Consentimiento, Profetismo y Vida Conyugal
Llegamos en esta serie al corazón de lo que San Juan Pablo II llama la estructura sacramental del matrimonio: la manera concreta en que los esposos constituyen y viven el signo visible de su amor. Los artículos anteriores exploraron la gran arquitectura teológica —el sacramento primordial, el amor esponsal de Cristo, el misterio de Efesios 5. Este artículo desciende a lo concreto: ¿qué ocurre exactamente cuando un hombre y una mujer se casan? ¿Qué hacen con sus palabras, sus cuerpos, su vida entera?
Las palabras que fundan todo
En el centro de la liturgia del matrimonio hay unas palabras muy sencillas: «Yo te quiero a ti como esposa —como esposo— y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi vida.»
San Juan Pablo II se detiene en estas palabras con una atención que puede sorprender. Estas palabras son el signo sacramental del matrimonio. Y lo son de una manera muy particular: los ministros del sacramento no son el sacerdote sino los propios esposos. Ellos administran el sacramento entre sí. Lo que el sacerdote hace es ser testigo cualificado, bendecir la unión y presidir la liturgia —pero el sacramento lo realizan el hombre y la mujer con su propio consentimiento.
Ahora bien: ¿qué dan a entender exactamente esas palabras? San Juan Pablo II responde que expresan el lenguaje del cuerpo releído en la verdad. Cuando el novio dice «yo te quiero a ti como esposa», su cuerpo masculino —con todo lo que significa ser varón— está hablando. Cuando la novia dice «yo te quiero a ti como esposo», su cuerpo femenino —con todo lo que significa ser mujer— está hablando. El lenguaje del cuerpo, ese lenguaje inscrito en la masculinidad y la feminidad desde el principio de la creación, queda elevado y expresado en las palabras del consentimiento matrimonial.
«Las palabras «Yo te quiero a ti como esposa – como esposo» llevan en sí precisamente ese perenne, y cada vez único e irrepetible, lenguaje del cuerpo, y al mismo tiempo lo colocan en el contexto de la comunión de las personas: «Prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi vida».» (San Juan Pablo II, Catequesis del 5 de enero de 1983)
El profetismo del cuerpo
San Juan Pablo II introduce aquí una categoría que ilumina toda la vida conyugal: el profetismo del cuerpo. Los profetas del Antiguo Testamento —Oseas, Ezequiel, Isaías— hablaban en nombre de Dios, expresaban con palabras humanas la verdad que venía de Dios. Y lo hacían recurriendo precisamente a la imagen del amor esponsal para describir la relación entre Yahvé e Israel.
Pero hay un segundo estrato en esa analogía: no solo la Alianza es como un matrimonio, sino que el matrimonio mismo tiene dimensión de alianza. El cuerpo humano —en su masculinidad y feminidad, en su capacidad de donarse mutuamente— habla un lenguaje que viene de Dios. Un lenguaje inscrito en la creación antes de que ningún profeta lo articulara.
Cuando los esposos pronuncian su consentimiento matrimonial, participan de esa misión profética. Expresan, con el lenguaje de sus cuerpos y de sus palabras, la verdad que Dios ha grabado en la estructura misma del ser humano: que estamos hechos para la comunión, para la donación total, para el amor fiel e irrevocable.
«Al releer en la verdad el lenguaje del cuerpo, los esposos expresan en el signo sacramental toda la profundidad del misterio de la creación y de la redención. Esta proclamación profética tiene un carácter complejo: es anuncio y causa de que, de ahora en adelante, ambos serán marido y mujer, y es también recíproca profesión de los nuevos esposos hecha ante Dios.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 19 de enero de 1983)
La verdad y la falsedad del lenguaje del cuerpo
Aquí aparece una consecuencia que San Juan Pablo II desarrolla con precisión: el lenguaje del cuerpo puede decir la verdad o puede decir una mentira. Y esta no es solo una cuestión ética externa —una ley que se cumple o se viola—, sino una cuestión de coherencia interior del signo.
Cuando los esposos se entregan mutuamente con fidelidad, con apertura a la vida, con amor que busca el bien del otro, el lenguaje de sus cuerpos dice la verdad: dice lo mismo que sus palabras prometieron el día de la boda. El cuerpo expresa lo que la persona es y quiere ser para el otro.
Cuando hay adulterio, cuando la unión conyugal se cierra artificialmente a la vida, cuando el cuerpo se usa como objeto de satisfacción propia en lugar de ser entrega al otro, el lenguaje del cuerpo dice una mentira. Sus gestos proclaman una cosa y la realidad interior afirma otra.
Por eso el matrimonio se vive como un proceso continuo de relectura del lenguaje del cuerpo en la verdad. El signo sacramental no quedó fijado solo en el momento de la boda: se reconstituye cada día en la vida concreta de los esposos, en sus decisiones pequeñas y grandes, en la manera en que se tratan, en la fidelidad cotidiana y en la apertura generosa a los hijos.
