Abriéndonos a su palabra

Fecha: 09/07/2026

Frase: “El que se evangeliza, debe evangelizar. La comunidad se evangeliza, para evangelizar. Una comunidad de base tiene que ser un grupo que reflexiona la palabra de Dios para aprender a vivirla, pero para transmitirla, para irradiarla. Esto tiene que ser el hogar, el matrimonio, la comunidad. Todos tenemos que ser a apóstoles, sembradores. Salió el sembrador a sembrar su semilla. De todos nosotros debía de decirse esta hermosa palabra que estamos meditando.” (San Óscar Romero, Homilía del 16 de julio de 1978)

1.   Celebración de la Palabra (Ver)

• Is 55, 10-11. La lluvia hace germinar la tierra.

• Sal 64. La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.

• Rm 8, 18-23. La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios.

• Mt 13, 1-23. Salió el sembrador a sembrar.

¿Cómo ves que se acoge la Palabra de Dios en nuestro medio?

2.   Catequesis (Juzgar)

I. El Contexto de la Parábola

En el XV Domingo de Tiempo Ordinario comenzamos a reflexionar el Discurso de las Parábolas en el el Evangelio de san Mateo,  el capítulo 13 representa un momento decisivo en el evangelio. Jesús ha sido rechazado por las autoridades judías, cuestionado por los escribas y fariseos, e incluso su propia familia lo ha malentendido. Después de esta serie de conflictos, Jesús «salió de la casa y se sentó a la orilla del mar» (Mt 13,1). No es un detalle sin importancia: Jesús abandona el espacio seguro para dirigirse a la multitud. El «salir» tiene un significado teológico profundo: es el gesto de quien sigue buscando, de quien no desiste en su misión de anunciar el Reino, a pesar del rechazo.

En este contexto, Jesús cambia su método de enseñanza. De la predicación directa pasa a la parábola. Es una decisión pastoral que responde a la diversidad de auditorios: una multitud mixta, con disposiciones interiores muy distintas. Algunos oyentes eran discípulos ya comprometidos; otros, curiosos; otros más, francamente hostiles. La parábola, por su naturaleza, interpela a cada uno de manera diferente. No fuerza la adhesión, sino que la invita, dejando siempre abierta la puerta de la libertad, la parábola es un recurso que comunica el mensaje pero también revela el corazón que lo acoge.

«Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? […] Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están “fuera” (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático». (Catecismo de la Iglesia Católica n. 546)

«Es una página de algún modo autobiográfica, porque refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: él se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio.» (Benedicto XVI, Ángelus del 10 de julio de 2011)

Estas enseñanzas no son, por tanto, un cuento creativo para entretener a la multitud. La predicación de Jesús es un acto de amor: Dios siembra con generosidad indiscriminada, sin hacer distinciones de mérito o de posibilidad. El sembrador no examina el terreno ni calcula sus probabilidades; simplemente siembra. Y es esta generosidad sin cálculo la que caracteriza la acción del Señor en la historia.

II. Las Cuatro Tierras y la Libertad Humana

La parábola describe cuatro tipos de terreno. Tres de ellos no dan fruto; uno solo lo da en abundancia. Es fácil caer en la tentación de leer esto como una condena de quiénes rechazan a Jesús. Pero los Padres de la Iglesia nos advierten contra esta lectura. San Juan Crisóstomo dice: «No es culpa del sembrador, sino de la tierra que recibió la semilla». Y más importante aún: ninguna tierra es un destino fijo. La tierra compacta puede ablandarse. La piedra puede volverse fértil. Las espinas pueden arrancarse.

El camino pisoteado representa a quienes escuchan pero no entienden, porque no permiten que la Palabra penetre. No es que no puedan entender: no lo permiten. La diferencia es crucial. Hay responsabilidad, sí, pero la responsabilidad es siempre recuperable. El terreno pedregoso son quienes acogen la Palabra con alegría pero sin arraigo, sin disciplina interior, sin hábitos de oración que sostengan la fe en momentos de dificultad. Las espinas son la seducción de las riquezas, las preocupaciones del mundo, el ruido que no nos deja oír lo esencial. Todos estos obstáculos son reales, pero todos ellos pueden ser transformados si hay voluntad.

Solo la tierra buena da fruto, y lo da con generosidad: treinta, sesenta, cien por uno. Algún Padre de la Iglesia decía que el treinta es el fruto de quien hace lo correcto sin grandes sacrificios. El sesenta es el de quien renuncia radicalmente a los bienes materiales. El ciento es el de quien, en el sufrimiento mismo y en la enfermedad, mantiene su fidelidad a Dios. Los tres son tierra buena. Los tres dan fruto. No hay una jerarquía condenatoria entre estados de vida, sino un reconocimiento de que cada uno, en su situación, puede ser fecundo si permite que la Palabra arraigue.

