Fecha: 13/08/2026
Frase: “Recobremos la fe. Es la que nos da fuerza mutuamente a unos y a otros. También la fe, la oración, la humildad, es una virtud muy desconocida en el mundo; y sin embargo, cuando uno escucha a la cananea que en vez de resentirse por la expresión dura de Cristo que la llama «perrita», ella más bien le devuelve con una sonrisa: También los perritos comen de lo que cae de la mesa de sus señores. Qué grande humildad también podía añadir Cristo. La humildad que es la verdad, porque la soberbia que es su antagonismo, es la peor locura de un hombre: creerse. Y llegarse hasta creer Dios insustituible. Todos debemos de ser humildes, en el sentido de la verdad, de reconocer nuestras limitaciones, nuestras pequeñeces.” San Óscar Romero, Homilía 20 de agosto 1978
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Is 56, 1. 6-7. A los extranjeros los traeré a mi monte santo.
• Sal 66. Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
• Rm 11, 13-15. 29-32. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.
• Mt 15, 21-28. Mujer, qué grande es tu fe.
¿Qué situaciones vemos hoy en nuestra sociedad que muestran que muchas personas ya no reconocen a Dios como Señor ni orientan su vida según su verdad?
2. Catequesis (Juzgar)
En el XX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A, encontramos el episodio de la mujer cananea que se acerca a Jesús para pedir un gracia especial. Una mujer extranjera, cuyo nombre ni siquiera conocemos, sale al encuentro de Jesús porque su hija está gravemente atormentada. Al final, el Señor pronuncia sobre ella un elogio extraordinario: «Mujer, qué grande es tu fe». Para comprender bien estas palabras conviene preguntarnos qué ha visto Jesús en ella. La fe cristiana no consiste simplemente en sentir confianza o esperar que Dios resolverá nuestros problemas. Creer significa reconocer como verdadera la palabra de Dios y aceptar lo que Él nos revela. En esta mujer la fe se manifiesta precisamente porque, en medio de su necesidad, reconoce quién es Jesús, se acerca a Él como Señor y pone su necesidad bajo su poder.
Una mujer que reconoce a Jesús
Mateo sitúa el encuentro en la región de Tiro y Sidón, cerca de las fronteras de Israel. La mujer es llamada «cananea», un nombre que recordaba a los antiguos pueblos paganos de aquella tierra. El contraste es intencional: una extranjera reconoce algo que muchos de los que habían visto personalmente las obras de Jesús todavía no comprendían. Ella grita: «¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!». «Hijo de David» era un título mesiánico: expresaba la esperanza de Israel en el rey prometido por Dios. Aquella mujer quizá no comprendía todavía todo lo que implicaba su confesión, pero ha reconocido en Jesús algo decisivo. No se acerca simplemente a un curandero famoso. Lo llama Señor y reconoce en Él al Mesías esperado. Ahí comienza a manifestarse la grandeza de su fe.
Esta dimensión es importante porque nos ayuda a comprender qué significa creer. Santo Tomás enseña que la fe pertenece primeramente al entendimiento: por ella aceptamos como verdadera una realidad que Dios nos ha dado a conocer. No creemos simplemente porque algo nos parezca probable o porque nos produzca consuelo, sino porque Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, lo ha revelado. Por supuesto, la voluntad interviene: la gracia mueve al hombre a adherirse libremente a esa verdad. Por eso la fe compromete a toda la persona. En el caso de la cananea, aquello que cree acerca de Jesús determina lo que hace: porque reconoce quién está delante de ella, grita, se acerca, se postra y pide ayuda. Su perseverancia nace de una convicción anterior: Jesús es quien puede socorrerla.
El silencio que pone a prueba
Sin embargo, el relato toma pronto una dirección desconcertante. La mujer suplica y Mateo dice sencillamente: «Él no le respondió palabra». Jesús guarda silencio. Para cualquier persona que haya rezado durante mucho tiempo por una necesidad seria, la escena resulta cercana. Pedimos por la salud de alguien, por la conversión de un hijo, por una dificultad matrimonial o económica, y aparentemente nada sucede. Pero la mujer no cambia aquello que ha reconocido acerca de Jesús solamente porque no recibe una respuesta inmediata. Ahí aparece una consecuencia importante de la fe. Si creo verdaderamente quién es Dios, mi adhesión a Él no puede depender únicamente de que las circunstancias sean favorables. La dificultad pone a prueba si aceptamos la verdad sobre Dios solamente cuando coincide con nuestros deseos o si permanecemos firmes también cuando todavía no comprendemos sus caminos.
