orígenes hasta la fractura del pecado original. Hemos contemplado al hombre y a la mujer en su estado de inocencia, hemos meditado sobre la desnudez sin vergüenza como signo de una comunión perfecta, y hemos visto cómo esa transparencia quedó oscurecida por el pecado. Ahora la Teología del Cuerpo da un paso decisivo: ¿qué hace Cristo con todo eso? ¿Cómo habla al hombre histórico, al que vive en ese mundo distorsionado que todos conocemos?

La respuesta llega en el Sermón de la Montaña, con una frase que ha desconcertado y fascinado a los lectores de todos los tiempos: «Todo el que mira a una mujer deseándola ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28).


Cristo no abroga la ley: la interioriza

Antes de pronunciar esas palabras, Jesús dice algo que conviene no olvidar: «No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mt 5,17). Y a continuación va recorriendo los mandamientos uno a uno, formulando en cada caso una contraposición que tiene siempre la misma estructura: «Habéis oído que fue dicho… pero yo os digo…»

Este movimiento no es un endurecimiento de la ley. Es su interiorización. Cristo no añade más normas a las que ya existían. Lo que hace es desplazar el centro de gravedad: del acto exterior al corazón. No se trata solo de lo que hacemos, sino de desde dónde lo hacemos. No basta no cometer adulterio; hay que aprender a ver al otro con un corazón que reconozca en él la imagen de Dios.

San Juan Pablo II identificó este texto del Sermón de la Montaña como una de las dos claves de toda la Teología del Cuerpo —junto con la referencia al principio que Cristo hace en la conversación con los fariseos.

«Cristo apela al hombre interior. Lo hace muchas veces y en diversas circunstancias. En este caso aparece particularmente explícito y elocuente, no sólo respecto a la configuración del ethos evangélico, sino también respecto a la posibilidad de construir una teología del cuerpo que tome raíces en el Evangelio.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 16 de abril de 1980)


El corazón como campo de batalla

En la tradición bíblica, el corazón no es la sede de los sentimientos, como en la cultura contemporánea. Es el centro de la persona, el lugar donde reside la libertad y desde donde brotan las decisiones más fundamentales. Cuando Cristo habla del corazón, habla del núcleo de la identidad personal.

Y en ese corazón, después del pecado original, hay una tensión que todos conocemos. San Juan Pablo II la describe con el concepto de ethos: el conjunto de valores interiores que gobiernan las relaciones humanas, el modo como uno percibe al otro y actúa en consecuencia. La diferencia entre el hombre original y el hombre histórico no está en las normas externas que los rigen, sino en el ethos interior desde el que viven.

En el estado de inocencia original, el ethos era el del don: el hombre veía en la mujer un regalo de Dios, la acogía en su dignidad plena, y su cuerpo expresaba sin distorsión esa actitud interior. Después del pecado, ese ethos se ve amenazado constantemente por la concupiscencia, que tiende a convertir al otro en objeto, en fuente de satisfacción, en propiedad.

«La moralidad en la que se realiza el sentido mismo del ser hombre se forma en la percepción interior de los valores, de la que nace el deber como expresión de la conciencia, como respuesta del propio yo personal. El ethos nos hace entrar simultáneamente en la profundidad de la norma misma y descender al interior del hombre-sujeto de la moral.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 16 de abril de 1980)


¿Qué es la concupiscencia de la mirada?

Cuando Cristo habla del que «mira a una mujer deseándola», no está condenando el deseo como tal ni la atracción entre los sexos. El deseo y la atracción forman parte del significado esponsal del cuerpo: son la forma en que el varón y la mujer se reconocen mutuamente como dones, se abren el uno al otro, se orientan hacia la comunión.

Lo que Cristo señala es algo más preciso: una mirada que busca poseer en lugar de acoger, que reduce a la persona a su cuerpo y a su cuerpo a un objeto de uso. Es el deseo divorciado del significado esponsal del cuerpo: el deseo que ya no ve en el otro a una persona amada por Dios para sí misma, sino a un medio para satisfacer una necesidad interior.

«La mirada que expresa la concupiscencia del cuerpo es aquella que busca al otro solamente como objeto de placer potencial. Ésta es una apropiación interior de la otra persona. Y esto, precisamente en el corazón, ya es adulterio.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 23 de abril de 1980)

La pregunta que surge naturalmente es: ¿cómo distinguir entre el deseo legítimo y la concupiscencia? La distinción no está en la intensidad del sentimiento, sino en la orientación interior. El deseo que reconoce en el otro a una persona, que quiere su bien, que lo acoge en su dignidad, es plenamente humano y bueno. La concupiscencia busca apropiarse, usar, reducir. Y esa diferencia no se juega solo en los actos externos, sino en el corazón.


La persona virtuosa y la persona continente

Aquí la Teología del Cuerpo introduce una distinción que tiene enorme importancia práctica, especialmente para la educación y la formación de la conciencia. Se trata de la diferencia entre la persona virtuosa y la persona continente.

La persona continente conoce la ley, la respeta y la cumple. Pero lo hace desde la tensión interior: quiere algo que sabe que no debe hacer, y se contiene. Su referencia es la norma exterior. Vive una especie de guerra fría consigo misma, y eso genera frustración, amargura o una sensación de privación permanente.

La persona virtuosa también conoce la ley y la cumple. Pero su motivación viene de dentro: actúa desde el amor, desde la conciencia de lo que es verdaderamente bueno, desde la libertad del don. No experimenta la ley como un límite externo sino como expresión de su identidad más profunda como hijo de Dios. Y esa integración genera alegría, porque Santo Tomás enseñaba que la alegría es el fruto de la acción virtuosa.

