El Camino de la Pureza de Corazón
En el artículo anterior contemplamos cómo Cristo, en el Sermón de la Montaña, desplaza el centro de la moral desde el acto exterior hacia el corazón. No basta con no cometer adulterio: hay que aprender a ver al otro con una mirada purificada, que reconozca en él la imagen de Dios. Es una invitación a elevar la visión del hombre. Y esa invitación abre el horizonte de lo que la Teología del Cuerpo llama el ethos de la redención: la posibilidad real de que el amor humano sea sanado, transformado y elevado por la gracia de Cristo.
Este artículo recorre ese horizonte.
El nuevo ethos: más allá de la norma
La clave para entender lo que Cristo propone en el Sermón de la Montaña está en distinguir dos maneras de relacionarse con la ley moral. La primera es la del hombre meramente continente: conoce la norma, la respeta, pero su vida interior es una tensión permanente entre lo que quiere y lo que debe. Cumple, pero sin alegría. La segunda es la del hombre virtuoso: actúa bien porque ha integrado en sí mismo los valores que la norma expresa. Su obediencia no es esfuerzo sino expresión de lo que es.
Cristo no llama a sus discípulos a ser meros hombres que reprimen todos sus impulsos. Los llama a una transformación del corazón. El ethos del Evangelio no es un conjunto de reglas severas; es un modo nuevo de ver, de desear, de amar.
«El ethos nos hace entrar simultáneamente en la profundidad de la norma misma y descender al interior del hombre-sujeto de la moral. El valor moral está unido al proceso dinámico de la intimidad del hombre. Para alcanzarlo, no basta detenerse en la superficie de las acciones humanas, es necesario penetrar en el interior.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 16 de abril de 1980)
Esta interiorización de la norma es lo que hace posible que la moral cristiana no sea una carga sino una liberación. Cuando el corazón está orientado correctamente, la ley deja de ser un límite exterior y se convierte en la expresión natural de quien uno ha llegado a ser.
Eros: el deseo que puede ser redimido
Hay un concepto que la Teología del Cuerpo recupera: el eros. San Juan Pablo II no huye de esta palabra. La asume, la examina y muestra su potencial, será de hecho este un término que años más tarde Benedicto XVI profundizará en la Deus Caritas est de momento nos quedamos con la exposición que venimos tratando.
San Juan Pablo II recuerda como para Platón, el eros es el movimiento interior que nos lanza hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello. Es una fuerza ascendente, una atracción hacia lo que vale. En su forma más pura, el eros no es simplemente deseo sexual: es la capacidad humana de ser atraído por el bien y de moverse hacia él. Y en esa capacidad está inscrita la imagen de Dios.
Ahora bien, el eros caído —la concupiscencia— distorsiona ese movimiento. En lugar de orientarse hacia el otro como persona, se orienta hacia el otro como objeto de posesión. En lugar de querer el bien del otro, busca la propia satisfacción. Pero esa distorsión no destruye el eros: lo tuerce. Y lo que está torcido puede ser enderezado.
«Si suponemos que el eros significa el poder interior que atrae al hombre hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello, entonces también se ve abrirse dentro del alcance de ese concepto un camino hacia lo que Cristo quería expresar en el Sermón de la Montaña: cuando las palabras de Mateo 5,27-28 son una acusación del corazón humano, son al mismo tiempo y más aún un llamamiento dirigido a él.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 30 de julio de 1980)
La llamada de Cristo no es a extinguir el eros, sino a redimirlo. A llevar ese fuego de atracción hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello de nuevo hacia su fuente: hacia Dios, y desde Dios hacia el otro en toda su dignidad de persona.
La insaciabilidad del deseo y su raíz
Una de las observaciones más penetrantes de la Teología del Cuerpo sobre la condición humana es lo que San Juan Pablo II llama la insaciabilidad del deseo después del pecado original. ¿Por qué el amor humano parece nunca bastarse a sí mismo? ¿Por qué hay relaciones que, aun teniendo todo, sienten que algo falta?
La respuesta está en la raíz: el espacio que Dios dejó cuando fue rechazado del corazón es demasiado grande para que ninguna criatura lo llene. Cuando ese espacio queda vacío, el deseo de comunión con el otro —que es bueno en sí mismo— se vuelve compulsivo, posesivo, nunca saciado. El hombre busca en el otro lo que solo Dios puede dar.
«Esta conciencia, por decirlo así, culpa al cuerpo de ello, le quita la sencillez y la pureza del significado unido a la inocencia originaria del ser humano.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 25 de junio de 1980)
Esto explica muchas dinámicas relacionales que todos hemos observado o experimentado: la dependencia emocional que sofoca, los celos que destruyen, la búsqueda interminable de confirmación. No son problemas de mal carácter: son síntomas de un vacío espiritual más profundo. El primer paso de la sanación es siempre el mismo: restaurar la relación con Dios como fuente de identidad y de amor.
«Solo cuando el hombre está seguro en Dios, cuando sabe que es hijo del Padre, puede entonces hacer un don de sí mismo al otro sin querer tomar posesión de él.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 4 de junio de 1980)
Las tres corrientes de pensamiento que modelan el corazón
San Juan Pablo II señala que hay tres grandes corrientes de pensamiento moderno que han conformado profundamente la manera en que la cultura contemporánea entiende el deseo, el cuerpo y la relación entre personas. Las llama los maestros de la sospecha: Freud, Marx y Nietzsche.