Los discípulos intervienen porque los gritos de la mujer los incomodan. Jesús entonces recuerda el orden de su misión: ha sido enviado primero «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Esto pertenece al desarrollo concreto del plan de salvación. Dios había elegido a Israel y había hecho a ese pueblo unas promesas que alcanzan su cumplimiento en Cristo. La apertura a todas las naciones no niega esa elección, sino que brota de ella. De hecho, el mismo Evangelio de Mateo terminará con Jesús enviando a sus discípulos a hacer discípulos de todas las naciones. La mujer cananea aparece, por tanto, como un anticipo de esa extensión de la salvación. Una pagana comienza a reconocer al Mesías de Israel como su Señor. La fe rompe así una frontera: lo prometido a Israel está destinado finalmente a convertirse en bendición para todos los pueblos.
«Señor, socórreme»
La reacción de la mujer es notable. No se marcha ni comienza una discusión. Mateo dice que se acerca, se postra delante de Jesús y pronuncia una oración todavía más sencilla: «Señor, socórreme». El gesto de postrarse posee en Mateo un fuerte sentido de reconocimiento y veneración. La mujer ya no insiste simplemente desde lejos; se coloca personalmente delante del Señor. Su oración revela de nuevo aquello que cree: sabe que necesita ayuda y sabe ante quién debe pedirla. Esto nos recuerda que la oración cristiana nace de la fe. Rezamos porque reconocemos que Dios existe, que es bueno, que gobierna providencialmente todas las cosas y que puede actuar en nuestra vida. Antes de ser un sentimiento, la oración es una respuesta a una verdad reconocida. Por eso incluso dos palabras —«Señor, socórreme»— pueden contener un acto profundo de fe.
Llegamos entonces a las palabras más difíciles del pasaje: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». La imagen pertenece al ambiente doméstico: no se habla aquí del perro callejero, sino de los cachorros de casa que viven alrededor de la mesa familiar. La mujer comprende la comparación y, sorprendentemente, no la rechaza. Responde: «Sí, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus señores». Lo primero que pronuncia es significativo: «Sí, Señor». Reconoce la verdad de lo dicho por Cristo y, partiendo de ella, descubre una posibilidad. Si hay una mesa tan abundante, incluso lo que cae de ella puede bastar. No intenta imponer a Jesús su propia lógica; entra humildemente en la lógica que Él le propone.
Fe y humildad
Aquí la fe aparece estrechamente unida a la humildad. La humildad no significa despreciarse ni pensar que uno carece de valor. Consiste en vivir en la verdad: reconocer quién es Dios y reconocer quiénes somos nosotros delante de Él. La mujer no se presenta reclamando un mérito. Sabe que necesita recibir. Precisamente por eso está en condiciones de acoger el don. San Agustín veía en esta mujer un ejemplo extraordinario de cómo la humildad dispone el corazón para recibir la gracia: lo grande de su fe aparece unido a su pequeñez delante de Dios. También santo Tomás enseña que la humildad modera nuestra tendencia a elevarnos desordenadamente y nos hace reconocer nuestra dependencia de Dios. En la vida espiritual, por tanto, fe y humildad se ayudan mutuamente: cuanto mejor reconocemos quién es Dios, más claramente comprendemos nuestra necesidad de su gracia.
El relato avanza como una pequeña escuela de fe. Primero la mujer grita desde cierta distancia; después se acerca y se postra; finalmente responde a las palabras del Señor con un «Sí, Señor». Cada dificultad hace más explícito aquello que lleva dentro. La prueba no crea la fe de la nada, pero permite que se manifieste y que alcance mayor firmeza. Algo parecido sucede con las virtudes en nuestra vida. Podemos pensar que somos pacientes hasta que alguien pone a prueba nuestra paciencia; podemos considerarnos humildes hasta que recibimos una corrección; podemos afirmar que creemos en la providencia hasta que nuestros planes se desmoronan. Las dificultades revelan la disposición real del corazón. Si cooperamos con la gracia, además, pueden fortalecer las virtudes y hacer que nuestra adhesión a Dios sea más consciente, más firme y más madura.