«Lo esencial para el matrimonio como sacramento es el lenguaje del cuerpo, releído en la verdad. Precisamente mediante él se constituye el signo sacramental.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 12 de enero de 1983)
La consumación como parte del signo
San Juan Pablo II señala algo que la tradición canónica ha reconocido siempre pero que la Teología del Cuerpo ilumina desde dentro: el matrimonio contraído válidamente con las palabras del consentimiento no está todavía plenamente constituido si no ha sido consumado. El matrimonio rato non consummatum —contraído pero no consumado— puede ser disuelto por el Papa. El matrimonio consumado no puede serlo.
La razón no es solo jurídica. Es teológica. Las palabras del consentimiento expresan una promesa: «me entrego a ti como esposo, como esposa». Esa promesa llama a una realidad que la complete. La unión conyugal es la que realiza en el orden corporal lo que las palabras enunciaron en el orden intencional. Sacramento y consumación se articulan como palabra y cuerpo, como promesa y cumplimiento.
Y en esa lógica, cada vez que los esposos se unen conyugalmente, están renovando el signo sacramental. Están repitiendo con el cuerpo lo que prometieron con las palabras. Están releyendo el lenguaje del cuerpo en la verdad del amor fiel y total.
El hombre concupiscente es también el hombre llamado
Toda esta arquitectura del signo sacramental parte de una premisa que San Juan Pablo II no olvida: los esposos que contraen matrimonio son hombres y mujeres históricos, marcados por la herencia del pecado original, sujetos a la concupiscencia de la carne. El matrimonio no está destinado a personas que ya han alcanzado la santidad; está destinado precisamente al hombre concupiscente.
Y aquí se revela la profundidad del ethos de la redención. La concupiscencia no destruye la capacidad del hombre para releer en la verdad el lenguaje del cuerpo. La hace difícil, la enturbia, la amenaza —pero no la suprime. En el orden de la gracia, el hombre concupiscente sigue siendo el hombre llamado. La redención actúa precisamente ahí donde la naturaleza está herida.
Esto tiene una consecuencia pastoral fundamental. Las caídas en el matrimonio —las infidelidades grandes y pequeñas, las traiciones al lenguaje del amor, los momentos en que el cuerpo ha dicho una mentira— no cierran el camino. La conversión es siempre posible. El retorno a la verdad del signo es siempre accesible desde la gracia del sacramento.
«A la luz del Evangelio y de la Nueva Alianza, la triple concupiscencia no destruye la capacidad de releer en la verdad el lenguaje del cuerpo. La gracia del sacramento hace siempre posible el paso del error a la verdad, del pecado a la castidad, como expresión de una vida según el Espíritu.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 9 de febrero de 1983)
El significado esponsal y el significado redentor se unen
Lo que San Juan Pablo II llama el significado nupcial del cuerpo —esa capacidad inscrita en la masculinidad y la feminidad de hacerse don para el otro— se une ahora con el significado redentor del cuerpo en el sacramento del matrimonio. Los dos significados se completan mutuamente.
El significado nupcial dice: el cuerpo está hecho para el don. El significado redentor dice: ese don tiene ahora la profundidad del amor de Cristo, que se entregó hasta la muerte por su Esposa. El matrimonio cristiano no es solo la realización del amor humano en su dimensión más bella; es también participación en el misterio redentor, en el amor que salva y transforma.
En cada matrimonio cristiano que vive su vocación, esos dos significados se hacen visibles para el mundo. Los esposos que se aman con fidelidad, con apertura a la vida, con disposición al sacrificio cotidiano, son testigos de que el amor de Cristo por la Iglesia es real y posible en la carne de los hombres.
«El significado nupcial del cuerpo se une con el significado redentor y queda confirmado y, en cierto sentido, nuevamente creado. Esto es importante para la vocación cristiana de los maridos y de las mujeres, pero también para la hermenéutica del hombre en general.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 15 de diciembre de 1982)
La misericordia como tejido de la vida conyugal
Todo lo anterior alcanza su punto de mayor concreción cuando se contempla la vida ordinaria de los esposos. El matrimonio no es solo el acontecimiento de la boda ni solo el momento de la consumación; es la construcción diaria de una comunión de personas, la fidelidad cotidiana al lenguaje del amor en todas sus dimensiones.
En esa construcción diaria, la misericordia es el tejido que sostiene todo. Amarse como Cristo amó a la Iglesia significa amarse cuando el otro no lo merece, extender el perdón cuando ha habido herida, ofrecer la ternura cuando el otro está cerrado. Es exactamente lo que Cristo hace con cada bautizado en el sacramento de la Reconciliación: lo mira con amor antes de decirle «ve y no peques más».
La vida conyugal no es el heroísmo de los grandes gestos sino la perseverancia de los pequeños. El esposo que renuncia a algo que preferiría hacer para estar con su esposa; la esposa que habla el lenguaje del amor del otro en lugar de solo el propio. En cada uno de esos gestos, cuando se hacen en unión con Cristo, el lenguaje del cuerpo dice la verdad, el signo sacramental se renueva y el amor de Dios por la humanidad se hace visible en el mundo.
Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.