Cristo llama a sus discípulos a algo más que a la continencia. Los llama a la transformación del corazón, a esa pureza interior desde la que se ve al otro con limpieza, sin reducirlo a objeto. Es un horizonte alto, exigente. Pero es precisamente el horizonte de la redención.


La mirada revela el corazón

Hay un punto en el análisis de San Juan Pablo II que resulta especialmente incisivo y aplicable a la vida cotidiana: donde uno dirige los ojos revela dónde está su corazón. La mirada no es un acto neutral. Es una manifestación del mundo interior de la persona.

Cuando Adán contempla a Eva en el estado original, ve en ella a una persona creada por Dios, imagen del mismo Creador que él mismo refleja. Ve en ella el don. Su mirada está impregnada del ethos del don. Después del pecado, esa misma mirada puede volverse posesiva, evaluativa, cosificadora. El cuerpo sigue siendo el mismo; lo que cambió fue el corazón desde el que se mira.

«Precisamente esta mirada o visión —con la que el hombre y la mujer se ven recíprocamente en el misterio mismo de la creación— conduce a esa comunión de las personas, que la Biblia llama «una sola carne». La concupiscencia, en cambio, busca satisfacerse a sí misma, no al otro.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 30 de abril de 1980)

Esto tiene consecuencias muy prácticas para la vida cotidiana. Cada vez que miramos a otra persona, hay una decisión implícita sobre cómo verla. Como imagen de Dios, como persona creada para sí misma, amada por el Padre antes de ser conocida por nosotros. O como un dato en el paisaje de nuestros deseos, miedos y necesidades. La educación de la mirada es una parte esencial de la vida espiritual.


La triple concupiscencia y su raíz

La tradición teológica, siguiendo la Primera Carta de San Juan (1 Jn 2,16), habla de tres formas de concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida. San Juan Pablo II las relaciona entre sí y las conecta con la raíz última del pecado original: la duda sobre si Dios quiere nuestro bien.

Cuando esa duda entra en el corazón, el hombre se queda solo consigo mismo. Pierde el suelo de su filiación divina. Y entonces el vacío que queda necesita ser llenado: con cosas, con dominio, con placer. La concupiscencia no es simplemente el impulso sexual desordenado. Es la tendencia más profunda de un corazón que ha perdido su centro y busca llenarse con lo que tiene a mano.

«La triple concupiscencia no corresponde a la plenitud de la imagen de Dios, sino al daño, a las deficiencias, a las limitaciones que aparecieron con el pecado. La triple concupiscencia no es la herencia que tenemos de nuestros primeros padres en el plano de la creación, sino en el plano del pecado.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 5 de marzo de 1980)

Por eso la solución al problema de la concupiscencia no está únicamente en el autocontrol o en el desarrollo de la virtud por esfuerzo propio. Tiene que pasar por la restauración de la relación con Dios. Solo cuando el corazón vuelve a encontrar en Él su centro, puede mirar al otro sin querer apropiárselo.


El sacramento del matrimonio como signo verdadero

En este contexto aparece con más claridad el porqué de la exigencia moral de la Iglesia respecto al matrimonio y a la sexualidad. No se trata de normas arbitrarias, ni de una desconfianza hacia el cuerpo o el placer. Se trata de la integridad del signo.

El matrimonio es un sacramento, y como todo sacramento, transmite en el mundo visible una realidad invisible. El amor entre esposo y esposa es signo del amor de Cristo por su Iglesia. Para que ese signo sea verdadero, tiene que expresar realmente lo que significa: un amor libre, total, fiel y fecundo.

Cuando la sexualidad se separa del significado esponsal del cuerpo —cuando se convierte en recreación, en posesión, en uso del otro— el signo se falsifica. No porque el placer sea malo en sí mismo, sino porque el cuerpo tiene un lenguaje que no puede mentir sin herirse.

«La moralidad del matrimonio se entiende siempre a través de la lógica del signo verdadero. El signo tiene que ser íntegro. Y esa integridad no viene de la ley, sino de la verdad sobre la persona y sobre el amor.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 2 de abril de 1980)


La redención del cuerpo: el horizonte posible

El último punto que la Teología del Cuerpo quiere subrayar en esta sección es quizás el más importante: la concupiscencia no tiene la última palabra. Cristo no vino a confirmar al hombre en su estado de pecado, sino a redimirlo. Y esa redención alcanza al cuerpo, a la sexualidad, al corazón.

El Sermón de la Montaña no es una sentencia de culpabilidad sino una invitación al camino. Cuando Cristo dice que quien mira con concupiscencia ya cometió adulterio en el corazón, no lo dice para condenar sino para señalar dónde está el verdadero trabajo: en la interioridad, en la libertad del don, en la pureza de corazón que hace capaces de ver a Dios en el rostro del otro.

Esa pureza de corazón no es el punto de partida, sino el horizonte hacia el que orienta la vida de gracia. Es el fruto de una relación con Cristo que transforma desde dentro, que restaura la imagen de Dios en el corazón, que devuelve al cuerpo su transparencia originaria.

«Cristo llama al hombre a la plena y madura espontaneidad de las orientaciones que brotan de la percepción interior de los valores. En cierto sentido, esto es la más plena forma de la ley: aquella que Cristo dice haber venido a cumplir y no a abrogar.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 16 de abril de 1980)

La pureza de corazón no consiste en dejar de ver. Consiste en aprender a ver bien.


Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.