«Qué grande es tu fe»
Finalmente Jesús declara: «Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas». El elogio debe leerse a la luz de todo el diálogo. La grandeza de su fe no consiste principalmente en la intensidad con la que desea la curación de su hija, ni simplemente en que haya confiado mucho. Es grande porque esta mujer ha reconocido quién es Jesús y se ha mantenido adherida a esa verdad a pesar de todos los obstáculos. Lo llama Señor, reconoce su autoridad, acepta su palabra y continúa recurriendo a Él como aquel de quien puede venir la salvación. La confianza está ciertamente presente, pero nace de esa fe y se apoya en ella. De igual manera, la perseverancia, la humildad y la oración son manifestaciones concretas de una inteligencia y una voluntad que se han vuelto hacia Cristo reconociendo en Él al Señor.
Esto nos permite hacer un examen muy concreto de nuestra propia fe. La primera pregunta no debería ser solamente: «¿Confío bastante en Dios?», sino algo más profundo: «¿Creo realmente lo que Dios me ha revelado y procuro vivir de acuerdo con ello?». Creer que Cristo es Señor tiene consecuencias. Si Él es Señor, su palabra tiene autoridad sobre mis decisiones. Si creo que está verdaderamente presente en la Eucaristía, mi manera de acercarme a la Misa no puede ser indiferente. Si creo que perdona los pecados mediante el sacramento de la Reconciliación, debo acudir a Él. Si creo que el prójimo ha sido creado a imagen de Dios, no puedo tratarlo según mi capricho. La fe que permanece solamente en una afirmación verbal y nunca ordena la vida todavía necesita madurar mediante la caridad.
De las migajas al Pan
La imagen de las migajas adquiere una hermosa resonancia cuando pensamos en la Eucaristía. Aquella mujer estaba dispuesta a recibir incluso lo que cayera de la mesa; nosotros, en cambio, hemos sido incorporados a Cristo por el bautismo y llamados a sentarnos a la mesa de los hijos. Antes de comulgar confesamos nuestra pequeñez: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa». Pero esa humildad no nos lleva a alejarnos, sino a recibir agradecidos aquello que nunca podríamos merecer por nuestras propias fuerzas. No recibimos una simple migaja, sino al mismo Cristo, Pan de Vida. Por eso la fe eucarística exige algo más que un sentimiento piadoso: exige reconocer la verdad del misterio que celebramos y ordenar nuestra conducta a esa verdad, acercándonos dignamente y procurando vivir en comunión con Aquel a quien recibimos.
La mujer cananea nos deja, finalmente, una enseñanza sencilla y exigente. Cuando Cristo parece guardar silencio, no abandona lo que ha reconocido acerca de Él. Cuando escucha una palabra difícil, no se marcha. Cuando se descubre pequeña, no desespera. Sabe quién está delante de ella: «Señor». Ahí se encuentra el centro del relato. También nuestra vida cristiana crece cuando conocemos mejor a Cristo, asentimos con mayor firmeza a su palabra y permitimos que esa verdad ilumine nuestras decisiones. De esa fe nacen entonces la esperanza perseverante, la humildad, la oración y una caridad capaz de hacer propio el sufrimiento de los demás. La tarea que nos deja esta mujer podría resumirse en sus propias palabras: reconocer a Cristo, permanecer ante Él y aprender a decir, incluso en la prueba: «Sí, Señor».
3. Edificación espiritual (Actuar)
· ¿Qué reconoce la mujer cananea en Jesús cuando lo llama «Señor» y «Hijo de David»?
· ¿Qué hago yo cuando Dios parece guardar silencio ante una petición importante?
· ¿Qué nos enseña la mujer sobre la humildad al aceptar la imagen de las migajas y seguir recurriendo a Jesús?
· ¿En qué aspecto concreto de mi vida necesito que mi fe se traduzca más en oración, perseverancia y caridad?
Img: «La mujer cananea» de Michael Angelo Inmenraet