Resurrección, Sacramento y Sufrimiento Redentor
La Teología del Cuerpo no termina con el hombre histórico ni con el horizonte de la redención en esta vida. Hay una tercera dimensión que San Juan Pablo II contempla con detenimiento: el hombre escatológico, es decir, el hombre en su destino final, tal como será después de la resurrección de los muertos. Este artículo recorre ese horizonte y añade dos temas que completan la arquitectura de toda la reflexión: el cuerpo en los sacramentos, y el misterioso papel del sufrimiento humano como camino de conversión.
Los saduceos y la pregunta sobre el cielo
El punto de partida es una trampa que le tienden a Jesús. Los saduceos —que negaban la resurrección de los muertos— le presentan un caso absurdo: una mujer que habiendo quedado viuda siete veces según la ley del levirato, ¿de cuál de los siete hermanos será esposa en la resurrección? La pregunta pretende demostrar la imposibilidad del dogma. La respuesta de Cristo desmonta el argumento y, de paso, abre una ventana sobre la vida eterna.
«Estáis en un error, y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt 22,29). Y a continuación: «Cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en el cielo» (Mc 12,25).
Esta respuesta no es un rechazo del cuerpo ni del amor conyugal. Es la revelación de que el matrimonio, que en esta vida es sacramento —signo visible de una realidad invisible—, cederá el paso a la realidad misma cuando lleguemos a la presencia plena de Dios.
«El matrimonio y la procreación no constituyen el futuro escatológico del hombre. En la resurrección pierden, por decirlo así, su razón de ser. Ese «otro siglo» significa la realización definitiva del género humano, en el que «Dios será todo en todos».» (San Juan Pablo II, Catequesis del 2 de diciembre de 1981)
La resurrección del cuerpo: plenitud, no fuga
Una de las tentaciones permanentes del pensamiento cristiano es deslizarse hacia el platonismo: la idea de que el alma es lo que verdaderamente somos y el cuerpo es una prisión temporal de la que nos liberamos al morir. La Teología del Cuerpo va en dirección completamente distinta. La resurrección de la carne no es un apéndice opcional de la fe cristiana; es su afirmación más radical sobre lo que somos.
El cuerpo no es un recipiente accidental del alma. Es constitutivo de la persona. La antropología que Santo Tomás de Aquino adoptó siguiendo a Aristóteles —cuerpo y alma como forma y materia de un único ser— tiene precisamente aquí su justificación teológica: si la resurrección es real, entonces el cuerpo pertenece esencialmente a lo que somos. La muerte temporal es la excepción, el estado en que el alma existe sin el cuerpo; la resurrección es la restauración de la integridad.
«La resurrección significa no sólo la recuperación de la corporeidad y el restablecimiento de la vida humana en su integridad mediante la unión del cuerpo con el alma, sino también un estado totalmente nuevo de la misma vida humana.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 2 de diciembre de 1981)
Ese estado nuevo es lo que la tradición llama espiritualización y divinización. El cuerpo resucitado no desaparece ni se vuelve fantasmal; se transforma. Las fuerzas del espíritu impregnarán plenamente las energías del cuerpo. La oposición que San Pablo describe en Romanos 7 —«quiero el bien pero hago el mal, siento otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente»— quedará definitivamente superada. El hombre escatológico vivirá en perfecta armonía interior.
«La espiritualización significa no sólo que el espíritu dominará al cuerpo, sino que lo impregnará plenamente, y que las fuerzas del espíritu impregnarán las energías del cuerpo.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 9 de diciembre de 1981)
¿Por qué seguiremos siendo varón y mujer?
Una pregunta natural emerge: si en el cielo no habrá matrimonio, ¿para qué conservar la masculinidad y la feminidad? La respuesta que San Juan Pablo II desarrolla es una de las más luminosas de toda la serie.
El cuerpo sexuado no existe únicamente para el matrimonio y la procreación. Esas son formas concretas en que la vocación inscrita en la carne se realiza dentro de la historia. La raíz más profunda de ser varón o mujer es anterior: es la inscripción en el cuerpo de la llamada a la comunión. Ser creados como masculino y femenino revela que ningún ser humano está hecho para existir solo, que todos estamos orientados hacia la relación, hacia el don, hacia la comunión de personas.
Esa vocación a la comunión no termina con la historia, se cumple en ella. En el cielo, la masculinidad y la feminidad glorificadas seguirán siendo el signo de que somos seres de comunión, orientados ahora hacia la comunión perfecta con Dios y entre nosotros.
«La resurrección indica el final de la dimensión histórica. Las palabras «ni se casarán ni serán dadas en matrimonio» nos permiten deducir que ese significado esponsalicio del cuerpo en la resurrección corresponderá de modo perfecto tanto al hecho de que el hombre, como varón-mujer, es persona creada a imagen y semejanza de Dios, como al hecho de que esta imagen se realiza en la comunión de las personas.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 13 de enero de 1982)
El sacramento da paso a la realidad
El matrimonio cristiano es un sacramento, y como todo sacramento, transmite en el mundo visible una realidad invisible: el amor de Cristo por su Iglesia. Es un signo eficaz. El amor entre esposos es imagen y participación del amor trinitario.
Los signos existen en función de la realidad que significan. Cuando los peregrinos llegan a la meta, los mapas ya no son necesarios. Cuando la aurora irrumpe, la lámpara se apaga. El matrimonio, como primordial sacramento del amor, apunta hacia la unión definitiva entre Cristo y la Iglesia, entre Dios y la humanidad redimida. Al llegar a esa unión perfecta, el signo cede el puesto a la realidad misma.