Freud reduce al hombre a sus impulsos: todo es deseo sexual, todo es libido, y la moral no es más que represión. Corresponde a la concupiscencia de la carne. Marx reduce la realidad a los sistemas y las estructuras: si cambias el sistema, cambias al hombre; la persona no es un fin en sí misma sino una función del proceso histórico. Corresponde a la concupiscencia de los ojos, esa mirada que reduce todo a utilidad. Nietzsche pone en el centro la voluntad de poder: Dios ha muerto, y el hombre debe convertirse en su propio dios. Corresponde a la soberbia de la vida.
Estas corrientes no son solo filosofías académicas. Han penetrado en la cultura popular, en la televisión, en la publicidad, en la manera de hablar del amor y de entender la libertad. Forman el corazón de las generaciones sin que estas se den cuenta. Y por eso la Teología del Cuerpo es tan necesaria: no como argumento filosófico, sino como una visión alternativa del hombre que regenera desde dentro.
Maniqueos y virtuosos: dos formas de malentender el cuerpo
La Teología del Cuerpo debe navegar entre dos escollos igualmente peligrosos. El primero es el maniqueísmo: la idea de que el cuerpo y la sexualidad son malos en sí mismos, que el placer es sospechoso, que lo espiritual es bueno y lo corporal es malo. Esta visión puede presentarse con ropaje religioso y deforma la relación con la realidad que se vive llevando a muchos problemas de pareja.
El segundo escollo es el opuesto: ver la sexualidad con tal gravedad y seriedad que se pierda la naturalidad, el humor, la espontaneidad que también pertenecen al amor humano. Ni el pudor rígido ni la rigidez en cada momento íntimo son el ideal cristiano.
La Teología del Cuerpo propone algo diferente: ver el cuerpo y la sexualidad como buenos, como expresión de la persona y lenguaje del amor, aunque heridos por el pecado y necesitados de redención. El pecado no está en el cuerpo, sino en la orientación del corazón.
«La ethos cristiana se caracteriza por una transformación de la conciencia y de las actitudes del ser humano que expresa y realiza el valor del cuerpo y del sexo.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 30 de julio de 1980)
Pureza: una relación viva, no una regla
La pureza de corazón que Cristo invoca en las Bienaventuranzas —«bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8)— no es la ausencia de atracción ni la indiferencia ante la belleza. Es la capacidad de ver al otro con los ojos de Dios: reconocer en él a una persona amada por el Padre, alguien que tiene una historia, una dignidad y una vocación que van mucho más allá de lo que mis deseos quieran proyectar sobre él.
La pureza madura es distinta tanto de la promiscuidad como de la escrupulosidad. Es la ordenación del eros hacia su destino verdadero, que es el amor que se dona y acoge al otro como persona.
«Eros y ethos no se diferencian entre sí, no se contradicen, sino que se llaman el uno al otro, se completan mutuamente en el corazón del hombre. La llamada a «la pureza de corazón» es, al mismo tiempo, la llamada a la «plenitud del eros».» (San Juan Pablo II, Catequesis del 13 de agosto de 1980)
Esta pureza no se consigue de una vez ni por esfuerzo propio. Es el fruto de una relación sostenida con Cristo, que actúa en el corazón desde dentro. La gracia que fluye de la Pascua del Señor tiene el poder de reordenar los deseos, de sanar las heridas del pasado, de devolver al cuerpo su capacidad de ser lenguaje verdadero de la persona.
Las virtudes como camino
La transformación del corazón requiere también el ejercicio de las virtudes, que son los hábitos interiores que van configurando la manera de responder ante las situaciones concretas. San Juan Pablo II, en esta sección de las catequesis, habla de la templanza, la fortaleza y la prudencia como virtudes que ordenan el deseo, sostienen en el tiempo y ayudan a evitar las ocasiones que debilitan la orientación del corazón.
Pero siempre con una advertencia fundamental: las virtudes no son un fin en sí mismas, y enseñarlas sin conectarlas con la experiencia del amor de Dios las convierte en un programa de autoayuda. El orden correcto es siempre el mismo: primero el encuentro con el amor del Padre, que establece la identidad como hijo o hija; desde esa identidad, el deseo de corresponder; y desde ese deseo, el trabajo por la virtud como expresión de quién uno quiere ser.
«Debemos comprometernos a una educación progresiva en el dominio de la voluntad, de los sentimientos y de las emociones, y esta educación debe desarrollarse comenzando por las acciones más simples en las que sea relativamente fácil poner en práctica la decisión interior.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 24 de octubre de 1984)
El eros que arde sin consumir
San Juan Pablo II utiliza una imagen hermosa para describir el eros redimido: la zarza ardiente del Éxodo, que ardía sin consumirse. La zarza no se apagaba porque el fuego que la habitaba era divino. El eros purificado no se extingue con la virtud; se transforma. Arde todavía, pero sin consumir a quien ama. Permanece como atracción hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello, orientada ahora plenamente hacia la persona del otro y, a través del otro, hacia Dios.
Este es el horizonte de la vida cristiana en lo que respecta al amor y al cuerpo. No la extinción del deseo, sino su transfiguración. El reencuentro con la belleza y la bondad del plan originario de Dios que ha creado al hombre para la comunión.
Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.