En la Solemnidad de Nuestra Señora de la Asunción
Hoy recordamos cómo María santísima es asunta a los cielos. Terminada su existencia terrena, el Señor la hace partícipe de la gloria de la resurrección y del gozo del cielo. Así lo formuló el Papa Pío XII en 1950: «la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». De hecho, no celebramos un privilegio que la aparte de nosotros, al contrario la vemos como aquella estrella que muestra el camino.
Una madre que va delante en el camino
Ahora bien, esta fiesta no termina en ella. También recordamos que todos estamos llamados a ir con nuestra madre. Lo canta el pueblo fiel desde hace generaciones: «Oh María, Madre mía, oh consuelo del mortal, amparadme y guiadme a la patria celestial». Ahí está dicho todo con una gran sencillez. Nuestra patria es el cielo, y hoy la Iglesia nos lo recuerda para que no confundamos la posada del camino con la casa del Padre. Es más, quien sabe a dónde va, camina de otra manera.
Y ella, ya en el cielo, no se ha desentendido de sus hijos. Como buena y tierna madre intercede por nosotros para que alcancemos la meta que ya alcanzó. De ahí que la gloria no la haya vuelto distante, sino todavía más cercana: la maternidad que recibió al pie de la cruz no caducó al entrar en la gloria, se hizo plena. Quien llegó primero no olvida a los que vienen detrás.
La Patria eterna
Aquí conviene preguntarnos: ¿aún vivo con nostalgia de cielo? Esto se nota en el modo en que vivo en la tierra. El virtuoso comienza ya a gozar de la dulzura del bien que un día llegará a plenitud en la eternidad; por eso vive con paz, con desprendimiento, con una alegría que no depende de lo que se acaba. No olvidemos que la nostalgia de cielo no nos hace desentendernos de las realidades terrenas, al contrario nos compromete aún más, nos lleva a vivir con mayor entrega.
Por otra parte surge otra interrogante: ¿acudo a la intercesión de María? Con confianza clamamos el auxilio de aquella a quien san Marcelino Champagnat llamó «nuestro recurso ordinario», y de quien san Juan Bosco dijo que «lo ha hecho todo entre nosotros«. Ordinario significa de todos los días, no sólo de las emergencias. Por tanto, la pregunta no es si ella está dispuesta, sino si nosotros nos acordamos de llamarla en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que ni siquiera nos atrevemos a decir en voz alta.
Lo que Dios pensó para todos
No hemos de olvidar lo esencial: la iniciativa es de Dios. Fue Él quien quiso mostrarnos en ella lo que ha pensado para todos nosotros. La Asunción antes que privilegio o premio es la muestra anticipada de un designio de amor que nos precede y nos espera. Más aún, mirar a la Asunta es asomarnos a nuestro propio futuro.
¿Vivo hoy como peregrino que sabe que va a las moradas eternas?