«Cuando la boda del Cordero se consuma al final de los tiempos, el sacramento primordial dará paso al prototipo divino. Ya no necesitaremos la imagen del amor divino porque lo experimentaremos directamente.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 16 de diciembre de 1981)
Por eso la virginidad consagrada tiene también un sentido escatológico profundo. El célibe que entrega su vida a Dios no niega la vocación al amor inscrita en el cuerpo; la anticipa. Vive ya en esta tierra como hombre o mujer del «otro mundo», señalando que la plenitud de toda comunión está en Dios mismo. Su celibato no es renuncia al amor, sino su expresión más radicalmente orientada hacia el único que puede colmar el corazón humano.
El cuerpo en los sacramentos
La dimensión escatológica de la Teología del Cuerpo ilumina también la manera de vivir los sacramentos en esta vida. Si el cuerpo es el lugar donde la persona se expresa, donde la relación se establece, donde el amor se hace visible, entonces los sacramentos —que siempre involucran un elemento material y corporal— son la forma privilegiada en que Dios mismo actúa en nosotros según nuestra condición de seres encarnados.
El agua que lava en el bautismo, el aceite que unge, el pan y el vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la imposición de manos en la ordenación, los cuerpos de los esposos que se entregan el uno al otro: todo ello habla el lenguaje del cuerpo, que es el lenguaje de la persona.
La Eucaristía y la Reconciliación son los sacramentos que se repiten a lo largo de toda la vida cristiana, y entre ambos existe una relación que la Teología del Cuerpo ayuda a entender con mayor profundidad. La Eucaristía es el don de Cristo: él mismo, en su cuerpo glorificado, dado como alimento. Recibirlo supone acoger el amor que quiere el bien para nosotros, el mismo amor que lo llevó a la cruz. La Reconciliación es la respuesta de la persona que, como la mujer sorprendida en adulterio, se atreve a mirar a los ojos de Cristo y recibir su mirada de amor antes de retirarse y no pecar más.
Hay algo desequilibrado en ir habitualmente a comulgar y postergar indefinidamente la confesión. Es como estar en una relación donde uno de los dos se muestra vulnerable y el otro permanece siempre cerrado. La Eucaristía pide una correspondencia: la entrega del propio corazón con sus heridas y sus sombras, para que ese cuerpo glorificado que recibimos pueda transformar desde dentro lo que la gracia está llamada a sanar.
El sufrimiento como camino de filiación
Hay un tema que pertenece a la arquitectura de esta reflexión: el lugar del sufrimiento humano en el paso del hombre histórico al hombre redimido. La Teología del Cuerpo es una antropología completa, y el sufrimiento pertenece a esa antropología.
El sufrimiento, en sus múltiples formas, tiene siempre la misma estructura básica: hay una vida que debería ser y una vida que es. Esa distancia entre el ideal y la realidad genera la tensión dolorosa que llamamos sufrimiento. La enfermedad que interrumpe planes, la pérdida que hace imposible un futuro imaginado, la traición que destruye una confianza construida con años.
Cristo en la cruz vivió esa misma estructura en su forma más radical. La vida que debería ser: el Hijo de Dios, en comunión perfecta con el Padre, en la beatitud eterna. La vida que fue: hecho pecado por nosotros, cargando con las consecuencias de todas las rupturas humanas, descendiendo hasta el abandono más oscuro. La distancia entre esos dos polos es infinitamente mayor que cualquier sufrimiento humano. Y lo contiene todo.
«En su sufrimiento, Jesús tomó sobre sí la consecuencia de todos los pecados jamás cometidos contra nosotros. Todo eso lo llevó a la cruz y lo depositó en el sepulcro. Y resucitó glorificado.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 7 de octubre de 1981)
El sufrimiento aceptado y ofrecido con Cristo no es una resignación pasiva. Es el acto más profundo de filiación: soltar la propia historia —la que debería haber sido— para acoger la historia real como el espacio donde Dios actúa. Es el movimiento de entregar el control, de decir «no mi voluntad sino la tuya». Es, paradójicamente, el camino más directo para volverse hijo.
Cuando la vida que tenemos y la vida que queremos tener convergen en las manos de Dios, algo se libera. No porque el dolor desaparezca de golpe, sino porque ya no estamos solos cargándolo. El sufrimiento deja de ser una objeción a la bondad de Dios y se convierte en el lugar donde esa bondad entra con mayor hondura.
La plenitud que aguarda
Todo este recorrido —desde la soledad originaria de Adán hasta el cuerpo glorificado en la resurrección, pasando por la vergüenza del pecado, el ethos de la redención, la pureza de corazón y el sufrimiento transformado— apunta hacia un destino que excede todo lo que podemos imaginar.
Dios, que es comunión de personas desde la eternidad, nos creó para esa comunión. La historia del amor humano, con todas sus grandezas y todas sus heridas, es el aprendizaje y la preparación para esa comunión definitiva. El matrimonio que señala, la virginidad que anticipa, los sacramentos que alimentan, el sufrimiento que purifica: todo conduce hacia ese momento en que la persona, varón o mujer, en la plenitud de su humanidad glorificada, descubre que todo aquello que buscó en el amor humano era ya un anticipo del Amor que lo creó.
«La glorificación del cuerpo como fruto escatológico de su espiritualización divinizante revelará el valor definitivo de lo que desde el principio debía ser signo distintivo de la persona creada en el mundo visible. Ese perenne significado del cuerpo humano se descubrirá entonces en tal sencillez y esplendor que cada uno de los participantes del «otro mundo» volverá a encontrar en su cuerpo glorificado la fuente de la libertad del don.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 13 de enero de 1982)
La fuente de la libertad del don. Todo empieza con el don y termina con el don. Dios nos crea por amor, nos redime por amor, nos resucita por amor. Y nosotros, en el cuerpo que recibimos y con la historia que vivimos, somos llamados a hacer de nuestra existencia un don que refleje ese amor.
Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.