«La piedra puede llegar a ser tierra fértil, el camino no ser pisado por los viandantes y convertirse en un campo fecundo, las espinas pueden ser arrancadas. Si esto no fuera posible, el sembrador no habría esparcido su grano tal como lo hizo.»

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 44, 3.

III. Implicaciones para Hoy

¿Qué significa esta parábola en estos días de misión? Primero, que somos sembradores. Como Jesús, nuestra tarea es anunciar la Palabra sin hacer distinciones previas sobre quiénes la aceptarán o la rechazarán. Sembramos en todos los terrenos. En eso consiste la universalidad del anuncio del Evangelio. No seleccionamos a priori a nuestros «buenos oyentes»; confiamos en que Dios conoce los corazones mejor que nosotros.

También, que el fruto no es nuestro mérito. Nosotros sembramos; Dios hace crecer. Esto nos libera de dos tentaciones: del desánimo (cuando el fruto tarda en aparecer o no aparece como esperábamos) y de la soberbia (cuando imaginamos que nuestro esfuerzo es lo que produce el resultado). Somos colaboradores, no protagonistas.

La parábola del sembrador nos invita a mirar nuestra tarea con realismo y con esperanza. Realismo: no todos van a responder. Algunos dirán que no; otros dirán que sí pero luego se retractarán; otros quedarán divididos entre el mundo y el Reino. Esperanza: porque Dios sigue sembrando, y nosotros somos sus sembradores. La tierra puede transformarse. La gracia es más fuerte que cualquier resistencia. La Palabra de Dios no vuelve vacía (Is 55,11).

Transformando nuestra tierra

Pero no olvidemos algo esencial: nosotros también somos tierra. Los agentes de pastoral no son meros sembradores técnicos, sino hombres y mujeres cuyo propio corazón debe estar siendo cultivado constantemente por la Palabra que anunciamos. ¿Cómo invitar a otros a arrancarse las espinas si nosotros mismos vivimos abrumados por las preocupaciones del mundo? ¿Cómo predicar arraigo si nuestra propia fe es superficial, sin hábitos de oración que la sostengan?

De todo lo anterior se sigue una pedagogía concreta, tanto personal como comunitaria, para acoger hoy esta parábola no como amenaza sino como una ocasión de renovar nuestro propósito de conversión:

  1. Examinar la propia tierra sin ansiedad. No para etiquetarse de una vez por todas, porque  ninguna de las cuatro tierras es un destino fijo: la tierra llena de rocas puede limpiarse, puede volverse fértil, el camino puede dejar de ser pisoteado. La pregunta no es sólo “¿qué tierra soy?”, sino “¿qué tierra quiero llegar a ser?”
  2. Cultivar la meditación regular de la Palabra. La lectio divina, el rosario y la oración silenciosa son los instrumentos ordinarios para que la semilla “arraigue” y no quede expuesta en la superficie del alma.
  3. Arrancar las espinas concretas. San Jerónimo identifica con precisión la espina más universal: la seducción de las riquezas y las preocupaciones materiales. El discernimiento personal debe preguntar en qué medida el afán económico, la ansiedad laboral o el apego a la seguridad material están ahogando —de hecho, hoy— el deseo de Dios.

“Las riquezas son seductoras, pero una cosa son sus promesas y otra sus efectos. Su posesión es inestable; zarandeadas de aquí para allá, con marcha incierta, abandonan a quienes las poseen o colman a quienes no las tienen. Por eso el Señor afirma que los ricos difícilmente entrarán en el reino de los cielos, ya que las riquezas ahogan la palabra de Dios y debilitan el rigor de las virtudes.”
(
San Jerónimo, Comentario al Evangelio de Mateo, 2, 13, 22.)

  • Pedir la raíz de la perseverancia. Contra la tierra pedregosa —entusiasmo sin hondura—, la vida sacramental regular (especialmente la Eucaristía y la confesión frecuente) es lo que da “raíz” capaz de resistir la tribulación.

3.   Edificación espiritual (Actuar)

¿Cómo encuentra el Señor hoy tu tierra? ¿Qué habrías de limpiar?

¿Qué significaría para ti ser generoso para sembrar la Palabra?

¿Cómo está tu vida de oración? ¿Estás meditando todos los días la Palabra?

¿Cómo te preparas personalmente para la Misión?